RESEÑAS

Las señas de identidad nacional

Javier Moreno Luzón, Xosé M. Núñez Seixas (eds.)
Ser españoles. Imaginarios nacionalistas en el siglo XX
Barcelona, RBA, 2013
592 pp. 23 €

Pocos países han vivido (y viven) tan atormentados por su propia definición como España, con su problema identitario siempre a cuestas. En el debate conceptual sobre España se han cruzado diversos discursos nacionalistas: desde los esencialismos biológicos o metafísicos a los negacionismos de la idea de nación, que sólo asumen para España el concepto de nación vinculada al Estado o al de soberanía propia (hasta la Constitución de 1812, España no sería desde esta óptica sino la propiedad patrimonial de un monarca), pasando por la concepción de España como comunidad imaginada, artefacto cultural capaz de articular el imaginario colectivo en torno a un referente plagado de símbolos, en el que se funden pasado y presente. La interpretación de las naciones como comunidades imaginadas, que institucionalizó Benedict Anderson en su libro de 1983, ha ido imponiéndose en nuestro país. Ni el esencialismo del llamado «ser de España» ni el discurso exclusivamente político del Estado-nación hoy parecen gozar de crédito. El carácter cultural de las presuntas naciones está plenamente asumido. Se ha escrito mucho, en los últimos años, en torno a las señas de identidad cultural de la nación española, con criterios más o menos historicistas o, por el contrario, «inventivistas», pero ciertamente no se había abordado globalmente la exploración de todas las variables que se conjugan en el imaginario nacionalista o patriótico español.

Sí lo ha hecho, y muy bien, el libro coordinado y dirigido por Javier Moreno Luzón y Xosé M. Núñez Seixas, que desmenuza los componentes del nacionalismo español en el siglo XX. En él se abordan, por este orden, la construcción de la memoria histórica (José Álvarez Junco), los símbolos como la bandera y el himno (los propios editores del libro), el concepto de República como aglutinante ciudadano (Ángel Duarte), el concepto de monarquía como referente colectivo (Javier Moreno Luzón), la significación de las mujeres en el imaginario nacional (Inmaculada Blasco), el papel de la religión como conformación de la conciencia nacional (Mary Vincent), las lenguas como instrumento de comunicación y como ejercicio identitario (Xosé Manuel Núñez Seixas), Madrid como ombligo-capital (Zira Box), la construcción del espacio a través de los mapas (Jacobo García Álvarez), América y la fiesta del 12 de octubre como elemento fundamental de la llamada Hispanidad (Marcela García Sebastiani y David Marcilhacy), África (Marruecos y Guinea), con la tentación imperial cercana (Gonzalo Álvarez Chillida y Eloy Martín Corrales), los toros como representación escénica de la «fiesta nacional» (Rafael Núñez Florencio), el deporte como la nueva épica (Alejandro Quiroga), la música y la educación nacional de los sentidos (Sandie Holguín), el turismo como vía de exhibición de cualidades (Eric Storm) y el cine como exponente del casticismo nacional (Vicente Benet y Vicente Sánchez Biosca).

El repaso de todas las señas de identidad nacional y de sus vehículos de expresión es impecable. Ciertamente, el lector echa de menos algunas variables aquí olvidadas o muy escasamente entrevistas, como el arte en cuanto ejercicio doctrinario o ejemplificador, los medios de difusión, desde la radio a la televisión, la educación, de la escuela a las universidades (de la que sólo se trata en la vertiente de lo que ha tenido de construcción de género o de exaltación de valores católicos), la literatura (de Pemán a Gironella) y la visión desde fuera (la incidencia que las imágenes desde Europa o América han tenido en la propia conceptualización de la españolidad). Pero, sin duda, el excelente análisis de los ingredientes básicos que componen la cocina nacional de valores permite comprender las claves del nacionalismo español en el siglo XX y sus propias fragilidades, que, en definitiva, son herencia de viejas limitaciones, muchas de ellas ya presentes en el siglo XIX: la adscripción a un Estado marcado por su propia falta de legitimidad democrática de origen o de ejercicio durante muchos años del siglo XX y los complejos subsiguientes de la izquierda a la hora de nacionalizar o españolizar el conjunto del Estado. Quizá lo que hubiera hecho falta en el libro es justamente un capítulo largo que nos desmenuzara la dialéctica de ese «ser españoles» con las identidades catalana, vasca, gallega, andaluza, etc. que nos permitiera responder con claridad a la vieja pregunta acerca de si la peripecia de la identidad española es el fruto de la fuerza que tienen los nacionalismos sin Estado (el paradigma de la debilidad del nacionalismo español que defendió especialmente Riquer) o es justamente la fragilidad de éstos lo que ha provocado la imposición drástica del nacionalismo de Estado. Precisadas las señas de identidad objetivables, sería lógico preguntarnos dónde radican los problemas de identificación subjetiva de muchos españoles con esa, por otra parte incuestionable, realidad histórica que llamamos España.

El interés extraordinario del libro explica la sensación de frustración que el lector se lleva en capítulos como el dedicado a la historia (un recorrido demasiado superficial sobre los grandes paradigmas historiográficos del siglo XX, que, desde luego, no acaban con Vicens y Tuñón de Lara, como se despacha en el capítulo escrito por José Álvarez Junco) o el del cine (en el que falta un buen estudio del landismo como representación del segundo franquismo), que contrastan con el pormenorizado examen que se dedica, por ejemplo, a los símbolos (bandera e himnos), con las peripecias icónicas relatadas prolijamente que permiten comprender muy bien la fragilidad del discurso nacionalista español, o el capítulo en torno a la capital madrileña. Por último, quiero destacar que la circunscripción de los estudios al siglo XX limita la comprensión de las variables enunciadas en el libro. La identificación de la nación española con la monarquía o la religión católica, por ejemplo, no son fruto de una determinada coyuntura histórica, sino que arrancan desde los primeros usos del concepto de identidad española. El conflicto lingüístico del castellano con el catalán tiene un largo recorrido anterior incluso a la Nueva Planta. El sueño imperial africano lo tenían ya los Reyes Católicos.

En definitiva, un libro muy útil para comprender los problemas identitarios de alcance español que se debatieron a lo largo de siglo XX y cuyo legado hoy seguimos arrastrando. Una cierta melancolía con el perfume de fracaso, tan presente en nuestra memoria nacional, impregnará, me temo, a los lectores del libro: la melancolía que genera la contemplación de los contrastes de la identidad objetiva y la identificación subjetiva, el sustantivo identidad y el verbo reflexivo identificarse, la realidad y la representación o conciencia de la misma. Lo poco, en definitiva, que hemos avanzado desde la generación del 98 a nuestro presente.

Ricardo García Cárcel es catedrático de Historia Moderna en la Universidad Autónoma de Barcelona. Sus últimos libros son La construcción de las historias de España (Madrid, Marcial Pons, 2004), El sueño de la nación indomable. Los mitos de la guerra de la Independencia (Madrid, Temas de Hoy, 2007) y La herencia del pasado. Las memorias históricas de España (Barcelona, Galaxia Gútenberg, 2010).
 

12/11/2013

 
COMENTARIOS

Teodoro Bustillo Vicario 24/11/13 17:53

2ª PARTE


Intelectuales/as.


En España, el Estado Español, Reino de España, Marca España o como quiera que se llame tal colectivo nunca ha habido tal especie o si los ha habido han sido muy muy raros; raros en cualquier sentido que se dé a tal palabra.


“Raro” es el que hace rarezas y el que hace rarezas es raro. Ésta no ha sido/es tierra apta para generar tales singularidades; ésta ha sido/es tierra inhóspita para auténticas lumbreras de gran nivel o mejor, ha generado “intelectuales” conforme al lugar. Ninguno a la altura ni en ciencia, ni en técnica, ni en filosofía, ni en … lo que usted quiera añadir.


De sobra es sabido que aquí se presume de inventar la fregona, el futbolín o el Chupa Chups, que ahora es made in Italia. El medio ni daba ni da para más. El haya no crece donde predomina el clima mediterráneo; tampoco el alcornoque o el algarrobo en un clima con lluvia y frío intensos. Aquí todavía sigue dominando el ranking del martirio sea de la herejía que sea (o de la versión, adaptándonos a la expresión de los tiempos). No se han enterado o no quieren adaptarse a otro ranking. “Que inventen ellos”.


Agradezco tal frase; la cité en cierto examen de oposición que aprobé. Y no decía cosas muy diferentes en tal examen de las que mantengo aquí ahora. Año 1986. El epígrafe decía: “La ciencia en el siglo XX. El caso español”. Desde entonces la weltanschauung antes, umwelt ahora, no ha cambiado. Siempre lo mismo fuera y adentro. Algunos, sobre todo en el arte, para mostrar su adaptación tuvieron que irse fuera o les echaron; una constante de tal comunidad. Don Severo Ochoa también. Como ahora. Se dice: “¿Cómo es que se ha pasado del franquismo al posfranquismo…”. Pregunta: - Ahhhhhhhhhhhhhhhhhh. ¿Pero se ha pasado al postfranquismo? No hace falta ser muy avispado para ver en este post- la 2ª Restauración.


Esta comunidad ibérica es muy dada a remakes. Hubo una 1ª República, una 2ª República, una 1ª Dictadura, una 2ª Dictadura, ¿por qué esto no se empieza ya a denominar como 2ª Restauración que tanto se parece a la 1ª? Algunos lo mantenemos desde hace ya bastantes años; también lo emplea Juan José López Burniol. Porque las similitudes con la 1ª son más que evidentes, cada vez más. Puede que muchos no lo acepten porque entiendan que esto no es más que el frankismo adaptado muy tarde a los tiempos; recordar aquello que aparecía en las monedad de “… Caudillo de España por la G. de Dios” que dice más de lo que dice.


Esta falta de ritmo ha generado un estado fallido, un infraestado que nunca se ha adaptado a cada presente. Ni la versión del fascismo aquí pasó de ser un criminal sarcasmo del original; llego al poder tras la 4ª carlistada, La Guerra; a tal reedición de una vulgar dictadura –muy típica del hispanismo, marca de la casa- se le ha denominado nacional-catolicismo. Puede que otros acepten la 2ª versión de tan ominoso régimen.


Repasar la concepción y la actuación en escena del denominado “pueblo” da grima, náuseas, pena; da asco. No hace falta ser docto en historia o mirar hacia un pasado muy pasado, muy lejano. Que un individuo que se hacía llamar z-ETA-p saliera elegido como presidente de tal “pueblo” dice mucho de tal “pueblo”. O que tal “pueblo” eligiera al tal z-ETA-p por 2ª vez; reelegido. O que tal “pueblo” votara con tal z-ETA-p un “Sí” abrumador a una, ahora llamada, consulta -antes referendum- referente a una “Constitución europea”. O tal “pueblo” ni se enteraba hace 12 años u otros “pueblos” van por otros derroteros; tal Constitución europea fue a la papelera; aquí votaron a favor un 76,73% de los votantes. De tal diferencia entre “pueblos” nadie quiere darse por enterados. O el jugar a ser ricos ¿La clase media? ¿Qué está quedando de tal clase media? Los Mercedes y BMW proliferaban por las autopistas; los Rolls Royce tenían otro caché. Tal “pueblo” parece que cuando vota más parece que actúa como un hincha hinchado; cada unidad votante de tal “pueblo” vota a los mismos que vota siempre, o parecidos. Simples hooligans. Visto lo visto, cualquier forofo de un equipo de fútbol es más consciente de lo que hace que cada unidad votante de este “pueblo”. O puede que tal “pueblo” tenga que agradecer favores prestados por muy míseros que sean tanto los favores como los favorecedores.


Esto decía la prensa el 11/05/2013: En Bulgaria se compran votos a un precio de 50 euros; otro “pueblo” de la Unión Europea.

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