Queridos lectores, suspendemos las publicaciones, como en años anteriores, hasta el 5 de Septiembre. ¡Feliz Verano!

El orfeón del crimen

Son bien conocidas las dos charlas ficticias de Thomas de Quincey ante la Asociación para el Estímulo del Crimen, cuyos miembros preferían ampararse bajo el menos vistoso nombre de Agrupación de Entendidos en el Crimen por aquello de guardar las formas. Todo, decía el ensayista, puede asirse desde alguno de sus extremos. Un crimen, por ejemplo, es un asunto moral, lo que es, por cierto, su lado menos atractivo, pero también podemos considerarlo desde el del buen gusto o, según preferían decir los alemanes, como una cuestión estética. 

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Las señas de identidad nacional

Pocos países han vivido (y viven) tan atormentados por su propia definición como España, con su problema identitario siempre a cuestas. En el debate conceptual sobre España se han cruzado diversos discursos nacionalistas: desde los esencialismos biológicos o metafísicos a los negacionismos de la idea de nación, que sólo asumen para España el concepto de nación vinculada al Estado o al de soberanía propia (hasta la Constitución de 1812, España no sería desde esta óptica sino la propiedad patrimonial de un monarca), pasando por la concepción de España como comunidad imaginada, artefacto cultural capaz de articular el imaginario colectivo en torno a un referente plagado de símbolos, en el que se funden pasado y presente.

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Realismo limpio

En un libro más o menos reciente del crítico literario James Wood (How Fiction Works, Londres, Cape, 2008), se hace breve referencia a cierta simplicidad norteamericana, que es puritana y coloquial en su origen, y que podemos reconocer, precisamente, en los antiguos sermones puritanos, en la obra de Jonathan Edwards, en las memorias de Ulysses S. Grant, en Mark Twain, en Willa Cather y en Hemingway, y también en escritores en apariencia más barrocos, como Melville, Emerson o Cormac McCarthy. «Una especie de fuego extático que reduce las cosas a lo esencial», dice Marilynne Robinson en su magistral y austera novela Gilead.

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Una quimera

Una de las muchas virtudes del escritor sudafricano John Maxwell Coetzee es que cada una de sus novelas es distinta de la anterior. Y lo es no sólo en el tema, la época o la localización geográfica, sino también en el estilo, en la poética, incluso en la concepción de lo que debería ser una novela. Esperando a los bárbaros es una fábula kafkiana que se desarrolla en una guarnición militar próxima a una frontera tras la cual habitan unos «bárbaros» semisalvajes y de apariencia apacible, una especie de sueño con evidentes conexiones con El desierto de los tártaros, de Dino Buzzati y El mar de las Sirtes, de Julien Gracq, libros con los que forma una especie de triángulo. 

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