ARTÍCULO

El Dr. Jefferson y Mr. Thomas

 

Thomas Jefferson (1743-1826) deseaba ser recordado especialmente por tres de sus numerosas contribuciones a los nuevos Estados Unidos: la redacción de la Declaración de Independencia de 1776, el Estatuto de Libertad Religiosa del Estado de Virginia y la fundación de la Universidad de Virginia. Millones de otros estadounidenses lo han ensalzado por la compra del territorio de Luisiana a Napoleón Bonaparte, lo que abrió la totalidad de los valles fluviales del Misisipí y el Misuri a los asentamientos estadounidenses; por la espléndida arquitectura y los jardines de Monticello, la residencia que se construyó en un hermoso paraje boscoso; por diversas mejoras técnicas de las herramientas agrícolas y domésticas, así como por su extraordinario conocimiento de las plantas y de las innovaciones científicas del siglo XVIII; por sus aptitudes como violinista; y por su fundación del partido Democrático-Republicano, el primer partido político de cualquier país que concedió representación directa a granjeros (varones) económicamente modestos y a trabajadores urbanos y domésticos.
Pero existían también límites muy evidentes dentro de los principios democráticos de Jefferson. Pensaba que las mujeres habían de quedar confinadas a la realización de labores domésticas y familiares y, con toda certeza, no debían participar en debates políticos. Pensaba que la esclavitud era una institución abominable, tan mala en sus efectos sobre la conducta de los amos blancos como en su cruel injusticia para con los esclavos negros. Creía que la esclavitud debía ser abolida, y que previsiblemente lo sería, en un futuro no demasiado lejano. Pero al mismo tiempo estaba convencido de que los blancos eran superiores mentalmente en algún grado a los negros y que la emancipación habría de ir acompañada del «traslado» a algún otro territorio diferente de los Estados Unidos. Heredó esclavos de sus dos padres y, más tarde, de su suegro. Tenía la reputación de ser un amo amable, pero en su condición de propietario de diversas plantaciones en Virginia, su vida económica, y la de sus amigos y colegas, era completamente dependiente del trabajo de los esclavos negros.
A lo largo de los más de dos siglos de historia de Estados Unidos, Jefferson ha fascinado constantemente tanto a los historiadores profesionales como al público lector en general. La tradición biográfica desde sus contemporáneos hasta mediados del siglo XX puso el énfasis en su vida política e intelectual: su carrera como un legislador con mentalidad liberal en la Virginia colonial; sus numerosas lecturas de obras literarias inglesas, francesas, latinas y griegas; su servicio diplomático en Francia en cooperación con John Adams y Benjamin Franklin; su rivalidad con Alexander Hamilton en la primera administración del presidente George Washington; sus relaciones con James Madison y James Monroe, sus sucesores en la presidencia; su desigual balance como gobernador de Virginia durante la guerra revolucionaria y como presidente durante las guerras napoleónicas; su agricultura, su equitación, la manera de tratar a sus esclavos y su costosa y encantadora hospitalidad en Monticello.
Todos estos temas fueron tratados en detalle, valiéndose no solo de documentos gubernamentales oficiales y aparecidos en la prensa, sino de los miles de cartas y escritos que el propio Jefferson había redactado sobre todo tipo de temas, y que había catalogado cuidadosamente con los futuros investigadores en mente. También se prestó una atención considerable a sus difíciles relaciones con las mujeres en su juventud, así como a los años de gran felicidad personal en su matrimonio, que se vieron seguidos de meses de desesperación de resultas de la muerte de su adorada esposa.
Pero había otro aspecto importante de su vida del que apenas se hacía mención en sus biografías hasta los años setenta del pasado siglo. Thomas Jefferson, al quedarse viudo mediada la cuarentena, tomó también a una esclava como concubina y mantuvo con ella una relación íntima que se prolongó durante treinta y ocho años, hasta su muerte, y como consecuencia de la cual nacieron seis hijos, cuatro de los cuales alcanzaron la edad adulta y fueron liberados por su padre. Esta relación fue pública y notoria durante su vida, ya que fue revelada en 1802 por la prensa de la oposición. Pero Jefferson no dijo nunca ni personal ni públicamente una palabra sobre ella. Asimismo, sus numerosos biógrafos del largo período que va desde alrededor de 1800 hasta mediados del siglo XX no hicieron nunca más que brevísimas menciones de este vínculo tan prolongado, y la mayoría de ellos se esforzaron extraordinariamente para negar que un hombre del temperamento y la moral de Jefferson hubiera podido tener hijos con una esclava, y Dios quiera que no hubieran llegado nunca a amarse.
Pero la mujer en cuestión, Sally Hemings, pertenecía a una familia de mulatos de gran talento que habían sido leales criados domésticos y expertos artesanos tanto para John Wayles, el suegro de Jefferson, como para el propio Jefferson. Desde la muerte de este último en 1826 hasta mediados del siglo XX se habían aducido alegaciones creíbles por parte de miembros de la familia Hemings en el sentido de que algunos de sus antepasados fueron realmente los hijos de Thomas Jefferson y Sally Hemings. Los descendientes blancos de Jefferson lo negaron rotundamente y los historiadores estadounidenses no prestaron seriamente atención a la posibilidad de que la familia de Hemings pudiera estar diciendo la verdad hasta que los movimientos de los derechos civiles y de los derechos de la mujer dieron lugar en la segunda mitad del siglo XX a la aparición de historiadores blancos y negros que se dispusieron a aplicar sus métodos de investigación universitarios a las familias Jefferson y Hemings.
La primera biografía académica que abordó el tema de la relación de Jefferson con la familia Hemings fue la de Fawn M. Brodie, Thomas Jefferson. An Intimate History, publicada inicialmente en 1974, reimpresa en varias ocasiones y reeditada como libro de bolsillo por W. W. Norton en 2010, con una introducción de Annette Gordon-Reed, una historiadora y abogada negra, dos de cuyos propios libros serán comentados también en esta reseña. El padre de Brodie era un obispo mormón y la propia Brodie sentía una gran admiración, aunque no exenta de sentido crítico, por Sigmund Freud. Como tal, era especialmente sensible a las influencias familiares recibidas durante la infancia que podrían haber tenido un peso de manera plausible en su edad adulta en la persona que había elegido estudiar.
Por ejemplo, advirtió que en las miles de cartas personales de Jefferson eran poquísimas las menciones que hacía de su madre, y en ninguna de ellas podía percibirse cariño alguno. En su autobiografía, y con respecto a la familia de su madre, escribió que «remontan su linaje muy atrás en Inglaterra y Escocia, al que cada uno adscribe la fe y el mérito que le parece bien». Al mismo tiempo, Jefferson sentía una gran admiración por su padre, del que resaltaba sus valores individualistas y de frontera americanos.
Durante su propio noviazgo con la joven y acaudalada viuda Martha Wayles Skelton, Jefferson escribió a su agente comercial inglés, «con un dejo ligeramente irónico», que buscara en Londres las armas de su familia materna. «Tengo lo que me han dicho que fueron las armas familiares, pero desconozco en qué autoridad se apoyan. Es posible que no sea ninguna en absoluto. De ser así, pasaría a ser con vuestra ayuda un comprador, pues tengo la palabra de Sterne de que un escudo de armas puede comprarse tan barato como cualquier otro escudo». [Laurence Sterne fue un gran novelista satírico inglés y fue un autor predilecto tanto de Jefferson como de su prometida.] «En momentos posteriores de su vida escribió con dureza y desdén contra los hombres que asumían el derecho de tiranizar a otros debido al accidente de su alta cuna. Y al final se diseñó un escudo de armas que llevaba la inscripción “La rebelión contra los tiranos es la obediencia a Dios”» (Brodie, pp. 43-44).
El gran servicio que hizo Fawn Brodie en su «historia íntima» de Thomas Jefferson fue analizar con honestidad las extraordinarias cualidades intelectuales y humanas, así como las debilidades personales y los prejuicios, de un presidente cuya vida emocional había sido bien malinterpretada, bien desdeñada por las docenas de historiadores que habían ofrecido excelentes estudios de su carrera política. Brodie había analizado en detalle la bibliografía existente y se dispuso a escribir sobre los aspectos de la personalidad de Jefferson que eran, y son, relevantes para el entendimiento de las actitudes sexuales y raciales estadounidenses. Su biografía se publicó en una época en que el pueblo estadounidense en su conjunto estaba cobrando conciencia, y revisando de forma radical sus actitudes tradicionales hacia las mujeres y hacia sus compatriotas no blancos.
En lo que respecta a los aspectos específicamente raciales de la conducta de Jefferson y de su relación con la conducta estadounidense en general, los más importantes de los libros que estoy comentando son los de Annette Gordon-Reed, Thomas Jefferson and Sally Hemings: An American Controversy (Charlottesville, The University Press of Virginia, 1997), y The Hemingses of Monticello: An American Family (Nueva York, Norton, 2008). En la cubierta de mi edición de bolsillo del primero de estos libros hay un pequeño triángulo que contiene las palabras «ADN–La respuesta de la autora». ¿Respuesta a qué? El triángulo podría desconcertar a aquellos lectores potenciales que no estén al tanto del calendario exacto del debate polémico y de las pruebas de ADN. Habían pasado quince años desde la publicación del libro de Fawn Brodie en 1974 y se habían realizado diversas pruebas de ADN que sugerían con fuerza, aunque no demostraban con rotundidad, que el ADN de Thomas Jefferson estaba relacionado de alguna manera con el de los varones de la familia Hemings. Una prueba llevada a cabo en 1998 había proporcionado una prueba directa de que Jefferson debió de haber sido el padre de al menos uno de los hijos de Sally Hemings.
En la segunda mitad del siglo XX, numerosos historiadores que habían estudiado la cronología detallada de las idas y venidas de Jefferson en Monticello habían mostrado que había estado realmente en su casa nueve meses antes del nacimiento de cada uno de los hijos de Sally; y que no existía la más mínima prueba de que ni Thomas Jefferson ni Sally Hemings compartieran cama con otra persona. En realidad, muchos de los invitados de Jefferson en Monticello en los años de su jubilación quedaron impresionados por el extraordinario parecido existente entre los camareros que les atendían ocasionalmente en el comedor y su distinguido anfitrión. Pero las maneras de Jefferson, y la propia cortesía, o vergüenza, de los invitados les impedían hacer preguntas directas. El propio Jefferson debió de ser consciente seguramente de su sorpresa. Pero era una figura pública que siempre había dicho que la esclavitud era algo malo y que debía ser abolida (aunque no dijo cuándo). Asimismo, por una elemental consideración hacia los sentimientos de la madre de los hijos y de los jóvenes camareros ya adultos que eran sus hijos no reconocidos, nunca entabló al parecer conversación alguna o realizó afirmación de ningún tipo sobre la paternidad de los siervos mulatos que se parecían a él. Finalmente, docenas, si es que no centenares, de habitantes de Virginia sabían que Jefferson había tenido hijos con una criada mulata y que situaciones familiares como la suya no eran en absoluto inhabituales en el sur de Estados Unidos en aquella época.
Volvamos ahora al enigmático triángulo: en la página XIII de la Nota de la Autora introductoria de la reedición de 1999, Gordon-Reed había escrito lo siguiente: «Lo que espero que no se pierda con todo este énfasis en el ADN es el mensaje original de este libro: el tratamiento dado a Jefferson y Hemings revela el carácter contingente de la participación de los negros a la hora de moldear las verdades aceptadas de la vida estadounidense. Jefferson con una amante esclava e hijos era un concepto que aquellos que tenían confiado el poder de moldear “la verdad” de la historia estadounidense encontraron demasiado inconveniente para sus propósitos. A la vista de su malestar con esta verdad, la familia Hemings hubo de ceder su identidad e integridad. En un grado demasiado significativo, esta ha sido la historia de la vida de los negros en Estados Unidos». Una de las constantes características de este libro son las demostraciones por parte de la autora del hecho de que prácticamente todos los biógrafos de Jefferson anteriores a Fawn Brodie hubieran dado más peso a meros rumores, y a afirmaciones condescendientes, o abiertamente denigratorias, sobre los negros que la poderosa prueba circunstancial disponible desde mucho antes de que los científicos desvelaran los misterios del ADN.
Después de su estudio de la relación entre Thomas Jefferson y Sally Hemings, Gordon-Reed centraba su atención en la historia de la familia Hemings propiamente dicha. El «patriarca» de esta amplia y talentosa familia fue un inmigrante inglés de orígenes familiares modestos llamado John Wayles. Este empezó su vida americana como empleado para varios terratenientes de Virginia y más tarde fue abogado, cobrador de deudas, comerciante de esclavos y un próspero terrateniente. La eventual «matriarca» era la hija de un capitán de marina inglés llamado Hemings y una madre esclava negra africana. Según Madison Hemings –el hijo de Sally Hemings y Thomas Jefferson, que reproducía lo que su madre le había contado–, «el capitán Hemings quiso comprar a su hija, a la que había reconocido como su “propia carne”. A pesar de que ofreció un precio extraordinariamente alto por ella, el propietario de Hemings (identificado como “John Wales”, sin la “y”), se negó a vender a la niña» (Gordon-Reed, p. 49). Tras lo cual la madre africana advirtió a Wayles que el capitán Hemings estaba planeando raptar a la chica y Wayles se llevó entonces a la madre y a la hija a su propia casa. La niña era la Elizabeth Hemings que pasó a ser la concubina de John Wayles después de la muerte de su tercera esposa blanca. Más tarde ella tuvo seis hijos cuyo padre era también su amo. En su testamento, John Wayles legaba a Elizabeth Hemings y a sus hijos a su hija Martha, que se había convertido recientemente en la muy profundamente amada esposa de Thomas Jefferson.
Jefferson y Wayles se habían conocido, y aparentemente gustado, sin llegar nunca a ser íntimos amigos. Wayles era un «hacedor», no un escritor, por lo que no sabemos cuáles eran sus ideas íntimas sobre la raza. Pero el capitán Hemings había querido criar a su propio hijo mulato para ver cómo «funcionaba» el mestizaje (de acuerdo con la versión de Madison Hemings, el hijo de Sally, que era también un nieto de John Wayles y Elizabeth Hemings); y Wayles estaba también interesado al parecer en ver cómo maduraba un niño de raza mixta.
Al leer sobre la familia Hemings me vinieron a la cabeza ciertos paralelismos interesantes. John Wayles había perdido a tres esposas y encontró satisfacción sexual y probablemente un buen entendimiento personal con una esclava mulata de la que era el propietario, y que había estado a cargo de su casa. Thomas Jefferson había encontrado satisfacción sexual y probablemente una buena, o más que «buena», relación personal con una esclava mulata de la que era propietario y cuyos cometidos laborales habían sido, y siguieron siendo, estar a cargo de sus asuntos domésticos. ¿Cómo es posible entonces que varias generaciones de historiadores cualificados no se hubieran tomado en serio la posibilidad de que Jefferson se sintiera genuinamente atraído por una esclava a la que le unía exactamente la misma relación social-legal que la que había unido a su suegro con la madre de Sally Hemings?
Podría darse el caso de que algunas observaciones personales hubieran afectado también a las posteriores expectativas de la propia Sally en relación con la perspectiva de convertirse en la concubina de Thomas Jefferson. Ella era la hija pequeña de un amo blanco y su concubina mulata. Su padre había muerto siendo ella aún una niña, pero John Wayles había dejado a sus esclavos Hemings en testamento a su hija Martha, casada recientemente con Thomas Jefferson. Sally había pasado su primera infancia en el ambiente feliz de ese matrimonio y, según los recuerdos familiares de Hemings, había estado presente en el momento de la muerte de Martha Wayles Jefferson, por lo que había sido testigo de los amorosos cuidados que Jefferson dispensó a su esposa durante su última enfermedad y de la aflicción desesperada que lo embargó tras su muerte. Es cierto, por supuesto, que como esclava no tenía ninguna autoridad para elegir a su pareja, pero por aquel entonces las hijas de las familias blancas de clases media y alta tampoco tenían plena libertad para elegir a las personas con que querían casarse. Tampoco pudo haber dejado de saber –y Thomas Jefferson no podía haber dejado de saber– que era hermanastra de su recién fallecida esposa. Finalmente, en Monticello, y en general en Virginia, había muchas parejas mixtas de color que vivían juntas de forma monógama sin estar oficialmente «casadas».
Lo que es más importante, ella estaba en París a los catorce años como la doncella de las hijas del embajador Jefferson cuando él le prestó por primera vez una especial atención. La biografía de Brody (pp. 233-235) indica que tanto Thomas Jefferson como sus dos esclavos Hemings, Sally y su hermano mayor James (que estaba siendo educado como un experto cocinero al estilo francés), sabían que la esclavitud había sido abolida en la Francia continental. Ambos podían hablar francés, y habrían podido, de haberlo querido, liberarse simplemente permaneciendo en Francia una vez que el embajador Jefferson regresara a Estados Unidos. En el verano de 1789, por diversos motivos, Jefferson estuvo posponiendo sus reservas de barco y uno de los factores en juego era la incertidumbre sobre si Jamie y Sally lo acompañarían. Al final ambos accedieron a volver, pero como escribió Madison Hemings en las memorias relativas a su familia, Jefferson había prometido a Sally liberar a todos los hijos que tuviera con ella, y cumplió esa promesa en su cuidadosamente escrito testamento. Existen, por tanto, buenos motivos para suponer que Sally Hemings sí que disfrutó de un cierto grado de elección en relación con su futuro.
La curiosidad sobre la relación de Thomas Jefferson con su concubina, nunca reconocida públicamente, ha desatado, como es natural, el interés por sus relaciones con otras mujeres. En el libro bien documentado y claramente escrito Mr. Jefferson’s Women (Nueva York, Vintage, 2007), el historiador y director de biblioteca Jon Kukla nos ofrece un perspicaz relato de todas las mujeres por las que Jefferson mostró un serio interés personal. Se presta también especial atención a las relaciones de Jefferson con las mujeres en E. M. Halliday, Understanding Thomas Jefferson (Nueva York, HarperCollins, 2001). Halliday concede a Jefferson con más frecuencia que Kukla el beneficio de la duda. En ambos estudios hay grandes dosis de variedad, numerosas preguntas para las que no hay respuestas claras y muchos momentos difíciles.
El primero de los grandes amores ansiados de Jefferson, a los diecinueve años, fue una muchacha de dieciséis años llamada Rebecca Burwell, amiga y compañera de baile de varios de los amigos universitarios de Tom y considerablemente más madura socialmente que Tom Jefferson. Él consiguió concertar dos conversaciones privadas con ella en el curso de más de un año y se mostró incapaz, según escribe en sus propias cartas a sus amigos burlándose de sí mismo, de decir en persona las cosas que había previsto cuidadosamente decir. En el segundo encuentro ella rechazó simplemente su propuesta de matrimonio y él sufrió después uno de esos episodios de jaquecas de semanas o incluso meses de duración que pasarían a convertirse en una constante de su carácter emocional e intelectualmente intenso. Valiéndose de citas de numerosas cartas de los años posteriores a su desengaño, Kukla muestra a un joven claramente torturado por un deseo sexual insatisfecho y expresando sentimientos de hostilidad hacia las mujeres en general. «Después de 1764 tanto sus actitudes como su conducta hacia las mujeres fueron menos adolescentes y, a la larga, menos favorables […]. Está claro que durante los años solitarios antes de que encontrara una esposa, Jefferson se sentía tanto atraído por las mujeres como incómodo ante su presencia» (p. 40).
Betsy Walker, la segunda mujer a la que «cortejó», por así decirlo, era la esposa del amigo y compañero de universidad de Jefferson, Jack Walker. Walker admiraba los evidentes éxitos de Tom Jefferson como joven abogado. Nombró a Jefferson, que tenía por entonces veinticinco años, el principal ejecutor de su testamento. Eran vecinos (en términos coloniales), ya que vivían a unos diez kilómetros uno del otro, un fácil paseo a caballo de una casa a otra. En el verano de 1768, cuando llamaron a Walker para que viajara a Nueva York con objeto de participar en las negociaciones de tierras con las tribus indias, pidió a Jefferson que cuidara de Betsy y de su pequeña hija durante su ausencia, que acabaría prolongándose durante cuatro meses.
Tras el regreso de su marido, Betsy no dijo aparentemente nada sobre insinuaciones sexuales, pero sí que cuestionó la elección de Jefferson por parte de su marido como principal ejecutor de su testamento. No fue hasta dieciséis años después, en 1784, cuando ella habló a su marido sobre las insinuaciones sexuales de Jefferson, que, según su relato, se habían producido no solo en el verano de 1768, sino en numerosas ocasiones a lo largo de la década siguiente. No existen pruebas claras escritas o verbales de lo que sucedió o no sucedió durante las visitas de Jefferson a la casa de los Walker. Tampoco existen motivos claros de por qué Betsy decidió romper su prolongado silencio en 1784, aunque lo cierto es, por supuesto, que en 1784 el poco conocido abogado de 1768 se había convertido en el famoso autor de la Declaración de Independencia y es posible que Betsy quisiera que su marido supiese que el Gran Hombre la había cortejado. Tampoco contamos con pruebas claras de si Jefferson y Betsy llegaron a mantener alguna vez relaciones sexuales.
Jon Kukla señala en una interesantísima nota al pie (p. 236) que dos biógrafos que son más claramente favorables al carácter de Jefferson que él han llegado a conclusiones opuestas a partir de las mismas «pruebas». Dumas Malone, el decano de los biógrafos académicos de mediados del siglo XX, afirma que «Jefferson no era audaz con las mujeres […] su carácter era mucho más el de un marido devoto y un padre amable que el de un amante agresivo y resulta difícil creer que no cejara en sus deseos después de ser rechazado a cualquier edad». E. M. Halliday se hizo eco del punto de vista de Malone al aludir a «la certidumbre, por todo lo que se sabe de él, de que las insinuaciones sexuales agresivas a una mujer que no hubiera dado señal alguna de invitación eran contrarias a su carácter y a su código de conducta». En suma, si el comportamiento del agresor no era algo característico de su forma de ser, ¡entonces es la víctima quien tuvo que ser la responsable!
A partir de 1784, cuando Jefferson estaba a punto de irse a Francia, se produjeron al parecer algunos nerviosos intercambios entre Walker y Jefferson. Los dos habían perdido hacía mucho tiempo la intimidad de su amistad y ambos se mostraron deseosos de evitar que los desagradables rumores desembocaran en un escándalo. La amenaza de verdaderos problemas llegó en 1802, cuando Jefferson acababa de empezar su presidencia, con la publicación de los artículos de James Callender relativos a la esclava concubina del presidente «cuyo nombre es Sally». Los artículos incluían también la historia del supuesto acoso de Betsy Walker protagonizado por Jefferson y, de no abordarse con delicadeza, esa noticia podría haber obligado a Walker a retar a Jefferson a un duelo. Se intercambiaron las notas y los mensajes verbales privados necesarios para que pudiera salvarse el «honor» de la pareja y Jefferson escribió una carta admitiendo que «había ofrecido amor a una atractiva dama» cuando era joven, y que la acción había sido «incorrecta». Nunca llegó a revelar si la atractiva dama había aceptado el ofrecimiento.
La primera de las tres mujeres verdaderamente importantes en la vida amorosa de Jefferson fue Martha Wayles Skelton, hija de John Wayles, que había sobrevivido a tres esposas negras y luego tenido seis hijos cuya madre era la Elizabeth, o Betty, Hemings que dio su nombre a la familia Hemings. Martha Wayles se había casado a los diecinueve años, pero perdió a su marido, Bathurst Skelton, tres años después. Llegó a su segundo marido, Thomas Jefferson, como una viuda con un hijo pequeño y como una heredera cuya dote incluía miles de acres de tierra, más la familia Hemings, a la que le unían relaciones cariñosas, un adjetivo utilizado con la salvedad de que el cariño era entre una mujer blanca libre y una docena de esclavos de su propiedad.
Ningún biógrafo ha dudado del profundo amor y entendimiento mutuo que unió a Thomas y Martha Jefferson desde su matrimonio el 1 de enero de 1772 hasta la muerte de ella el 6 de septiembre de 1782. Martha era musical, tocaba la espineta y el clave, y tenía una voz agradable. Se entretenían, y amenizaban a sus invitados, con dúos tanto vocales como instrumentales, ya que Jefferson, además de cantar, era un aceptable violinista. Martha también se encargaba de la cocina, la compra, el almacenamiento, distribución y preparación de alimentos para una gran residencia. No sabemos hasta qué punto compartía ella sus intereses políticos y filosóficos, pero sí sabemos que se leían obras de los poetas y novelistas predilectos de Jefferson, especialmente Laurence Sterne. Y sabemos que sus colegas se sentían irritados por el hecho de que Jefferson no asistiera a muchas de las reuniones de la Virginia House of Burgesses porque estaba muy absorbido por la vida familiar (además de por la construcción de Monticello, sujeta a frecuentes alteraciones). Él podría haber aliviado su irritación explicando los difíciles embarazos de su mujer y los largos procesos de recuperación tras los partos, pero no lo hizo. Simplemente se quedaba en casa si su adorada esposa no se sentía bien.
Martha dio a luz en seis ocasiones en los diez años que estuvo con Jefferson. Tres de esos hijos murieron a las pocas semanas o meses de nacer. Los nacimientos se vieron seguidos de las recuperaciones cada vez más lentas de la madre, y únicamente dos hijas, Martha y Maria, vivieron hasta la edad adulta. La última hija, nacida el 8 de mayo, estuvo también destinada a morir en la niñez. Durante ese verano, marido y mujer releyeron juntos Tristram Shandy y ella empezó a copiar un pasaje favorito que él completó cuando su mujer se encontraba simplemente demasiado débil para poder continuar. Sabemos esto porque Jefferson depositó esta copia con sus recuerdos más preciados de toda una vida, junto con un rizo de su cabello, y fue descubierta por su hija Martha poco después de la muerte de su padre en 1826.
Gracias a los testimonios tanto de los Hemings como de los Jefferson sabemos que Jefferson apenas se apartó del lecho de su mujer durante sus últimas semanas. Las mujeres Hemings, que eran criadas de la casa en cualquier caso, le hicieron compañía sin dejarla un solo momento. Ellas fueron testigos de cómo Martha le pidió a su marido que no diera a otra mujer autoridad sobre sus hijos, esto es, que no volviera a casarse. Casi con certeza, la niña que cinco o seis años después se convertiría en la última mujer importante en la vida de Jefferson, Sally Hemings, que tendría a la sazón ocho o nueve años, estuvo presente en alguno de esos últimos días y debió de cobrar conciencia de la profundidad del amor que sentía su amo por su esposa.
La segunda mujer supuestamente importante en la vida de Jefferson fue una pintora angloitaliana llamada Maria Cosway. Ella y Jefferson se conocieron en París a finales de agosto de 1786, cuando ambos estaban examinando la espectacular cúpula de madera de la Halle au Bléd en compañía de un amigo mutuo, el pintor estadounidense John Trumbull. Por iniciativa de Jefferson estuvieron viéndose casi a diario durante las semanas siguientes, visitando los hermosísimos jardines que ya eran conocidos para su nuevo admirador. Cosway se sintió ciertamente halagada por estas atenciones, pero como una mujer casada que era dependiente tanto económica como profesionalmente de su marido artista, se mostraba más cautelosa que él cuando se hablaba del futuro. Jefferson tuvo también la desgracia de romperse la muñeca cuando intentaba saltar una valla en el que se convirtió en el último de sus paseos conjuntos por los jardines parisienses.
Después de que ella y su marido regresaran a Londres, Jefferson escribió para ella una hermosa carta filosófica que describió como «un diálogo entre mi Cabeza y mi Corazón». Su contenido revelaba en gran detalle estos sentimientos enfrentados, y en parte inconscientes, hacia Maria. Las breves cartas de respuesta de ella lo desilusionaron muy rápidamente en lo relacionado con la profundidad de su carácter y su intelecto. En febrero y marzo de 1787 él disfrutó de un viaje vacacional al norte de Italia, durante el cual ya no siguió escribiendo a Maria Cosway. Y en junio de 1787, cuando su hermana pequeña Maria (Polly) llegó a Londres, Abigail Adams –la mujer de John– esperaba que él acudiera en persona a acompañarla desde Londres a París. Pero no lo hizo y el motivo probable fue que Maria Cosway había oído que él iba a viajar a Inglaterra y que no deseaba volver a verla, al menos no en circunstancias en que se vieran involucrados su familia y sus íntimos amigos los Adams.
Muchos de los biógrafos anteriores a 1970 no dudaron en escribir sobre esta «aventura» como un gran amor, porque la dama era de la misma clase social que Jefferson y porque su formidable encaprichamiento inicial mostraba, por un lado, que él no había perdido su capacidad de amar; pero, al mismo tiempo, él no había insinuado siquiera el matrimonio, ya que con ello habría violado la promesa que había hecho a su esposa moribunda. Tanto Halliday como Kukla se toman muy en serio las emociones iniciales del viudo, que aparentemente no había tenido ninguna relación importante con mujeres durante cuatro años, y estaba manteniendo claramente su promesa a pesar de la tendencia francesa a no tomarse las promesas sexuales tan literalmente como lo hacían los anglosajones.
Hubo un extraordinario incidente en la correspondencia Jefferson-Cosway que, en opinión tanto de Kukla como de Halliday, apunta con fuerza a la posibilidad de que el espíritu de Jefferson se encontrara ya ocupado con la tercera mujer verdaderamente importante de su vida. Sally Hemings había estado viviendo y sirviendo en la embajada desde su llegada en julio de 1787, como la doncella-tutora de Polly Jefferson. En marzo-abril de 1788, Jefferson había realizado un viaje a los Países Bajos en el que había visitado un gran número de galerías de arte. A su vuelta se había encontrado con una carta de una enojada Maria Cosway en la que le acusaba de no haber respondido a su última carta. De la carta que él le escribió el día siguiente copio el pasaje que aparece citado por E. M. Halliday (p. 100) como indicador del sueño de Jefferson de ser un honrado patriarca que recibiera el regalo de una hermosa y joven concubina:

En Dusseldorp [sic] tuve un gran deseo de que estuvierais allí. No he visto nunca seguramente una colección tan valiosa de pinturas. Por encima de todo, las de Van der Werff fueron las que más me afectaron. Su cuadro de Sara entregando a Agar a Abraham es delicioso. Yo habría accedido a haber sido Abraham aunque la consecuencia hubiese sido que ya debería llevar muerto cinco o seis mil años.

Lo cual me lleva al más controvertido de los seis libros aquí reseñados, la novela histórica de Barbara Chase-Riboud, Sally Hemings (Nueva York, Viking, 1979), con numerosas ediciones de bolsillo posteriores. La autora es una estadounidense negra, artista, poeta y autora de libros en prosa que ha vivido tanto en Estados Unidos como en Francia. Su ambición en esta novela es retratar el mundo de la esclavitud y la libertad estadounidenses en la época de la familia Hemings y de Thomas Jefferson, que se convirtió en su amo por medio de su matrimonio y que les confió el cometido de ser los criados domésticos y los principales artesanos a cargo del mantenimiento de Monticello desde la década de 1770 hasta poco después de su muerte en 1826. 
Dado que el libro está dedicado «Al enigma de la histórica Sally Hemings» y que la nota introductoria de la autora hace referencia a «documentos incluidos en esta novela», me valdré de mi limitado espacio para ofrecer al lector un único ejemplo de su interpretación de la historia. Durante la campaña presidencial de 1800, que se tradujo en la elección de Thomas Jefferson, se produjo una breve revuelta de esclavos en Virginia, cuyo gobernador por aquel entonces era uno de los discípulos políticos de Jefferson, James Monroe. Después de que juicios rápidos y linchamientos hubieran provocado la muerte de entre treinta y cuarenta prisioneros negros, el gobernador Monroe escribió a Jefferson pidiéndole consejo sobre si poner límite a ulteriores ejecuciones y con qué método. 
Según Chase-Riboud (pp. 260-262), Jefferson enseñó a Sally Hemings la carta de Monroe. La primera reacción de ella fue: «No puedes matar a todos los esclavos de Virginia». Cito ahora de los siguientes párrafos del texto de Chase-Riboud, escritos desde el punto de vista de Sally:

Se levantó de su escritorio y vino hacia mí.
–No –dijo–, no puedes matar a todo el mundo […]. Cuándo detener la mano del verdugo es una cuestión importante. Quienes han escapado del peligro inminente deben de tener sentimientos que les predisponen a extender las ejecuciones...
–Sigo diciendo que ya ha habido suficientes ahorcamientos. No puedes matar a todos.
Pensé en la nueva semilla plantada en mi vientre. Un nuevo esclavo.
–Debes comprender –empecé– que no se trata de felones o delincuentes comunes, sino de personas culpables de lo que nuestra sociedad nos obliga a tratar como un crimen, y que representan sus sentimientos de una forma muy diferente.
–Ya lo sé –me interrumpió.
Estaba apartado de mí, con la asustada e implorante carta del amo Monroe aún en su mano. Se volvió hacia mí, pero no se acercó. Me tenía miedo. Podía olvidar en privado, pero no podía olvidar en público. Más a él mismo que a mí, dijo:
–Es cierto que el mundo en general nos condenará para siempre si nos mostramos indulgentes o vamos un paso más allá de la necesidad.
Cuando oí la palabra «necesidad» le miré a los ojos, pero no dije nada.
–Nuestra situación es realmente difícil –continuó–, porque dudo de que pueda permitirse que esas personas vayan por ahí sueltas entre nosotros con seguridad.
–¡Mándalas al exilio entonces! Es lo que hacen los franceses y los británicos –le imploré. ¡«Esas personas» eran mi gente!
Incluso mientras hablábamos, él olvidaba. Destierro. ¿No era esa la opción que barajaba James? Apreté mis manos contra mi vientre. Si yo pudiera salvar a uno… a solo uno de ellos. […]
–Mándalos al exilio –susurré.
En su rostró asomó el alivio. «Gracias», dijo, y sus ojos se llenaron de una ternura inefable. Por primera vez en su vida, él tenía un atisbo del terror de la esclavitud y, al amarme, había reconocido este terror. En esta montaña, parecían decir sus ojos, podemos mantener todo a raya, incluso esto.
Alargó la mano tímidamente y me tocó. Parecía que aún seguía asustado de mí.
– Ahora déjame trabajar –dijo.
Dejé que me tocara, pero mi mente estaba ardiendo. Había tantas cosas que quería decirle.
Me volví y lo dejé con sus cartas. Subí la diminuta escalera a los pies de su cama hasta mi cuarto. No fue hasta que mi amo se fue a Filadelfia, con las votaciones para la presidencia aún dudosas, cuando me enteré de que el último de los rebeldes condenados había sido indultado y desterrado de Virginia por James Monroe.
Mis súplicas no habían sido en vano.


Muchos de mis colegas creen que es una especie de sacrilegio atribuir pensamientos y palabras concretos a un personaje histórico. Pero yo pienso que, siempre y cuando el autor o la autora deje perfectamente claro que está escribiendo ficción basada en hechos históricos, una novela histórica escrita con habilidad puede verdaderamente permitirnos comprender la experiencia de nuestros antepasados. Sally Hemings contiene numerosas escenas en las que Chase-Riboud retrata de forma convincente los pensamientos no solo de Sally, sino también de su madre Elizabeth y de su hermano mayor Jamie. Y he leído suficientes cartas y discursos de Thomas Jefferson como para admirar el modo en que esta autora ha captado el ritmo y el vocabulario de sus expresiones.
Un aspecto muy importante, y poco estudiado, de la vida intelectual de Jefferson es el de los papeles que desempeñaron las recomendaciones griegas, romanas y de la Ilustración en su propio pensamiento. Andrew Burstein, en Jefferson’s Secrets: Death and Desire at Monticello (Nueva York, Basic Books, 2005), subraya la importancia de los escritos clásicos, y de los de la Ilustración del siglo XVIII, en las obsesiones personales de Jefferson con la dieta, el ejercicio, la limpieza, los baños y el sueño. Tomó nota de las recomendaciones de los médicos suizos y franceses contemporáneos en relación con las virtudes de las frutas y vegetales frescos, así como de la moderación en el consumo de carne y de alcohol. 
Por lo que respecta a la salud, el ejercicio y las relaciones con las mujeres, el ejemplo griego, tal y como lo estudiaron y reafirmaron los médicos de la Ilustración, puede que resultaran especialmente importantes para él. Para los griegos, las mujeres no estaban consideradas como las iguales intelectuales y morales de los hombres. Las esposas eran propiedad de sus maridos y los bastardos no recibían los nombres patronímicos de sus padres. Entre los atenienses se pensaba que una concubina que se mantenía para la producción de hijos libres desempeñaba un papel social positivo. Al mismo tiempo, como Jefferson leyó en la obra de varios autores franceses de la Ilustración, el coito era muy preferible a la masturbación. Es posible que todas estas lecturas justificaran para su espíritu interno los tipos de dieta, ejercicio y vida sexual que prefirió.
En relación con Sally Hemings, Burstein acepta la prueba del ADN de que ella dio a luz a los hijos de Thomas Jefferson. Pero evita las interpretaciones tanto romántica como racista de la relación. Por citar su propio resumen: «El enigma Jefferson-Hemings podría reducirse a algo bastante convencional. Suponiendo que Jefferson quedara convencido por los respetados fisiólogos cuyas obras poseía, habría considerado a su criada de un modo muy similar al de un aristócrata inglés que buscara placer en su casa con una criada joven, fértil, blanca y técnicamente libre pero completamente dependiente. El poder, en ambas situaciones, era muy real. Pero la situación de servidumbre de Sally en relación con otros esclavos, como la de toda la familia Hemings en general, se vio mitigada por una piel clara y la conexión genética con el suegro de Jefferson. Pero solo una fascinación más propia de la prensa amarilla debería inducirnos a concebir la relación Jefferson-Hemings como una gran historia de amor, largo tiempo escondida del público general y ahora revelada de repente por detectives forenses» (p. 158). 
Para mí, el aspecto que más invita a la reflexión de la investigación de Burstein es su análisis de la determinación con que Jefferson, a lo largo de toda su vida adulta, acumuló los documentos, los recortes de periódico, las copias de las cartas que recibía de amigos y enemigos, con sus respuestas a esas cartas, todo ello con el propósito consciente de asegurar que su interpretación de la(s) revolución(ones) norteamericanas resultaran accesibles para las futuras generaciones. Para Jefferson se habían producido en realidad dos revoluciones: la de 1776, que había dado lugar a la independencia de las antiguas colonias británicas, y la de 1800, que había impedido, con el triunfo del partido Democrático-Republicano, que los federalistas convirtieran a los nuevos Estados Unidos en una monarquía al estilo británico o una república dominada por la rica minoría conservadora. 
Por citar una vez más a Burstein: «Jefferson rehuyó una protoaristocracia de ese tipo, cuya dudosa demanda significaba constreñir la definición de “ciudadanos destacados” a ciudadanos con dinero. Él prefería, en cambio, abrir el gobierno a aquellos que abrazaban la energía y el espíritu de la gente corriente. Su definición de respetabilidad no era oligárquica; defendía las propiedades pequeñas e independientes de tierra más que la riqueza que estaba cuestionablemente ligada a las conexiones personales de alguien con aquellos situados en la cima del poder nacional. En Filadelfia, la capital de la nación durante gran parte de la década de 1790, hombres de origen humilde pasaron a ser políticamente activos, entre ellos impresores, comerciantes y fabricantes a pequeña escala. Estas personas encarnaban el movimiento jeffersoniano» (p. 192).
Estos fueron los ideales que mantuvo durante toda su vida el más intelectual y personalmente creativo de los presidentes estadounidenses, inexplicablemente retrógrado en su racismo y antifeminismo, pero aun así el más importante de los dirigentes políticos de finales del siglo XVIII, que insistió en que la nueva república estadounidense debía convertirse en una democracia verdaderamente representativa para el conjunto de la sociedad.
 
 
Traducción de Luis Gago
Este artículo ha sido escrito por Gabriel Jackson especialmente para Revista de Libros.

01/12/2011

 
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