ARTÍCULO

Una recuperación debida

Alba, Barcelona, 1997
423 págs.
 

Los caminos de la justicia poética son inescrutables y azarosos, y si muchas veces la fama de algunos autores se debe a fenómenos sociológicos muy perecedores, el desconocimiento de otros hay que achacarlo al peso de la rutina y a la pereza mental que nos lleva una y otra vez por los caminos trillados. Sólo así se explica el olvido de Antonio Rabinad, un narrador que está no sólo a igual altura que otros consagrados de su generación, sino que debiera tener un alto reconocimiento en el conjunto de la prosa de postguerra. No ocurre eso, y ni siquiera la crítica académica, más receptiva a la escritura de calidad, le ha prestado atención. Basta con ver su discretísima presencia e incluso su ausencia en conocidos panoramas de la prosa reciente, los de Ignacio Soldevila o de Gonzalo Sobejano, o –auténtica viga en el ojo propio– la injusta desatención con que le ha tratado quien firma esta nota en una historia de las letras españolas del último medio siglo.

Vaya por delante este mea culpa para sugerir, a continuación, una posible causa: Rabinad es un autor un tanto atípico que no se ha doblegado a los usos literarios predominantes. Barcelonés de 1927, publica ya cuentos a finales de los cuarenta y su primer libro aparece en el decenio siguiente: Los contactos furtivos (1956). En los sesenta da tres excelentes narraciones, una de ellas confesional, A veces, a esta hora (1965), El niño asombrado (1967) y Marco en el sueño (1969). No lo publica, además, un editor insignificante, sino Carlos Barral en la entonces imprescindible Seix Barral. En sus novelas, por otra parte, hay una conciencia histórica y un sentido crítico que, de alguna manera, le aproximan al testimonialismo. De esta sumaria relación de datos se obtiene un perfil bastante próximo al de los miembros de la conocida «generación del medio siglo», en la que Rabinad siempre es un gran ausente. El motivo –descartadas manipulaciones o malevolencias– podría estar en la dificultad de encasillarle con rigor en ese grupo, pues nunca en sus relatos –conozco todos los citados, menos el primero– se atuvo al objetivismo estricto que pedía la estética realista mediosecular.

Rabinad publicó en 1983 Memento mori, una narración que por su tono vuelve a asociarle a la trayectoria común de sus coetáneos, pues su carácter rupturista y el peso de los recursos formales coincide al ciento por ciento con el proceso renovador que habían encabezado Martín Santos y Juan Goytisolo. Pero la obra pasó inadvertida y su autor siguió en una marginalidad grande que quizás ahora estemos a punto de reparar. Porque su nombre ha sonado a raíz de una película basada en un guión suyo –Libertarias– y porque se reedita la citada Memento mori, su novela mayor, ante la cual –y nos guste más o menos cierto entusiasmo formalista– resulta difícil no reconocer su ambición, su importancia, su seriedad, sus múltiples logros. En suma, una excelente novela dentro de su peculiar planteamiento, que no es, por cierto, el que predomina en nuestros días y por eso otra vez el silencio puede recaer sobre ella.

Imposible dar aquí cuenta, ni siquiera aproximada, de una trama anecdótica compleja e intrincada en su disposición. Baste decir que diversas historias se entrecruzan y presentan las relaciones personales de varios personajes. Al modo de la novela confesional, un motivo del presente de la narración –un médico anuncia a Zoilo la gravedad de su estado de salud– estimula unos recuerdos que rescatan peripecias de un buen número de personajes, y en particular de una mujer y un hombre, Ángela y Agustín, que, con lazos entre ellos, se convierten en verdaderos protagonistas junto a Zoilo. Estas peripecias llevan el relato hacia atrás, hasta la marcha de la guerra civil en Cataluña en 1937 y tienen un límite en los tiempos sombríos de la postguerra, en 1953, cuando el citado Agustín sale, en el capítulo final, de la cárcel a donde le ha llevado la represión franquista para incorporarse a la mili.

Memento mori, como apunta el título, posee una honda y trágica vibración reflexiva acerca de la muerte y ha de tenerse por un relato culto, de intención individualista. Pero esta línea que profundiza con lucidez y desgarro en el sentido personal de la existencia se funde en aleación de materiales indisociables con una voluntad cronística y testimonial. Surge así una novela de individuos inseparable de un marco histórico exacto. Porque el marco, reconstruido con fidelidad documental, determina el modo de ser de las personas, sus gestos, sus hechos, sus temores. El ambiente genera sus desgracias al presionarles en su comportamiento, al oprimir su libertad, al dictar una ética. De haber vivido en otras circunstancias, no se habrían comportado como lo hacen. Vista así, la novela constituye uno de los alegatos más desnudos e implacables de aquella España autárquica, fundamentalista, miserable tanto en lo económico como en lo moral. La amargura y la rabia que destila la novela no está impostada sobre ningún fácil tremendismo, sino sobre una vivencia de la vida corriente en la calle, un sentido casi poético de la cotidianidad en los barrios populares barceloneses, lo cual ha permitido relacionar a Rabinad con un cierto sector de la obra de Marsé.

La estructura con que se presentan esas anécdotas y sus temas tiene tal complejidad, en cualquiera de los elementos en que se indague, que su resultado es una novela tan valiosa, impresionante y lograda como difícil. Pero a nadie engaña el autor. Obsérvese que añade al final del libro una cronología en la que detalla las fechas alternantes en que se emplazan los sucesos de las distintas secuencias del relato. La cual se acompaña de una indicación, mediante las letras Z, A y S, acerca de los protagonistas de «cada uno de los distintos niveles de narración» de la obra. Sólo quien sabe la dificultad implícita en la maraña temporal y de perspectivas de su historia tiene semejante gentileza.

Malo –aunque sea de agradecer el detalle– que un narrador ofrezca esa ayuda. Ahí está la grandeza y la debilidad de la novela. Debilidad porque el artificio resulta a veces excesivo y exige un esfuerzo no pequeño. Grandeza por la maestría formal, por la potencia estilística, por la variedad de registros que va del estremecimiento al latido poemático. En cualquier caso, Memento mori es una gran novela, infrecuente, rigurosa y admirable, apta sólo para quienes la literatura significa un reto moral y artístico.

01/11/1997

 
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