ARTÍCULO

La voz en fuga

Anagrama, Barcelona.
Trad. de Joaquín Jordá
120 págs. 9,24 @
Anagrama, Barcelona
Trad. de Joaquín Jordá
 

No es habitual que una escritora de cuarenta años elija imaginar en su primera novela el monólogo de un hombre de setenta y tres; y no lo es porque parece desperdicio que una mujer no asuma la voz íntima femenina, tan estimada en la literatura de nuestros días. Yasmina Reza se arriesga además, con Una desolación, a pasar por atrevida y desdeñosa. Atrevida porque podría sonar a pretenciosa osadía contar la intimidad de una voz que ha recorrido en la vida casi dos veces más trecho que la autora. Desdeñosa porque esta novela no es la respuesta previsible tras el éxito de crítica y público que mundialmente le proporcionó la obra de teatro Arte; ese éxito tuvo mucho que ver con una iconoclasta visión sobre el arte que ponía irónicamente en entredicho las teorías más modernas y las posiciones más intelectuales; que ahora Una desolación se detenga en una voz que refunfuña y sermonea sobre asuntos de escasa actualidad, deja suponer que Yasmina Reza no aprovecha para servir a su público un segundo plato de la misma celebrada cazuela.

Pero Yasmina Reza es menos atrevida de lo que parece, y desde luego nada desdeñosa del éxito, al que incluso confiesa amar con demasía. En el terreno del atrevimiento, la autora se ha provisto de coartada, y esa arriesgada figura de viejo a la que pone voz, es en realidad un trasunto de figura paterna con anclaje autobiográfico; de hecho, Hammerklavier –libro de relatos escrito con anterioridad a Una desolación– posee varias piezas que son preludios a la novela: a menudo aparece esa figura del padre, algo excéntrico, gran melómano (como la hija), admirado tanto en sus trapisondas preseniles como en sus patéticos esfuerzos de superación ante la implacable enfermedad. En uno de esos textos aparece incluso un monólogo del personaje, monólogo que será después la osamenta de Una desolación, y en él se ensaya una voz irónica y dolorida reconviniendo al hijo distraído de los valores convencionales y embobado por las bellas artes, la flauta travesera y la quinesiología.

El supuesto desdén del éxito queda también comprometido por el simple hecho de que Una desolación es novela con débito y vocación teatral; la dramaturga no abandona verdaderamente el género que le dio notoriedad, sino que lo introduce en la novela, y su texto recita el monólogo de un personaje construido como un «carácter» de obra escénica; este personaje recuerda a los viejos maniáticos que pululan por la obra de Molière, y no le faltan los ingredientes de la farsa (se deleita en escenas de disputa casera, su mujer le pega); pero también posee espesor trágico, pues es hombre que vive la cercanía de la muerte como empequeñecimiento del mundo y de su persona. La pretensión de Reza es hacer creíble un personaje cómico y a la vez dramático que parece condenado de antemano al cajón de los histriones patéticos; su credo defiende que la risa trágica es infinitamente superior a la felicidad beatífica, y es precisamente una risa trágica lo que trata de provocar este libro al presentar a un bufón misántropo que es también héroe existencial a su manera. Samuel, que se vería muy a gusto en un papel de cruzado medieval redimiendo a sangre y fuego mediocres y contemporizadores, reprocha a su hijo que sea feliz («te habría preferido criminal o terrorista antes que militante de la felicidad») porque «no se puede ser amigo de un hombre feliz o que aspira a serlo, no te ríes con un hombre feliz».

El principio del libro parece anunciar un discurso contra la molicie y la complacencia de quienes se dicen satisfechos de la vida, un discurso aderezado con ingredientes de enfrentamiento generacional, pero pronto se ve que la novela prefiere centrarse en la exaltación de la risa. Samuel considera la risa como base esencial de la amistad, y ello no sorprende si el lector recuerda que la quiebra de la amistad entre los tres personajes de Arte empezaba precisamente con reproches sobre la falta de sentido del humor de unos y otros. Arte utilizaba este reproche para montar luego una escalada de disputas que terminaba en pelea, lo cual, naturalmente, producía risa. Una desolación también hace reír, y hacer reír es la mejor manera –teórica o práctica– de convencer de las bondades de la risa, algo que ya conocía el texto de Hammerklavier, que se abre con el recuerdo de un agridulce acceso de risa de la narradora frente a su padre moribundo e incapaz de interpretar un adagio al piano.

Una desolación parece plantear una disyuntiva tajante entre felicidad y risa, y el lector se pone a la espera de cierta enjundia teórica que defienda la risa como una metonimia del sufrimiento humano que al tiempo que lo conjura lo manifiesta. Sin embargo, el vejete de la novela se encasquilla en una variedad reducida de frases quejumbrosas con regusto bíblico (es judío, aunque casi le pese) o en clamores de trágico corifeo, y no pasa de afirmar que la risa y el deseo son las únicas armas contra la monotonía y el empequeñecimiento que nos procura la vida; prefiere distraerse en anécdotas dispersas, y ofrecer más agilidad narrativa que hondura de pensamiento, cosa que el lector no sólo no reprueba sino que incluso disfruta, pero que le hace entrar en sospecha de que el soliloquio tiene otros objetivos. Como en el caso de Arte, que fue comprendida por buena parte del público como una discusión sobre arte actual cuando lo esencial era la propia dinámica teatral de la disputa entre los amigos, ocurre en Una desolación que lo llamativo de las afirmaciones de Samuel y de su carácter distraen al lector de los verdaderos logros de la novela, logros que están del lado del tono y de la composición más que del lado de las ideas. Si la novela funciona como novela y no se queda en parlamento teatral, es porque su monólogo engendra sabiamente diálogos y narraciones: entre refunfuño e improperio se cuelan retazos de marea poética y reflujos de voces ajenas.

Samuel es un enamorado de la música, y se entusiasma con el «Arte de la fuga» de Bach, que hace «bailar su alma»; como una fuga suena el texto de esta novela donde se acordan tema y contrapunto; partiendo de motivos recurrentes –«explícame la palabra feliz», «día tras día el mundo me habrá empequeñecido» «agitar la vida, agitar a Dios»–, el monólogo deriva hacia voces que no le pertenecen y que son vetas de dulzura en la acidez de su discurso: la voz esquiva de la amante de su juventud, la voz cómplice del contemplativo vecino y amigo, la voz risueña y coqueta de una antigua amiga reencontrada, la voz cariñosa del hijo –la más deseada, la que el viejo se atreve finalmente a inventar entre vapores etílicos–. La proliferación de diálogos injertados en el monólogo alcanza fuerza centrífuga suficiente para imaginar esa conversación con el hijo en la que éste responde, en la que cuenta qué significa para él ser feliz, en la que hace inventario de las risas compartidas con el padre; y el movimiento libera también el corazón tierno y desamparado de Samuel, que se ha enmascarado durante cien páginas tras las muecas más grotescas. «Con la gente que quiero –le dice Samuel al hijo– me gusta rozar el precipicio, me gusta el peligro extremo. Me pongo en estado de extrema odiosidad o en estado de extrema fealdad para poner a prueba su afecto.» El señor Ostinato –como este melómano se llama a sí mismo– habla «liberado del paraíso de la moderación», su voz entona un «in-moderato cantabile».

La música está en la trama de esta novela de un modo más tonal que temático, y ello le proporciona una textura de la que carece Hammerklavier, libro que, pese a nombrar con su título una sonata de Beethoven, no ejecuta sino un punteado inconexo. Una desolación es, sin embargo, una historia que cuenta el dolor de la palabra solitaria, y que la pone narrativamente en fuga para que acuda otra voz en contrapunto. La fuga decimotercera de Bach, dice Samuel, «cantada y bailada una vida entera, es inexplicablemente portadora de alegría»; claro que, para él, «la alegría es un canto fúnebre»; por eso no extraña que el soliloquio transcurra indeciso entre la risa incontenible y la mueca de la amargura. Por eso (y porque lo teatral contamina fecundamente lo narrativo) Una desolación tiene alma de tragicomedia.

01/05/2002

 
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