ARTÍCULO

La aldea perdida

Seix Barral, Barcelona, 221 págs.
 

Fiel a su actitud de denuncia contra el progreso ciego y la desaparición irreversible de la cultura rural, Jiménez Lozano, que en la última década ha publicado un libro de narrativa al año, y en diversos géneros, desde el histórico al costumbrista, traslada a esta novela una nueva versión del tópico clásico del menosprecio de corte y alabanza de aldea. Un hombre en la raya cuenta la historia de César Lagasca y de un pueblo castellano, aislado y encerrado en sus modos de vida y en sus tradiciones, que sucumbe ante la barbarie capitalista y tecnológica de la sociedad urbana y sus promesas engañosas de futuro bienestar.

Detrás de esta historia, que se remonta a la guerra civil, con referencias históricas más lejanas de las que proviene parte de la tradición ancestral del pueblo, y desemboca en el presente, se percibe el propósito de diagnosticar en pocas páginas las enfermedades sociales y morales de la España de nuestros días. Una España, parece concluir el autor, anclada en un pasado aún no cicatrizado y abocada a un futuro vertiginoso en el que irá perdiendo sus mejores valores y principios a cambio de nada, entre la impunidad de los culpables y la imposibilidad de exigir responsabilidades.

Hasta aquí el proyecto y las intenciones del autor que, sin duda, pueden dar lugar a contrarias interpretaciones ideológicas, pues igual pueden considerarse una defensa del humanismo frente a la irracionalidad materialista que una proclama nostálgica a favor del conservadurismo frente al progreso y la modernidad social. Porque nada parece quedar al margen de la denuncia explícita, ya sean la brutalidad de la guerra o el caciquismo de antaño, o ya sean los nuevos rumbos de la educación pública o las corrupciones políticas y empresariales de hoy.

El problema aparece cuando todo este material se convierte, o se trata de convertir, en ficción novelesca. De una parte, la vertiente del libro más comprometida con la realidad, es decir, la denuncia de los cambios sociales, políticos y económicos que acarrean la desgracia al pueblo, presenta un discurso de rasgos tan explícitos que cuadraría más a un estudio sociológico o a un reportaje periodístico que a una novela. Las páginas sobre la enseñanza o sobre los negocios turbios de las empresas que atentan contra el pueblo son, en este sentido, emblemáticas.

De otra, el entramado novelesco no alcanza una verdadera configuración narrativa. Aun concediéndole al autor la corrección impecable de su prosa, puede afirmarse sin ambigüedades que Un hombre en la raya es un relato sin desarrollar, dotado de un planteamiento esquemático, una estructura y una trama caóticas y unos personajes que en raras ocasiones se mantienen en pie.

En primer lugar, el autor abarca tantos asuntos y temas que a ninguno trata con la profundidad deseada. Si desdibujadas quedan la peripecia de los personajes en la guerra civil y su vida actual en el pueblo, aún más se diluye la relación de los hechos –historias personales y amorosas, rencores antiguos, asesinatos, secretos e intrigas, manejos económicos– que el narrador intenta encajar y el lector no alcanza a vislumbrar.

En segundo lugar, para apoyar la tesis ideológica, la novela plantea un esquema temático rígido que descansa en unos puntos de partida y de llegada absolutamente extremos. La situación inicial del pueblo, placentera e idílica, y su apocalipsis final no se justifican de modo convincente ni por la trama ni por la acción de los personajes, sino que se resuelven al final de golpe fortuito y sin atender a los precedentes narrados.

Y es que, en tercer lugar, la trama y la estructura carecen de cohesión. Su desorganización no es producto del intencionado caos temporal o espacial y el contrapunto de líneas argumentales, sino de la alternancia de los asuntos sin razones claras ni coherentes, de la aparición brusca e imprevista de algunos personajes o de la interrupción inconsecuente de sus peripecias.

Con lo cual, en cuarto lugar, los personajes, incluidos los principales, carecen de una sólida caracterización que delimite su papel en la novela. El lector no acaba de entender qué extraña aura desprende César Lagasca para que el pueblo le considere y respete a ciegas, quién es realmente Marcos Tárrega, cuál es el origen de la protección y el control que el enigmático don Bento Nuñes ejerce sobre el pueblo, qué hay en la cabeza del supuesto asesino Feli, por qué surge de repente Paco Ronda en la trama, o en fin, qué hace y significa en la novela Gabriela cuando, según se especifica, es pieza fundamental en la vida de César y en consecuencia uno de los motores de la trama.

Un hombre en la raya, por tanto, entra por méritos propios en el grupo de novelas fallidas e innecesarias. De su lectura quedan tantas dudas y preguntas sin resolver que, aparte las apuntadas más arriba, no se sabe por ejemplo qué prima en ella, si la historia confusa de un personaje, César Lagasca, cuyo protagonismo se anuncia en el título, o la no menos confusa del pueblo de Atajo, cuyos habitantes son meras sombras novelescas. Para ser sinceros, poco importa desvelarlo.

01/01/2001

 
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