ARTÍCULO

En torno al casticismo

Coedición de las editoriales Renacimiento y Comares, Sevilla y Peligros (Granada), 1996
480 págs.
 

En materia de poesía, nuestros más actuales pecados son muy antiguos. En el día a día, su curso ha solido estar fiscalizado por cenáculos de varones quisquillosos, displicentes, muy reidores de desdenes y, por sólo atentos al rival y vecino, resueltamente subpirenaicos. Lo curioso es que, a juzgar por la experiencia de este reseñista, los poetas de aceptables para arriba son en el fondo poco dogmáticos: arbitrarios tal vez y neuróticos casi siempre, pero, llegado el caso, capaces de apreciar al que no comulga con sus supuestos, como al fin y al cabo corresponde a quien conoce un oficio. Tampoco, si se repara, lo son las editoriales: ninguna de nuestras colecciones destacadas de poesía deja de albergar diversidad, por caprichosas que sean algunas de sus bolas negras. La supervivencia de nuestros vicios se produce, pues, cuando se trata de crítica, sea la profesional o la de los poetas que en ella se meten. Y es natural que así sea, pues la crítica es a los poetas lo que el marketing a las gaseosas, pero es también odioso, que la crítica tiene otras exigencias y obligaciones, y en concreto la de ser útil a la poesía en general, no a la de quien sea, y a lo que la poesía hace y significa.

Los escritores de la «Escuela de Barcelona» se creyeron destinados por los años cincuenta a acabar con algunas de estas propensiones carpetovetónicas. En parte por razones de peso, pues hablamos de gentes reflexivas, y tan cultas como Gabriel Ferrater, que podía hacer objeciones de estilo en cinco idiomas. Y en parte, inevitablemente, por distanciarse de una vulgaridad y una atonía que encontraban madrileñas. En 1960 una de sus iniciativas de marketing dio lugar a la antología de J. M.ª Castellet titulada Veinte años de poesía española: Antología, 19391959. Desde entonces no ha dejado de escandalizar la ausencia en sus páginas de Juan Ramón Jiménez, aunque se daban para ella tibias razones. Pues bien, he aquí Treinta años de poesía española –con, en mi edición, el intrigante subtítulo (1975-1995)–, de José Luis García Martín. Demos por bueno lo de treinta: en el primer año de la treintena se publica, por ejemplo, Alianza y condena, tercer libro del precoz Claudio Rodríguez (nacido en 1934). En el último aparece, también por ejemplo, la Obra poética de Aníbal Núñez (1944-1987), mucha de ella hasta entonces inaccesible. Entre medias se han dado realmente a conocer Francisco Pino, Antonio Gamoneda, María Victoria Atencia y un Valente nuevo, y se ha venido a España Tomás Segovia, todos ellos nacidos antes del 39. Nada de esto se advierte ni comenta en el libro de García Martín, donde hay obra de veintitrés poetas nacidos entre 1939 y 1961, sin otra justificación que la de que «selecciona poetas nacidos con posterioridad a la guerra civil y que comenzaron a publicar a partir de mediados los años sesenta». Si estaba mal lo de Castellet, convendremos por lo menos en que del 60 acá los títulos de libros se han devaluado.

Bien es verdad que los poemas seleccionados son de calidad y que, aceptados los límites de esta selección, los poetas que están merecen estar en ella; es más, que sin duda quedarán en cualquier selección representativa que se haga de lo producido en estos años. Quien se interese por la poesía española actual hará bien, por tanto, en procurarse el libro y disfrutará con él. No obstante, quien quiera saber algo de esos treinta años de poesía en España y no lo haya averiguado previamente por su cuenta tiene derecho a sentirse estafado. Ésta es una antología de tendencia (cosa, por supuesto, perfectamente legítima, y tanto más cuanto más estimable sea su contenido) pero presentada como si no lo fuera y que, para lograr esta apariencia, elude por completo toda justificación de sus criterios y toda contextualización de lo seleccionado. Lo consigue mediante una combinación muy nuestra de procedimientos de crítica escolar con ese estilo de «y no miro a nadie» que siempre ha triunfado en las tertulias de casino.

Así, García Martín no explica el poco caso que hace de dos sectores de la humanidad: las mujeres y el extranjero. Se nota mucho lo segundo en la bibliografía, donde comparece el más recóndito recorte del Diario de Jerez, pero ni siquiera un libro tan constructivo y poco chirriante, y de un autor tan conocido entre nosotros, como Spanish poetry of the twentieth century de Andrew Debicki, que es de 1994. Hay exactamente dos referencias en lengua foránea, ambas de autores españoles y del mismo número de la misma publicación. «Español», aquí como en el título del libro, significa «de lengua española castellana». Nos vamos acostumbrando otra vez a que ni siquiera se precise, pero hay otros trazados de fronteras que nadie parece haberse cuestionado nunca: ¿por qué no son poetas españoles, por ejemplo, Cristina Peri-Rossi o Santiago Sylvester, que han nacido en América pero que llevan décadas entre nosotros? Sin duda, tener en cuenta estas salvedades complicaría los esquemas de este y otros antólogos, pero ésa es precisamente la cuestión: nuestros críticos están confundiendo el mundo con algo que no sé cómo llamar. Quizá filología hispánica.

Véase el caso del género femenino. García Martín declara que prescinde de autores «no poco jaleados por la crítica (pero que a mí, quizá erróneamente, me parecen de escaso interés)». Se ha de suponer, por tanto, que todo lo ausente le parece inferior, y García Martín sí que se ha leído todo lo habido y por haber. Resulta de ello que le gusta poco todo lo escrito por mujeres de obra consolidada, con la excepción de Ana Rossetti. Bien, pues que lo diga: la inclusión de lo que los gringos llaman una token woman no le exime de ello. Se advertiría entonces que gran parte de las escritoras, aunque difieran tanto como Clara Janés de Luisa Castro y Olvido García Valdés de María Antonia Ortega, efectivamente casan mal en la falsilla. Eso suscitaría la cuestión, ahora silenciada, de si no es la falsilla la que no sirve. Como la suscita la simple mención de dos ausentes, el citado Aníbal Núñez y Leopoldo María Panero, gentes de vida desastrada que mal podían dar en el distanciamiento irónico o elegíaco que García Martín preconiza (aun cuando Núñez, en particular, pudiera dar al más avezado lecciones de poética y, por cierto, de cómo aprovechar a Cernuda). Y hablo sólo de autores cuya presencia pública es indiscutible.

Insisto: el uso de un esquema permite aquí al antólogo no justificar opciones. En principio hay dos caminos posibles: dar una selección representativa o explicitar una postura crítica. García Martín, que rehúye el primero, no recata sus gustos: términos como «jaleados» para el excluido, páginas glosando otras antologías propias junto a una única frase dedicada a las ajenas Antonio Ortega, La prueba del nueve (Madrid, Cátedra, 1994) y Antonio Garrido Moraga, El hilo de la fábula (Madrid, Antonio Ubago, 1995) –que no aparece por error en la bibliografía general–. No se menciona la muy interesante de José María Parreño y José Luis Gallero, Ocho poetas raros (Madrid, Árdora, 1992). Con posterioridad a los libros aquí examinados ha aparecido el n.º 25/26 de la revista La página (Santa Cruz de Tenerife), que ayuda a entender a los poetas escogidos por García Martín y a ampliar la nómina de los tenidos por afines; ver también Miguel d'Ors Última poesía española, Nueva Revista, 50 (abril-mayo de 1997) y las antologías La nueva poesía de Miguel García Posada (Barcelona, Crítica, 1996) y El Sindicato del Crimen, que luego cito, así como 10 menos 30 de Luis Antonio de Villena (Valencia, PreTextos, 1997). Para selecciones complementarias de entre la poesía joven y no tanto se puede recurrir al n.º 565 de Ínsula (enero de 1994), al n.º 97-98-99-100 de Hora de poesía (enero de 1996) y más recientemente a una enojada reseña de Carlos Álvarez-Ude en el n.º 48 (enero-febrero de 1997) de Letra Internacional. Para un período anterior es muy útil Musa del 68 de Ángel L. Prieto de Paula (Madrid, Hiperión, 1996)., esa atención a la ortodoxia que la hace encontrar «quejumbrosa» una mínima divergencia del sensato Miguel d'Ors. Pero, porque le viene bien o porque no es capaz de dejar los tics del funcionariado, transfiere esos gustos a un proceso histórico cuyo único cometido es sancionarlos presentándolos como lo que resulta, a la postre y en culminación, de todo el desarrollo anterior. Pues el estilo habitual de la crítica española es en esto ferroviario: primero tenía usted el Intercity y luego un Talgo, pero ya no los coge, así que le toca el AVE.

El último suele ser un AVE, no se sabe por qué. Y todos los poetas van con billete de grupo y la crítica consiste en poner los grupos bien puestos en donde tienen que ir. ¿De verdad se piensa que tales contabilidades, que ya ni para hablar de la novela contemporánea sería de recibo, pueden seguir reemplazando a la crítica, a la lectura de la poesía? Para una sola cosa sirven, que se me alcance: para que el devenir de la poesía nuestra parezca absolutamente distinto del de cualquier otra, incluidas las americanas. Así hay que leer menos y somos los locales los que ponemos el listón.

Bien poco beneficia este sistema a los propios poemas que intenta defender. Los aquí seleccionados merecen ser leídos, cuando no recordados. Sus autores, agrupados sin otro criterio real que el de algunas afinidades de dicción, se convierten a los ojos de otros en un espantajo colectivo, cuyo éxito inexplicado (es decir, libros como éste) se juzga explicable sólo por oscuras confabulaciones. No exagero: la divertida antología El Sindicato del Crimen de su enemigo ficticio Eligio Rabanera (Granada, «La Guna»/Comares, 1994) queda pálida junto a Elogio de la diferencia. Rodríguez Jiménez ha dirigido a diversos poetas un cuestionario de preguntas retóricas: así, la primera de ellas solicita la opinión que merece la poesía oficial y sólo la segunda inquiere si la poesía oficial existe. Debidamente amontonadas, las respuestas confirman las apocalípticas previsiones del encuestador, quien, con todo, no evita, por ejemplo, convertir el literal «pronóstico reservado» de Antonio Porpetta en un parte médico negativo más. Como tampoco aquí se entra en analizar nada, ni de hecho en mencionarlo, de tan ocupado como está el autor denunciándolo, el resultado es rigurosamente inútil. Queda la mención de los encuestados y un poema de cada uno, que posiblemente anime a alguien a entrar en su obra. Pero tendrá que rebuscarlo entre la maraña de opiniones genéricas y por entre fotos a página entera, que acaban sugiriendo que la poesía no es lo más importante para los propósitos del volumen.

El único poeta que aparece en las dos antologías es José María Álvarez, para quien la actual poesía española «da una nota más baja que el cerdo». Esto revela algo, más que de la poesía misma, de lo que pasa cuando así se critica y selecciona. El vacío sigue siendo más bien en la cabeza, y eso da lugar tanto a bostezos como a la susceptibilidad altanera y belicosa del que no sabe muy bien qué hacer consigo mismo. Ante lo cual cabe sacar una conclusión de otro orden: la de que por una vez la lógica, la justicia, la prudencia y la estética aconsejan todas lo mismo. Esto es, desprenderse de vicios críticos, abrir la ventana, desandar camino y atreverse a pecar, si de algo, de excesiva generosidad. Todo ello, claro está, pensando un poco. García Martín se precave vaticanamente atribuyendo las futuras críticas adversas a poetas no seleccionados, si bien omite recordar que él también es poeta. Eso me obliga a acabar confesando que, aunque no muchos, he publicado versos. Pero no hace al caso. Visto lo visto en la liga profesional, cualquiera prefiere seguir jugando de amateur.

01/05/1997

 
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