ARTÍCULO

Una obra bien hecha

Fondo de Cultura Económica, Madrid, 1998
768 págs. 3.221 ptas.
 

Sea el género que fuere en el que se exprese, me atrevería a decir que uno reconoce la voz de Tomás Segovia, una voz nunca estridente, meditativa, solitaria, y lanzada siempre hacia la búsqueda. Ese espíritu de búsqueda quizás le ha llevado a concebir varios libros y fragmentos de libros como una composición con estructura de acoso, como se evidencia en Historias y poemas, Anagnórisis, Figuras y melodías o Cantata a solas. No es este el lugar para dar una imagen abarcadora de una obra poética tan rica y extensa, llevada a cabo durante cincuenta años, así que sólo haré alguna cala de lectura que quizás pueda ayudar a entenderla. Creo que uno de sus libros puede operar de llave, Anagnórisis (1964-1967), donde se encuentran algunos de los mejores momentos de su obra y plantea el tema central de gran parte de sus poemas, sin que esto quiera decir que este libro explica o permite reducir su obra. Anagnórisis nos sirve de centro, tal vez, pero en él no están todos los extremos. Obra de gran complejidad, está compuesta por un extensísimo poema que lleva intercalado a lo largo de su desarrollo diversos momentos de un cancionero. La obra podría leerse de tres formas: el poema extenso como una unidad; el cancionero, por otro lado; o bien, de manera lineal, deteniéndonos en esos cantos que operan, en ocasiones como coro de teatro griego ante la voz que monologa a la búsqueda del reconocimiento. Por otro lado, como muchos otros momentos de su poesía, esta obra se presta al teatro o está concebida, en parte, como voces dramáticas.

Parte Segovia de una conciencia aguda del exilio, pero no ya el histórico en el que él se vio envuelto sino en el más hondo de la condición humana. ¿Exilio de dónde? El poeta lo señala con lucidez: «La memoria estuvo siempre en otra parte / y de círculo en círculo todo fue exilio». De aquí esa búsqueda denodada del pasado, tratando de encontrar no sólo la memoria sino el amor. No se trata de un amor perdido porque el amor es siempre «lo que es preciso recobrar». Como un Orfeo moderno, Segovia baja a los círculos de ese infierno, donde el encuentro consigo mismo y con los otros está siempre tocado por una suerte de irrealidad que nos recuerda al mejor Eliot. Se trata, ciertamente, de una tierra baldía y de una estación infernal, pero también de la creencia en que el reconocimiento, eso a lo que tal vez aspira el hombre a través de sus actos imaginarios, es posible. No obstante, Segovia constata ese desfase ontológico que impide su logro: «las horas siempre llegan tarde» afirma con lucidez poética; o bien «porque acudo y acudes pero no acude el tiempo». Esta búsqueda tiene que ver con el sentido de la otredad machadiana cuando señala el poeta sevillano que el otro no es otro porque uno lo vea sino porque nos ve, y alcanza quizás uno de sus momentos de mayor afirmación en Tomás Segovia en la «coda» de Interludio Lúdico: «El dentro de la carne es otro espacio / Estamos juntos a este lado de los párpados / Ya no hay cuerpo y lenguaje (...) abre los ojos soy yo». La demanda de abrir los ojos es la de la reivindicación de un espacio donde el interior y el exterior pacten, aboliendo, quizás por un instante sin tiempo, la muerte. Toda la profunda afirmación poética alcanza un momento que recorre los mejores poemas eróticos y amorosos de Noticia natural y Figuras y melodías. Al respecto de estos poemas eróticos, el crítico García Posada ha creído que afean su obra. No lo veo así. Creo más bien que forman parte de una búsqueda de lenguaje en la órbita, por poner un ejemplo contemporáneo, de los poemas amorosos de Severo Sarduy, más allá de que se comparta o no la historia anecdótica de los mismos. La violencia y el juego a veces extremo, corriendo sin duda riesgos, amplía los recursos poéticos de Tomás Segovia y son, por otro lado, una confesión que la poesía de la experiencia, tan pacata en sus atrevimientos o en sus fingidos devaneos, podría tomar como modelo.

Estamos, pues, ante un poeta profundo que es capaz de ser ligero sin dejar de ser riguroso; un poeta dotado de un dominio admirable del verso, con apoyo tanto en la tradición española como en la francesa e inglesa. Leerlo nos exige una relectura de la tradición, desde los poetas más próximos, como Paz y Juan Ramón Jiménez a la poesía española de tipo tradicional. Pero su dominio de la métrica no es tradicionalista sino que logra aprehender las posibilidades del verso en una poesía moderna en la que podemos reconocernos.

01/01/1999

 
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