ARTÍCULO

Desesperar para vivir

RBA, Barcelona, 208 págs.
Trad. de Manuel Serrat Crespo
 

Lo más perturbador de ciertos libros de prisión y torturas, por mucha etiqueta de novela que se les ponga, es lo poco novelescos que resultan. Uno de los diagnósticos más desoladores sobre el siglo XX es que las obras de Solzhenitsin y Primo Levi, de Semprún y Shalamov –y que pese a su aparente ascetismo estilístico perdurarán sin duda entre la mejor literatura del siglo–, no son propiamente obras de creación sino Historia. Testimonio.

A esta categoría pertenece el último libro del marroquí Tahar Ben Jelloun, con la peculiaridad de que aquí la carga simbólica que suele configurar la armazón del subgénero se refuerza hasta proponer la fusión entre el símbolo y su significado: pues la prisión a la que son condenados los oficiales y cadetes que en cierto momento quisieron atentar contra la vida del rey (el rey de Marruecos Hassan II, aunque no se dice) es una prisión sin luz. Y la sentencia es de por vida, hasta que, literalmente, se marchiten y se pudran.

Desde el punto de vista narrativo, el desafío aceptado por Ben Jelloun es enorme: ahí es nada, contar una historia sobre la oscuridad y la inmovilidad. Y aunque otros han demostrado que el universo de la ceguera puede ser insospechadamente narrable (Sábato y Saramago, al igual que Borges, si bien no habla de él de forma directa), también puede ser a su vez de los más arriesgados, como se desprendería del Oficio de tinieblas, 5 (para escribir el cual Cela se encerró en una habitación a oscuras).

Circunstancias tan extremas como las sufridas por esos prisioneros marroquíes –y que Ben Jelloun no vivió, sino que le contaron– determinan un texto que de forma inevitable, vista la escasez de los recursos, será minimalista. Esto es, tendrá que reposar en el desarrollo de tramas tan minúsculas como la lenta decrepitud de los estómagos de los prisioneros, la deducción del mundo exterior por las variaciones en el trino de un pájaro (una delicada lección de oído), una perversa invasión de escorpiones, las intensas relaciones entre los presos... a través de las voces y a oscuras, y sobre todo la peripecia interior del narrador y su esfuerzo por mantener a la esperanza fuera de su celda negra. Pues como ya explicó Primo Levi, la esperanza es la peor compañía cuando se tiene que tratar con fieras en campos de concentración que son siempre, incluida la ausencia de tribunales de apelación, la versión en esta vida del infierno. Y por una sencilla razón: la esperanza es humana y las fieras no la comprenden. O si lo hacen es para sacarle ventaja.

Ni qué decir que todas esas micronarraciones, por así llamarlas, no se bastarían para suscitar el interés, y que éste se consigue gracias al acierto y la exactitud estilística en las metáforas propuestas. Pues parecería que la ausencia de luz es para Ben Jelloun no sólo una suerte de adelanto de la muerte, sino también la adecuada imagen de la situación política de su país, y el intento de regicidio comienza a parecerse a una tragedia cuando trasciende que, en cierto modo, es también un parricidio pues el padre del narrador es una suerte de bufón del rey. Se acompañan además de memorables retratos de gran sobriedad y eficacia como ese prisionero-reloj, encargado de llevar la cuenta del tiempo transcurrido en un mundo casi fantástico, sin prueba alguna de que el tiempo pase.

Visto que los hechos que cuenta el libro son ciertos –es decir, que sólo cierto temor a la opinión internacional logró que del terrible y oficialmente inexistente penal de Tazmamart salieran, al cabo de dieciocho años, los pocos supervivientes de un intento de regicidio cuyo enjuiciamiento no tuvo ninguna garantía jurídica– no es posible sustraerse a la dimensión política de la obra, que en Francia motivó un considerable debate, antes, incluso, de la salida del libro.

Dos son las cuestiones que suscita. Primero, e incidiendo en una polémica ya levantada por otros libros, el sentido de una alianza y amistad con un país que pasa por ser uno de los más moderados del mundo árabe, pero que llegado el momento puede recurrir a una refinada crueldad, venganza más que justicia, para lidiar con un frustrado crimen de estado. Si semejante episodio pone en evidencia al régimen político de ese país... lo mismo ocurre con sus aliados, que callan ante estos crímenes en función de los consabidos intereses de estado. Y segundo, si la redacción de este libro, cuya solvencia técnica sería mezquino poner en duda, es un ejercicio de oportunidad política o de oportunismo. Pues, visto que los hechos eran ya conocidos, ¿por qué esperar a la muerte del rey Hassan II para denunciarlos? Tahar Ben Jelloun ya había sido acusado de este supuesto oportunismo en otras ocasiones.

El narrador de Sufrían por la luz–que encuentra en la práctica de su religión musulmana la fuerza para resistir– pretende mantener lejos cualquier esperanza... pero al tiempo la conserva mediante el recuerdo de pasajes de la literatura universal, como por ejemplo ciertas páginas de un Camus de no gratuita elección, que demuestran la vocación de este libro por reclamarse de dos patrias de contrastada nobleza: la gran tradición de la escritura como una de las formas de la esperanza, y la de los libros que indagan, porque en ella creen pese a su miseria, en la esencial grandeza del hombre.

01/05/2002

 
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