ARTÍCULO

Sobre el fastidio de España y la incomodidad de ser español

 

Como el titular que encabeza esta reflexión puede parecer a primera vista desmesurado, conviene dejar claro desde el principio que no es una simple ocurrencia de quien escribe estas líneas sino más bien un recurso para dotar de sentido, mediante la distinción de un hilo conductor –o el señalamiento de un denominador común–, la reseña de estas cuatro obras, bastante más disímiles en sentido, exposición y desarrollo de lo que cualquiera colegiría por el mero ojeo de sus títulos. Porque, en efecto, si hay una preocupación que comparten desde perspectivas diferentes y a veces irreconciliables todos los autores (que son muchos, porque uno de los libros contiene aportaciones de dieciocho historiadores), esa inquietud no es otra que la constatación de que España y lo español han constituido históricamente –algunos dirán que no sólo en el pasado, sino en el presente y hasta en el futuro– un «problema» que con razón o sin ella o, dicho de otra forma, con más o menos fundamento, ha consumido la energía de los moradores de la Península Ibérica. Incluso el libro que a priori más quiere distanciarse de ese planteamiento –el redactado por los académicos, De Hispania a España– para asumir como si nada pasase la existencia indubitable de la nación española desde hace muchos siglos, difícilmente puede ocultar que su razón de ser está precisamente en el cuestionamiento actual desde múltiples ángulos de esa realidad para ellos incontrovertible que llamamos España y antes Hispania, una realidad tan sólida –argumentan– que cuenta con más de dos milenios de existencia (Palacio Atard, p. 13). De hecho, esta nueva aportación de quienes algunos denominan peyorativamente «instancias oficiales» sólo puede entenderse como resultado de la misma desazón que ya generó otras respuestas historiográficas similares: España: reflexionessobre el ser de España (2000) y España como nación (2002).Ahora el énfasis se pone no tanto en el ser como en el concepto y su transformación a través de los tiempos, es decir, la «evolución de la conciencia que sobre sí misma ha mantenido en cada momento nuestra comunidad», pero el mensaje viene a ser muy semejante. De ahí que no resulte extraño que el punto de llegada no pueda ser otro que el mismo punto de partida, la persistencia histórica de España como unidad política y cultural, compatible evidentemente con el reconocimiento de la diversidad que alberga en su seno. Consecuentemente, el volumen tiene su punto de arranque en el momento en que el nombre de Hispania aparece en la historia (José María Blázquez). Seguidamente, se encuentra a la «patria española» asociada a la «etnia goda» (García Moreno) y, por tanto, empieza a hablarse de la primera «pérdida de España» como resultado de la derrota de Guadalete (Luis Suárez). Puede decirse por ello que «en Covadonga se libraba el futuro de España» (p. 61) y de aquellos primeros éxitos contra el «otro» –el musulmán– surgen unos reinos cristianos medievales que ya se sienten España (Eloy Benito). Por eso, algo más adelante, la «Corona de Aragón no se inserta en la Edad Media española, es España» (p. 121) y hasta el propio concepto «impregnaba de forma rotunda la poesía que se elaboraba en el siglo XIV » (Julio Valdeón, p. 150). Con los Trastamara, España ya desempeña como tal un importante papel en Europa y, como señala Ladero Quesada refiriéndose al emblemático 1492, aparece como «un ente histórico plenamente real» que va mucho más allá de la mera «dimensión política estatal» (pp. 162-163). Con el Imperio se abre un «destino universal» que en buena medida se vive como responsabilidad en Europa (Quintín Aldea). ¿Por qué –podríamos preguntarnos antes de seguir– ese camino de éxitos conduce tempranamente (en el siglo XVI ), de forma más aguda en el XVII y con abierta pesadumbre en el XVIII, a una patente incomodidad en ciertos sectores sobre la estructura de España y a un desánimo sobre la condición de español? Unas dudas sobre la identidad, por expresarlo en términos esquemáticos y reconocibles, tanto más llamativas cuanto que contrastan, como dice Hipólito de la Torre, con la firmeza que manifiesta en este terreno el vecino peninsular. En efecto, frente a esa «realidad consistente» y segura de sí misma que es Portugal, aún llaman más la atención los complejos del hermano mayor ibérico, un viejo país que no acaba de hallar su acomodo entre autonomías inestables, nacionalidades insatisfechas y asimetrías diversas, «esa España, en fin, que no acaba de saber exactamente qué es o cómo debe ser» (p. 215). Considera García Cárcel que el XVIII es el siglo clave para entender el problema de España así planteado, en parte porque recoge la herencia y prolonga el debate de los dos siglos anteriores y, aún en mayor medida, porque trata de darle una solución racional apelando a la modernización en todos los órdenes, a las reformas paulatinas y a la apertura, en fin, a las corrientes europeas. Precisamente por ello, de la no consecución de esos ideales vendrán los males futuros: «El proyectismo ilustrado fracasó en la elaboración de un discurso nacionalista español en el que se sintieran a gusto todos los españoles» (p. 250). Por jugar con los términos de Julián Marías, la «España posible» se convirtió en la «España imposible».Y así estamos, tras las guerras civiles del XIX, con experimentos fallidos de un signo u otro en el XX, en una situación de empantanamiento de facto, hasta el punto de que casi resulta patético recordar lo obvio, que «hay que defender una idea de la nación española que coincida con la modernidad, con la libertad y el ejercicio público de la razón» (p. 304). Entre otras cosas, como recuerda García de Cortázar, porque la alternativa con más predicamento hoy en día, la de los nacionalismos periféricos, no es la nación de ciudadanos de las Cortes de Cádiz, sino «la romántica, integrista, mítica, falsificada y esencial que defendían los tradicionalistas». El segundo libro que vamos a considerar es un breve ensayo de José Luis Abellán, compuesto de dos partes claramente diferenciadas: la primera y más amplia aborda el clásico «problema de España» y la segunda trata de forma menos sistemática una de las derivaciones del mismo: la llamada «cuestión militar», desde la Ley de Jurisdicciones al 23-F. Se nos permitirá que no nos adentremos en esta vertiente específica para no distraernos de aquel hilo conductor del que hablábamos al principio. Parte el autor del concepto orteguiano de «tibetanización», o cerrazón hispana a las corrientes exteriores como núcleo del problema, lo cual puede traducirse también como la difícil modernización española, lastrada por tres obstáculos fundamentales: el peso abrumador de la religión como argamasa nacional –resulta sintomático, dice Abellán, que fuera la Inquisición la principal «garantía de unidad nacional»–; en segundo término, el antimaquiavelismo o falta de autonomía de lo político o, lo que es lo mismo, su sometimiento a fines espirituales conformando un imperio católico que contrastaba con los caminos que seguía el Estado moderno; y, por último, el difícil paso a la contemporaneidad, es decir, las cortapisas en la plena aceptación teórica y en el desempeño práctico de un sistema de libertades análogo al de los países más avanzados de nuestro entorno. Junto a ello insiste Abellán en que España no ha encontrado nunca un fácil acomodo en la fórmula de Estadonación. Relativiza la unidad nacional bajo los Reyes Católicos, enfatiza a menudo el panorama diverso de las Españas –«a esta variedad se le quiso imponer el corsé nacional de una unidad política que no existía en la realidad» (p. 17)– y termina insistiendo en que «la tragedia de España en la Edad Moderna» fue por encima de todo «verse obligada a vivir bajo una fórmula política –la del Estado-nación– en la que íntimamente no creía» (p. 19). Por ello, ahora que se construye Europa como superación de los esquemas nacionales clásicos, España podría encontrar la acomodación y el acuerdo consigo misma que las circunstancias históricas le han negado. Porque no debe olvidarse que no existe un problema de España «aislado y separado del problema de Europa» (p. 76). Si volvemos la mirada al pasado reciente, lo cierto es que otro tipo de propuestas –Abellán se detiene en el examen de las noventayochistas y las famosas polémicas Laín-Calvo Serer y Castro-Sánchez Albornoz–, no han funcionado por diversos motivos: las del 98, por pensar España en términos castellanistas y reaccionarios, sin desdeñar que terminan siendo pasto del falangismo y convertidas en «unidad de destino en lo universal»; las otras, siendo muy diversas entre sí, porque todas tenían el lastre de su concepción ahistórica y su propensión esencialista. Claro que, en este aspecto, advierte Abellán, la rancia apelación a las esencias ha venido a ser sustituida por un esencialismo de nuevo cuño, el de los nacionalismos periféricos, asunto en el que no entra, pero que por sí mismo –sugiere– debía ser objeto de reflexión. En definitiva, aunque parece que Abellán cifra sus esperanzas en Europa y en una estructura organizativa más flexible que el Estado-nación tradicional, consigna que lo cierto es que «todavía no hemos encontrado la fórmula para una visión comprensiva e integradora de nuestra realidad como nación» (p. 38). Algunos de esos términos aparecen también, como no podía ser menos, en los debates que tuvieron lugar en las Cortes españolas en 1932 con motivo de la aprobación del Estatuto de Cataluña. Bajo el muy objetable título de Dos visiones de España, se recogen en un pequeño volumen los discursos principales que pronunciaron en aquel momento histórico José Ortega y Gasset y Manuel Azaña. En primer lugar, no se entiende muy bien por qué se han seleccionado tan solo estas dos intervenciones y no una muestra más amplia, máxime cuando la disertación del jefe del gobierno está repleta de menciones a lo que antes habían dicho en la misma tribuna Sánchez Román, Maura o Lerroux, por citar nombres conocidos.Y, en segundo lugar, la alusión crítica al título se debe sencillamente a que aquí no va a encontrar el lector dos visiones de España más que de soslayo y muy indirectamente, porque de lo que se trata es de algo mucho más concreto: la inserción de Cataluña en España bajo la fórmula de la autonomía. Aún habría un tercer reparo, ya menor, debido a que la presentación de estas intervenciones parlamentarias con el formato antedicho induce a pensar que estamos ante dos concepciones opuestas de España o de su estructura organizativa, y tampoco es para tanto, a pesar de lo que afirma José María Ridao en el prólogo (p. 12). Por decirlo más claramente, si de lo que se trataba era de contraponer dos maneras de entender ese asunto, difícilmente puede considerarse desde ese punto de vista que se haya escogido a los personajes adecuados. Es verdad que los discursos de Ortega y Azaña son distintos –¡faltaría más!–, pero ello se debe primordialmente al muy disímil papel que cada uno se ve obligado a representar. Ortega interviene como intelectual y como persona ajena al poder, en tanto que Azaña habla como responsable político. Donde el filósofo encuentra un problema insoluble que hay que conllevar, porque es imposible de solventar, el presidente del gobierno intenta «resolver un problema», sea ello fácil o difícil. Ortega se recrea en un análisis esencialista, habla de «siempre», «destino», «historia» o «carácter», y pasa como de puntillas por los problemas concretos. Azaña, en cambio, se detiene en hablar de las competencias en hacienda y educación, del control del orden público o de la legislación hipotecaria. Si dejamos al margen las objeciones antedichas, el volumen resultará tan interesante como aleccionador, precisamente porque los discursos pueden leerse con un punto de inquietud por determinados paralelismos con la situación actual. Si es verdad la afirmación orteguiana de que un Estado «en decadencia fomenta los nacionalismos», en tanto que el Estado «en buena ventura los desnutre y los reabsorbe» (p. 44), que cada cual haga balance. No menos ilustrativa resulta su convicción de que generalizar las autonomías constituiría el método infalible para disipar el recelo que crearía en el conjunto de España concedérsela en exclusiva a Cataluña. Con ello, además, quedaría desactivado el nacionalismo catalán. Un planteamiento que, desde la perspectiva de hoy, resulta cuando menos candoroso, aunque algo no muy distinto podría predicarse en muchos aspectos de la actitud de Azaña. Así, frente a los que advierten que una universidad catalana será monolingüe y catalanista (Royo Villanova), el estadista defiende con contundencia que con la autonomía la universidad catalana será bilingüe y la cultura española en Cataluña saldrá en su conjunto beneficiada, por su carácter «doble, pero común» (p. 124). Ya hemos hablado de una recopilación de monografías historiográficas (De Hispania a España), del ensayo clásico (Abellán) y del debate parlamentario Azaña-Ortega, pero aún queda hueco para una obra de características nada asimilables a las anteriores: se ve que el tema da para todo tipo de aproximaciones. El libro de Suso de Toro tiene un formato –se trata de un conjunto de artículos heterogéneos–, un tono –«cercano al panfleto», como el autor reconoce (p. 13)– y un propósito claramente diferenciados de las obras consideradas hasta ahora. Aunque una vez más habría que orientar al lector advirtiéndole que no estamos, como indica el título, ante «Otra idea de España». Es ésta, obviamente, una materia cardinal para el escritor gallego, pero más como telón de fondo que como objeto de reflexión pormenorizada. Si no son muchos los artículos que tratan directamente de la cuestión nacional –el más importante, con diferencia, el titulado «Este nacionalismo»–, menos aún son los dedicados a explicitar qué idea alternativa de España tiene el autor, como no sea la absolutamente opuesta a la que defiende la derecha. La derecha política, sociológica, económica y cultural, que en el fondo son todas una, hijas del franquismo y ferozmente guerracivilistas. Estamos ante uno de esos típicos desahogos políticos que abominan de los matices o desprecian la contención: si hay un motivo recurrente en las páginas que escribe Suso de Toro con rabia, visceralidad y hasta odio –santa indignación, desde su perspectiva– es la repulsa hacia Aznar, el Partido Popular o todo lo que huela a ellos o intente tender algún puente hacia ellos, de modo que el rencor llega hasta los socialistas tibios como Bono, Ibarra o Vázquez. El PP «está enfermo» y produce vergüenza (p. 16), Aznar es el caudillo que, «como su mentor y modelo», hace «de la astucia, el miedo y el desprecio por el adversario sus instrumentos de Gobierno» (pp. 22-23), la «derecha española es su extrema derecha» recién salida del búnker (p. 36), su única tradición política es «la guerra civil y el franquismo». Por eso dice sin asomo de ironía «Qué miedo dan» (p. 68). La derecha no conoce otra cultura que la cultura del odio (pp. 8789); por eso, la España a la que aspira es «obsoleta y disparatada», cuando no sencillamente imposible (p. 137) y en el fondo con lo único que sueñan algunos sectores en sus filas es con otra guerra civil, dado que tan bien les fue en ella (p. 216). A partir de esos planteamientos resulta congruente que el autor se adscriba a cualquier cosa que sea la negación de esa política y el envés de ese proyecto. Como la concepción de España del PP es la de Franco y el nacionalcatolicismo, la del centralismo a ultranza y «prietas las filas», y sus instrumentos la obscenidad y la mentira, y hasta el exterminio del adversario si falta hiciese, Suso de Toro aplaude todo lo que ponga en solfa ese modelo de «sociedad inculta, grosera, con conciencia de rebaño, insegura, amante de los gobernantes autoritarios y chulos» (p. 25). De ahí que aplauda a los nacionalismos periféricos y centre en especial sus elogios en la política catalana y en el modo catalán de entender los asuntos públicos mediante la transacción, el pacto, la tolerancia: «Cataluña abre España», «Cataluña tiene razón», «Hagamos una España catalana». No hace falta subrayar que sólo desde la cosmovisión de la izquierda puede hacerse realidad esta política alternativa de organización territorial y compromiso entre partidos discrepantes: ésa es la «otra España» a la que vagamente aspira el autor, «una España de todos», auténticamente democrática, pero sin más especificaciones. G José Luis Abellán enfoca el «problema de España», ya desde el propio subtítulo, como «Historia y conciencia de una anomalía». Desde hace unos años se ha convertido en un lugar común de los análisis comparados o de las estimaciones globales sobre la trayectoria histórica de España hablar de la «normalidad española», de España «como país normal» o, lo que es lo mismo, se ha impuesto la vehemente negación de una especificidad hispana que pudiera retrotraernos o siquiera recordar vagamente al malhadado Spain is different del franquismo. Dejando ahora al margen la discusión sobre la categoría de normalidad, que no es precisamente un recurso científico ni siquiera un instrumento de precisión, todo el mundo entendía lo que con ello se aspiraba a expresar: con la integración europea había tenido un final feliz una andadura tortuosa que ahora podía verse, ya pasada, como no sustancialmente distinta a las de otros países. Si, al fin y al cabo, las aspiraciones y los problemas de la España de finales del siglo XX y comienzos del XXI eran semejantes a los de las sociedades desarrolladas de su entorno, eso era señal inequívoca de que en la carrera podíamos haber ido por lo general algo rezagados o que habíamos llegado con algo de retraso a esa meta volante, pero en lo fundamental no habíamos hecho otra cosa que transitar por el mismo camino. De este modo termina Gonzalo Anes el capítulo que cierra el volumen De Hispania a España.Al analizar «La historia de España desde el presente» señala: «La nota de excepcionalidad negativa española respecto a otros países de la Europa occidental ha sido superada» (p. 324). También Abellán deja traslucir su optimismo a este respecto (p. 10). ¿Por qué no desembocamos entonces en una España normal con todas sus consecuencias, es decir, en un país en el que el reconocimiento de la pluralidad no comporte cuestionar indefinidamente un proyecto compartido? La respuesta a esta pregunta puede venir de la mano de Suso de Toro y de los sectores que el escritor gallego representa: no, por favor, no nos hablen de «lo natural, lo normal. Eso no existe». Esos que dicen «que no tienen problema con España», esos que se refieren a la «España de siempre», esa España de la pretendida naturalidad, están reivindicando «la idea nacional franquista», esa idea de nación «tan sólida e interiorizada tras tantos años y tan brutal educación, que nos metió dentro el franquismo» (p. 38). Pese a las proclamas bienintencionadas que salpican los análisis historiográficos en De Hispania a España, lo cierto es que el concepto de España sigue siendo objeto de polémica por lo que respecta al pasado y de discordia radical en lo que toca al presente, augurando un futuro de desafíos poco tranquilizadores. ¿Es esto propio de un país «normal»? Si se entiende por tal lo que es norma a nuestro alrededor, habría que reconocer que en ese ámbito que algunos entienden por España y otros por Estado español se dan una serie de características diferenciadoras en asuntos no precisamente menores, empezando por la existencia de potentes movimientos secesionistas –no sólo políticos, sino sociales y culturales– que conciben sus reivindicaciones identitarias en abierta confrontación con lo español. Lo que en otros lares no va mucho más allá de minorías casi folclóricas o, en el peor de los casos, grupos minoritarios de escasa influencia, aquí se convierte en factor que condiciona la política estatal en su conjunto, además de derivar en un chantaje terrorista autóctono que no tiene parangón en los países de nuestro entorno. Dejando a un lado los asuntos de la política concreta, tal situación genera a su vez otros dos rasgos peculiares: en primer lugar, un debate que lleva ya casi dos siglos, y que últimamente está tomando todas las trazas de asunto permanentemente abierto, acerca de la organización territorial o modelo de Estado. Un tema que polariza la atención pública y de los medios hasta el punto de convertirse en el tema por excelencia, centro del debate nacional, sustrayendo atención y energías para encarar los grandes desafíos de la modernidad. ¿Algún dirigente está dispuesto a advertir que corremos el riesgo de volver a quedarnos atrás, presos de un ombliguismo anacrónico, mientras otras naciones invierten en asuntos tan pedestres como la mejora de la enseñanza, el aumento de la productividad, la innovación tecnológica o la investigación científica? En segundo término, y muy relacionado con lo que acaba de señalarse, una resurrección del esencialismo identitario, ya no español, sino el alternativo de las reivindicaciones periféricas –eso sí, muy importante, siempre revestido con los ropajes de lo nacional–.Y así, mientras lo español se bate en retirada y hoy no sabe bien en qué elementos o símbolos reconocerse, brotan sin cesar otros himnos y banderas, expresión de una sensibilidad nacionalista de nuevo (?) cuño que no hace más que reproducir en su pequeña escala territorial los defectos que se imputaron en el pasado al nacionalismo español. Releer en estas circunstancias el debate entre Azaña y Ortega puede resultar peligroso, no tanto porque se terminen por encontrar unas certezas infundadas en el primero cuanto por el riesgo de contagiarse del pesimismo histórico del segundo. Bien es verdad que también el filósofo madrileño se dejaba llevar por un entusiasmo que difícilmente hallaría en la actualidad soporte suficiente para mantenerse: ese llamamiento a «movilizar a todos los pueblos españoles en una gran empresa común», nada menos que «la empresa de hacer un gran Estado español» (p. 57) aparece hoy día tan quimérico, si no más, que la confianza de Azaña en los efluvios balsámicos de la organización autonómica. Y es que en este caso la mirada al pasado no nos alivia de las incertidumbres del presente, sino todo lo contrario: nos sume en la profunda melancolía de volver a repetir errores y transitar por sendas equivocadas. José Luis Abellán, al dar cuenta de la polémica entre Calvo Serer y Laín Entralgo, recoge el lamento de este último por la incapacidad hispana para consensuar unas bases estables de convivencia política. Ése sería en el fondo el tan traído y llevado «problema de España», «la dramática inhabilidad de los españoles, desde hace siglo y medio, para hacer de su patria un país mínimamente satisfecho de su constitución política y social» (p. 51). Recalamos así, nuevamente, en la insatisfacción o la incomodidad a las que aludíamos al comienzo mismo de este comentario. Esas líneas de Laín están escritas hace medio siglo, pero tras diversas vicisitudes y algunas falsas ilusiones (léase transición), no parece hoy por hoy que podamos despachar el tipo de reflexión que aquí nos ha ocupado como propios de una época y una situación felizmente superadas. Y eso de por sí puede ser, probablemente, algo peor que un fastidio.

01/10/2005

 
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