ARTÍCULO

TOMÁS ELOY MARTÍNEZ Santa Evita

 

Santa Evita sugiere dos naturalezas –un poco a la manera de algunos de esos libros que se venden con dos portadas, enfatizando su ambivalencia–, la del ensayo de historia y la de la novela. Uno empieza la lectura a la búsqueda de la biografía de Eva Perón, que se supone oculta y hasta enterrada bajo los espesos muros del mito. Y con esa idea transita por las primeras páginas conducido por una prosa de buen nervio que anuncia en seguida el ritornello que lo domina todo, ese sol líquido, según locución felicísima, que es el cuerpo embalsamado de Evita.

Pero hay un capítulo temprano –luego habrá más– en el que el autor, Tomás Eloy Martínez, se confiesa como el novelista que hace una novela y nos pone de bruces sobre lo narrativo. Son las cuitas de una dura pugna, la que le supone al autor escribir su novela, hablándonos incluso de una anterior que, según afirma, le nació muerta, La novela de Perón, y que desconozco pero cuyo título invita a pensar en lo semejante de su asunto.

Entonces vuelve uno atrás y repara en que lo novelesco ya dominaba el estilo, como cuando se nos presenta a Evita, a la primera Evita, lampante y aventurera, a través de la visión de dos personas que la conocieron entonces, y una de ellas dice que susojos melancólicos miraban comodespidiéndose y la otra que la belleza le crecía por dentro sin pedir permiso; o como cuando se reproducen las palabras de don Pedro Ara, el embalsamador español –citado incluso con anotación de fuente: El caso EvaPerón. CVS Ediciones, Madrid, 1974–, que dice «Si yo la hubiera visto un poco más que el escaso segundo de aquella tarde, habría captado la densidad de flores de su aliento...».

Así pues: el cuerpo embalsamado de Evita es un sol líquido que ilumina todas y cada una de las páginas de este libro, ciertamente una novela y no porque su autor haya querido dejar fijada su naturaleza con una declaración expresa: en esta novela pobladapor personajes reales, los únicos a losque no conocí fueron Evita y el Coronel.

Más determinante resulta el relato de algunos episodios, supuestamente reales, tendentes a demostrar la fascinación que ejercía Evita, tanto viva como muerta, desde el de las seis cartas por día que le escribió la hermosa Evelina, a la que se llevó el viento; hasta el de la familia del talabartero Raimundo Masa que, con su mujer y tres niños de corta edad, al oír que Evita había enfermado se puso en marcha en peregrinación suicida hasta el Cristo Redentor, nada menos que mil kilómetros al oeste en las montañas de los Andes. Por eso quizá cuando años más tarde Tomás Eloy Martínez indaga la peripecia del talabartero Raimundo y su familia en el camino de Ramallo a Conesa los gallos se confundieron de naturaleza y soltaron un canto que nunca se acababa.

Queda claro pues que Santa Evita es una novela no por la consabida naturaleza versátil del género en el que todo cabe, sino porque los materiales elegidos –acaso deba decir los materiales que se le han impuesto al novelista–, la expulsarían de cualquier otra clasificación. Hay, sí, notas bibliográficas, anotaciones de documentos y de conversaciones, materiales todos propios del ensayo histórico, del libro con ínfulas científicas, pero son parte del juego literario.

Y no sólo los materiales se trastocan sino que su elección y tratamiento responde a una idea de la novela que tiene mucho que ver con la seducción narrativa de Macondo, esa desmesura siempre un punto más allá de la lógica de la vida que tiende a presentarse como un atributo congénito de los pueblos, al menos literariamente hablando; así no es raro que un montón de colillas sean escombros de cigarros ni que Evita levite ni que el coronel Koenig, el que más la odiaba en vida, la adore y la sublime como momia y llegue a confundirla con la enseña norteamericana que plantó Neil Arsmtrong sobre la superficie blanca y lisa de la Luna.

Macondismo, acaso más leve de lo que yo ahora destaco, pero que, a mi modo de ver, gravita sobre la novela de tal modo que no acierta a revelar –porque ni siquiera lo intenta-las verdaderas causas del fenómeno Evita, al asumirlo como parte de un estilo de novelar que es ya también un estilo de vida, o, si se quiere, una forma de entender la vida. Y aquí sí me surgen las dudas. Porque lo que atrae, lo que a veces fascina de la novela es que cosas tan increíbles les hayan podido suceder a personajes reales. Curioso que los protagonistas principales sean precisamente Evita y el coronel Koenig, los dos únicos a los que el autor confiesa no haber conocido nunca. Aunque Koenig, aun siendo el corifeo, no deja de ser parte de un coro –el personaje novelesco es una pasión, Delibes dixit–, cuyos miembros comparten una única pasión, escatológica a veces, malsana y desmesurada siempre, fascinante y sobrecogedora. Desde don Pedro Ara, al que uno de los personajes llama una vez José, el embalsamador, que se compara a sí mismo con Miguel Ángel y a la momia de Evita, su obra, con el David, hasta los ayudantes del servicio de espionaje de Koenig, o la niña del Chino Astorga, la que jugaba con el cadáver de Evita creyéndolo una muñeca, detrás de la pantalla del cine Rialto. Precioso episodio, memorable, ese del Chino Astorga, invitado a una audiencia imposible con Evita viva.

Decía que todos sucumben a la fascinación de la momia de Evita, también los lectores, algo que anotar en el haber del autor, que ha sabido transmitir, recrear o inventar la irradiación prodigiosa de un cadáver, ese sol líquido venerado y perseguido, esa joya orgánica que se torna azul y fulgente a base de los flujos químicos y minerales del doctor Ara que inundan sus arterias.

La duda persiste, sin embargo, de si las cosas funcionarían del mismo modo de no tratarse de Evita, quiero decir de no ser Evita un personaje histórico, sino un personaje de ficción. Al fin todos conocemos algo de Evita, todos llevamos algo de Evita dentro, y eso es lo que guía el interés de nuestra lectura. Claro que esa es una duda que nosotros no vamos a poder resolver.

01/04/1997

 
COMENTARIOS

Majo 06/06/15 14:27
La momia viviente de Evita ... en realidad se trata de un relato inquietante de un símbolo de todo un país en época conflictiva.

Todos los mitos mueren pronto, y en este caso de cáncer de útero a los 33 años, con la edad de quien quedó colgado del madero. Su marido, el general Perón, quiso quedarse con su cadáver embalsamado pero todos sabemos el trasiego que tuvo que dar hasta que pudo descansar en un terreno de los Duarte, su familia, desde 1.976 hasta hoy (Milán, Madrid, ...).

Enhorabuena por vuestra revista en edición digital, donde se palpa el rigor, el debate y la independencia editorial.

Un saludo
Majo

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