El sentir de las mujeres. Carmen González Marín


El sentir de las mujeres
NATIVEL PRECIADO
Prólogo de José Antonio Marina

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Primer axioma: un hombre vulgar puede tener éxito, pero cuando una mujer lo alcanza, nunca se trata de alguien mediocre (cfr. pág. 23). ¿Por qué recuerda a una doña María Zayas levantisca que, en su prólogo, advierte al lector cuán mal nacido sería si se atreviera a zaherirla siendo mujer, olvidando que él, como todos los demás, de mujer nació?

Segundo: todas –todas, desde Victoria Prego a la señora de la limpieza– tenemos igual corazoncito. Hay un corolario virtual evidente, que en consecuencia omito. Un repaso por la taxonomía que nos presenta Nativel Preciado no nos enseña, me temo, mucho de nuevo. Su paseo por lo íntimo, lo público y lo privado, es una excursión por el amor y las pasiones (malas, malas y fatigosas para la mujer que se entrega tanto; cuánto mejor una buena complicidad, o en su defecto la soledad que no pone en el desagradable trance de dejar traslucir la celulitis), la autonomía y el uso del éxito o el poder (siempre con la consabida factura, salvo en casos de convivencia con hombres excepcionalmente dotados para la intendencia), la maternidad, la lucha o la conformidad con el envejecimiento. Las declaraciones de un conjunto de mujeres, no ciertamente corrientes, sirven de contrapunto, sentido y en ocasiones agrio, a un discurso esencialmente light, y en ciertos momentos peligrosamente tibio. No es la primera vez que un filósofo (varón) se sienta a conversar de mujeres con una mujer. Como anteriormente, Bernard Henry Levi, José Antonio Marina dialoga con la autora. Él aporta la ilustración sesuda al tema de reflexión –la mala reputación de las mujeres–. Por cierto, entre los textos y autores oportunamente citados, hay un desliz en el título del libro de Carol Gilligan, que el filósofo titula The Second Voice (pág. 46), sin duda como un eco inconsciente de aquel viejo Segundo sexo; el título real es In aDifferent Voice. Ella apostilla, pregunta concisa, o introduce de vez en cuando una cita culta. Desgraciadamente, si las mujeres siguen necesitando algo no es la divulgación de lo que todos/as sabemos, sino el descubrimiento de algo ignorado. «No soy radical pero agradezco profundamente que otras lo sean por mí», nos afirma en un arrebato de sinceridad Preciado (pág. 140). El filósofo tiene razón en una cosa: una nueva educación sentimental se impone. ¿Habrá también que esperar a que la inventen ellos?

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