RICHARD FORD El día de la Independencia

El día de la Independencia

RICHARD FORD

La primera cuestión que plantea la lectura de esta novela es la de si la escritura «minimal» es capaz de sostener un texto de semejante extensión, 564 páginas. No es una pregunta banal. Cuatro días de la vida de Frank Bascombe, ex periodista deportivo actualmente dedicado a la compraventa de casas, son los que cubren estas páginas. En ellas, Bascombe, hablando en primera persona, nos cuenta toda la serie de pequeños sucesos que le acontecen en esos días. Esos sucesos mueven, durante los primeros dos tercios de la novela, las líneas maestras del relato: una mujer –Sally– de la que no sabe si está enamorado, pero con la que se relaciona; una pareja –los Markham– atravesando un duro período de crisis de identidad que supera por su indecisa relación con la intención de comprar una casa y cambiar de vida; un puesto de salchichas de la carretera en el que ha metido parte de su dinero con un socio que le depara el azar; finalmente, la separación de su esposa, que se ha vuelto a casar y con quien viven sus dos hijos vivos. Estas líneas son atravesadas a su vez por la presencia de la muerte, representada por una ex compañera de trabajo, violada y asesinada, y una familia mormona en la que el padre es víctima de un atraco azaroso en el motel donde Bascombe pernocta en ruta. El último tercio cuenta cómo recoge a su hijo para llevárselo consigo un par de días aprovechando el puente del día de la Independencia. El hombre va de aquí para allá con su hijo, sin mucho éxito, hasta que un accidente obliga a hospitalizar al muchacho. Bien. Tanto Ford como la editorial española vienen a sostener que esta novela es un retrato del norteamericano medio. Se me ocurre una segunda pregunta: Si el autor elige como modo narrativo la narración en primera persona, ¿es posible sostener un monólogo autodescriptivo de un norteamericano medio sin caer en la repetitividad y la monotonía? La verdad es que tienen que pasar muchas cosas interesantes por esa cabeza para aguantar 564 páginas sin ceder terreno, y si es así, si hay tantas cosas interesantes, si hay autoanálisis y visión del mundo suficiente para ser soportado el monólogo a pelo, ¿estamos ante una cabeza norteamericana media? James Joyce soportó a lo largo de más páginas el día de un mediocre como Leopold Bloom, pero lo hizo a costa de un formidable artificio literario.

Frank Bascombe se encuentra en un momento de la vida que él resume con estas palabras: «Una práctica que me ha dado resultado en mi edad madura –una época que llamo Período de Existencia-ha sido ignorar mucho de lo que no me gusta o que me parece inequietante y confuso, y entonces, normalmente, no tarda en alejarse. Pero soy consciente de «cosas»…». Las líneas de relato que señalaba antes van avanzando conjuntamente hasta alcanzar una especie de velo de vida que cubre la existencia de Bascombe y la extiende a los demás y a lo que les rodea, de manera que acaba ofreciendo realmente una visión de la vida americana. Incluso cuando hablan entre sí Bascombe y los otros, aparece la sensación de que hablan como quien se agarra a algo; no tienen realmente algo que comunicar, por lo menos al otro, al interlocutor (de hecho, hablan consigo mismos pero necesitan al otro como un hilo o una referencia). Después, cuando sigue su camino con el hijo, Ford muestra de manera magistral cómo padre e hijo son dos caras de una misma moneda: la inseguridad; el primero, en su Período de Existencia; el segundo, escondiéndose en sí mismo por el miedo a echar a andar.

Richard Ford ha llevado a cabo un esfuerzo descomunal para dejarnos una novela que desea transparentar un mundo complejo, agobiado, desolado e ininteligible en la medida que cree que ese mundo es América y que es así porque la mayoría americana es la cotidianeidad de sus gentes. Así se justifica el aparato de escritura «minimal» que monta para contar y es un ejemplo de cómo intención y modo narrativo establecen la unidad necesaria para emprender la tarea; así es también cómo la repetición obtiene a menudo un valor de demostración literaria realmente poderoso. Pero sigo pensando que la elección de la primera persona, en este tipo de escritura, crea demasiadas caídas de interés en un libro tan extenso y obliga a demasiadas explicaciones a una voz narrativa que no posee suficiente potencia para sostener un mundo por su propia vivencia. Quizá fuera prueba de ello la gana con que nos quedamos de saber más de un personaje, la ex esposa de Bascombe, no más compleja ni interesante que él, pero un extraordinario personaje que siempre posee misterio y capacidad de sugerencia en sus apariciones gracias, precisamente, a que es observado en lugar de narrarse a sí mismo. Y el mejor territorio del «minimal» es, precisamente, el de la observación.

Mi última pregunta es: ¿Qué nos interesa más de esta novela, su sentido o el exotismo de una vida tan distinta –aunque, al paso que vamos, no tan distante– de la nuestra? El libro es, en todo caso, una formidable crónica de costumbres del corazón del Imperio.

Ficha técnica

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