ARTÍCULO

Alberti encuentra su prosa

Seix Barral, Barcelona
424 págs. 2.950 ptas.
 

«El presente libro no es una mera reproducción de las Prosas encontradas de Rafael Alberti, que fueron objeto de dos ediciones, en 1970 y en 1973 –advierte Robert Marrast, recopilador y prologuista de esta "nueva edición muy aumentada"–. A pesar de llevar el mismo título, es una recopilación de los textos en prosa –excepto los que forman los tomos de La arboleda perdida y en sus dos libros sobre el autor de Guernica, Picasso en Aviñón (1971) y Picasso,el rayo que no cesa (1975)– salidos de la pluma del poeta desde 1923 hasta 1984, y que hemos podido encontrar (por cierto que quedan muchos todavía por rescatar en diarios y revistas de varios países latinoamericanos, o en libros prologados por Rafael Alberti), presentados por orden cronológico, según su fecha de publicación (pero si la fecha de escritura es muy anterior a la de publicación, prevalece la de la escritura)».

¿Se anuncia, acaso, un inminente aluvión de textos de Alberti («que quedan muchos por rescatar en diarios y revistas»), a la manera de los que se produjeron después de la muerte de otros escritores de circunstancias parecidas a las de Alberti, digo Borges o Paz, los cuales ya habían sacado mucho residuo de los cajones en vida? Esperemos que no, y saludemos, en consecuencia, esta reunión de la «prosa breve» de Alberti, necesaria en la medida en que Alberti, tal vez por su paralela condición de showman, fue poeta más nombrado que leído, y como prosista está poco considerado, por poco conocido. Estas Prosas encontradas ofrecen muy estimables sorpresas y también reiteraciones de cosas que el poeta ya había dicho en verso, con infatigable insistencia. Al igual que en la poesía de Alberti, encontramos aquí cosas buenas y cosas malísimas: algo que suele ocurrir con los poetas que escriben demasiado. Alberti no se excedió en prosa tanto como en verso, aunque temo que esta opinión puede ser modificada si se incurre en publicar todo lo que lleve su firma.

La condición diversa de estas Prosas encontradas nos conduce a discrepar con el criterio del recopilador. Este volumen de más de 400 páginas contiene de todo, mezclado sin otra ordenación que la cronológica: hay conferencias, prólogos, poemas en prosa, narraciones, relatos de viajes, reseñas de libros (pocas; según Marrast, no era cosa que le gustara hacer a Alberti), escritos sobre clásicos castellanos (Bernal Díaz del Castillo, Cervantes, fray Luis de León, Lope de Vega, Quevedo, y más recientes, como Bécquer y Galdós), poetas franceses, pintores, cosas de Rusia, evocaciones y apreciaciones de poetas amigos, alguna necrológica y, en fin, prosa sectaria o retórica política. Todo este material, tan diverso, precisaba acaso una ordenación temática, tal como hizo F. J. Díaz de Castro con la prosa de Jorge Guillén, por citar otra recopilación y rescate reciente. El orden cronológico podría mostrar la evolución de la prosa del poeta si no fuera porque ésta empezó demasiado tempranamente a parecerse a sí misma, y lo mismo suena un responso ante la tumba del poeta Tarás Tchevschenko, dado en 1964, que la presentación de Luces de bohemia de Valle-Inclán al público parisino en 1984, texto que cierra el volumen. Esto no implica objeción a la prosa el poeta, siempre sonora y plástica, amplia y de muy bellos movimientos. Ahora bien: tanto se ha prodigado Alberti en los escenarios, ante la televisión, etc., que a veces tenemos la impresión de estar escuchándole. Naturalmente, su mejor prosa es aquella en la que no se le escucha. A veces esta prosa resulta un poco bergaminesca; otras veces es la de un poeta haciendo conscientemente poesía y, a través de la poesía, intentando asir a otro poeta, como en Luz no usada, en fray Luis, que aquí se ofrece como prólogo a una adición de la poesía de fray Luis de León, hecha en Buenos Aires en 1943, pero que también está incluido, como único texto en prosa, en Pleamar.

Alberti cita un consejo de Baudelaire: «Sé siempre poeta, incluso en prosa». Consejo que es complementario con aquella afirmación de Czeslaw Milosz sobre que es una pena que escriba prosa quien puede escribir verso. A veces, la prosa de Alberti suena a verso y tiene un sabor salado, a lo marinero en tierra que recuerda el mar. Otras es sentenciosa, y atina en la sentencia: «Lo peor, en poesía, es que se note la fábrica», afirma, por ejemplo.

Cierta acción política partidaria compromete al poeta Alberti con el camarada Alberti, no para bien del poeta. En el «Prólogo al Romancero general de la guerra española», el camarada Alberti asegura que «el lenguaje más vital de aquella realidad fue la poesía», y que en el otro bando no hubo poesía. No esperó, como León Felipe, a que terminara la guerra para decir que los buenos se habían llevado la palabra, después de perder la casa, la pistola y el caballo. Pues Dios ayuda a los malos cuando son más que los buenos. Aun así, los esforzados intentos épicos de José Mª Pemán en versos tan memorables como «El Cid con camisa azul / por Castilla cabalgaba», urdidos, sin copiarlos de ningún libro, por un Federico de Urrutia, ¿no son «poesía de combate» con las mismas (malas) intenciones que la Canción delesposo soldado, el romance escrito por el exaltado y esperanzado miliciano anónimo en la trinchera, o buena parte de la obra del propio Alberti, quien, según Aquilino Duque, fue el mejor poeta del bando nacional? La pasión política, por lo general, no produce buena poesía; intentar la justificación de esa pasión no patrocina prosa razonable. Curiosamente, Alberti, con la autoridad que le proporciona ser uno de los mayores cultivadores de la moralidad, señala que «la que ahora se suele llamar "comprometida" [...] sería preferible llamarla "poesía de destino"».

Particular interés presenta el «Prólogo a Las cartas sobre Amarilis de Lope de Vega», auténtico «presagio autobiográfico», ya que, en 1943, Alberti comenta y comprende las amarguras y entusiasmos del poeta anciano enamorado de la jovencísima Marta de Nevares.

Debido a un «error informático», una página sobre Antonio Machado no se imprimió en el libro, por lo que se entrega en página suelta, como antes se hacía con la fe de erratas. Vaya por Dios.

01/04/2000

 
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