ARTÍCULO

Maestro y discípulo

 

El difícil momento que atravesamos probablemente impida que este libro, sugerente y valioso, alcance el éxito pretendido. Se trata de una versión inglesa, adaptada y ampliada, de la obra de Philip Pettit Examen a Zapatero. Balance del gobierno socialista (Madrid, Temas de Hoy, 2008, con traducción del propio José Luis Martí). Su objetivo es la difusión, a escala global, de la teoría sobre el republicanismo cívico del conocido filósofo irlandés, aplicada a la realidad política española por José Luis Rodríguez Zapatero desde su toma de posesión en 2004 como presidente del Gobierno. La adaptación de la obra de Pettit ha sido realizada con acierto por José Luis Martí, profesor titular de Filosofía del Derecho en la Universidad Pompeu Fabra y fellow del Center for Human Values de la Universidad de Princeton (2008-2009). Él es autor del primer capítulo («The Spanish Context») y coautor con Pettit del quinto («Giving Philosophy a Public Life»).

Síntesis intelectual del republicanismo teórico contemporáneo, el núcleo de la doctrina de Pettit, expuesta ya en su ensayo Republicanism. A Theory of Freedom and Government (Oxford, Clarendon Press, 1997), consiste en la concepción de la libertad como ausencia de dominación o dependencia, opuesta, por tanto, a la existencia de cualquier poder arbitrario, sea público o privado, que pueda obstaculizar o interceptar la actuación de los ciudadanos. Aun partiendo, como el liberalismo, de un concepto negativo de libertad, genuinamente romano y desarrollado por el humanismo cívico y las revoluciones norteamericana y francesa, esta teoría se diferencia del liberalismo por cuanto considera que la libertad se protege principalmente luchando contra la arbitrariedad y no solo evitando las posibles interferencias y controles del Estado. De esta manera, Pettit desafía al liberalismo en su propio terreno de juego, desde la libertad, y no desde la igualdad, como viene haciéndose desde el socialismo clásico. Para el republicanismo cívico de Pettit, lo definitivo no es la interferencia misma, sino la capacidad fáctica de poder ejercer arbitrariamente la interferencia. En este sentido, la ausencia de dominación es caucional.
Pettit otorga una importancia al Estado muy superior al liberalismo. Según él, la acción coactiva del Estado no solo no menoscaba, sino que salvaguarda la libertad ciudadana, siempre que cumpla con la condición de no arbitrariedad. Para ello es imprescindible que se entregue el control del gobierno (kratos) al pueblo (demos), quien ha de organizarse democráticamente conforme al patrón de una constitución mixta, tan apreciada por el republicanismo. 
La doctrina de Pettit se diferencia también del colectivismo, comunitarismo y populismo en cuanto que no es la participación política la máxima expresión de la suprema libertas, sino, como digo, la ausencia de cualquier dependencia arbitraria. Así, Pettit ha tratado de abrir un novum iter entre el liberalismo y el comunitarismo, que ha sido empleado por el socialismo español para refrescar su anquilosado programa y revitalizar sus enmohecidas ideas en un momento de sequía intelectual. 
Pettit deja claro, desde el primer momento, que no es amigo personal ni asesor de Zapatero (p. 69). Como intelectual, desea mantener su independencia respecto del presidente, con el fin de preservar su personal auctoritas. Quiere ser augur, no arúspice, pero no siempre lo consigue. En esta relación intelectual parecen haberse unido el hambre y las ganas de comer. Zapatero tenía hambruna de ideas y necesitaba, como el agua, regenerar el socialismo de su partido, en un tiempo en el que José María Aznar, con su visión del centro reformista, le arañaba votos despiadadamente y Tony Blair se le había adelantado con su «tercera vía». 
Pero no olvidemos tampoco «las ganas de comer» de todo intelectual. Y Philip Pettit no es ninguna excepción. Para un filósofo político no hay cosa más reconfortante que ver aplicadas sus propias teorías en un marco concreto, máxime si se trata de un país que, como España, se encontraba entonces disfrutando de un crecimiento económico envidiable y una vitalidad social arrolladora. Pettit, por tanto, vio a Zapatero con los mismos ojos con que una diseñadora contempla a la modelo que porta sus vestidos. El catedrático de Princeton deseaba, más que nadie, difundir sus ideas encarnadas, vividas, hechas realidad, contantes y sonantes, como las monedas, pues esa era la mejor forma de darlas a conocer y promocionarlas entre otros presidentes socialistas europeos. Y Zapatero le ofrecía la oportunidad.
Prueba del interés de Pettit fue que él personalmente hizo ciertos guiños, en mi opinión excesivos, al presidente Zapatero, valorando muy favorablemente algunas políticas que poco tenían que ver con el republicanismo cívico, salvo que se piense que esta doctrina es como una varita mágica que resuelve todas las cuestiones de una agenda política compleja y rebosante: el paro, la inmigración, la cuestión catalana, el terrorismo de ETA, etc. Así, entre Zapatero y Pettit se constituyó, quizá sin pretenderlo, un matrimonio de conveniencia, que, coincidiendo con las visitas de Pettit a España (2004 y 2007), provocó un animado debate intelectual, de gran calidad y elegancia, y con bastante repercusión mediática, gracias a la participación, entre otros, de Pedro J. Ramírez y Álvaro Delgado-Gal. 
Pero como digo, el tiro ha salido por la culata. En el momento español presente, las ideas de Pettit, repetidas por Zapatero, con más o menos fundamento, suenan huecas, estridentes, estrepitosas, discordantes. José Luis Rodríguez Zapatero, se quiera o no, está marcado por la crisis de 2008, como González lo estuvo por los GAL y Aznar lo estará, durante años, por la guerra de Irak. Solo el transcurso de un largo período de tiempo, a modo de longi temporis praescriptio, eliminará este tipo de lacras enquistadas, de sambenitos populares, de ponzoñas letales, que aniquilan las bondades de cualquier acción política, por acertada que sea. González ha pasado ya su calvario; no así Aznar, y menos todavía nuestro actual presidente, a quien la crisis está cobrándole una factura tan real como merecida.
Zapatero, sin duda, junto a gravísimos errores, algunos de libro, ha tenido aciertos inteligentes. Pero no es, de ninguna manera, el momento de ponerle medallas, ni siquiera por parte de un académico de Princeton. La posición calamitosa que ocupa España en el panorama económico global es la que es, y Zapatero debe asumir la responsabilidad que le corresponde como presidente del Gobierno, que no es poca. Su negligente pasividad ha constituido un modo arbitrario de ejercicio del poder, de dominación política, de supresión de libertad. Y merece un tirón de orejas de su maestro Pettit.

01/11/2011

 
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