Queridos lectores, suspendemos las publicaciones, como en años anteriores, hasta el 5 de Septiembre. ¡Feliz Verano!

BKK 1

«Phnom Penh es mucho más cosmopolita que Saigón», me decía un amigo que vive en la primera ciudad durante una reciente visita mía. Lo hacía con un tonillo desafiante, como si, por vivir en Saigón, yo tuviera obligación de sacar la cara por mi ciudad. Nada tan lejos de mi intención, porque en general comparto la opinión de mi colega. Pero en todo hay matices.

Si se comparan los centros modernos de ambas ciudades, el Distrito 1 de Saigón y el de Boeung Keng Kang en Phnom Penh (BKK-1, en la jerga local, es el espacio delimitado por la avenida Sihanouk al norte, la de Mao Tse-tung al sur, y las de Monivong y Norodom al oeste y este), no hay discusión. A pesar de una notable diferencia entre sus poblaciones (alrededor de ocho millones en Saigón y tan solo dos millones en Phnom Penh) y entre sus flujos turísticos (Saigón tiene muchos más visitantes extranjeros que Phnom Penh), en BKK-1 se respira un aire más cosmopolita.

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Los empresarios del poder

Hace algunos años se puso de moda la acuñación de «erótica del poder» para caracterizar la pasión por el mando que transparentaban determinados políticos. En su último libro, Todo lo que era sólido –en este caso, no una novela sino un sólido ensayo–, el novelista Antonio Muñoz Molina refiere una visita a la Moncloa, ocupada por el anterior inquilino. «Nos recibió el presidente Rodríguez Zapatero, con la gran sonrisa que entonces no perdía nunca, los ojos muy claros, los hombros entre encogidos y elevados, el cuello de la camisa extraordinariamente blanco». La imagen radiante del poder. «Todo aparecía tan nuevo y tan abrillantado –continúa diciendo el escritor– como el traje del presidente o su tono de piel, un bronceado intenso en medio del invierno». En el entorno del mandatario, gente joven, moderna, atractiva y, sobre todo, muchas mujeres, porque el simple hecho de ser mujer y joven eran cualidades para el triunfo. Representaban, frente a la España vetusta, la España moderna, la que se atrevía a las reformas sociales más avanzadas. La anécdota con que finaliza el capítulo no precisa glosa alguna: «Apoyando las dos manos en el respaldo del sillón a la cabecera de la mesa, los hombros siempre tan peculiarmente levantados, el presidente nos dijo: “Este es el sitio más especial del palacio. Cuando te sientas aquí es cuando tocas de verdad el poder”».

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