ARTÍCULO

Paraíso de pan y paz

 

Frente al tópico añejo, este libro es la demostración de que la literatura utópica existió en España, de que se cultivó la utopía como forma de pensar el presente y el futuro de nuestro país y como respuesta a la necesidad de traspasar los límites de nuestros presentes históricos.
En un recorrido que abarca desde la República Literaria de Saavedra Fajardo hasta los diferentes textos (casi todos novelas) que se publicaron en los años de la transición a la democracia, el autor traza un panorama selectivo de las obras de aquellos que, mediante el recurso a la utopía, pensaron sobre España y proyectaron el país que deseaban. La lectura del libro es un viaje de ciudad en ciudad o de isla en isla utópica, en el que se proponen críticas y soluciones, paraísos de pan y paz, como se titula una de las utopías estudiadas. Calvo Carilla ha levantado el plano de esa literatura tras cartografiar el territorio de Utopía (de la utopía hispana). Su libro está lleno de observaciones que no sólo atañen al aspecto central del mismo, sino también de sugerencias acerca de las interpretaciones que se han hecho de las obras que analiza. Todo ello, debidamente puesto en orden, da mayor dimensión y muestra la entidad consolidada de un pensamiento utópico (o desde los presupuestos de la utopía) acerca de nuestro país. Esta literatura, que es siempre política, dio salida a las frustraciones y a los sueños sociales de muchos lectores.
Suele señalarse que buena parte de la producción utópica se basa en presupuestos que tienden a asegurar una manera de vivir y comprender el mundo de carácter estático, y que lo que los autores de tales textos proponen no son alternativas progresistas, sino conservadoras. Mantenerse dentro de unas maneras y modos conocidos que, a pesar de haber mostrado su operatividad, se han perdido u olvidado, suele ser lo que se oferta en muchos de estos textos. Pero quizá convenga detenerse en que ese conservadurismo y estatismo que se da por característico del género utópico, tal vez no sea tanto una postura vital cuanto un método del que se sirven bastantes autores para observar el entorno, a lo que también, sobre todo en unas épocas, se añade la experiencia de la pérdida del pasado mítico. Esta perspectiva es la que explica, a mi parecer, el que no pocas veces escritores que son calificados de conservadores e incluso de reaccionarios, sin serlo necesariamente, aporten radiografías de la sociedad y pronósticos de futuro tan sugerentes como acertados. La utopía o distopía de Saavedra Fajardo, con todo el desencanto del Humanismo que está en la base de su República Literaria, sería el resultado de aplicar esta metodología sobre un aspecto de la realidad en el que el autor había puesto sus esperanzas, como es el mundo intelectual. A Saavedra, como a Gracián, a Manuel Martí y a otros, el proyecto humanista le defrauda. En este sentido, hay que señalar que el libro está aureolado por dos conteras o marcos, que funcionan además como hilos conductores del discurso: uno, la metáfora de la ciudad como espacio en el que promocionar la nueva sociedad; otro, el desencanto, que afecta a cuantos son protagonistas del estudio, pero que de modo especial se presenta en el capítulo sobre Saavedra y en el final, acerca de la Transición. Por otro lado, el libro comienza centrando la atención sobre utopías que quieren reformar el mundo de los hombres de letras –la de Saavedra y la de Iriarte–, para, de ellas, pasar a otras más generales, que abarcan toda la sociedad.
Novedoso es el acercamiento a las fábulas de Tomás de Iriarte, consideradas como «microutopías», en tanto que manifiestan el objetivo ilustrado de reforma de la sociedad. Esto da cuenta de la laxitud con que el autor utiliza el concepto utópico, en parte expuesto en las páginas introductorias. Pero si, por un lado, es amplio su concepto, por otro, Calvo Carilla, a medida que avanza en su investigación, selecciona aquellas propuestas que denomina «sostenibles»: es decir, no cualquier construcción, sino aquellas que, desde la razón imaginada, pueden ser realizables. Digamos que lo que caracterizaría el criterio de selección es el pragmatismo de los textos. Así, la utopía de Saavedra pone de manifiesto lo imposible del imperio austríaco –en línea con aquella corriente de pensadores que consideraban que para mantener los imperios no había que ampliarlos–; las fábulas iriartianas son sensatas y medidas; las propuestas socialistas de Ayguals de Izco son pragmáticas, como las de los regeneracionistas y como las que rescata de los tiempos de la Transición política.
Junto a nombres conocidos, como los citados, o los de Azorín, Baroja, Gómez de la Serna, Ramón J. Sender, y los de otros olvidados, se analizan las propuestas de personajes que fueron famosos por otros conceptos. Es el caso de El siglo XXI de Joaquín Costa, de los Cuentos de vacaciones de Ramón y Cajal, de La jirafa sagrada de Salvador de Madariaga y de la Historia de Elio de Ramón Tamames, entre otros. En varios de estos textos, nacidos al calor del regeneracionismo, éste se presenta como utopía pequeñoburguesa, mientras que en el caso de Ramón y Cajal ese regeneracionismo confía en la capacidad de la ciencia y en la voluntad de los seres humanos para producir una nueva sociedad justa, si bien ninguno de ellos, ni Costa, ni el premio Nobel, ni Madariaga, pueden dejar de lado cierto aristocratismo intelectual, mediante el cual ellos mismos, o sus álter egos, se proponen como héroes modélicos. Hay que recordar que, tras estas construcciones, estaban las consideraciones egotistas de Stirner y el voluntarismo individualista de Schopenhauer y, desde luego, la visión romántica de Thomas Carlyle, cuyas conferencias reunidas en un libro titulado Sobre los héroes tuvieron «universal» influjo. Aquí se publicaron en 1893, de la mano de Emilio Castelar y Leopoldo Alas «Clarín».
La propuesta de Cajal es variada, pero el eje central es su idea de que puede haber una regeneración colectiva desde y gracias a la ciencia. Su idea, en cierto modo, es crear un nuevo hombre, racional, científico, casi mecánico, y así el protagonista del cuento «El hombre natural y el hombre artificial», «andaba por mecánica, digería por química y se hacía cortar el traje por geometría», en un recuerdo de La Eva futura de Villiers de l’Isle-Adam, publicada en 1886, donde se presenta una utopía de mujer, de amante, de forma de entender el amor y la vida: una mujer que está por encima de todas las imperfecciones y servidumbres. Ella es la que debería haber servido al protagonista (y quizás estaba en la idea de Ramón y Cajal, aunque Calvo Carilla no lo indica), cuando quiere encontrar a la futura madre del genio que busca conseguir. No es difícil ver los presupuestos de la filosofía materialista y maquinista de La Mettrie y otros en su pensamiento. La escritura utópica, estas «fantasías pseudocientíficas», sirvió además a Santiago Ramón y Cajal para dar salida a su verdadero pensamiento político, más radical del que exponía en público, como señala el autor del estudio.
La parte dedicada a las utopías en los años de la Transición abarca textos de los años sesenta hasta los ochenta, lo que permite al autor llegar a la conclusión de que la literatura utópica mostraba entonces cómo no se aceptaba el tiempo presente porque ese presente, en realidad, quedaba ubicado o referido a un futuro (mejor) que no llegaba. El franquismo generaba expectativas de futuro utópico que su propio final y el inicio de una nueva época anularían o convertirían en simple sueño y, más tarde, en decepción. Por eso, el material utópico de la Transición (y no sólo él) se mueve en la tensión de aceptar un tiempo antes imaginado y después no realizado. Indicativo también de esta tensión, pero además de cómo el recurso a lo utópico era de utilidad política en esos años, es que tanto Fraga Iribarne (con actitud crítica) como Santiago Carrillo se valieron de ello a la hora de proponer sus soluciones a los problemas de la España del momento: España bloqueada. Cómo superar la crisis lejos de las utopías socialistas (1968) y Mañana España (1975). Una salida a ese desencanto de los primeros años democráticos estuvo en la vinculación que se dio entre utopía y ciencia-ficción, sobre la que José Luis Calvo Carilla también se detiene.
El libro, como se ha señalado ya, contesta y rechaza el tópico de la inexistencia de producción utópica en España. Este hecho debe leerse, además, de otro modo: España no es tan diferente del resto de Europa, como tantas veces se ha dicho. Las construcciones utópicas que aquí se presentan son similares y tienen las mismas características que las que ofrecen las literaturas de los demás países. Por otro lado, nos hablan, al mismo tiempo, de las paradojas de la creencia en la perfectibilidad de la sociedad humana y de cómo, casi inevitablemente, al pretender lo mejor y la felicidad, estamos condenados a la catástrofe. Quizá por ello Ramón y Cajal se burlaba en sus Charlas de café de quienes creían en «la utopía de la igualdad»: «He aquí un bello ensueño contra el cual pugnan solamente dos parvos enemigos: el Universo entero y la evolución de la vida».
El libro está bien escrito, aunque a medida que se avanza desmaya algo «la sostenibilidad» del estilo. Pensando en una posible segunda edición, hay numerosas erratas que corregir, más bien omisión de palabras, que suelen ser preposiciones y artículos, y en la página 201 se repiten cinco líneas que habían aparecido ya en la página 192. Pero El sueño sostenible no defraudará las expectativas del lector interesado en llenar esos territorios que han permanecido en blanco en el mapa de nuestra cultura, debido a la falta de investigación anterior y a la recurrencia de tópicos cada vez menos sostenibles.

01/06/2009

 
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