ARTÍCULO

No sólo miedo: las zonas grises del franquismo

 

Hitler fue un psicópata, mucho más que un asesino, un monstruo. ¿Y Stalin? Poco más o menos lo mismo o, en la estimación de muchos, bastante peor en aspectos trascendentales, como la duración del terror y el número de víctimasEl famoso periodista polaco Ryszard Kapuściński era de este sentir, y sabía bien de lo que hablaba: «Si podemos establecer la comparación, el poder destructor de Stalin fue mucho mayor. La destrucción realizada por Hitler no duró más de seis años, y Stalin empezó su terror en los años veinte y llegó hasta 1953. Su poder se mantuvo treinta años y la maquinaria de terror se prolongó mucho más. No es que Hitler fuese mejor, pero no tuvo tanto tiempo». Véase «Stalin fue peor que Hitler», El País, 22 de enero de 1995.. Mussolini fue un bufón ridículo, aparte de un megalómano criminal. Eso por lo que respecta a los dictadores de mediados del siglo XX. Desde otra perspectiva, aunque manteniéndonos en el mismo lapso histórico, el pueblo francés –como todo el mundo sabe– resistió gallardamente bajo la bota nazi y un considerable número de patriotas desafiaron el yugo alemán hasta el punto de pagar esa valentía heroica con el sacrificio de la propia vida.

Son sólo algunos ejemplos –bastante elementales, por lo demás– de elaboración de un pasado que tranquiliza las conciencias y, hasta podría decirse, facilita la digestión de los acontecimientos incómodos y los traumas del pasado. Las sociedades concernidas –o determinadas e influyentes partes de ellas, si queremos ser precisos–, acogen con fruición explicaciones que no sólo las exculpan, sino que distorsionan los hechos pretéritos para que digan lo que conviene que digan. Algunos historiadores, bastantes intelectuales, muchos políticos, una considerable porción de la prensa y otros miembros destacados del establishment se aprestan con entusiasmo a elaborar el producto que la sociedad en cuestión consume, como hemos dicho, con suma complacencia. Es verdad que esto no pasa en todas las sociedades ni en el mismo grado: por poner otro ejemplo incontrovertible, fue notorio durante mucho tiempo el contraste entre la buena conciencia francesa –se diría que más de media Francia había militado en la Resistencia– y la generalizada asunción de culpas de algunos de los vencidos en 1945, señaladamente Alemania y JapónLa bibliografía sobre casi todos los aspectos que aquí se tocan es poco menos que inabarcable. Me limitaré tan solo a citar obras recientes y al alcance del público español. En este caso, por ejemplo, resulta muy ilustrativo el libro de Ian Buruma, El precio de la culpa. Cómo Alemania y Japón se han enfrentado a su pasado, trad. de Claudia Conde, Barcelona, Duomo, 2011. Sirva por lo demás esta advertencia para las notas que siguen..

No es lo mismo, sin embargo, asumir una culpa más o menos difusa que verse señalados, por ejemplo, como colaboradores activos en la consumación de un hecho atroz, como un genocidio. La publicación y, sobre todo, la masiva recepción que tuvo el libro del norteamericano Daniel GoldhagenDaniel Jonah Goldhagen: Los verdugos voluntarios de Hitler. Los alemanes corrientes y el holocausto, trad. de Jordi Fibla, Madrid, Taurus, 1997. abrieron una etapa de encendidos debates sobre la participación de los alemanes corrientes en la maquinaria del Holocausto que aún llega hasta hoy y que se ha visto enriquecida con multitud de aportaciones y testimonios. Complementariamente, también terminaría por caer otro mito: el de que los sufrimientos alemanes cesaron con la caída de la dictadura nazi, el fin de la guerra y la «liberación»Véase James Bacque, Crimen y perdón. El trágico destino de la población alemana bajo la ocupación aliada (1944-1959), trad. de Eric Jalaín Fernández, Madrid, Antonio Machado Libros, 2013. También James Stern, El daño oculto. Un viaje a la Alemania de posguerra junto a W. H. Auden, trad. de Ariel Dilon, Madrid, Lengua de Trapo, 2010. Otra referencia interesante como testimonio de primera mano es William Shirer, Regreso a Berlín, 1945-1947, trad. de Francisco Javier Calzada, Barcelona, Debate, 2010. Una perspectiva más amplia, aunque dibuja un panorama igual o aún más atroz, la ofrece Keith Lowe, Continente salvaje. Europa después de la Segunda Guerra Mundial, trad. de Irene Cifuentes, Barcelona, Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, 2012.. El ajuste de cuentas historiográfico también le llegaría a los franceses, que bajo la ocupación alemana resultaron ser en su gran mayoría –según recientes estudios– menos heroicos de lo que presumían y que, más allá de ello, en una considerable proporción, dieron sobradas muestras de un indisimulado espíritu acomodaticio, cuando no de actitudes francamente colaboracionistasEs particularmente demoledor en este sentido el panorama que traza Alan Riding en Y siguió la fiesta. La vida cultural en el París ocupado por los nazis, trad. de Carles Andreu, Barcelona, Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, 2011.. El examen descarnado de los hechos ha llegado a afectar a los propios judíos: según algunos autores, los supervivientes, o los que se libraron de la persecución nazi, no han tenido mayores reparos en instrumentalizar la shoah para causas espurias o, como mínimo, oportunistas y sectariasVéase el magnífico trabajo de Peter Novick, Judíos, ¿vergüenza o victimismo? El Holocausto en la vida americana, trad. de Jesús Cuéllar, Madrid, Marcial Pons, 2007. Sostiene una tesis no muy distinta Norman G. Finkelstein en La industria del Holocausto, trad. de María Corniero, Madrid, Akal, 2014..

Señalo todo lo anterior antes de entrar en el ámbito español porque aquí, en nuestros lares, se ha vivido un proceso que en parte guarda ciertas analogías con lo apuntado, pero que presenta también rasgos específicos y muy significativos. Sobre todo en cuestión de tiempos, un detalle nada despreciable, por cuanto ha supuesto que el debate historiográfico haya seguido unas pautas no coincidentes con las de la mayor parte de los países de nuestro entorno. Me explico: el modo en que se realizó la transición de la dictadura a la democracia –no ya sin revolución, sino sin ruptura legal siquiera– condujo a las elites políticas, a los mass media y a los intelectuales en general a no cargar las tintas en la caracterización del antiguo régimen y sus representantes. Por supuesto que la izquierda en particular y los sectores democráticos en general abominaban del franquismo, condenaban sus métodos brutales y aspiraban a construir un sistema distinto, basado en el respeto a las libertades y la tolerancia. Pero precisamente por ello, por eso mismo, se trataba de no hacer sangre. El posibilismo, el gradualismo y la contención se dibujaban como las vías más seguras y, en todo caso, en el sentir de muchos, las únicas viables dadas las circunstancias.

El objetivo era mirar hacia delante, no hacia atrás. ¡Claro que el pasado se hacía notar como un pesado lastre, por no decir otras cosas peores! Pero no era tanto una cuestión de condenar como de superar. El silencio (relativo, dicho sea de paso) sobre ese pasado ominoso no era fruto del olvido, sino más bien todo lo contrario. El fantasma de la Guerra Civil gravitaba de un modo tan asfixiante sobre los artífices de la Transición que estaban dispuestos casi a cualquier cosa con tal de no incidir en los mismos errores. En la estimación mayoritaria del momento, la fuente de todos los errores fue la conversión del adversario o el simple discrepante en enemigo y, en consecuencia, su exclusión de la vida pública en primer término y, luego, de la vida sin más. La política del pacto –el consenso– surgió de esa convicción. Dos o tres décadas después, con un sistema de libertades ya asentado y con el país plenamente inserto en el contexto político europeo, las nuevas generaciones se sintieron en la obligación (moral y política) de pedir cuentas por el modo en que se produjo el tránsito de régimen.

Madrid, 2012: marioneta de FrancoEl cuestionamiento de la Transición llevó a mirar el pasado anterior a ella con otros ojos. No parecía tanto una nueva valoración (al fin y al cabo, el consenso no era en el fondo otra cosa que construir entre todos una alternativa al indeseado e indeseable sistema dictatorial) como un cambio de tono o una cuestión de énfasis. Bien es verdad que lo que en un principio pudo quedarse en asunto de especialistas y, a lo sumo, de matices o perspectivas, se convirtió pronto, en un ambiente político enconado, en una actitud cualitativamente distinta que afectaba tanto a la consideración del pasado como a la (des)estimación misma de la democracia española. La historia se convertía así en un arma arrojadiza en la controversia política. Una específica rememoración del pasado (que pronto fue conocida como «memoria histórica») resultó ser un recurso muy eficaz para deslegitimar a determinados partidos o sectores. Más que un dictador a secas, Franco era un fascista sólo comparable a Hitler y Mussolini. En términos militares, lisa y llanamente, un criminal de guerra. Se extendió la especie –incluso en obras académicas– de que prolongó artificialmente la guerra para ejecutar una limpieza sistemática de la población civilFrancisco Espinosa, Contra el olvido. Historia y memoria de la Guerra Civil, Barcelona, Crítica, 2006. Alberto Reig Tapia, La cruzada de 1936. Mito y memoria, Madrid, Alianza, 2006. . Era, por tanto, un genocida. La guerra y la represión subsiguiente constituían el holocausto español, no como metáfora, sino como espejo de la realidadCito como referencia, por su repercusión incuestionable, el libro de Paul Preston que usaba el concepto antedicho ya en el propio título. Véase Paul Preston, El Holocausto español. Odio y exterminio en la Guerra Civil y después, trad. de Catalina Martínez y Eugenia Vázquez-Nacarino, Barcelona, Debate, 2011.. El régimen que fundó se mantuvo, por consiguiente, gracias al empleo sistemático del terror: juicios sumarísimos, ejecuciones, torturas, cárceles, campos de concentración, política de exterminioMirta Núñez Díaz-Balart, Los años del terror. La estrategia de dominio y represión del general Franco, Madrid, La Esfera de los libros, 2004. Véase también esta obra colectiva coordinada por la misma autora: La gran represión. Los años de plomo del franquismo, Madrid, Flor del Viento, 2009.

Esta interpretación, pronto hegemónica en el ámbito universitario, ha venido siendo contestada por una serie de autores y obras que, sin discutir lo esencial –la naturaleza represiva del franquismo, el uso sistemático de la violencia en todos los órdenes, etc.–, han querido introducir algunos factores que conforman un escenario más complejo. Por ejemplo, empezando por la misma Guerra Civil, que Franco no fue un general incompetente y cobarde que triunfó tan solo gracias a la ayuda germano-italianaMichael Seidman, La victoria nacional. La eficacia contrarrevolucionaria en la Guerra Civil, trad. de Hugo García, Madrid, Alianza, 2012; James Matthews, Soldados a la fuerza. Reclutamiento obligatorio durante la Guerra Civil, 1936-1939, trad. de Hugo García, Madrid, Alianza, 2013.. O que la represión franquista, incluso en la primera hora, siendo como fue despiadada y atroz, no tuvo los caracteres de exterminio masivo que algunos le atribuyenJulius Ruiz, La justicia de Franco. La represión en Madrid tras la Guerra Civil, trad. de Albino Santos, Barcelona, RBA, 2012.. La importancia de las obras que aquí consideramos reside precisamente en que, no siendo exactamente pioneras, sí parecen consolidar el giro que está produciéndose en la historia académica en el sentido antedicho. Sin que ello suponga que el péndulo tenga que llegar al otro extremo. Por decirlo con las certeras palabras de un buen conocedor del tema, Ismael Saz, el investigador –con los datos en la mano– no tiene más remedio que asumir que «una dictadura no se sostiene únicamente por el miedo y la represión». No sólo miedo es precisamente el título de la obra en que se deslizan esas apreciaciones. Ahora bien, sigue diciendo Saz, afirmar «que no fue sólo el miedo quiere decir exactamente eso, que no fue sólo eso, pero no niega que también fuese eso» (p. 224).

En efecto, no sólo miedo viene a ser lo mismo que decir no sólo represión, no sólo terror. También podría expresarse de otra manera: un régimen difícilmente se sostiene durante casi cuatro décadas con la resuelta oposición de la sociedad que lo sufre. Eso significa, en el mejor de los casos, que sólo una parte reducida –por no decir directamente pequeña– de la población estaba dispuesta a desafiar al poder con una oposición activa. Eso significa igualmente que otra parte del país, obviamente mucho más extensa, tuvo una actitud más o menos pasiva que se movió en una zona gris entre la resignación, el desentendimiento y, si acaso, la colaboración puntual. Y no hay que olvidar, por último, a esa porción de la sociedad española que, sin tener grandes convicciones doctrinales o políticas, se avino a formar parte del entramado institucional de una manera más o menos circunstancial u oportunista, aunque fuera en los niveles más modestos, como concejales, alcaldes de pequeñas poblaciones, delegados, representantes sindicales, etc. Frente a un cuadro de perfiles definidos en blancos y negros –verdugos y oprimidos– se postula aquí, en estos libros, un panorama sustancialmente distinto, caracterizado por la preponderancia de zonas grises, es decir, amplias capas de la población que no se distinguían por su adhesión al régimen, pero que se acomodaron a él de mejor o peor gana. Junto con «no sólo miedo», «zonas grises» constituye la caracterización de la sociedad española bajo el franquismo que más se repite en estas obras (y una de ellas lo proclama abiertamente desde la misma portada).

El volumen que lleva por título No sólo miedo es una obra colectiva en la que intervienen quince profesores universitarios con artículos muy diversos –como suele ser habitual en estos proyectos– que abarcan en su conjunto todo el período franquista (e incluso un pequeño lapso de la Transición), aunque la mayor parte de ellos aborda temas muy concretos con delimitaciones cronológicas no menos precisas. Globalmente, el subtítulo define bien el contenido de la obra: «Actitudes políticas y opinión popular bajo la dictadura franquista (1936-1977)». Aquí encontramos de todo, desde contribuciones precisas y sugerentes hasta artículos correctos que no dicen apenas nada nuevo porque simplemente recalan en lo obvio. En la aportación que abre el volumen, Francisco Cobo sitúa el problema en la perspectiva internacional, con un somero análisis de la bibliografía que ha ido apareciendo en los últimos años acerca de «los apoyos sociales prestados al fascismo italiano y al nazismo». Luego, en la primera parte (desde mi punto de vista, la más interesante), bajo el epígrafe de «Desde la noche de los tiempos», se desbrozan las diversas actitudes –desde la colaboración a la resistencia, pasando por toda la gama intermedia de matices– de los españoles bajo la Guerra Civil y el primer franquismo. El primer trabajo que aquí aparece lo firma Claudio Hernández Burgos, el autor del segundo libro que comentamos en esta reseña. Su título, «Mucho más que egoísmo y miedo», nos pone claramente en la pista de lo que trata: las heterogéneas razones y actitudes de los españoles que lucharon en uno y otro bando durante la Guerra Civil. No es cuestión, obviamente, que pueda resolverse en una docena de páginas, pero sus apuntes son perspicaces y ponderados.

La obra halla su mejor baza en el análisis de «zonas grises»: factores y circunstancias que tamizaron las relaciones entre la sociedad y la dictadura

Otro tanto podría decirse de la contribución que firma Carlos Gil Andrés sobre las diversas formas que adquirió la «colaboración ciudadana en la gran represión», un «fenómeno complejo» en el que tuvieron cabida desde los enragés fanáticos y vengativos (o directamente sádicos) hasta –en el extremo opuesto– los intercesores que se jugaron la vida por proteger a determinadas personas. Es interesante también el ensayo de Miguel Ángel del Arco sobre las cruces de los caídos como «instrumento nacionalizador en la cultura de la victoria». Los dos últimos artículos de esta primera parte se refieren, respectivamente, a los «cuadros locales de la dictadura» (o, en otras palabras, las bases sociales del régimen) y, en el extremo opuesto, las resistencias populares al franquismo, entendidas no como levantamientos ni como oposición frontal, sino como «estrategias» que, sobre todo en las zonas rurales, trataban de «mantener una valiosa distancia con respecto a las representaciones que el Estado franquista intentaba imponer en su labor de represión social y psicológica» (p. 107).

La segunda parte contiene otros siete artículos heterogéneos, todos ellos encuadrados en la siguiente etapa cronológica –las décadas de los sesenta y setenta: desarrollismo franquista y primera transición–, una época en la que la política rígida de represión es sustituida por formas de control relativamente más sofisticadas en el contexto del nuevo marco de crecimiento económico, atenuación del aislamiento internacional y paulatinas transformaciones sociales. A propósito, se desliza aquí un lapsus llamativo, porque el epígrafe que engloba todo ello, según el índice y el titular de la página 109, es «Nuevos rumbos, nuevos actores», cuando en realidad querría decir, según se razona en la introducción, «Viejos rumbos, nuevos actores», porque lo que se trata de mostrar es que «bajo los intentos de modernización política de la dictadura se escondían los “viejos rumbos” de siempre» (p. 11).

Aunque precisamente en este lapso histórico debían alcanzar todo su sentido las expresiones de «no sólo miedo» y «zonas grises», no se indaga lo suficiente en el tránsito entre la dureza de posguerra y las nuevas coordenadas sociopolíticas. Aquí se ponen de relieve las limitaciones de un volumen como este, que es una yuxtaposición de trabajos meritorios, pero al que falta una columna vertebral que proporcione solidez y empaque a un conjunto que queda un tanto deslavazado. El primer artículo de esta sección, el análisis de las actitudes políticas de los españoles según la prensa extranjera, aun siendo interesante en sí, parece metido con calzador en este contexto. Da la impresión de que se impone la cuota de lo políticamente correcto con «la perspectiva de género» –el papel de la Sección Femenina–, mientras que otros trabajos analizan las «políticas sociales», la televisión como poderosa arma de propaganda, la evolución del catolicismo o los resquicios de participación política en los estertores del franquismo. El recorrido se cierra con un análisis del papel del medio televisivo ya muerto Franco, en vísperas de la democracia.

En definitiva, un libro interesante más por sus sugerencias que por sus aportaciones concretas, al que lastra, por una parte, la ya aludida dispersión o heterogeneidad y, por otra, la misma brevedad de las contribuciones que lo integran, un factor nada desdeñable, porque hace casi imposible profundizar en los asuntos que se abordan. Unas virtudes y defectos que aparecen ahora invertidos en el siguiente volumen que consideramos en esta reseña, el que firma Claudio Hernández Burgos con el título de Franquismo a ras de suelo. Resultado de la reelaboración de una tesis doctoral, se omite cuidadosamente en el título y subtítulo que se trata de un estudio circunscrito a la provincia de Granada.

Mercado negro del pan después de la Huelga General (Barcelona, 1951)

Aunque podemos admitir sin problemas la distinción que se hace en las páginas introductorias entre una «historia desde lo local» (que es lo que pretende ser este trabajo) y una «historia local» stricto sensu (pp. 16-17), lo cierto es, por otro lado, que la pretendida representatividad de la demarcación andaluza que se defiende en estas páginas tendría que matizarse y, aun así, sería, en cualquier caso, un asunto discutible. Encontramos en este sentido un planteamiento excesivamente rígido en el texto, como cuando se dice de modo taxativo que «Granada resulta representativa del conjunto del territorio español» o cuando se afirma de una forma que nos parece apriorística o poco fundamentada que «Granada supone un campo de estudio idóneo para examinar el proceso de implantación de la dictadura y la interacción cotidiana de los ciudadanos con el Estado» (p. 28). En efecto, en muchos de los aspectos que aquí se examinan (no en todos, sin embargo), Granada y su provincia pueden presentar importantes similitudes con algunas otras zonas españolas, pero, sea como fuere, es una cuestión que no puede aceptarse sin más mientras no haya otras aportaciones que lo pongan de manifiesto.

El gran acierto del libro de Hernández Burgos es su amplio lapso histórico, los cuarenta años de franquismo en términos redondos, que le permiten trazar un panorama diáfano de la evolución de las actitudes de los granadinos y de los apoyos sociales de la dictadura desde el comienzo de la Guerra Civil hasta la muerte del Generalísimo. Las susodichas actitudes –en este caso de los mencionados ciudadanos andaluces, como reflejo de lo que sucedía en el conjunto del país– son, ya para empezar, de problemática catalogación. «Consentimiento, aceptación, indiferencia, resignación, resistencia o disidencia» son algunas de las categorías que han empleado los historiadores con el propósito de dar cuenta de ellas. Un panorama intrincado, pues, para el que hay que rescatar una vez más la denominación de amplísimas «zonas grises» en las que se situó una mayoría de españoles que ni apoyaron ni se opusieron resueltamente a la dictadura.

A ello hay que sumar otros factores de complejidad, como la existencia de actitudes aparentemente contradictorias en los individuos y grupos sociales (apoyo, por ejemplo, de determinadas políticas del régimen y rechazo de otras) o, simplemente, comportamientos individuales y colectivos que fueron cambiando o evolucionando a lo largo de esas cuatro décadas que aquí se consideran. Podemos comprobar, de este modo, que, aunque el foco de estudio sea espacialmente reducido, la variable cronológica y la problemática conceptuación de las respuestas sociales hace que resulte difícil, por no decir casi imposible, reducir la complejidad de este asunto a unas cuantas fórmulas estereotipadas. «Bajo la mirada de Franco –escribe Hernández Burgos– pasaron varias generaciones de españoles»: cuarenta años dan para mucho. Tratar de poner en el mismo plano el régimen recién salido de una tremenda guerra y el franquismo tecnocrático y desmovilizador de los años setenta –con una mayoría de españoles que no había vivido la guerra– no tiene el más mínimo sentido.

De ahí que la investigación se articule, como difícilmente podría ser de otro modo, siguiendo las diversas etapas de implantación del régimen, empezando, naturalmente, por «una guerra que lo envolvió todo» y siguiendo de manera inevitable por una victoria aplastante que, no obstante, deja ya entrever importantes «zonas grises». «Sobre una nación en ruinas» se construye, así, una dictadura que, junto a una represión implacable y un control asfixiante, trae también, a su manera, «paz y progreso». O eso al menos es lo que quiere creer una parte de la población, la que mejor se adapta a las circunstancias. Los españoles en todo caso, por la fuerza de los hechos, terminan «acostumbrándose al régimen», se refugian en sus asuntos particulares, aprovechan (los que pueden, claro) el tirón desarrollista y con todo, a pesar de ello –o precisamente por ello–, alientan ya en los años sesenta un desasosiego que se transformará en la década siguiente en abierta disidencia. Mantiene Hernández que básicamente las mismas razones que habían llevado al sostenimiento más o menos resignado del régimen durante tantos años hacían inviable la perduración de un franquismo sin Franco. Siempre con matices, desde luego, porque los rasgos dominantes de ese momento histórico –en torno a mediados de los años setenta– distan de ser simples en uno u otro sentido. «Cansancio, incertidumbre y miedo» eran rasgos predominantes. Pero también ilusión y esperanza. «Sabían [los españoles] que no querían más franquismo, pero también conservar mucho de lo obtenido bajo el mandato de Franco» (p. 395).

Me apresuro a reconocer que el resumen antedicho difícilmente puede hacer justicia a una obra que precisamente halla su mejor baza en el análisis y la exposición de las varias veces mencionadas «zonas grises», esto es, el conjunto de espacios, factores y circunstancias intrincadas que tamizaron las relaciones entre la sociedad española y la dictadura. Una «convivencia» forzada que llevó a unos y otros –a los de arriba y los de abajo, pero también a los adictos y opositores– a una adaptación poco menos que inevitable, con todas las renuncias que ello implicaba (p. 401). No faltará quien piense, con buena parte de razón, que este descubrimiento apenas supone más que el reconocimiento de una obviedad que ha estado velada por razones exclusivamente ideológicas. Sea. Pero lo cierto es que, como decíamos al principio, la tentación de demonizar y exorcizar al franquismo había llevado en los últimos tiempos a una historiografía militante a trazar una caricatura insostenible del mismo. Bien está que empiece a abrirse camino una disposición alternativa, en la que el objetivo fundamental no sea tanto la condena sin más como la comprensión. Hay indicios de que esta última vía va ganando posicionesMe limito a señalar una muestra, muy cercana precisamente a los asuntos que hemos abordado en esta reseña. Miguel Ángel Melero Vargas es autor de una tesis doctoral que presenta algunas concomitancias con los trabajos aquí aludidos: De la esperanza al sometimiento. Frente Popular, Guerra Civil y primer franquismo en una ciudad andaluza. El caso de Antequera, Málaga, Universidad de Málaga, 2013. En su blog, Melero ha escrito una interesante reflexión bajo el título de «Una introducción a la cromática de las actitudes ciudadanas ante el Franquismo». En dicho artículo podemos leer párrafos como los que a continuación extracto, que podrían ser suscritos sin problema alguno por los autores de los libros que acabamos de comentar: «De forma paralela a esta labor exterminadora [...] el Régimen desarrolla otra [...] destinada a la captación, localización y encuadramiento de los apoyos sociales que resultarán fundamentales para su supervivencia. Ya ha sido visto cómo para la conformación de los nuevos poderes locales el Régimen necesita, no sólo el apoyo de las elites políticas, sociales y económicas tradicionales, sino de un verdadero magma social. Algo similar ocurre con el proceso de captación de apoyos sociales al Nuevo Estado, para el que este conglomerado social, las denominadas como zonas grises de la población, resultan fundamentales [...], encontrándose precisamente en este nosotros el sustrato para la captación de apoyos sociales, desde la coacción a la aquiescencia, y entre ambas una verdadera escala de matices en cuanto al apoyo ciudadano al Franquismo [...]. El miedo y la represión como control social, pero también la aceptación o el rechazo, el consentimiento o la reticencia, la aquiescencia o la oposición, figuran como medidores de la relación entre estado franquista y sociedad, y de la actitud de ambos como actores principales».. Esperemos que así sea, en efecto, que se mantenga y, sobre todo, que nos ofrezca un panorama más rico, complejo y matizado de la sociedad española en ese período histórico.

Rafael Núñez Florencio es Doctor en Historia y profesor de Filosofía. Sus últimos libros son Hollada piel de toro. Del sentimiento de la naturaleza a la construcción nacional del paisaje (Madrid, Parques Nacionales, 2004), El peso del pesimismo: del 98 al desencanto (Madrid, Marcial Pons, 2010) y, en colaboración con Elena Núñez, ¡Viva la muerte! Política y cultura de lo macabro (Madrid, Marcial Pons, 2014).

10/04/2014

 
COMENTARIOS

mcjaramillo 16/04/14 20:49
Hither, Estalin, monstruos asesinos; Musoline un bufón megalómano, ¿y Franco? Franco sólo un salvador de su patria.
Alemania, Italia y Francia hace mucho que saldaron cuentas, aquí: ni siquiera sacar a los fusilados republicanos de las cunetas.
Pues mientras eso no se haga no habrá reconciliación que valga.

José Díaz Quidiello 17/05/16 09:44
También en Francia, por ejemplo, la resistencia ante Vichy y los nazis fue minoritaria y dominaron las zonas grises. Pero nadie argumenta con ese hecho para intentar dulcificar la dictadura. La resistencia ante la dictadura, poca o mucha, es siempre un valor a defender.

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