ARTÍCULO

Irlanda para españoles (y vascos)

Cambridge University Press, Cambridge. Madrid
Trad. de Rafael Herrera Bonet
302 págs. 2.450 ptas.
Espasa Calpe, Madrid
Trad. de María Corniew Fernández
290 págs. 2.900 ptas.
 

Uno de los empeños más denodados del nacionalismo vasco desde su reconversión reciente a los postulados del ultranacionalismo defendido por ETA y HB ha sido, sin duda, el de convencer a los vascos de que son, en realidad, norirlandeses. No por casualidad el acuerdo que subscribieron todas las fuerzas nacionalistas vascas en la ciudad navarra de Estella, siguiendo con religiosa fidelidad el proyecto ultranacionalista, arranca con una referencia a Irlanda del Norte como espejo en el que ver a Euskal Herria –que no a Euskadi o al País Vasco, sujetos ya inexistentes para el nacionalismo vasco, precisamente por constitucionales. Más aún, esta conjunción nacionalista vasca adoptó primeramente el nombre sonoro de Foro de Irlanda, aunque se refería lógicamente a Euskal Herria– que no tiene traducción en lengua castellana, la otra lengua vasca. Se excusaría luego, tras ser señalada por sus críticos, esta incongruencia histórico-política diciendo que se trataba únicamente de «adoptar la metodología en la resolución del conflicto», una de esas frases tan en boga en el lenguaje nacionalista vasco para evitar referirse al terrorismo ultranacionalista de ETA por su nombre. Irlanda, pues, se invoca desde Euskal Herria y el nacionalismo que la concibe y reclama. De hecho, quizá con la excepción de las cadenas de televisión irlandesas y británicas, fue sin duda la televisión vasca (ETB) la que dedicó un mayor contenido informativo al «proceso» norirlandés, puede imaginarse de qué modo artero.

No son los únicos. Irlanda –la del Norte, aunque siga prevaleciendo el genérico– ha sido también el norte en que han buscado orientación otras propuestas de foros que, como hongos, han aflorado en Euskadi y en España en el círculo amplio de la inexistente «cuestión vasca». Elkarri o el Foro de Madrid, coincidentes básicamente en sus posiciones, también han hallado en Irlanda «metodología» apropiada para Euskal Herria más que para ETA. Artículos de prensa sin cuento, números monográficos de revistas, libros se han escrito explicando lo ocurrido con los terrorismos norirlandeses desde las treguas hasta StormontCfr. el libro de Íñigo Gurruchaga, El modelo irlandés. Historia secreta de un proceso de paz, Barcelona, 1998 con su interesante epílogo sobre un «proceso vasco de paz», que parece contradecir al título del mismo.. Ha sido pasto propicio para pensadores conservadores y progresistas, para derechistas de siempre e izquierdistas a la violeta. Irlanda, la del Norte, ha llegado casi a apestar. Lo más aleccionador de la reciente historia vasca es la inutilidad de todo ello, de esta mimesis irlandesa del nacionalismo vasco, de su «metodología», para lo único que importa, el fin del terrorismo. Ya ha dejado ETA muy claro que nada que no sea el control totalitario del poder político puede satisfacerle. Ni le importa la democracia, ni la autodeterminación, ni la independencia, ni tan siquiera sus presos. ¿Cómo habría de importarle Irlanda? De allí sólo le interesa cuánto beneficio político pueda haber obtenido el terrorismo, cuánto perjuicio la democracia.

Pero de otros modos ha estado y está presente Irlanda en la nunca definida por probablemente no ya aérea, sino ficticia «cuestión vasca». Un autor –cuya posición no necesita recordatorio– con tanto peso en estos debates como Jon Juaristi ha construido su relato de los nacionalistas vascos sobre patrón irlandés. Aunque probablemente coincidiría Juaristi en que debate propiamente no existe, y menos sobre la «cuestión vasca», el Bucle melancólico es un libro que, como confirma el autor en su nueva aportación, está escrito con la lectura y relectura siempre presente del libro de O'Brien a que se refiere este comentarioJon Juaristi, El bucle melancólico. Historias de nacionalistas vascos, Madrid, 1997 y Sacra Némesis. Nuevas historias de nacionalistas vascos, Madrid, 1999, prólogo-carta a Cruise O'Brien. La influencia de este autor en Juaristi se hace explícita también en el prólogo del último a Voces ancestrales, edición en castellano, aquí comentada.. En fin, presente está Irlanda, no sólo la del Norte, en mi propia motivación para hacer este comentario, pues no he prescindido para entrar en él de presentación desde Euskadi y mi semicondición de vasco, como tampoco pude hacerlo al leer los libros que trato u otros conexos.

Conviene tomar otras referencias, sin dejar ésta al parecer tan pertinaz en el interés español y vasco sobre Irlanda. La primera es, sin ser paradoja, británica. Coincidiendo, al menos en el tiempo, con los recientes cambios constitucionales en Escocia y Gales se ha asistido en Gran Bretaña a un interesante y fructífero debate sobre su condición y definición nacional. La controversia que espoleó a comienzos de esta década el libro de Linda Colley sobre la formación de la nación en el mundo británico entre los siglos XVIII y XIXLinda Colley, Britons. Forging the Nation,1707-1837, Londres, 1992., ha ido ensanchándose en la investigación de las raíces confesionales, institucionales, culturales y jurídico-políticas de las identidades nacionales en el mundo modernoInútil por mi parte sería dar cuenta de una producción literaria al respecto que, en su mayoría, desconozco. Especialmente interesantes, por sus referencias a los aspectos relacionados en el texto, me han parecido los de Gerald Newman, The Rise of English Nationalism. A cultural History, Londres, 1997, Alexander Grant y Keith J. Stringer (eds.), United the Kingdom? The Making of British History, Londres, 1995, y Colin Kidd, British Identities Before Nationalism. Ethnicity and Nationhood in the Atlantic World, 1600-1800, Cambridge, 1999.. Lo relevante de tal debate es que comienza por cuestionarse sobre las posibilidades de una identidad nacional inglesa en el contexto de una historia moderna atlántica, empeño que –no hará falta recordarlo– no tiene paralelo en la otra historia atlántica de envergadura, la que al parecer es nuestra. Como tampoco nos ha planteado mayor problema, sino alivio histórico, nuestra incorporación a cuantos proyectos europeos se han ido proponiendo –desde nuestro ingreso en la CEE, hasta la formalización de la UE– por lo mismo no nos ha motivado a un debate historiográfico como el habido en Gran Bretaña, con lecturas diversas de su pasado constitucional frente a los retos de una previsible transformación inducida por EuropaDirectamente pedagógico respecto de una dimensión europea de la nationhood inglesa es el libro de Edwin Jones, The English Nation. The Great Myth, Phoenix Mill, 1998. Desde el pasado imperial, con la costura de naciones que implicaba, hasta su nueva posible relación federal europea recorre también este tema John Kendle, Federal Britain. A History, Londres, 1997..

Refiero ese contexto de debate sobre la significación histórica del British World, no sólo por el cuestionamiento sobre las posibilidades de vigencia de una identidad nacional inglesa, más allá de la regionalEdward Royle (ed.), Issues of RegionalIdentity. In Honour of John Marshall, Manchester, 1998. El capítulo firmado por Luis Castells y John Walton, «Contrasting identities: north-west England and the Basque country, 1840-1936», es ilustrativo de las distancias entre regiones con formas políticas y sociales de identidad nacional –entre otras, como muy oportunamente se señala para el caso vasco– y formas de identidad regional sin apenas traducción institucional de autogobierno territorial más allá del local., sino porque este supuesto de debate ha implicado también un juego intelectual basado en la relación internacional dentro del mismo British World. Ahí ha encontrado acomodo también un lógico interés por la historia de Irlanda que, así, no se circunscribe en su debate a una especie de historikerstreit nacional, sino que se sitúa en escenario también internacional. Con esta fuente de alimentación, la historiografía irlandesa sobre Irlanda no ha podido reducirse a los márgenes, ciertamente estrechos, de la polémica nacionalismo versus revisionismo. La pretensión de Brendan Bradshaw de establecer ahí los términos del debate historiográfico, como una especie de misión nacional del historiador frente a un revisionismo crítico precisamente con el agobio nacional, no tiene viso alguno de cumplirse por múltiples razones entre las cuales la «internacionalización» del debate historiográfico sobre Irlanda es una principalCfr. la introducción de D. George Boyce y Alan O'Day (eds.) al volumen The Making of Irish History. Revisionism and the Revisionist Controversy, Londres, 1996.. Para el nacionalismo político irlandés que ha guiado la construcción de la república como institucionalización jurídico-política de la nación nacionalista, la posición de Bradshaw es la única políticamente correcta. Sin embargo, el revisionismo y, si se me permite, el «revisionismo del revisionismo», se ha convertido en la línea interpretativa más dinámica de la historiografía irlandesa –en su amplio sentido, es decir, no de una historia entendida como our history, sino de discusión sobre una historia de interés transnacionalCfr. Patrick O'Mahony y Gerard Delanty, Rethinking Irish History. Nationalism, Identity and Ideology, Londres, 1998..

Los dos libros que aquí se consideran entran en esa vía, y a ello obedece esta quizá excesivamente amplia referencia prologal. Son, no obstante, obras bien diversas. El libro de John O'Beirne Ranelagh contiene un relato que responde mejor a su título original, A Short History of Ireland. Esta breve historia es además historia inconclusa, no ya en el sentido genérico en que lo es toda historia hasta que el cielo caiga sobre nuestras cabezas, sino en el que puede seguirse en los sucesivos prólogos que el autor ha ido añadiendo en las ediciones o revisiones de su obra desde 1983 hasta 1998. La última, con el proceso de Stormont a todo gas, pero también con los veintinueve muertos de Omagh, termina con un presagio que, para el historiador, es una fatalidad que o bien puede ser mirada de frente, u obviarse incrédulamente: «Lo mejor que se puede esperar es que el terrorismo permanezca inactivo durante largos períodos. No nos abandonará». Es una sentencia con la que Cruise O'Brien coincide sin duda. La primera opción, tomarse en serio esta advertencia, no es fácil para vascos y españoles, pero la segunda, despacharla como «inmovilista», no se sostiene tampoco, no ya intelectual sino fácticamente: el terrorismo no ha desaparecido ni en Irlanda del Norte ni en España. Tanto allí como aquí se ha continuado amenazando y atacando violentamente al enemigo político por los terroristas ultranacionalistas de diverso signo. La violencia ha continuado supliendo la insignificancia electoral de las opciones ultranacionalistas. ETA ha decidido volver a matar porque no le ha ido en las elecciones como esperaba, porque su miedo estaba desapareciendo y con él su capacidad de influir en la política vasca y española.

Lo cierto es que la frase citada tiene tras de sí un argumento historiográfico, el que condensa en su breve historia de Irlanda el libro de O'Beirne Ranelagh. No sé si es exigencia de línea editorial que estas historias nacionales breves deban comenzar por la lejanísima historia que no tiene viso de interés nacional alguno, pero en este libro resulta, así como los capítulos dedicados a la historia moderna anterior al siglo XVIII , perfectamente pertinente y magistralmente engarzada en un relato que lleva al citado prólogo de 1998. Es aleccionador (y casi me atrevería a decir de obligada lectura para políticos y opinantes españoles y vascos) el repaso sobre una invasión de la isla patrocinada por irlandeses, de una dominación anglo-escocesa basada en el establecimiento de una supremacía confesional con traducción jurídico-política en la institucionalización de una Ascendencia que requería de un tipo de identidad corporativa –protestante no contestataria, anglófona, propietaria– para la participación en el cuerpo político, así como de una legislación penal (Penal Laws) que hizo una gran labor en favor de la cristalización de una identidad católico-irlandesa sometida desde finales del siglo XVII . Es la lección, digamos, de la historia moderna. No es casual que este sometimiento penal de una mayoría sea también el punto de arranque de la reflexión de Cruise O'Brien: estamos en pleno aprendizaje de los efectos que esa amalgama de religión, dominio, destrucción cultural y sometimiento podían provocar. Por su concepción, la obra de O'Beirne Ranelagh contiene claves que sitúan mejor el curso histórico, que permiten apreciar mejor al profano el quiebro histórico de este proceso.

Tanto para los argumentos de fondo que, cosa extraña en una historia breve, contiene el libro de O'Beirne Ranelagh, como para los más directos y explícitos de Cruise O'Brien es medular el momento histórico que bascula entre ilustración y liberalismo. La incorporación, estudiada detalladamente por Cruise O'Brien, de Wolfe Tone al santuario nacionalista irlandés desde comienzos de este siglo, con toda la significación que tiene para las historias de nacionalistas, no debe, creo, despistar al discurso historiográfico. «Poner el nombre común de irlandés en lugar de las denominaciones de protestante, católico y disidente», la sentencia probablemente más referida y menos atendida de Theobald Wolfe Tone, contenía un mensaje nuevo, tanto que seguramente resultó inservible para Irlanda desde su enunciación en la década de los noventa del siglo XVIII , hace ahora doscientos años. La ilustración de la ciudad republicana difícilmente se podría abrir paso en un terreno donde todo se hacía propicio para la nación, comenzando por la historia moderna, ésa de la dominación y la AscendenciaPara el desarrollo del argumento, que aquí no puedo desplegar como interesaría, cfr. M. Thom, Repúblicas, naciones y tribus, Gijón, 1999.. Pero ahí está el nudo aún no suelto de la historia moderna y contemporánea de Irlanda, hasta convertirse también en el argumento central que recorre el pensamiento de Cruise O'Brien: cómo se hacen las cuentas con un pasado en que la dominación precisamente genera la nación católico-irlandesa, frente a un presente –entiendo por tal el que va desde finales del siglo XVIII hasta ahora– que contempla la posibilidad de una definición no nacional, sino ciudadana, de la nación.

El libro de O'Beirne Ranelagh presta atención permanente desde los tiempos de Tone hasta la actualidad a esa línea constitucional en la historia de Irlanda, con estaciones obligadas en Parnell y su actividad parlamentaria en Westminster, en las posiciones encontradas de Michael Collins y Eamon de Valera y en el establecimiento de la República y el Ulster. Pero también a la contradicción permanente que halla ese atisbo constitucional en el nacionalismo que la recorre, que la penetra y preña una y otra vez. Relata Cruise O'Brien, al dar noticia de la concepción de su libro, que ese cruce constante es el que le ha obsesionado desde su propia experiencia vital: que el mensaje de los Hermanos Cristianos Irlandeses del «sagrado patriotismo», tan presente en la vida de todos los irlandeses desde finales del siglo pasado, no halla modo de adecuarse a un concepto de ciudadanía que pueda prescindir de la redención histórica, emanciparse de los ancestros, hacerse precisamente ciudadano. En cierto sentido, la República Irlandesa no dejaría de ser una ilusión óptica provocada por las historias de los nacionalistas en mucha mayor medida que por la república ciudadana. Si, como dice Juaristi en el prólogo al libro de Cruise O'Brien, éste sería un nacionalista irlandés en el sentido que lo fue Wolfe Tone, tendríamos, a la luz de la historia que relata O'Beirne Ranelagh, que disponer de otro vocablo para referirnos al nacionalismo de la «Irlanda irlandesa», porque el concepto desde luego no aguanta.

Otro tanto puede deducirse de la lectura de estos dos libros respecto del concepto de república y de la denominación de republicanos para la identificación histórica de los nacionalistas irlandeses. No me refiero sólo a la diferencia oportuna que establece Cruise O'Brien entre el republicanismo moderado y el exaltado, es decir, quienes preferirían que los espíritus no estuvieran todo el día dando la lata con su cuenta del carnicero y quienes siguen creyendo en el tributo de sangre que debe pagarse por Irlanda, como los espíritus comunicaron a su sacerdote Pearse. Sólo en un sentido muy peculiar pueden estos nacionalistas decirse republicanos, como ocurre también con el IRA actuante hoy día en Irlanda del Norte. Si república significa algo más que ausencia de monarquía, si continúa teniendo vigencia en el vocabulario político un requerimiento de idea de la ciudadanía para identificar el republicanismo, entonces el movimiento nacionalista irlandés podría contar con pocos dedos cuáles de sus mártires fueron republicanos. Por decirlo muy sintéticamente: también Pinochet se tiene por un gran republicano.

Desde la partición de la isla en dos cuerpos políticos separados en 1921, tanto el nacionalismo irlandés, dicho republicano, como el unionismo leal a la monarquía británica en el Ulster han construido sus discursos políticos y seguido una práctica política que ha dejado poco espacio a la ciudadanía constitucional. El relato novelado de Frank McCourt sobre su vida en el barranco de la pobreza en la «Irlanda irlandesa» no tiene nada de extraordinario respecto de otras novelas o relatos de similar ambiente en Inglaterra, Italia o España, pero sí en cuanto a la experiencia de la imposición en una tierra que la historia vulgar suele identificar como de promisión de la libertad tras su liberación de un yugo de mil años. «Te pegan si no sabes decir tu nombre en irlandés, si no sabes rezar el Avemaría en irlandés, si no sabes pedir permiso para ir al retrete en irlandés.»Frank McCourt, Las cenizas de Ángela, Madrid, 1997, pág. 85.Se refiere a los curas católicos, cuya iglesia había tomado ya como causa sagrada la construcción de la Irlanda nacionalista, cual nueva communitas la más propicia para ser pueblo elegido de Dios, gracias sobre todo a un orden constitucional que sancionaba la identidad nacional-católica de la república.

Informan los últimos capítulos de la síntesis de O'Beirne Ranelagh del desarrollo jurídico institucional de la República de Irlanda y del Ulster. El orden monárquico-anglicano en los condados de este último territorio, recuerda, se ha ido estableciendo sobre la rígida separación de comunidades. Si existen barrios, escuelas, hasta cementerios divididos, su traslación al ámbito de la participación política o del acceso a los puestos relevantes en la administración, con el consiguiente efecto de un dominio por parte de una de ambas comunidades, es un hecho que facilita el «gobierno directo» desde 1972, esto es, ausencia de cualquier forma de autogobierno democráticamente institucionalizado. En realidad, los enfrentamientos políticos ya han encontrado en el terrorismo su cauce natural en una sociedad cosida por el ultranacionalismo, al que la democracia ciudadana relegaría sin duda a una condición marginal. Si se siguen los relatos de historias de terroristasLleno de noticias al respecto, pueden seguirse en el libro del periodista especializado en el Ulster Peter Taylor, Behind the Mask. The IRA and the Sin Fein, Londres, 1997. , puede percibirse que el argumento de fondo de los libros que aquí se presentan merece que no miremos hacia otro lado, como si fueran cosas de «inmovilistas» encerrados con un solo juguete.

Existen en él aspectos que reclaman reflexión que no únicamente interesan a Irlanda, y que los últimos capítulos del libro de Cruise O'Brien ponen a flor de piel. Creo que gira, en realidad, sobre la relación que suele darse por verdad axiomática entre independencia y soberanía, así como entre la primera y la libertad. Es, sin duda, un axioma para el pensamiento nacionalista: la independencia significa la mayor soberanía imaginable y el grado máximo de libertad. La soberanía agotada en la nación, la libertad en el Estado: es la enseñanza, tampoco lo perdamos de vista, de la forma política que solemos denominar Estado liberal y que enseñoreó Europa. Sin embargo, si la reflexión se realiza desde una idea de la ciudadanía como manifestación plural de formas de participación democrática, debería por lo menos considerarse la posibilidad de que la relación federal consienta más formas de ejercicio de la soberanía y de la libertad política que la independencia, el sueño del Estado-nación que al final acaba siempre resultando el Estado nacionalista. ¿No suena esto al debate vasco sobre el «ámbito vasco de decisión», singular que anularía la actual pluralidad de ámbitos de decisión de los vascos?

Cuál sea la terapia para compaginar estas visiones encontradas de la nación no parece que haya sido aún prescrita por la ciencia política. Quizá al final la respuesta sensata esté también en la literatura. El consejo que recibió el adolescente Frank McCourt del carretero con sus huesos retorcidos por el trabajo jamás remunerado, ni bajo la «dominación extranjera», ni con la renacida Eire «liberada», me hizo doblar esta página, la 278, de Las cenizas de Ángela: «A la escuela, Frankie, a la escuela. Los libros, los libros, los libros. Sal de Limerick antes de que se te pudran las piernas y de que se te derrumbe la mente del todo».

01/01/2000

 
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