ARTÍCULO

Cien años de solidaridad

Alfaguara, Madrid, 432 págs.
Trad. de MIguel Sáenz, con la colaboración de Grita Löbsack
 

Si bien modesto, el ejemplo referencial temporalmente más lejano de este nuevo libro de Günter Grass sería Las mil y una noches. Modesto digo, y digo bien, porque yendo a cuentas, y si Pitágoras no miente, 1.001 noches no son nada más que algo menos de tres años, algo menos de la trigésima parte de todo un siglo. Pero estamos aquí muy lejos del mundo de Cherazade (Schahrasad, según Cansinos Asséns), y aunque pueda parecer extraño, incluso descabellado en un primer momento, leyendo MeinJahrhundert (Mi siglo) uno termina pensando en el Galdós de los Episodios Nacionales. Asegura Grass, ya en la primera línea de su libro, que estuvo «intercambiado conmigo» a lo largo de los cien episodios que lo componen. ¡Y qué duda cabe de que don Benito, intercambiado consigo mismo, fue Gabriel Araceli, Salvador Monsalud, Fernando Calpena, José García Fajardo y el empedernido mujeriego Tito, los narradores consecutivos de su saga nacional..., amén de muchos otros personajes y hasta él mismo (reléase el comienzo de Amadeo I)! Y por cierto, pues que estamos en ello, justo en ese episodio es el propio narrador, el inefable Tito, quien dice algo que podría intercambiarse con la primera línea ya citada de Mi siglo: «He salido yo tan complejo, que a menudo me siento diferente de mí mismo».

De este último libro de Günter Grass se ha hablado ya mucho, y es uno del que se hablará todavía más, y me atrevo a aventurar la sospecha, o bien la esperanza, de que se convertirá en lectura obligatoria para las generaciones alemanas venideras. Y no sólo para ellas: la historia de Alemania en este siglo que se acaba seguirá siendo un tema apasionante para el resto del mundo, y en ningún libro alemán de este siglo se encuentra un mejor resumen de dicha historia. Es un libro en el que Günter Grass ha destilado su sabiduría del tiempo y del espacio, y su prodigiosa ventriloquia, en cien estampas que se inician el año 1900 y que concluyen en 1999. Una viñeta por cada uno de los cien años, una instantánea histórica, o personal, o ambas cosas a la vez, y con las cien se compone un jardín de las delicias, aunque más de los horrores, de este siglo de Günter Grass y también nuestro, mal que nos pese.

Del libro existen dos ediciones originales: la ilustrada y la que no. La primera incluye cien reproducciones de otras tantas acuarelas del propio Grass y en las que se condensan visualmente los episodios que ilustran. Es un volumen bellísimo, pero no lo es menos, aunque falten las acuarelas, el volumen normal. Porque aunque hay una interrelación muy güntergrassiana entre la imagen y la palabra, la palabra, en este libro, es la dueña y señora de la casa. La variedad de registros de que ha echado mano Grass, maestro del idioma y del relato, es algo que no encuentra su igual en los anales de la narrativa contemporánea.

El abanico abarca desde 1900 y el soldado bávaro que se protege del sol «con uno de esos sombreros de ala ancha llamados suestes» durante la revista del káiser Guillermo II antes de partir a sofocar en China la revuelta de los bóxers, hasta 1999 y la propia madre de Günter Grass, resucitada por su hijo para cerrar con ella, y en su homenaje, este libro del siglo. Especial atención merecen las reflexiones del profesor de la Universidad de Berlín (1966 a 1968), urgido a ellas por la pregunta de una alumna acerca de por qué Paul Celan suprimió en la versión definitiva de su poema Todtnauberg dos palabras que estaban entre paréntesis en la primera versión y que eran un desesperado pedido de rectificación, del poeta de la Todesfuge, al «Meister aus Deutschland», al filonazi Martin Heidegger, después del encuentro que por fin tuvieron ambos en la Selva Negra. Y entre los episodios, viñetas y estampas que se insertan para siempre en la memoria, contabilicemos 1996, donde Grass viaja por Italia con sus tres hijas (a la menor de las cuales todavía lleva de la mano); y 1959, donde el autor y su primera esposa, Anna, bailan y bailan y bailan enajenados, durante una recepción en la Feria del Libro de Francfort, con ocasión del lanzamiento de El tambor de hojalata, seguros ya de que el libro va a ser un éxito mundial; y en fin, 1950, con el recuerdo del primer Carnaval de Colonia después de la guerra y sus referencias de tanto sabor local al Jueves de Comadres y a las verduleras que se hacen cargo del gobierno de la ciudad durante los días de Carnestolendas, mientras suenan las canciones típica del evento, entre ellas la entrañable Heidewitzka, Herr Kapitän (donde el impenitente humor renano convirtió el ominoso «Heil Hitler!» es ese lúdico «Heidewitzka!» que nada significa pero servía de contraseña fonética). Y la cosecha de Delikatessen podría continuar un largo rato. Pero quisiera hacer especial hincapié sobre lo del color local.

En una reseña de este libro, aparecida en una revista colombiana, he leído un reproche muy concreto: que el autor parte de supuestos culturales que permitirán entender la trama, pero el lector se siente perdido, las referencias que Grass maneja hacen que cualquiera que no sea alemán trate desesperadamente de encontrar claves y reunir trozos que le permitan entrever el cuadro completo. La observación no deja de ser atinada, pero cabría replicar que lo mismo puede sucederle al lector alemán enfrentado al texto de El general en su laberinto (para poner un ejemplo colombiano) o de Yo, el Supremo (y mucho más en este caso).

Con libros que tanto se acercan a la madre del idioma y a la historia concreta de un país, lo queramos o no, siempre surgirá el problema. Libros como éste de Grass, de semejante polifonía externa, hacen que a fin de cuentas estemos escuchando unísona la voz de todo un país. Algo ineludible para Alemania, por cierto, si recordamos lo que Grass le escribía a Kenzaburo Oé en la correspondencia que intercambiaron y se publicó en 1995 con ocasión del cincuenta aniversario de Hiroshima: «En mi país crece la sordera». Y en último término, para cerrar este capítulo, ¿leemos hoy Don Quijote con los mismos ojos que sus contemporáneos, entendemos la riqueza de guiños que encerraba para ellos, empezando por la dieta culinaria del hidalgo en el párrafo con que se abre el libro?

A título personal recomiendo abordar la lectura de Mi siglo siguiendo el método patentado por Julio Cortázar en el «Tablero de Dirección» de su Rayuela, sólo que en este caso el tablero lo debe confeccionar el propio lector al alimón con sus particulares antenas para detectar el azar. Si les vale como proyecto de bitácora, mi barrido sistemático del libro comenzó por la viñeta del año de mi nacimiento, seguí con la de aquél en que conocí a mi esposa, saltando luego al nacimiento de nuestro primer hijo, el de nuestro primer nieto, la muerte de mi padre, y de repente un primer impulso por encima de la barrera de la propia peripecia: 1954, la final de Berna, el mítico instante del renacer alemán de sus cenizas, cuando el once capitaneado por Fritz Walter derrotó por 3 a 2 a la invencible Hungría, capitaneada por el comandante Ferenc Puskas y que iba con un confortable 2-0 por delante en el marcador. Después, claro está, 1974 y el campeonato mundial ganado a «la naranja mecánica», y a partir de ahí, ya, en cada episodio encontré la punta de donde seguir tirando dentro del resto del ovillo.

Y así, de tumbo en tumbo, de incitación en incitación, bien de la biografía personal o de la historia del siglo que nos tocó vivir, uno lee Mi siglo, este último libro de Günter Grass que admite cien lecturas diferentes. Todas ellas válidas y todas ellas de lo más gratificantes. Casi me atrevo a decir que quienes lo lean desde la primera página a la última, en su rigurosa secuencia cronológica, no saben lo que se pierden. Nada más y nada menos que la mágica aventura del redescubrimiento de la propia memoria.

01/05/2000

 
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