ARTÍCULO

Ruleta rusa

Alfaguara, Madrid, 792 págs.
Trad. de María Lozano
Pre-Textos, Valencia, 192 págs.
Trad. de Macarena Carvajal
 

A estas alturas, existen pocas dudas en considerar a Vladimir Nabokov como uno de los grandes prosistas del siglo XX, al lado de talentos monstruosos como Kafka, Proust, Joyce, Beckett, Faulkner y unos cuantos, pocos, nombres más. Nabokov forma parte de ese canon occidental que estableció Harold Bloom. Nacido en San Petersburgo en 1899, de familia acaudalada, recibió una educación exquisita que incluía mansiones campestres, institutrices francesas, vacaciones en Niza, clases de esgrima y mayordomos, hasta que a los 19 años se unió a esa oleada de exiliados rusos que, tras el primer estallido de horror de la revolución bolchevique, se vieron obligados a abandonar precipitadamente el país, llevando ocultas las alhajas de la familia en un bote de polvos de talco. En Viena, París, Berlín o Praga, hubo un tiempo en que no era extraño que el taxista, el mozo de estación que arrastraba tu maleta, el camarero que te servía la sopa, resultase ser un gran duque emparentado con el zar. Nabokov malvivió en todas esas ciudades, después de cursar estudios superiores en el Trinity College de Cambridge, ganándose la vida con sus cuentos y con las clases particulares de tenis. Como entomólogo profesional, clasificó una variedad nueva de mariposa a la que bautizó con su nombre. Durante el transcurso de una conferencia, un pistolero de extrema derecha asesinó de tres balazos a su padre, preeminente jurista y político liberal de ideas progresistas. Nabokov alimentó toda su vida una intensa nostalgia hacia sus primeros años. En un baile de disfraces conoció a Véra Slónim, con quien se casó y tuvo su único hijo, Dimitri (prologuista de este volumen de cuentos), y a quien dedicó todos sus libros.

Ante la invasión nazi de Europa, Nabokov logró poner a salvo a su esposa judía y a su hijo, justo tres semanas antes de que un bombardeo alemán redujera a escombros la casa en que vivían. Combinados, su temple personal unido a una gran dosis de suerte le hicieron librarse a la vez de las duchas sin agua de la Gestapo y de la trituradora soviética que por esos mismos años ofrecía a sus disidentes tres opciones: exilio, Gulag o muerte, a veces los tres juntos. En 1940 desembarcó en Norteamérica, «en medio de la bruma color lila de una mañana de mayo». Allí impartió clases de literatura en varias universidades, fruto de las cuales son sus dos volúmenes de ensayos, Curso de literatura rusa y Curso de literatura europea, dos guías de lectura más que recomendables.

Nabokov vivió siempre de alquiler. Nunca poseyó casa propia ni automóvil. Lo más parecido que tuvo nunca a un domicilio fijo fue la habitación de un hotel. Alquiló un televisor para contemplar la llegada del hombre a la Luna y más tarde comentó que «ese pequeño minué dulce que a pesar de sus trajes embarazosos bailaron con tanta gracia los dos hombres al son de la gravedad lunar fue una escena hermosa». El éxito planetario de Lolita en 1955, con su estela de escándalo puritano, morbo sensacionalista y polémica, le liberó de sus obligaciones, permitiéndole abandonar la docencia, instalarse en Europa y recuperar, en cierto modo, el estilo de vida y la atmósfera decadente de su infancia. Sus últimos años los pasó en Suiza, siempre en compañía de Véra, siempre escribiendo a mano en atriles, residiendo hasta su muerte, acaecida en 1977, en el hotel Palace de Montreux.

Individualista acérrimo, consciente de su singularidad y con gran seguridad en sí mismo, alérgico al compromiso ideológico pero opuesto a cualquier forma de tiranía política, tanto de derechas como de izquierdas, Nabokov fue siempre por libre y se mantuvo alejado de cualquier grupo, escuela o movimiento social, altaneramente encaramado en su originalidad de expatriado y rara avis de las letras. La historia del arte, para él, era una suma de excepciones, no de reglas. En su libro de entrevistas Opiniones contundentes se definió a sí mismo diciendo: «Detesto cosas tales como el jazz, al idiota de medias blancas que tortura un toro negro, rayado de rojo, las chucherías abstractas, las máscaras populares primitivas, las escuelas progresistas, la música en los supermercados, las piscinas, a los brutos, a los filisteos con conciencia de clase, Freud, Marx, los falsos pensadores, los poetas hinchados, los farsantes y los estafadores. Sí, así es».

Pero Nabokov, más allá del tópico que lo reduce a esteta aristocrático de nínfulas y mariposas, una especie de parque temático en sí mismo para gourmets literarios en busca de emociones estéticas fuertes, se nos aparece hoy en toda su estatura de coloso como un escritor total que cultivó con pasmoso apasionamiento casi todas las disciplinas, destacando en todas ellas, no sólo la novela, sino también la poesía, el teatro, el ensayo, la autobiografía (Habla, memoria), la novela corta (El ojo, El hechicero) y, en primerísimo lugar, el relato breve, cuya calidad no desmerece en nada, en pequeña escala, a sus grandes construcciones arquitectónicas, de presencia catedralicia, como Ada o el ardor, Lolita, La dádiva o Pálido fuego.

Su primera vocación fue la poesía lírica, y esa misteriosa llamada se mantuvo fiel toda su vida, con períodos alternados de exaltación y silencio. Aunque interesante, la poesía de Nabokov, recogida en edición bilingüe en Poemas desde el exilio, no deja de ser un satélite secundario con respecto a sus vastas constelaciones narrativas. Digamos que presenta a un Nabokov incipiente, en traje de etiqueta. Son versos bonitos, románticos, cubiertos de barniz finesecular, escritos bajo la estela de Pushkin y los simbolistas, que vierten a partes iguales desahogos confesionales y éxtasis juveniles, con la intención de traducir mediante visiones pictóricas su divisa de «buscar la maravilla de la rima y del amor». Sirven como complemento de su obra mayor, y para corroborar que sus cantos nacen de los mismos manantiales que sus relatos y modifican poco su espíritu. Ya sea en verso o en prosa, su escritura se nutre de la misma reserva de emoción, Rusia perdida, niñez, bosques de abetos, trenes nocturnos, tiempo disuelto en imágenes temblorosas, huellas de luz, redes de lluvia, desarraigo existencial y mariposas aleteando alrededor de su lámpara, todo ello atravesado por un omnipresente y en ocasiones perturbador sentimiento de pérdida. Muchos de sus poemas evidencian que, incluso antes de perderlo todo, Nabokov ya lo echaba de menos.

Sus cuentos ganan en precisión. Son maquinarias perfectas. Si comentar libros de relatos siempre entraña dificultad, por la inevitable diferencia de coloración entre unos cuentos y otros en el caso de Vladimir Nabokov esta dificultad disminuye, debido a la apabullante calidad, al virtuosismo técnico (uno está tentado de escribir: a la brutalidad) que adornan buena parte de estas piezas. Vale empezar por cualquier sitio. En cualquier Nabokov está todo Nabokov. Pleno, íntegro, saturado. Los cuentos recogidos en este volumen abarcan todas sus épocas, desde sus iniciales balbuceos de estudiante firmados con el seudónimo V. Sirin, hasta sus prosas maduras, donde la pulpa demasiado apretada del cuento estalla de riqueza interior. Algunos de estos cuentos tienen ochenta años y parecen escritos ayer. Por su carácter totalizador y la calidad de la traducción debida a María Lozano, esta recopilación está llamada a convertirse en una fiesta para los lectores.

Otro acierto de esta edición consiste en haber mantenido las notas introductorias que Nabokov escribió para sus relatos, que además de proporcionar abundante información acerca del ajetreo de idiomas, traducciones y retraducciones entre el ruso, el inglés y el francés, que sufrieron algunos de estos cuentos hasta alcanzar su versión definitiva, son una buena muestra del ingenio chispeante y malicioso del maestro, así como de esa suave chifladura que brilla en todo cuanto tocó. Son tantos los hallazgos contenidos en estas ficciones que no es posible enumerarlos todos. Baste señalar a modo de ejemplos su poderío metafórico, su agudeza perceptiva, su casi sobrehumana capacidad para sacudir sus raíces e inocular directamente en la médula espinal de los lectores sus impresiones sensoriales de enorme plasticidad –sabores, aromas, sonidos–, sus espasmos de hermosura, o su manera genuina de acariciar los detalles, los divinos detalles.

Por descontado, entre sus primeros ejercicios hay candorosos tropiezos de principiante, como el titulado La tormenta, una viñeta inmóvil donde lo único que ocurre es que un aguacero descarga sobre los tejados de Berlín... nada menos que el carro de Elías. Claro que al lado de este despiste encontramos gemas exactas y precoces como El retorno de Chorb, digna de sus mejores momentos, de gran refinamiento elusivo y elíptico, donde un recién casado que sufre la muerte repentina de su esposa realiza en solitario el recorrido inverso al viaje de bodas, parando en los mismos sitios, hasta alcanzar las fuentes de su desdicha y con ello la liberación de sus males. Aquí ya se evidencia la mezcla explosiva, típicamente nabokoviana, entre felicidad y dolor, éxtasis y agonía, un sufrimiento casi insoportable entreverado con escalofríos de belleza irreal que reaparecerán, modulados, en muchos de sus otros cuentos. Nube, castillo, lago es la historia de un empleado al que toca como premio un viaje en compañía de unos cuantos burgueses pegajosos; en el transcurso de la excursión descubre el paraíso terrenal en el que quiere vivir, se enamora de un paisaje, desea instalarse en él a perpetuidad, y es arrancado de allí a la fuerza por sus simpáticos compañeros de viaje, que de este modo le arruinan la existencia para siempre. En Una cuestión de honor toma dos de los temas más trillados de la literatura rusa decimonónica, el adulterio y el duelo a pistola, los retuerce con malignidad e inyecta en ellos una transfusión de modernidad neurótica, en un gozoso ejercicio de simetría y maldad. En un momento de Signos y señales, la madre de un joven demente encerrado en un manicomio, recapacita sobre «las infinitas olas de dolor que por una u otra razón habían tenido que soportar ella y su marido; en los gigantes invisibles que herían a su niño de maneras inimaginables; en la cantidad incalculable de ternura que había en el mundo; en el destino de aquella ternura, la cual, o bien es aplastada, o desperdiciada, o transformada en locura».

La sensibilidad de Nabokov demuestra ser perfecta para captar y transmitir toda la complejidad de cada situación, sus matices, la simultaneidad de la existencia en que todo se da al mismo tiempo, lo sublime y lo grotesco, los pensamientos elevados y la maciza vulgaridad. Extremo, Nabokov no deja tregua al lector, no le concede un respiro, le arrincona con su hechizo, le lleva a su terreno para, una vez allí, hacer con él lo que quiera. Cuidado con Nabokov. Es peligroso. Exige del lector nervios templados. Como todos los grandes, es un autor que se sube a la cabeza. Leerlo produce la embriaguez de una borrachera leve. Estos cuentos extraen belleza a través del sufrimiento y la calamidad, como si sólo las lágrimas fuesen capaces de fabricar arcoiris. Nabokov no se hace demasiadas ilusiones acerca de la naturaleza humana, si bien deja una puerta entreabierta a la esperanza al encontrar motivos de júbilo en el valor personal y en la infinita capacidad de consuelo que almacena ––siempre en pasado, ay– nuestra memoria.

Así, con su ambigüedad característica, finaliza uno de sus mejores cuentos, el titulado Una carta que nunca llegó a Rusia, con el siguiente párrafo: «Escucha: soy feliz, absoluta o idealmente feliz. Mi felicidad es una especie de desafío. Mientras deambulo por las calles y plazas y por los caminos junto al canal, sintiendo distraído los labios de la humedad a través de mis suelas gastadas, llevo orgulloso sobre los hombros mi inefable felicidad. Los siglos pasarán uno tras otro, y los escolares bostezarán ante la historia de nuestras revoluciones y miserias; todo pasará, pero mi felicidad, mi amor, mi felicidad permanecerá, en el reflejo húmedo de una farola, en la curva precavida de los escalones de piedra que descienden hasta las aguas negras del canal, en la sonrisa de una pareja que baila, en todo aquello con lo que Dios tan generosamente circunda la soledad humana».

Los cuentos de Nabokov son hermosas pesadillas, radiantes cataclismos de sorprendente filigrana compositiva servidos a través de elegantes concentrados de dolor, risa nerviosa y nostalgia desgarradora. En ellos el espacio y el tiempo juegan al escondite. Mezclados, el espacio y el tiempo dibujan sobre la página algo así como una larga avenida luminosa flanqueada por cipreses que proyectan sobre el suelo sus largas sombras elásticas. Nabokov otorga a cada pieza al mismo tiempo la máxima concentración y el máximo desvarío, como un pisapapeles frenético. Más que ficciones, lo que Nabokov prodigó incansablemente a lo largo de cerca de seis décadas de vida creativa, son objetos artísticos, inquietantes miniaturas de casi insultante perfección formal aureoladas por un fulgor iridiscente de linterna mágica. En ellos hay infancia y muerte, sensualidad y locura, azar y predestinación, éxodo y ajedrez. Y hay, sobre todo, el que es el gran tema de sus textos y al que vuelve una y otra vez, con obsesión recurrente: la textura del tiempo, los infinitos pliegues y espirales del tiempo, las concatenaciones absurdas o milagrosas o emocionantes con que el destino gusta de entretenerse y divertirse a costa de los mortales, y que convierten cada minuto de existencia sobre la tierra, cada instante, este instante, en un latido mágico.

01/09/2001

 
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