ARTÍCULO

El señor Spitzweg

Tusquets, Barcelona, 120 págs.
Trad. Javier Albiñana
Muchnik, Barcelona, 102 págs.
Trad. de Carolina Sanin
 

Hijo de profesores y profesor él mismo de literatura en la misma escuela de Normandía desde hace veinte años, el escritor francés Philippe Delerm ha sido una de las máximas revelaciones de los últimos años en su país, junto a otros escritores como Michel Houellebecq, Marie Darrieusecq o Martin Winckler. Con una ya dilatada trayectoria a sus espaldas, de cerca de quince libros publicados, entre los que están Sundborn où les jours de la lumière, Autumn, Le Bonheur, tableaux et bavardages, y el último aparecido, Le Portique, Delerm se convertiría, de repente, en 1997, en un inesperado éxito de ventas con su obra El primer trago de cerveza y otros placeres minúsculos, que ha sido traducido a una veintena de idiomas. A pesar de la rápida fama obtenida por este libro, Delerm no variaría en lo más mínimo su estilo de vida escogido para continuar, paso a paso, sin sobresaltos, su carrera literaria... Fanático de la vida al aire libre, atleta y habitante de un pequeño pueblo de la provincia francesa, del que es entrenador de su equipo de fútbol local, Delerm contradice todo él la primera y rotunda frase del libro recientemente publicado en nuestro país, Llovió todo el domingo: «Hay que vivir en París». Un dilema, metrópoli-provincia, sobre el que sustentará toda su obra, junto al orgulloso monumento o movimiento de resistencia activo, a lo Greenpeace literario, que se ha dedicado a levantar en honor de los últimos, invisibles vestigios o «placeres minúsculos» de nuestra vida y nuestra civilización, tal y como la hemos conocido («soñaba con que el tiempo se detuviese ahí, en esas tardes tan simples, en esos placeres tranquilos que ya se encontraban amenazados», dirá en otra breve obra, como todas las suyas, ahora aparecida, Se llamaba Marina).

Llovió todo el domingo, el mejor de sus libros publicados hasta el momento, es una novela que, más que a modelos literarios, estrictamente dichos y planteados, responde a modelos de sociólogos, filósofos, psicólogos de masas o antropólogos, que se han dedicado en estos últimos años del siglo a analizar la pereza, la abulia, la indiferencia, el alejamiento, que ni siquiera es el malestar que se rebeló contra lo establecido en los años setenta, de ese ciudadano medio, sobrealimentado de todos sus más pequeños placeres y deseos, y acostumbrado a delegar, o como mucho contribuir, en base a unos mínimos esfuerzos desarrollados, a que le dejen, fundamentalmente, en paz. Con una trama mínima, por no decir nula, Delerm traza, utilizando brochazos concisos e impresionistas, que alternan la levedad de un humor casi imperceptible, con las secreciones permanentes de una triste y amarga desolación interior, el retrato finamente perfilado de un ser lateral, el señor Spitzweg, minúsculo, insignificante, casi invisible, cuya mayor ambición es no ser notado, pasar de puntillas, difuminándose, integrándose en un todo, siendo sólo uno más. Extra de una película que protagonizan siempre los otros, a lo sumo, Spitzweg aspira a gozar y disfrutar del estatuto completo y simbólico, así como prestigioso, grandioso e histórico, de «parisino». Spitzweg lo sabe más que nadie: de origen provinciano, aburrido en su trabajo de funcionario de Correos, la ciudad ha sido la única «conquista» que ha hecho en su vida («Spitzweg ha elegido una sola cosa en su vida: ha elegido París», se nos dirá). «Ella» ha sido la única mujer que lo ha acogido y que le hace cada día guiños de cortesana, dedicados sólo a él.

Pasional, colérico, antojadizo como un niño, vehemente y dotado de «antiguas» indignaciones que ya no se usan entre la gente de su alrededor, Spitzweg no ha logrado aún impregnarse del aire indiferente y de «triunfal desapego» que domina a los otros, íntegros parisinos, a salvo del desequilibrio que aporta el ejercicio no controlado de las emociones. Francés medio de un barrio popular de París, Spitzweg es un personaje solitario, estado al que ha llegado, como dice Delerm, «tras un proceso lento». Ser mediocre, en absoluto único, de carácter masivo y generalista, sin atributos especiales que lo distingan, aunque menos simple de lo que aparenta, Spitzweg no posee nada que lo haga diferenciarse notablemente de la gran y repetida marea humana que lo envuelve y en la que a él le gusta hundirse. Por ello, se convierte cada vez más en el perfecto animal de camuflaje con el medio ambiente que lo circunda. En este caso, su identidad clara y palpable es «vivir en París»: «En París, el señor Spitzweg se siente en el centro del mundo».

Como muchos que delegan en la corriente que los lleva, poco amigo «de analizar, de entender: prefiere mirar» («están los que miran y los que son mirados»), Spitzweg es el protagonista ajeno, el espectador de una historia desangelada y gélida, poco acogedora, que nunca parece haber reparado en él, pero contra la que se venga y se recompensa diariamente con «pequeños placeres aislados que levantan el ánimo». Esos «placeres minúsculos» nos serán enumerados a lo largo de la novela: empezar la lectura de un Maigret ante una caña de cerveza, acodado en su bar favorito; comprarse un móvil para nada, tan sólo para lucirlo por la calle y marcar de vez en cuando el número de la previsión del tiempo; o, si no, premiarse con una pequeña copita de Oporto, con el borde dorado, atrincherado en su apartamento. A ello tendrá que unírsele un pequeño catálogo de tics incomprensibles incluso para él mismo, como esa manía de acumular vídeos y más vídeos grabados que jamás ve ni previsiblemente verá. Lleno de precauciones y temores abstractos, en París, en el anonimato de millones de existencias que no se tocan al pasar, Spitzweg puede resguardarse mejor que en ningún otro sitio de los demás, de su miedo a herir y ser herido. Muerto el prójimo, decepcionadas las últimas posibilidades de salvación a través del Otro, ¡viva la metrópoli indiferente, que sin embargo no deja de imantar los sueños de tantos huérfanos a la deriva!

Torpe, encorsetado en tercas costumbres, cascarrabias solterón, de actitudes hurañas y poco atractivas, Spitzweg fracasa siempre en el amor y, lo que es peor, no hace nada para remediarlo. Con dificultades para expresarse y comunicarse, antiseductor por naturaleza, ha decidido, para evitar males mayores, sumergirse prudentemente en la mayoría, en esos pequeños horizontes contenidos en las grandes colectividades. Incapaz y reacio a la vez a destacarse del montón, hombre global por excelencia, Spitzweg tiende, mental e instintivamente, a hacer lo que todos hacen. A confundirse en vez de hacerse pasar por inconfundible. A homologarse y crearse artificialmente mínimos «deberes» cotidianos, obligaciones, en vez de mantener suicidamente actitudes individuales que sólo llevan a aislarse y diferenciarse de forma peligrosa, y sobre todo angustiosa, de los otros. Por ejemplo, ante el hecho indudable, observado por Spitzweg, de que la cultura, hoy en día, es algo que masivamente empuja a sus congéneres a exhibirla y hacer un uso compulsivo de ella, él no duda en añadirse a la cola. La pintura, por ejemplo, le importa un pimiento. Pero aun así se patea todas las grandes exposiciones, aguardando largas colas y participando con paciencia del «rito que ha venido imponiéndose en los últimos años». Cortesía, sumisión, docilidad son las máximas que Spitzweg emplea para integrarse con alivio y plenamente en la masa que lo arrastra («uno no decide nada, unas fuerzas nos llevan, nos arrastran»). Nada y guarda la ropa, no cae en radicalismos, no se implica, ya que no hay que ir demasiado en contra. Anclado en posiciones más bien conservadoras en relación al arte y la arquitectura, de vez en cuando, para quedar bien ante la concurrencia del momento, como buen parisino asimilado, luce sus pinitos en cuanto a las concesiones a lo moderno: «Sí a la biblioteca François Mitterrand, más bien a favor del Beaubourg y, para variar un poco, un moderado no al Arco de la Défense...». Cuando le toca ejercer su pequeña ración de impostura intelectual, Spitzweg no lo duda y «ha asimilado laboriosamente ciertas actitudes ladinas». Es decir, una confortable y cínica cohabitación con lo que se tercie de la vida parisina.

Lo que ha intentado Delerm, y ha conseguido plenamente, es levantar una figura literaria sobre la ambigüedad, sobre la ausencia de decisiones, sobre el pánico a decidir y controlar el curso de la propia ración de historia. Llovió todo el domingo consigue, en relación a esto, transmitir de una manera turbadora y sutil la rebelión callada y beckettiana que supone precisamente el dejarse arrastrar sin oponer resistencia alguna, el dejarse absorber para quedar finalmente fuera de todo. Delerm ha escrito el libro de la grisura y la falta de sustancia, dentro de las modernas y caóticas concentraciones de sustancia y materia humana que son las grandes ciudades de nuestros días. La Viena de Musil, trasplantada al París de Spitzweg y Delerm. Lo único que ilumina la vida de Spitzweg es París, vivir ahí y no en otro sitio. Deshuesado como un fruto sin cimientos, Spitzweg, el hombre sin atributos del París fin de siglo, es un sacerdote discreto y anónimo, oficiante de un ritual cotidiano marcado por el silencio: le cuesta tener ideas, pero el mundo lo atosiga continuamente, le apremia para que las formule, mientras él, simplemente, no sabe qué pensar: «Contestar. ¿El qué? La vida le ha dado un papel sin palabras». Su único papel es el de salvaguarda diario de los valores esenciales de su ciudad, París, su única Amada, que recorre cada día con devoción, junto a tres o cuatro placeres minúsculos degustados con idéntico deleite.

Por su parte, otro libro de Delerm recientemente aparecido en nuestras librerías, Se llamaba Marina, es un pequeño relato iniciático, una especie de pamphlet ecologista, con el trasfondo de las primeras fascinaciones por el enigma del otro sexo. Entre el erotismo campestre de El trigo verde de Colette y el ambiente escolar de ruptura con la niñez que se podía encontrar en El Gran Meaulnès de Alain Fournier, el libro de Delerm es un cuento moral que, melancólica e inquietantemente, advierte de los peligros de una inminente industrialización y degradación de la naturaleza en un medio bucólico y paradisíaco, a orillas del río Garona. La aventura adolescente de Delerm se plantea pronto en forma de una encendida batalla no entre conservadores y socialistas, a la antigua usanza, sino de «ecolos», por un lado, y partidarios, por otro lado, del progreso sin restricciones y de los puestos de trabajo, vengan de donde vengan, incluso de las centrales nucleares. Un debate o batalla campal que pronto se convierte en dos bandos irreconciliables de medio buenos y medio malos, de los que le encantan a Delerm. Por un lado, «los parisinos», que han venido huyendo de los excesos de la ciudad y que se comportan como auténticos «intelectuales» irresponsables y snobs, sin preocuparles el desarrollo de la región ni las necesidades de los habitantes de la zona. Y por otro lado, los lugareños, insensibles a la corrupción paisajística, a la destrucción del medio ambiente y a todas las tropelías que se puedan cometer en aras del futuro de sus hijos y de sus pequeñas e insignificantes ambiciones. Una obra menor de este escritor bien dotado y, sobre todo, buen radiógrafo de las claves y contradicciones de su tiempo, a la que, desafortunadamente, viene a unirse una traducción de escasa calidad.

01/03/2000

 
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