ARTÍCULO

Las perlas del contable

Espasa Calpe, Madrid, 200 págs.
 

Aburre repetirlo, pero hay que volver a decir que, pese a la complaciente industria editorial, la mayoría de las novelas avaladas con premio detentan una crisis de competencia literaria bastante alarmante. Bien es verdad que, si se quiere satisfacer a un público masivo, basta el alarde de algunas destrezas –metáforas más o menos impetuosas, giros imprevistos, personajes «entrañables»– y armar una historia de tensiones sentimentales. Los sentimientos, sobre todo los derivados del amor y la pasión, son hoy la verdad revelada que menos cuestiona el lector común, y su probada eficacia en la narrativa actual no parece que, por el momento, vaya a remitir. La tentación, en todo caso, se diría irresistible, a la vista de tantas novelas que mercadean con esas cursilerías.Ya desde el título, Esther en alguna parte –finalista del Premio Primavera 2005– se orienta hacia esa modalidad sentimental que desaloja otros aspectos de la realidad. En la contracubierta se puntualiza que es una novela «tierna, colorista, vital». Dejando de lado el término «vital», de significado siempre dudoso, calificar de «tierna» y «colorista» una novela no es decir mucho; incluso, para qué negarlo, es decir muy poco, y lo peor es que predispone a la suspicacia, pues si el mismo editor ensalza condiciones tan nimias, será raro que lo que hallemos en sus páginas sobrepase dicha valoración.Y si a esto se añade que su autor es cubano, residente fuera de la isla, casi podemos predecir, sin temor al error, que encontraremos una nueva trabazón de sentimentalismo y costumbrismo caribeños, aderezados con recursos de realismo mágico para hacer más amable el producto.

Hace ya tiempo que Cuba se ha convertido en un subgénero literario, abordable desde cualquier perspectiva. Eliseo Alberto ha elegido, en esta ocasión, la alianza de una amistad «a primera vista» para describir las perplejidades sentimentales, los largos amores, las lealtades y los desaprovechamientos eróticos de Arístides Antúnez y Lino Catalá, de quienes el autor ofrece, mediada la novela, un rotundo retrato que no deja dudas sobre su propósito narrativo: «Dos cubanos insignificantes, un extra de la televisión y un oscuro linotipista de imprenta, habían transitado cuarenta y cuatro años por la orilla de la epopeya, postura que no respondía necesariamente a un juicio ideológico, en apariencia contestatario o de agria indiferencia, sino a casuales mucho menos sacralizadas: la Historia nunca los tuvo en cuenta. Ellos tampoco a Ella, justo es decirlo». Bien se deja ver que el autor se ha propuesto, fuera de sospechosas disidencias políticas, una reconvención general de la historia como generadora de experiencias, de la que sobresale una defensa, igualmente restrictiva, del espacio lírico como lugar insobornable del individuo.

Y es en esa supuesta insobornabilidad, precisamente, donde la novela se deleita con discutible probidad. Sus personajes, no sólo los protagonistas, se mueven con enorme presteza en un ámbito delicuescente e idílico, en una Cuba más soñada que real; encarnan efectos poéticos, son figurantes para la emotividad, no resultado de la razón narrativa, devaluada aquí para no entorpecer su sugestión más conspicua: la veneración a la felicidad. Proyecciones líricas antes que entidades psicológicas, ese par de amigos se definen por contraste: uno, inveterado donjuán; el otro, marido y viudo fiel.Ambos, en todo caso, atentos a las cadencias del corazón, conforman un variado registro de maneras de amar, y no son otra cosa que esa disposición al amor. No se le puede negar a Eliseo Alberto, desde luego, cierto don verbal para intentar ensanchar, o complicar, un tema tan manido, pero su estilo se resiente demasiado de su modelo, García Márquez, y ni siquiera en cuanto alumno aplicado resulta meritorio. La primera línea («Lino Catalá quería tanto a Maruja Sánchez que le gustaba hasta verla envejecer») no es más que una frase ingeniosa –que el propio García Márquez probablemente no se hubiera tolerado–, o acaso una alusión criptorromántica, por no decir que es una tontería. Esther en alguna parte está llena de perlas así, de igual redondez y consistencia, sacadas de las gavetas polvorientas del autor de El amor en los tiempos del cólera, novela a la que ésta adeuda, por cierto, el núcleo de su argumento, la pasión amorosa que se mantiene incólume en un período muy prolongado (aquí cincuenta y siete años), además de esa diligente atención, muy de García Márquez, a la contabilidad del tiempo. Vayan al azar dos ejemplos: «Lino se preguntó por qué ella le había sido fiel nueve mil ciento cincuenta noches»; «Desde su nacimiento hasta esa medianoche, durante 25.568 amaneceres (conté los febreros bisiestos) ha estado aprendiendo a ser "digno"».

Pero es claro que, de no ser por esa contabilidad, la novela no hubiera prosperado más allá de los límites de un relato. La mujer de Lino Catalá muere en las primeras páginas, y este viudo confronta su virtud monógama con el exaltado donjuanismo de Arístides Antúnez, un viejo actor, más o menos fracasado, que se refugia en personalidades inventadas, que él llama «álter ego exóticos», para seducir a toda mujer que se ponga a tiro y registrar en un cuaderno «datos precisos de los amores para no olvidar de quién he sido». Arístides Antúnez es un personaje vehemente y verboso, pero nada extraordinario, todo lo más simpático, como un anciano turulato.Y aun esa simpatía tiene rasgos autoritarios más bien patéticos, aunque el autor lo redime de sus achaques por mantener vivo el amor que, en la adolescencia, le suscitó Esther Rodenas, la dueña de las trenzas que aparece en esta otra perla contable: «Luego de pretender a doscientas mujeres y desnudar a cien y poseer a unas setenta, de las que perviven seis o siete aunque solamente amé a una, que llevaba trenzas, después de beberme quinientas botellas de ron y aprenderme de memoria cincuenta obras de teatro, el balance de mi vida arroja una enorme confusión».

Esta mezcla de fogosidad erótica y candidez, de encarecimiento y exhibición, se propone como celebración de la diversidad y de la estimulación, pero no consigue despejar la sospecha de que esa enumeración del anciano Arístides, como toda la novela en sí, es una fábula nostálgica del autor para rememorar Cuba desde la distancia, idílicamente, como un amor insatisfecho.Ya cerca del final, en un apremiante cambio de voz narradora, consciente Eliseo Alberto de la escasez simbólica de su novela, intenta dotarla de algún emblema que rebase el anecdotario y el costumbrismo, y convierte a la niña de las trenzas en representación de su devoción cubana («Esther, sería mi Cuba»), con el fin de implantar, seguramente, la gravitación de una metáfora que declare su necesidad. Sin embargo, de tan explícita, su maniobra es indudablemente tendenciosa, quiero decir, tan forzada que, a estas alturas, resulta apenas convincente.

01/11/2005

 
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