ARTÍCULO

La seducción del dinero

Anagrama, Barcelona, 1998
350 págs.
 

La trayectoria de Belén Gopegui dibuja, con sólo tres novelas, una curva de crecimiento sin parangón en la narrativa española. Las dotes acreditadas por esta autora en su debut literario, Laescala de los mapas (1992), le valieron el aplauso unánime de la crítica, que depositó sobre ella unas expectativas que Gopegui ha acertado a desbordar por el procedimiento no tanto de satisfacerlas como, arriesgadamente, de contrariarlas y reorientarlas hacia unos objetivos –los que ella misma se ha propuesto– que van mucho más allá de los que alcanzaba ya en aquel primer libro.

En el prólogo que antepone a Laescala del aire, Belén Gopegui formula una estricta reflexión sobre el estatuto actual de la novela, sobre el problema de su configuración. El lector queda en aviso de que se introduce en un ámbito concernido por la preocupación del significado, y no del simple entretenimiento. Un ámbito en el que, más concretamente, se plantea una cuestión capital: «la posibilidad de que el dinero anide hoy en la conciencia moral del sujeto».

Para indagar esta posibilidad (pues no se trata aquí en modo alguno, de una novela de tesis: como el lector mismo, como sus personajes, también el narrador «quiere saber, por eso narra»), Belén Gopegui elige contar, como es de esperar, «una historia de dinero», que en la contracubierta del libro se resume en los siguientes términos: «Carlos Maceda pide a sus dos mejores amigos, Santiago Álvarez y Marta Timoner, dinero para sufragar la crisis de su pequeña empresa electrónica. Ellos aceptan dejárselo y, a partir de ese momento, las decisiones de sus vidas quedan a la intemperie, como si el acto de prestar y recibir dinero les hubiera dejado expuestos a la mirada de las personas próximas, maridos, novias, esposas, socios, empleados, amigos, expuestos a la mirada del narrador».

Esta mirada del narrador es omnisciente, según corresponde al propósito de escrutar una situación y no sencillamente ilustrarla. Y a esta opción va ligado el minucioso registro del tiempo del relato, que pesa decisivamente sobre su desarrollo y que transcurre en un período muy preciso: el que va de octubre de 1994 a noviembre de 1996. Período en el que tiene lugar en España el desbancamiento de los socialistas por la derecha, dato este que interfiere significativamente en los procesos de conciencia de unos personajes que compartieron en el pasado ideales de progreso.

Para tales personajes, todos ellos entrados ya en la treintena, ser de izquierdas se ha convertido «en un ritual estético». Y así es en la medida en que unos y otros perciben con inquietud cómo «lo político» se ha marchado de sus vidas. «Después de haber creído durante muchos años que deseamos lo que no tenemos y que ese principio mueve tanto el mundo de la seducción como el de la economía», le dice Carlos a un amigo, «ahora empiezo a reconocer la potencia de otro principio complementario, el deseo de lo que tenemos». Deseo perturbado por la desagradable impresión de que no es fruto de la capacidad soberana de elegir, o sea, «determinar los fines de acuerdo con la razón», sino por la facultad inferior de tomar decisiones, que resigna su libertad «a escoger entre los deseos de un muestrario preconcebido por el apetito propio o ajeno, casi siempre ajeno».

Belén Gopegui ha tenido el atrevimiento de hurgar en el rincón más disimulado de la conciencia, tanto del individuo como de la sociedad en su conjunto. Y al hacerlo, ha acertado –no por casualidad– con el ángulo desde el que mejor se contempla y se explica la evolución de dicha conciencia en la España de las dos últimas décadas, donde la consolidación de la democracia –una «democracia comercial y comunicativa»– se ha producido al precio de disolver la razón política en la razón del mercado, que obra sobre la indiferencia de todos los valores y que precisamente por ello consagra el dinero como «único y último valor de cambio».

En los orígenes de la novela moderna, Balzac trazó la épica del dinero como instrumento de ascenso y de poder de la burguesía rampante. Desde entonces, el dinero ha sido objeto accidental o secundario de la reflexión novelística, más ocupada en traficar con aquello que, en el ámbito de la intimidad, constituye la moneda de cambio a través de la cual el sujeto avala y cuantifica su propia conciencia moral: los sentimientos. Contrariando esta inercia, Laconquista del aire devuelve al dinero su protagonismo efectivo y al mismo tiempo endereza una dura impugnación de los sentimientos entendidos como «capital moral», con su tendencia natural (como todo capital) a «invadir, acumular, expansionarse», descomprometiéndose para ello de las consignas de la racionalidad y de la inteligencia, que por el contrario «pondera, juzga, mide».

Con precisión admirable, Belén Gopegui ha planteado un caso concreto, pero ejemplar, de conflicto entre valores asumidos y ocultos, entre sentimientos y motivaciones. Lo ha hecho depurándolo de distorsiones dramatizadoras susceptibles de equivocar al lector sobre sus intenciones. La cantidad que Carlos Maceda pide en préstamo a sus amigos, jóvenes de la clase media todavía pendientes de asegurarse una existencia confortable, está calculada en exacta proporción a dicho conflicto: no compromete sus condiciones de vida básicas, pero sí aquellas otras que ordenan sus personales perspectivas de comodidad y de holgura. Al ponerse éstas en peligro, la zozobra que se desata pone en tela de juicio la hegemonía aparente de valores como el amor, la amistad, la solidaridad, la piedad, la justicia. Y así ocurre con verdad tan honda, que el lector –cualquier lector– no puede menos que sentirse interpelado.

Belén Gopegui actúa sin concesiones, y escribe su novela con severidad implacable, sin otros artificios que los que convienen a la verosimilitud y a la complejidad de un planteamiento que requiere el mayor rigor y delicadeza para ser tratado cabalmente. Esta decisión de no acolchar ni edulcorar el artefacto narrativo entraña una clara determinación de restituir a la novela su función movilizadora de la conciencia, generadora de sentidos, con el esfuerzo que ello comporta para el lector y la distancia objetivizora que en este caso precisa el desarrollo de una situación que evoluciona paralelamente en tres frentes, cada uno correspondiente a los tres personajes principales.

En un comentario realizado para La Vanguardia por un crítico por lo común atento y discernidor como es Juan Antonio Masoliver, frecuentador de estas mismas páginas, se le objeta a La conquistadel aire «un exceso de exigencia y de planteamiento», y se señala en ella «una madurez casi dolorosa». Pero, contra su parecer, es esta madurez, obtenida por parte de la autora con el sacrificio de sus talentos más brillantes, lo que distingue muy acusadamente a este libro, y son la elevada exigencia y el cuidadoso planteamiento de todos sus elementos los que mueven a la convicción de que se trata de una novela ineludible en la reciente narrativa española. Tanto más cuanto que responde, con vigor y acierto ejemplares, a la reclamación cada vez más imperiosa de una literatura dispuesta por fin a intervenir con un discurso crítico sobre la sociedad que la transición ha dejado en herencia, y lo hace apartándose resueltamente del simple remake de estrategias ya gastadas.

01/06/1998

 
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