ARTÍCULO

Ángel Crespo, testigo

Fundación Jorge Guillén, Valladolid, 1996
Edición de Pilar Gómez Bedate y Antonio Piedra
 

Se ha publicado hace poco en Valladolid («Fundación Jorge Guillén») una edición bellísima de la poesía completa de Ángel Crespo, en tres volúmenes, cuidados a la perfección por Pilar Gómez Bedate y Antonio Piedra. El primer volumen lo abre un «Prólogo» vibrante y bien informado de Antonio Piedra.

Era importante reunir la poesía completa de Ángel Crespo (1926-1995) por más de un motivo. El principal quizás sea el poder aunador de esta poesía. Ella misma procuró ir reuniendo a lo largo de los años los elementos fundamentales de un mundo que era el suyo, el de la mirada del escritor, pero nunca sólo suyo. Es que también se iba haciendo nuestro, merced a su autenticidad ejemplar en cuanto testimonio. Ahí el poeta se nos aparece ante todo como testigo, o mejor, los poemas mismos son testigos del afán de recuperación de un vasto mundo compartido.

«Concededme», pide un poema dirigido a los dioses, con modestia, que «vaya sumando mundo / esa torpe escritura.»

Ir sumando mundo es el constante anhelo totalizador de quien contempla e interroga miles de instantes, de elementos, de paisajes dispersos y quien sabe si inconexos. Hay una «Meditación de lo mortal» que así se explica: «Morir será como cerrar el libro / mas no será como apagar la luz / o beberse la última / bocanada. Será, / para quien va juntando / tanto disperso mundo, / no descansar, mas sí / dejar que otros reúnan / lo que juntó con lo que no he juntado».

Tarea común, pues, la de muchos, el ir conjuntando, quien sabe si reconciliando, los componentes de una inmensa realidad dispersa. Un poema famoso de Luis Cernuda, «Río vespertino», reconocía que entre todos los hombres el poeta se ve condenado a la tarea «de ver en unidad el ser disperso, / el mundo fragmentario donde viven».

Ahora bien, Ángel Crespo se distingue de aquellos grandes poetas de los años veinte cuyo propósito tantas veces culminó en aquella indagación o búsqueda del ser que en otras ocasiones he asociado al pastoreo que Heidegger proponía en su Carta sobre el Humanismo, al afirmar que el hombre puede seguir siendo «el pastor del Ser» (Hirt des Seins). Así, por ejemplo, en el poema titulado «Junio feliz», Crespo rehúsa tales abstracciones: «Junio feliz / entre los vivos y los muertos, / no entre el ser y el no ser / sino todo lo más / entre el rebaño y las ortigas».

Ángel Crespo es un poeta español posterior a los desastres de las guerras. Es, por supuesto, europeo; y aun más, profunda y conscientemente europeo. Y ante la dispersión de las cosas y de los instantes, su postura se basa en el recato de las pretensiones explicativas, la autenticidad de la interrogación, el sentido histórico y la conciencia del tiempo tan antiguo que une a todos los hombres. En Italia, Francia o Inglaterra se va abriendo camino desde los años cincuenta una poesía que deja atrás muchas cosas que en su día fueron admirables y fructíferas: el hermetismo (en Italia) y otras herencias del simbolismo mallarmeano, las voces profético-visionarias, la confianza vanguardista en el futuro, la cicatriz de la fe ausente, la percepción de una plenitud humana.

Tal vez comprendamos este talante mejor si recordamos algunos de los términos que fueron introducidos en aquella discusión tan discutible de los años setenta y ochenta acerca del «postmodernismo», considerado como calificación global de cierta época. No aludo al eclecticismo estético, que como otros aspectos supuestamente postmodernos, ya apareció con la modernidad del siglo XIX . Ni quiero aplicar aquí ninguna fácil etiqueta. Sí pienso en los recortes y las limitaciones que el pensador y el artista van asignando a partir de los años cuarenta y cincuenta a sus tareas y pretensiones, desde Karl Popper, que acentúa la falibilidad como condición del avance en las ciencias, o Ilya Prigogine, que enjuicia su dimensión de universalidad, o el Nouveau Roman y el teatro de Beckett, que se centran en la opacidad y la incomunicación de los seres, hasta el minimalismo en pintura y el pensiero debole de Gianni Vattimo. Lo que se deja atrás es el talante generalizador, impositivo, dominante, atemporal o absolutista en las letras y las artes.

En este caso es lo que he llamado el recato de Ángel Crespo. Oreste Macrì subraya su «pudore». El poeta ha de admitir que no posee respuestas suficientes, ni está dispuesto a, genialmente, improvisarlas. He hablado de elementos de un mundo, como también de componentes. Son palabras útiles en esta ocasión, pero también comprometidas. No quisiera sugerir que al compenetrarse el poeta con tantas cosas y tantas dimensiones propias del entorno que contempla y vive, algunas se le revelan y le sirven como símbolos suficientes. Lo que sucede suele ser lo contrario. También los símbolos tienen sus límites y deben recatarse. Los elementos no se aíslan sino que se entrelazan y convocan mutuamente. Pero el hallazgo de estas interrelaciones es una tarea constante, como cuando el poeta vuelve a su Castilla natal: «Se me han ido rompiendo tantas cosas, / tantas ciudades encontré desiertas / y tantos mares secos, / que temo regresar, temo encontrarte / escondida debajo de la tierra. / Mi reino es de este mundo».

Claro que el escritor volverá a Castilla, como a todo su pasado en la memoria viva, reuniendo tiempos y no sólo espacios dispares. No se ha perdido nada, desde luego los orígenes no. El europeo no se ciñe al día de hoy. El europeo no se inaugura nunca en el presente, porque siempre viene de otro sitio, siempre proviene de anterioridades. La tierra misma, al recobrarse, se presenta como tiempo, devenir, historia. Es lo que Crespo reconoce en las geologías de Tàpies: «Sobre las telas brotan lavas / y anida el aire iluminado... / Tropezando en las hendiduras / y salvándose en las raíces / el tiempo queda entre tus redes / y nos desnuda sus secretos. / Siglos y siglos reunidos, / como las nieves en el pozo, / muestran el cielo cerca o lejos / y los orígenes delatan».

Esta tierra es uno de los cimientos de la poesía de Crespo, tierra de Castilla sin duda, pero fuerza natural también, más allá de sus linderos. Y no hay parte suya, elemento suyo, que la compendie. Ni el viento, ni la lluvia, ni el ciervo, ni la jara, ni el trigo con sus amapolas. Ni la luz, ni el agua, ni el aire. Ya apunté que no se buscan los contrastes entre vastas abstracciones, «sino todo lo más / entre el rebaño y las ortigas». En el paisaje surgen claras las metáforas, porque esta poesía busca la claridad a través de sí misma. Son metáforas que vinculan dinámicamente los espacios distantes, los elementos primigenios. Todo se asocia en un mundo, «esa universidad de amor y tiempo», ni unitario ni inapelablemente fragmentado. Hay momentos y cosas que encienden la realidad en iluminaciones, en apariciones que luego ni se pierden ni perduran definitivamente. La visión poética seguirá entrelazando los lugares. Es la capacidad de reunir elementos primordiales que el poeta admira en los pintores. Aclaran esta afinidad algunos de los mejores poemas dedicados en nuestro tiempo a la pintura. Al igual que el pintor abstracto, el poeta junta las materias concretas más elementales y universales: «En la materia beben los pinceles, / se sumergen buscando las raíces, / se asfixian en lo negro, / respiran en el rojo, buscan, huyen, / dejan en la materia sus señales».

En su afán de valoración de un mundo, asociado y reunido incansablemente, el poeta errante se abre a un país tras otro, en su «colección de climas», a un espacio tras otro, un ámbito cultural tras otro. En todas partes el viajero descubre signos de belleza, afanes pretéritos de sentido. El poeta es testigo de todos los testimonios, en Galicia, Cataluña, Portugal, Holanda, Escandinavia –decisiva, nos dice Pilar Gómez Bedate–, América. De día deslumbra la luz del mar Caribe, y de noche en Puerto Rico cantan los coquíes, porque América es diferente. Pero a Ángel Crespo le esperaban las más antiguas ciudades de la antigua Europa. Segunda patria de tantos escritores, Italia despliega su abundancia de signos. Son las «Visiones romanas» de El bosque transparente (1971-1981), los poemas en que nos hablan el Ponte Vecchio, el Colleone, Bernini, Galileo Galilei, la Riva degli Schiavoni. El exilio es fértil, cuando es verdad que no hay mal que por bien no venga. Pero lo repito, sin rupturas, sino vinculando y construyendo. La retama de Alcolea de Calatrava «pernocta junto al Arno / y no sé si duerme o si se alumbra / al sol...».

Leemos versos ante «La tumba de Ronsard», «Con Baudelaire, con Verlaine, con Mallarmé», o con João Cabral de Melo Neto, o «A Vicente Aleixandre», y tantos más; como, en el libro titulado Parnaso confidencial (1971-1995), a aquel Walt Whitman que sabía que el hombre se justifica «si busca la unidad de lo que, misteriosamente unido, / se fragmenta a sus ojos para que su mirada se haga más pura, / no negando aquello que ve, sino buscando lo que, a fuerza / de brillar, se nos oculta».

Sería ingenuo llamar culturalista esta poesía porque la enriquecen los pintores, los grandes poetas, los monumentos innumerables de Europa. El viento que mueve el trigo de Castilla o las aguas del mar del Norte no queda separado por ninguna frontera ontológica de la piedra con la que se elevan los palacios desiertos de Venecia. Un mismo afán mira y lee todas las clases de signos de un mismo mundo admirado. El poeta que observa que «el ciprés es alegría» en Provenza y que en sus flores «el gavilán fabrica miel», ve también que «cabalgando un buey solitario / pasa de noche Arnaut Daniel».

No sorprende por tanto que el lector que poco a poco va compartiendo ese mundo recuerde él también a muchos poetas, por cuenta propia, entreleídos como en filigrana. Yo he tenido presente alguna vez la metáfora de Juan Ramón, el símbolo de Montale, la enunciación de Machado, el meditar de Cernuda, la liberación de Pierre Reverdy, la estrofa asonantada de Guillén, el pudor del verso de Salinas. Pero cuidado, no son ecos, en absoluto, ni parecidos. No hablo de una poesía difícil, pero sí de la obra, por extraño que parezca, de un hombre de letras cabal. Y si el lector también lo es, bien que mal, su propia experiencia acudirá a la confluencia, la hermandad, el cruce de caminos que se verifica en esta obra tan humana y verdadera.

De ahí también su variedad de registros. El virtuoso de la traducción, el arrojado traductor de Dante, casi tan difícil como Guimarães Rosa, en tercetos consonantes, alguna vez apela él también a la rima, como precisamente en el ejercicio del soneto «A Francesco Petrarca», o en la terza rima dirigida «A Dante Alighieri», donde al final confiesa que fingió «con tanto amor tus versos, que el Destino / no ha de impedir que estemos frente a frente / cuando haya andado todo mi camino: / y ya no sé vivir entre mi gente».

Pero no, por lo general el verso va sin rima y lo que predomina es la sobriedad formal. El poema va elaborando su forma; y el libro de poemas es un libro de verdad, firmemente estructurado. Macrì pone de relieve «la organicità e densità di figure e temi». Pero la forma requiere la contención de sí misma. Lo entendido encierra lo sobreentendido. Entre lo dicho y lo no dicho, están el atisbo, la sugerencia, la penumbra que presagia la luz de la verdad auténtica. Es inconcebible el retoricismo o la palabrería vana. La obra de arte no intenta seducir, como notaba Malraux de Cézanne.

Inteligencia del silencio y disciplina, éstas, que van de mano con la autenticidad del poeta que se presenta, decía, no como protagonista sino como testigo de un mundo paulatinamente reconstruido en profundidad. Es la profundidad que la «mirada más pura», admirada en Whitman, descubre en los fundamentos y los mitos reiterados, como asimismo en el yo del poeta, en el hombre mismo, encuentro o cruce de principios que la abstracción tendría por contrarios. En sus últimos libros Crespo, cada vez más esencial, más perplejo, más vidente, percibe el misterio de la realidad palpable, de las cosas contrapuestas, de los principios sucesivos e inconfundibles; y vislumbra a lo lejos su reconciliación como en el poema «La unidad de lo claro y de lo oscuro». De tal forma el poeta mismo procura trascender su centralidad solitaria. El poeta se abraza al mundo por medio de las palabras; o se siente abrazado por él en instantes de iluminación y epifanía. Así, en «Teofanía» (de Ocupación del fuego, 19861989), donde «la luz de un astro» súbitamente «se reparte en el aire», pero el poeta deslumbrado no la percibe sino muy fugazmente: «Y tú, para quien viene, ya no estás, / o tal vez no eres nada / sino ese gozo de apurar la luz / que ella misma desmiente: / pues no hay pupilas que, ante tanto ardor / deslumbradas, no cesen / y vas tanteando, a ciegas / tocando oscuridad y mundo oscuro: / habitante de un astro / que te ilumina ahora / con la profundidad de su tiniebla».

En alguno de estos libros posteriores el poeta eleva la voz y canta más alto, como cuando proclama que El aire es de los dioses (1979-1981). Pero lo que manifiesta el retorno de Démeter o de Aretusa es la perduración de unos mitos terrenales, terrestres, hitos de la búsqueda de signos congregadores y duraderos. El reino de los dioses paganos es de este mundo: «Una petunia en nombre de Diana / cazadora, las lilas / por amor a Minerva, / y por amor de Apolo enamorado / el jacinto, la fuxia / por Dionisos, y la rosa / por Venus Afrodita». De ahí la alusión en uno de los útimos libros, Anteo errante (1979-1984), a aquella figura mítica que se consideraba invencible mientras sus pies no dejaran de tocar la tierra.

En esa postura, finalmente, creo yo, reside la lucidez tan fructífera de esta poesía. El hombre, entre enigmas, se sabe mortal y lo acepta. «Porque yo vengo –escribe el poeta–, del país / cuyas cuatro fronteras son mi muerte».

Una realidad sin trascendencia es infinitamente rica, inquietante, misteriosa. Afrontar este mundo como el único posible es lo que permite sentir plenamente y perseguir su misterio. Don José Ortega afirmó en El hombre y la gente que ya era hora de reconocer, con esa vitalidad que él tenía, las «gracias» de la mortalidad. «Una de las grandes limitaciones, y aún deberíamos decir de las vergüenzas de las culturas todas hasta ahora sidas, es que ninguna ha enseñado al hombre a ser bien lo que constitutivamente es, a saber: mortal.» Yo pienso que Ángel Crespo sí nos enseña a serlo. Con su palabra, o como él escribe dirigiéndose a todos los hombres: «Con la palabra / que los libere de celestes / fantasmas, y los ponga / para siempre de pie: tierra en la tierra, venganza – cada uno– / de tantos vivos desterrados muertos». Lucidez y hombría ante la muerte gracias a las cuales, me consta y nos consta a muchos, Ángel Crespo supera hoy la suya.

01/08/1997

 
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