ARTÍCULO

La memoria, la imaginación y la palabra

Edilesa, León, 1997
144 págs.
 

Quien conozca la obra literaria de Luis Mateo Díez sabe que con El expediente del náufrago (1992) concluye la trilogía novelística de la provincia en el franquismo a la vez que con aquel nuevo laberinto urbano sometido a mayor abstracción culmina también un ciclo en la trayectoria narrativa del autor leonés. Dos de las tres novelas siguientes, cada una por su propia vía, representan aspiraciones a la narración en estado puro y las tres constituyen aproximaciones a la novela lírica. Lo es, por más que pudiera no parecerlo, Camino de perdición (1995), cuya extensión resulta engañosa, pues el esencialismo perseguido por el escritor viene dado por la brevedad de sus capítulos y por la acusada depuración de su estilo. Este proyecto artístico se apura en El espíritu del páramo (1996), relato fundacional en cuyas historias engarzadas fluye la narración en estado puro. Y extrema su densidad y adelgazamiento en la sentida y amarga fábula del sentimiento que es La mirada del alma (1997).

Entendido así el programa estético de Luis Mateo Díez, la publicación de su último libro, Días del desván, viene a renovar dichas líneas fundamentales de la búsqueda emprendida por el escritor en sus más recientes aportaciones. Y lo hace con toda coherencia y fidelidad a un mundo propio creado paso a paso, sin traiciones ni falsos atajos en el recorrido. Porque esta emotiva recreación de la infancia rememorada en Días del desván vuelve a estar construida sobre los pilares básicos del arte narrativo de Luis Mateo Díez: la memoria, la imaginación y la palabra. La memoria actualiza aquí el recuerdo de los tiempos de aquel estado de inocencia vivido por el autor en un desván compartido con sus hermanos, uno de los cuales, Antón Díez, ha ilustrado este libro editado con exquisito cuidado y gusto. La imaginación del escritor remodela ahora los recuerdos e integra realidad y ficción en aquellas experiencias infantiles vividas en el pueblo natal de Villablino, en el valle leonés de Laciana. Y la palabra, pulida con esmero hasta el más mínimo detalle, es el vehículo que permite convertir en literatura aquel universo propio que alimentó los miedos, incertidumbres y fantasías de un niño que, ya escritor, muchos años después, desvela algunos secretos de sus orígenes y formación en años de aprendizaje.

El desván surge así como espacio y metáfora de un mundo en el que unos niños empezaron a asomarse a la vida. Uno de los mayores aciertos del autor radica en haber sabido poner el talento del escritor al servicio de la visión infantil de una época y un lugar. Evoca el escritor con su voz, pero en la visión se ha logrado reconstruir la perspectiva infantil que todo lo ve, algo intuye y poco entiende. Como espacio de intimidad compartida el desván pasa por sucesivas fases de reducto de oscuridad y miedo, refugio de silencio y soledad, lugar de secretos y misterios y también de hallazgos y sorpresas. Con la emoción y la intensidad de las mejores narraciones del autor, con la historia y las leyendas asociadas en la mente infantil de los pobladores del desván, Luis Mateo Díez ha escrito un admirable relato de la infancia que puede considerarse como una excelente novela lírica compuesta por varias viñetas entrelazadas por medio de personajes, anécdotas y motivos que se repiten en un texto de alta calidad poética salpicado de múltiples recurrencias de estilo.

Como novela lírica en su variedad de relato del aprendizaje, esta evocación de la infancia recrea el proceso interior de sus personajes en su singular descubrimiento de diversos órdenes de la vida, desde los primeros juegos y los amores callados, la nieve, los lobos y otros elementos del paisaje hasta el emotivo recuerdo de los viejos maestros y sus lecturas o su revelación plástica del propio valle en la despedida de uno de ellos. Este proceso interior se enriquece con calculadas referencias y alusiones a los mineros y al trabajo en las minas como específico modo de vida de muchas familias del valle. Y en su totalidad, más allá de limitaciones individuales, esta rememoración de una época se completa con los ecos y los testimonios de la posguerra española en sus años de mayor aislamiento y dureza. En este aspecto resulta de suma eficacia la invención de un muerto viviente que aparece por el desván como singular interlocutor de unos niños sorprendidos ante las historias de «los hombres del monte» (maquis), intrigados por unas cajas de libros allí escondidos con el rótulo de «requisado», desconcertados ante las noticias de muchos muertos de muerte violenta que llenan los cementerios. Todo lo cual se expresa mediante la sugerencia, en logrado maridaje de fragmentarismo narrativo, elipsis y poesía.

01/03/1998

 
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