ARTÍCULO

Non nobis, Domine, non nobis

Anagrama, Barcelona, 1999
410 págs. 2.900 ptas.
 

¿Qué es una novela histórica? O mejor, ¿pertenecen al género esa suerte de pastiches hoy tan de moda en las que su autor, tan documentado y culto, nos explica con todo lujo (sobre todo lujo) de detalles los pormenores costumbristas, geográficos, domésticos y políticos de la época elegida, mera bambalina, por cierto, aunque espectacular, como de superproducción de Hollywood, para tejer sobre ella una peripecia detectivesca y/o erótica? Según ese canon o recetario para fabricar best-sellers, Opus nigrum, La muerte de Virgilio o Los idus de marzo no serían novelas históricas. ¿Se imaginan un autor contemporáneo que explicara en sus relatos ambientados en nuestra época todos y cada uno de los detalles y referentes habituales de los protagonistas como si el público no los conociera: ¡sus novelas serían insufribles!: nos detallaría muy pormenorizadamente sobre lo que es un teléfono móvil, el mecanismo de los ascensores, en qué consiste un monarca constitucional o qué significa la ONU. A lo mejor una novela histórica es justo todo lo contrario y, como decía Mújica Láinez, se ha de renunciar a la tentación de que se vean los andamios. La documentación está muy bien mientras se escribe la novela, pero no sirve como material de la narración.

El tono de la última y ambiciosa novela de Álvaro Pombo lo dan ya –como tiene que ser– las primeras líneas del relato: «¿Qué se ve desde arriba? Se ve, todo alrededor, lo que hay afuera. En Aquitania no tienen, como en el norte, tejados los torreones de las casas». Es Acardo, el joven protagonista, que se asoma a los altos barandales para ver y vivir su siglo, el XII, y su tierra, Aquitania, a la que abandonará luego, transustanciado en ciego caballero templario para defender Jerusalén y sufrir en carne propia, tras el fracaso de la segunda Cruzada, el absurdo fanático de las soflamas de su maestro Bernardo de Claraval, encarnadas en el derrumbe de unos ideales espurios y suicidas. Las últimas, y duras, palabras de la novela concluyen a la perfección el tono de la misma: «Pesadamente galopa bosque adentro. Ese noble animal de carga, lo más parecido a la ternura, a la hermandad, que conocerá Acardo antes de la muerte».

En efecto, desde sus ojos, lo cual quiere decir que sólo entenderemos lo que él entienda y sabremos lo que él sepa de su siglo, Acardo vivirá, según el molde de una novela de aprendizaje, el lento madurar de una personalidad compleja y a ratos insondable, excluido del reducto familiar por un padre ausente y una madre que lo odia. Habituado desde siempre a la arbitrariedad de la violencia y al refinado horror decadente de la corte del duque de Aquitania, quien junto a su tío Arnaldo (¡qué prodigio de escena la del encuentro de ambos!) primero y Bernardo de Claraval después, serán los guías ciegos de este lazarillo inteligente y perplejo que quiere comprender, que ansía encontrar un sentido al odio de la madre, a la muerte absurda de su padre, al sexo impetuoso que lo reclama y zahiere, a la fe en un dios que pide aniquilar a los súbditos del otro dios.

Esta novela, La cuadratura del círculo, una de las mejores de su autor, lo cual significa que es una de las mejores de nuestro panorama literario, arranca de dos motivos ya tratados en otros textos de Pombo: el perplejo aprendizaje desde la adolescencia y la disección del fenómeno religioso, un tema ya incoado –diríase que como germen de ésta-en una obrecilla de encargo que, a la postre, se ha convertido en uno de sus mejores trabajos, me refiero a su Vida deSan Francisco de Asís. A su vera, discurren, en el marco histórico de un siglo tan fascinante, complejo y decisivo desde casi todos los puntos de vista (cruzadas, orden del Cister, disputa escolástica sobre los universales, aparición de la literatura trovadoresca, apertura mercantil a oriente, etc.) una serie de subtemas ya habituales en la narrativa pombiana; a saber, la viscosidad de cierta sexualidad, el juego de las apariencias, o la complejidad de las relaciones familiares. Todo ello, enmarcado en un friso histórico brillantemente asimilado, que recrea desde los privilegiados ojos de Acardo, el joven caballero protagonista, las vicisitudes y convulsiones de un siglo, el XII, extraordinario desde donde él lo vivió: el castillo paterno y la corte de Aquitania, primero, la compañía y el magisterio de san Bernardo de Claraval, después y, por fin, la Jerusalén de los caballeros del Templo y la segunda Cruzada.

Pombo construye una «novela histórica» sin jamás traicionar los verdaderos postulados del género, esto es, todo lo que el lector conoce coincide exactamente con las progresivas experiencias (y decepciones trágicas) de Acardo. Al elegir su punto de vista, el autor se ahorra el enojoso pastiche, tan de moda, como dijimos, de describir las cosas evidentes y, en cambio, elevar lo obvio a categoría artística: por poner un solo ejemplo, en vez de contarnos la novelita de Abelardo y Eloísa, nos prepara un encuentro con la ya monja profesa, a quien Acardo conoce «de oídas» y con la que tiene una jugosa conversación. Este será siempre el modus operandi del narrador.

De esa guisa, nos somorgujamos en los ambientes, olores, espacios, mentalidades del siglo y asistimos, perplejos, fascinados, despavoridos, a la vida de este mozalbete que crece a golpe de enajenaciones, que se aferra a la palabra luminosa de Bernardo y que asiste al delirio fanático de la Cruzada en el sitio de Damasco y que regresa, al cabo, a pedirle cuentas al ya viejo fundador sobre el absurdo y el sinsentido de su(s) vida(s). Una novela profunda, extraordinaria, llena de talento léxico, filosófico, psicológico y narrativo: estilísticamente, ha utilizado Pombo, con sumo acierto, el políptoton (variaciones gramaticales de una misma raíz léxica), que otorga al estilo una como frescura naïf que se entrevera muy bien con la elegancia de la narración y la perspicacia de las reflexiones. A veces se deja llevar en exceso de grumosidades artificiosas muy caras al autor y, en otras, el relato roza lo surreal en imágenes visionarias y tonalidades simbólicas casi desconcertantes. Una novela que trata, en fin, sobre lo que hacen los humanos con sus «proyectos de trascendencia», sobre la búsqueda o el rechazo de la trascendencia. Un relato que, aun envuelto en las capas blancas de los cruzados, los versos eróticos del duque de Aquitania o las homilías encendidas de san Bernardo, trata también sobre nuestra convulsa y aturdida actualidad. Una novela profunda y moderna, ambientada en un siglo brillante y absurdo, sobre la tentación y práctica de quienes se creen en posesión de la verdad y sobre los que como Acardo, «extranjero de nacimiento», anda errático en busca de sentido y termina sólo sabiendo reconocer la ternura del animal a cuyos lomos cabalga. Novela ambigua, anticlerical, hurga brillantemente en las paradojas de la religión y en los misterios del fanatismo: espejismo eficaz y desastroso en que el ser humano pretende apuntalar sus diabólicas (o instintivas) necesidades de seguridad.

01/06/1999

 
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