ARTÍCULO

Josep Pla, ironía y desplazamiento

Destino, Barcelona
Trad. de Néstor Luján
296 págs. 15,03 €
Destino, Barcelona
Trad. de Josep Daurella
280 págs. 14,42 €
Destino, Barcelona
Trad. de P. Gómez Carrizo
416 págs. 17,43 €
Destino, Barcelona
Edición de Valentí Puig Trad. de Jorge Rodríguez Hidal
714 págs. 24,04 €
Espasa Calpe, Madrid
Trad. de Dionisio Ridruejo y Xavier Pericay
912 págs. 28,84 €
Espasa Calpe, Madrid
Trad. de Xavier Pericay
800 págs. 28,75 €
Destino, Barcelona
Edic. y prólogo de Narcís Garolera
352 págs. 16,83 €
 

Si el último cuarto de siglo significó el reconocimiento de Josep Pla como el mayor prosista de la literatura catalana, ha llegado la hora de que su obra alcance la difusión que merece en las letras hispánicas. La traducción de sus dietarios, la recopilación de sus crónicas y la edición en castellano de algunos de sus libros más característicos son los primeros pasos para la popularización del grafómano ampurdanés entre los lectores peninsulares.

Pla nunca engañó a nadie. En marzo de 1925, con motivo de la publicación de su primer libro, Coses vistes, escribía «cuatro palabras» a modo de prólogo: «En esta fase constructiva de la cultura y de las letras catalanas, me encuentro un poco desplazado [...]. No soy un instructor ni siento la atracción del sacrificio [...]. La literatura catalana actual ha de ser oficial y subversiva a la vez. Y a mí me gusta tener las manos libres». Fiel a esa premisa, lanzaba una carga de profundidad contra el Noucentisme, establishment literario de inercias líricas en torno a Eugenio d'Ors que, desde su advenimiento en 1906, cuando éste publicó su primera glosa en La Veu de Catalunya, no había dado una sola novela digna de aprecio. Es más; con sus afanes por ser tan sublimes como el Pantarca, los alumnos presuntamente aventajados del Noucentisme cultivaban una lengua afrancesada e ininteligible, flor de invernadero que se agostaba al contacto con el aire fresco de la realidad social. La literatura catalana, ironizaba Pla, «ha llegado a un grado de sublimidad, en las obras de los escritores actuales más celebrados, que los autores pueden prescindir con facilidad y provecho del odioso problema de hacerse entender. El lector catalán se ha aficionado a comprar libros que no lee». A los veintiocho años el autor de Palafrugell persigue algo tan elemental como ser inteligible: «Sólo diré que siguiendo el ejemplo de Stendhal, la obra del cual me produce una envidia sin atenuantes, he procurado poner el interés del libro en los detalles [...], escribir en un tono menor, de una manera gris y un poco desdibujada».

Espíritu de desplazamiento, ironía, voluntad de hacerse entender, de conservar los volátiles artículos del periodismo, idea de la narración como espejo al borde del camino... Los primeros libros de Pla en la efímera editorial Diana concentran las «ideasfuerza» que hacen de su obra un corpus coherente. La trayectoria del ampurdanés se mueve entre el desplazamiento obligado por el oficio periodístico y cierta idea de preservar un mundo. La voluntad de la obra completa, camuflada todavía en cierta insolencia de juventud, ya se adivina en sus primeros prólogos. Al oficio sanguinario de los rotativos, al naufragio cotidiano entre los hechos del día, Pla opondrá la contemplación morosa y la captación de volutas de historia entre las anécdotas.

Del maremágnum de papeles periodísticos surgidos de la pluma de Pla en los años veinte podemos entresacar los que escribió para el diario El Sol. En Crónicas europeas (Destino), Narcís Garolera ha reunido los artículos desde Alemania que José María de Sagarra enviaba al diario de Urgoiti y los escritos italianos del joven Pla. El ampurdanés viaja a Italia en 1922 y es testigo de la marcha sobre Roma de Mussolini. En los cuarenta artículos que envía hasta el 2 de enero de 1923 –no incluidos en su Obra completa– analiza la génesis del fascismo y describe al Duce «como un actor trágico de película italiana o un traidor de melodrama [...]; un hombre calvo, de facciones duras y correctas, de ojos grises y fuertes, incapaz de llevar una americana si no es un poco de cualquier manera». Seis años después, Pla viaja de nuevo por Italia y los Balcanes junto a su compañera sentimental Adi Enberg. Para cubrir gastos retoma en julio de 1928 su colaboración con El Sol. El Duce ha convertido en ideología de estado una retórica que Pla no duda en calificar de «juvenil y veinteañesca». En los Balcanes, la clarividencia planiana deja constancia de la «trinidad incoherente» de serbios, croatas y bosnios, tan propensa a estallidos sangrientos: «Este reino, pues, creado según los principios del eslavismo más puro, se encuentra en una situación de balcanismo y de desintegración literal». Su apreciación se ha visto confirmada en las postrimerías del siglo XX .

«El periodista es un náufrago profesional», había escrito Pla en 1925. Quince años después, tras la guerra civil, nuestro autor afronta el naufragio colectivo y opta por el desplazamiento. Tras dos décadas agitadas de corresponsalías y activismo político, observa en silencio el paisaje desde un autobús: «Veo dos cristales rotos; otro se ha encasquillado y no sube ni baja. Las revoluciones ajan las cosas. En España, hoy, hasta los árboles parecen sobados y manoseados». Pla escribe en castellano. Inicia la sección Calendario sin fechas en la revista Destino. Publica Historia de la Segunda República Española, Guía de la Costa Brava, Las ciudades del mar, Humor honesto y vago... En 1942, el solitario de Llofriu fuma y medita entre viajantes de comercio que juegan a las cartas en una fonda de medio pelo. El Pla de Viaje en autobús, uno de los mejores libros en castellano de la posguerra, lanza mensajes cómplices entre las líneas de un tiempo de mordazas. Su prosa suma el escepticismo de Baroja y la observación de Azorín. En el asiento del autobús renqueante, el escritor reposa la cabeza sobre estampados mugrientos. Esos años de exilio interior en la Costa Brava –Fornells, L'Escala, Cadaqués– revivirán en forma de libros. «Fueron utilísimos, inolvidables», reconocerá el autor. A partir de la epifanía del detalle, Pla alcanza la deidad de la categoría. En cinco historias del mar (Destino) recuerda con setenta y cuatro años los tiempos de posguerra en Fornells: «Luego de tanto vagabundear por el mundo y de tantas e inútiles fatigas, convenía pararse a descansar un poco. La determinación fue buena: me fui allí por quince días y seguía allí al cabo de un año, libre de hambre, quehaceres e inquietud... En aquella época, en Fornells, no había ni iglesia, ni reloj público, ni oficina administrativa, ni encarnación de la autoridad legal. Ni siquiera había cementerio, hecho sorprendente, con los cementerios que hay en este mundo. Ello nos daba la sensación, a los que vivíamos allí, de que no íbamos a morir nunca». Testimonio de aquellos días de salitre y travesías con pescadores como Xicu y L'Hermós son «Bodegón con peces», «Un viaje frustrado» y varias crónicas de barcos hundidos. Naufragios marítimos como metáfora del hundimiento civil de todo un país, de una cultura, intrahistoria torpedeada por la guerra que permanece silente en las profundidades.

De sus vivencias con L'Hermós ––«analfabeto, hombre feliz, hospitalario, pescador, marinero, cazador, gran cocinero»–, Pla saborea los matices del salmonete, el suquet y la lubina, y olvida las cartillas de racionamiento. Ese mundo de brasas y parrillas con olor a pescado alumbra Lo que hemos comido. El libro gastronómico por excelencia de Pla, aparece en 1971. El escritor ha cumplido setenta y cuatro años y aprovecha esas páginas para constatar otro naufragio: el de la vieja cocina popular: «Todo se ha industrializado. El gusto por las cosas es otro. Se han envasado las mercancías y los platos más inverosímiles en virtud de procedimientos químicos más o menos recreativos, pero crematísticos, espeluznantes». La cocina «como arte de lentitud, paciencia, moderación y calma va de capa caída. Me gustaría saber si es posible hacer algo en este mundo, si no es a base de observación y calma». Como en tantas cosas, los tiempos han dado la razón al hombre de Palafrugell: cuando Pla escribe estas líneas, la cocina rápida lanza sus andanadas contra la honrada fortaleza del cocido, los garbanzos y la catalana escudella i carn d'olla. Partidario de preservar los sabores y dar a los fogones lo que proveen las estaciones, Pla se convierte en el profeta de lo que años después será la «cocina de mercado». El Pla de Lo que hemos comido glorifica la sopa tradicional en los tiempos de los cubitos de caldo; previene contra el patrioterismo del ajo –«Gengis Khan de la cocina peninsular»– y mide el exceso de tomate en los sofritos. Aboga, como en su literatura, por la observación a fuego lento y el detalle. Sensible a los colores y texturas de cada estación, busca los excelsos guisantes primaverales. No cree en los fertilizantes que dan frutos coloreados y voluminosos pero sin sabor. Ecologista avant la lettre, protesta: «Que los americanos coman su fruta de gran apariencia pero sin gusto y sus legumbres acabadas de pintar y chillonas. Prefiero nuestro sabor, aunque la cosa no sea tan decorativa. Imitar con pérdida no tiene sentido». La gastronomía planiana desprende aromas de filosofía personal. La reiterada apología de la escudella i carn d'olla deviene en alegato contra una coquinaria orientada al hombre masa que comporta la enajenación de los sabores: «Ya no se trata de adaptar la cocina a la salud, a la vitalidad y al humor del cuerpo humano, sino de adaptar el cuerpo al comercio más siniestro que puede haber: el negocio de la alimentación».

En 1951, Josep Pla rompe uno de los tabúes que se achacaban a su obra: la ausencia de la novela. Cronista, memorialista, viajero, gastrónomo, descriptor del paisaje... Retomamos sus palabras del año decisivo de 1925: «Una novela requiere tiempo y calma para darle vueltas, componerla y sobre todo para tirar cuartillas al fuego [...]. El periodismo deja sólo de tanto en tanto pequeñas fracciones de tiempo libre». El 14 de diciembre de 2001 se conmemoraba en Palafrugell el medio siglo de La calle estrecha, la novela que Pla escribió aplicando el espejo stendhaliano a la vida cotidiana de un pequeño pueblo que bautizó como Torrelles. Escrita entre el otoño de 1949 y la primavera de 1951, y traducida al castellano por Néstor Luján, La calle estrecha hace realidad lo que Pla había anticipado en aquel prólogo de Cosas vistas. Pertrechado con el espejo de Stendhal, reflejará las tragedias de la vida vulgar; aprehenderá átomos de realidad. El escritor mira a la calle: da cuenta de los trabajos y los días de personajes que no están llamados a ningún heroísmo. Como había escrito en Viaje en autobús, «las ilusiones hay que reservarlas para aliñar las pasiones del amor y humanizar la ironía». En La calle Estrecha no falta el amor, pero pasado por el tamiz del escepticismo. El escritor penetra en las casas, en la mercería, en la panadería y en una triste taberna cuya propietaria aguarda a que un cazador abra un morral repleto de pájaros muertos. La descripción de los parroquianos dando cuenta de los pajaritos fritos alcanza cotas simbólicas difícilmente superables. Uno piensa en Cela, en Delibes. «A veces el pájaro es tan pequeño que es absolutamente ilusorio intentar separar los huesos de la carne. Por ello es preciso masticar el animal entero y triturarlo con los dientes. Si el pájaro es tierno, los huesos son frágiles, de una fragilidad seca, levemente sonora. Ver comer pájaros quiere decir oír el cric-crac característico de la rotura de los huesecillos». Mientras conversa con un parroquiano, el narrador escucha ese fúnebre rumor: «Al pasar por el corredor la puerta del comedor estaba entreabierta. He lanzado una ojeada. Sentado a la mesa, un hombre corpulento y casi bermejo masticaba gorriones, con los ojos fijos en el techo y la gorra puesta. Sobre la mesa había un vaso de vino negro...».

Hemos hablado de desplazamiento, fragmentariedad periodística y voluntad de permanencia. Tras la muerte en 1962 de Josep M. Cruzet, en cuya editorial Selecta Pla pensaba publicar sus obras completas, le llega la oportunidad en 1966 de la mano de su viejo amigo Josep Vergés. La empresa se inaugura con El quadern gris, dietario de juventud que el escritor reelabora en los años sesenta. Traducido al castellano por Dionisio Ridruejo, hasta el momento era el único dietario disponible para el público peninsular. El periodista y filólogo Xavier Pericay emprendió en abril de 2001 la publicación en castellano de los cuatro grandes dietarios planianos. Publicados por Espasa, en otoño de ese año aparecieron El cuaderno gris y Notas dispersas, y ahora se completa la edición con Notas para Silvia y Notas del crepúsculo. Cuatro títulos en dos volúmenes, que acercarán al lector español la vertiente memorialística del más grande prosista catalán del siglo XX . El orden de los dietarios refleja cuatro etapas cruciales de la vida de Pla y de su cosmovisión. Lo que encontramos en El cuaderno gris es el retrato del escritor en ciernes reelaborado desde la madurez; las Notas dispersas abarcan los años treinta y la posguerra; Notas para Silvia va de los años cincuenta a los setenta y en Notas del crepúsculo se proyecta el Pla en la última vuelta del camino. El libro apareció en 1979, dos años antes de su muerte. Como explica Pericay, Notas del crepúsculo es el dietario más espontáneo de Pla; «está de vuelta de todo», aunque ya estaba de vuelta de todo cuando se encerró en el Mas de Llofriu y se puso a escribir sobre los acontecimientos vividos entre 1918 y 1940 vacunado con el escepticismo, bajo la férula de Montaigne. Con esta edición de los cuatro dietarios se cumple una aspiración del escritor ya expresada en 1973 en el prefacio de Notas para Silvia: reunir sus dietarios en un volumen: «Será un volumen muy largo, de cuya importancia yo no me atrevería a responder, pero que tal vez cubrirá alguna convalecencia complicada».

Con 30.000 páginas de Obra completa y un sinfín de artículos publicados en diarios y revistas como Destino, Josep Pla es todavía un territorio virgen para el lector en castellano. En su obra oceánica buceó el escritor Valentí Puig para dar a la imprenta el voluminoso Diccionario Pla de Literatura (Destino). Compilación alfabética de valoraciones literarias del solitario de Llofriu, recoge opiniones sobre los más diversos autores: desde sus admirados Stendhal, Pascal, Proust o Leopardi a Camus, Borges, Dostoievsky o Kafka, de quienes abomina. El conjunto conforma el canon personal y heterodoxo de un lector compulsivo.

Desplazamiento, ironía y coherencia reiterada a lo largo de una obra inmensa. De 1918, cuando cerraron la universidad por la epidemia de gripe hasta el Sant Jordi de 1981, cuando Pla dejó este mundo sin haber tenido el reconocimiento que merecía de las instituciones catalanas: «No he querido ni esperado nunca nada de nada, ni de nadie. Si algo me ha sido favorable, lo he considerado una propina increíble, inexplicable [...]. No he provocado nunca nada de nadie. He procurado pasar siempre desapercibido. El resultado no ha sido malo; sospecho, vagamente. Todo esto se había de decir alguna vez en este país de fanfarrones, pedantes, triunfadores y homenajeados. Ya está dicho "Estiguin bonets" y que les pruebe el verano. Yo, por ahora bien, gracias, habida cuenta que no albergo ninguna esperanza».

01/04/2002

 
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