ARTÍCULO

«Aquí no se aburre nadie»

Aguilar, Madrid
Trad. de María Mercedes Correa y Mateo Cardona
708 pp. 22 €
 

Me encontraba en Medellín, huésped de Héctor Abad Faciolince, cuando liberaron a Ingrid Betancourt en un operativo de las Fuerzas Armadas. Me tocó ver en la página web de El País una cita en vídeo de la CNN en el que se decía que Betancourt y los rehenes norteamericanos habían sido liberados ¡¡por las FARC!! Seguí en vivo la primera declaración de Betancourt, y sólo me gustó al pedirles a las FARC que no ejecutasen a los guerrilleros encargados de su vigilancia y custodia, engañados por ese exitoso operativo militar. Pero lo único que en el fondo me irritaba era la continua rezadera de padrenuestros y avemarías, de rodillas ante las cámaras. ¿A qué Dios le agradecían: al que permitió que varios de ellos padecieran tortura y privación de libertad por más de diez años? Para colmo, poco después oímos por la radio cómo alguien decía que el tal operativo, además de contar con la bendición de Dios, contó también con la del presidente Uribe. Y Héctor me comentó: «Este país es muy intenso, Ricardo, aquí no se aburre nadie».
Algo más de dos años después aparece No hay silencio que no termine, el libro de memorias de los seis años largos del cautiverio de Ingrid Betancourt. Y el libro desata en Colombia una batalla campal entre quienes lo consideran una obra maestra de la literatura memorialista y quienes le niegan el pan y la sal al libro y a la autora, a veces –no pocas– sin haber leído una sola línea del libro. Betancourt es el chivo expiatorio de muchas frustraciones nacionales colombianas, y ella, además, por si fuera poco, les da motivo bastante, con ciertas actitudes suyas posteriores a la liberación (y ahora con su libro), para el denuesto y el ninguneo.
La consecuencia es que para reseñar No hay silencio que no termine hay que empezar por hacer abstracción de todo lo leído y escuchado hasta la fecha en los medios colombianos, los únicos que le han dedicado una atención masiva al producto. Hay que concentrarse en el libro como tal, prescindiendo de cualesquiera de sus circunstancias crónicas y tópicas (= espacio y tiempo), amén de las humanas, demasiado humanas en demasiadas ocasiones.
Así las cosas, lo primero que debo decir es que no me creo la afirmación de Betancourt de que escribirlo en francés le dio «la distancia necesaria y, por ende, el control para poder comunicar lo que estaba sintiendo y lo que había vivido». En un libro como este, en el que desempeñan un papel tan importante los diálogos, expresarlos mediante su traducción a un idioma extranjero significa ficcionalizarlos de entrada. También por el hecho de que uno no puede terminar de creer que Betancourt sea la heredera magnetofónica de Funes, el memorioso, y haya podido almacenar en su memoria semejante cantidad de diálogos, con la multiplicidad y la precisión de matices que ellos revelan.
No, si Betancourt decidió escribir su libro en francés es porque así se autodefinía mentalmente: como francesa. Una francesa de querencias y ancestros colombianos sumamente intensos, de acuerdo: pero a partir de su fundamental definición francesa. Y ello se pone aún más de relieve si nos creemos (y no tenemos por qué dudarlo) que Betancourt colaboró en la traducción.
Sólo pondré los ejemplos más notorios que demuestran que si hubo cooperación suya en esta traducción que hicieron otros, su español ofrece serias deficiencias: «Ahora tiene que pensar es en seguir viva. Tractaciones clandestinas. Algo se accionó en mí. Intentaba de ser estricto. Ruiseñores [¡¡en la Amazonia!!] Aprehensiones [por aprensiones]. Mis pulsaciones homicidas. Hacerme a un machete. Nos quedamos dormidos el uno sobre el otro [por apoyados el uno contra el otro]. Una carta [por epístola] de san Pablo a los corintios». Y esta perla: «Lo que más me resultaba insoportable de todo aquello era la angustia que pensaba los miembros de mi familia estarían sintiendo». ¡Qué dicción cartesiana! Y la lista puede prolongarse ad libitum y ad nauseam.
Así las cosas, lo segundo que debo decir es que el libro está muy bien narrado, con un excelente pulso, y que configura un documento estremecedoramente brutal sobre la alienación de un colectivo humano: las FARC («Su manera de hablar se prestaba a confusión. Yo comenzaba a aprenderla, como si fuera una lengua extranjera»). Bastaría con que fuese cierta la décima parte de lo que se cuenta en él para que se entendiera de una vez por todas, y ya para siempre, que hace tiempo, mucho tiempo, que las FARC dejaron de ser una guerrilla marxista.
A título personal debo añadir que creo ser cierta más de la mitad, y aun puede que más de las tres cuartas partes de lo que acerca de las FARC queda protocolizado en este libro. Sin que por ello la alienación de su sociedad de origen haya supuesto una revolución mental en la guerrilla. Hay una escena crucial a este respecto, en las postrimerías del libro, en la página 695: «–Somos el ejército del pueblo– dijo César [uno de los comandantes] con tono de orador. “Son idénticos a la vieja clase política colombiana”», piensa concluyente Betancourt al escucharlo. Y es como si todo el libro hubiera sido escrito en función de esta sola frase.
Su prosa incurre más de una vez en un patetismo harto cercano a la retórica de las telenovelas y hasta lo cursi: «El sosiego de haber recuperado mi libertad no era en absoluto comparable con la intensidad del martirio que había padecido. [...] El eco de estas palabras quedó suspendido en el aire, bajo la bóveda celeste que parecía haberse ornamentado con polvo de diamantes para acompañar las constelaciones de nuestros pensamientos. [...] La más valiosa de las libertades, la que nadie le puede arrebatar a uno: aquella de decidir quien uno quiere ser».
Pero en ocasiones brilla a gran altura, como en el análisis de las claves sicológicas de la conducta de sus compañeros (p. 322), o en el espléndido capítulo 34 («La enfermedad de Lucho»), o en las divertidas páginas dedicadas a cómo se volvió fumadora (pp. 387-388) y a cómo se convirtió en el Norte magnético de las abejas negras (p. 436), o bien en esta frase digna de un García Márquez: «Me quedé dormida soñando que era un guante viejo».
Y así las cosas, lo tercero y último es señalar que todo el libro, pienso que incluso a pesar de la obsesiva protagonista, transmite casi siempre la sevicia de una experiencia límite, recreada arrinconando las flaquezas de la memoria. Imposible creer que haya habido la intención de escribirlo, al menos en los dos primeros años, y en ello estriba el mayor de sus méritos. Durante su lectura fui releyendo diagonalmente la que es para mí la obra maestra de la creación en cautiverio, Memórias do cárcere, de Graciliano Ramos, donde el prodigioso brasileño relata a escala 1:1, pero en vivo, no a posteriori, su prisión desde el 3 de marzo de 1936 al 3 de enero de 1937, menos de un año. La narración se extiende algunas páginas más que No hay silencio que no termine. Y aunque es clara la diferencia entre un creador de talla universal escribiendo para la posteridad y una buena memorialista haciéndolo pro domo, debo y quiero decir que ella lo hace con un talento y un aliento que ya quisieran hoy muchos autores de ficción. Quién sabe: a lo mejor la verdadera vocación de Ingrid Betancourt es la novela, y no la política. Con ella, como con su segundo país, no se aburre nadie.

01/03/2011

 
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