ARTÍCULO

Ínfulas baratarias

Alfaguara, Madrid, 534 págs.
 

La moda del best seller histórico no tiene visos de cejar en sus asaltos a los escaparates de las librerías. Su éxito no se alimenta, como dicen, de la curiosidad de los lectores por la Historia, sino de su «curiosidad por lo curioso» del pasado, sobre todo si es medio esotérico, y no digamos si intervienen geniales (e incomprendidos) profetas de la modernidad. En realidad, este tipo de relatos no se diferencia en lo sustancial de las pautas más reconocibles de la novela histórica de cualquier época y altura estética, y en eso habría que incluir la proyección de la visión del mundo propia del autor sobre los personajes y acontecimientos remotos. Lo específico del best seller histórico es la superficialidad con que se enfrenta a todos esos rasgos constituyentes, lo que en el mejor de los supuestos puede servir para elaborar un entretenimiento liviano.

Historia del rey transparente podría incluirse sin demasiados escrúpulos en esta tendencia narrativa. Bien es cierto que la imprudente ambición de esta novela no parece avenirse con el concepto de best seller, y que, por otra parte, la autora prefiere situar su adscripción genérica «dentro de las aventuras y lo fantástico» (p. 531) antes que de lo histórico. Pero ninguna de las anteriores objeciones puede ocultar la realidad del texto, y es que se trata de una obra comercial, lo que se percibe desde el diseño de la cubierta hasta el empleo de un lenguaje insípido, de la simpleza de su mensaje ideológico a su estructura disforme. Incontestable es también que se trata de una narración histórica pues, si bien existe una manipulación libérrima de la cronología para incluir en la peripecia diversos hechos y figuras que no fueron coetáneos, la verdad es que tanto los sucesos narrados como el sentido que aspiran a construir no se sostienen sin el respaldo de la Historia real. Aclarar este punto no es, al menos en este caso, un ejercicio de bizantinismo crítico, sino una premisa indispensable para encontrar un lugar desde el que valorar la novela en su justa medida. Ese lugar no puede ser el de la auténtica literatura, sino el que ocupan esos productos concebidos para entretener el ocio del lector sin exigirle grandes alardes de concentración. Los materiales de que se nutre la novela no pueden ser, a priori, más idóneos para alcanzar el éxito en esa tarea humilde, aunque digna: una época (el siglo XII ) y un lugar (Occitania) con el atractivo derivado de la colisión entre el antiguo mundo feudal y ciertos síntomas de renacimiento social, cultural o religioso, como son el auge de los burgos, el refinamiento cortesano o la doctrina cátara; una heroína, Leola, que ha de enfrentarse a un buen número de aventuras y experiencias sentimentales gracias a las cuales el reducido mundo campesino del que procede se va ensanchando; y, en fin, toda la caterva de señuelos que, desde los orígenes románticos del género, constituyen el principal aliciente de sus seguidores incondicionales (hazañas bélicas, decorados fastuosos y atrezzo pintoresco, intervención de grandes personajes históricos, amoríos en conflicto con las convenciones de la época...).

Esta ristra de ingredientes puede garantizar un resultado aceptable cuando se maneja con solvencia y sin pretensiones. No es el caso de esta novela, donde la pericia (a veces, incluso, el simple oficio) brilla por su ausencia, y las pretensiones de trascendencia atosigan al lector natural de este tipo de ficciones. Como narración de aventuras, Historia del rey transparente comienza a hacer aguas desde el momento en que se presenta como un relato de aprendizaje en el que Leola y su fiel escudera Nyneve tan pronto cruzan mandobles como discuten de teología y alternan peripecias inspiradas en el western con la angustia existencial. No es que ambas facetas se excluyan necesariamente, pero sí hace falta un talento muy superior al que aquí se despliega para que puedan convivir sin estridencias. Esa habilidad del escritor debe concentrarse sobre todo en la construcción de los personajes, especialmente si, como sucede aquí, la protagonista es también narradora y presenta su historia en forma de memorias.Y es ahí, precisamente, donde se intenta hacer comulgar al lector con ruedas de molino, pues los pertinaces atentados contra la verosimilitud en la peripecia y contra el decoro en la expresión de la narradora van mucho más allá del simple gazapo. Si ya hay que hacer un esfuerzo para aceptar que una sierva feudal comparta mantel con Leonor de Aquitania o departa amigablemente con Eloísa, y si resulta desazonador asimilar que una mujer del medievo se gane el pan como soldado de fortuna y luego, porque sí, se ponga a elaborar una enciclopedia [sic], lo que ya es una exigencia intolerable es leer cómo Leola se expresa en términos como «llegó la Inquisición y su limpieza social» (p. 502).

Por mucho que uno se esfuerce en encontrar para estas licencias una justificación interna en el relato, parece complicado hacer una suspensión de la incredulidad tan sostenida, sobre todo cuando el marco histórico en que se sitúa la acción recibe una atención tan importante. No hay que ser muy perspicaz para encontrar el origen de la inverosimilitud en la falta de consonancia entre el punto de vista de la narradora y lo que sería esperable en un personaje de sus características. Porque lo cierto es que Leola, tras la que se percibe nítidamente el discurso ideológico de la autora, se muestra como una infatigable adalid de la libertad de pensamiento y de fe, como pacifista empedernida, martillo de intransigentes y abusones, delatora de hipócritas y, en fin, protofeminista de tomo y lomo. La subordinación de este personaje (y de tantos otros, sobre todo si llevan hábito) al mensaje ideológico de la novela es tan clara y zafia que conduce inevitablemente al esquematismo y la indiferenciación. No hay que extrañarse, porque la mayor parte de la novela transcurre entre monólogos y diálogos que oscilan de lo didáctico a lo panfletario. Que la historia se traslada a una ciudad: lección sobre la burguesía emergente; que aparece una corte refinada: tostón sobre los trovadores y el amor cortés; que hay que hablar sobre la herejía cátara: altercatio de ortodoxos muy malos y muy brutos contra cátaros sutilísimos; que la mujer medieval padece la ignominia de la invisibilidad: fervorín.

Con tanto excurso asermonado, lo que iba para novela de viajes y aventuras termina arrastrando una impedimenta demasiado onerosa como para satisfacer las expectativas de los lectores ávidos de acción y acostumbrados a un ritmo más regular y trepidante. Éstos, sin embargo, no se lamentarán tanto como aquellos otros que busquen en este género ese prodigio entre verdad histórica y ficción que sí se encuentra en Memorias de Adriano, La muerte de Virgilio o La cuadratura del círculo, de Álvaro Pombo. Puede sospecharse que Montero busca en aquellas novelas el espejo de su ambición totalizadora, pero aquí no hay otra cosa que ínfulas de dudosa valía.

01/12/2005

 
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