ARTÍCULO

Hibris y Némesis: Hitler y el Nacionalismo

Círculo de Lectores, Barcelona
Trad. José Manuel Álvarez Flórez
1.120 págs. 3.173 ptas.
Deutsche Verlags-Anstalt, Stuttgart
Traducción del inglés de Klaus Kochmann
S. Fischer Verlag, Frankfurt am Main
Traducción del inglés de Udo Rennert y Karl Heinz Silber
 

En la edición original inglesa de su biografía de Hitler, Ian Kershaw ha añadido al título del primer volumen el concepto «Hibris» y al título del segundo el concepto complementario «Némesis». Con este recurso a la mitología griega, en la que la blasfema arrogancia de un hombre atrae sobre sí la venganza de los dioses, Kershaw delimita las dimensiones casi inimaginables de una catástrofe provocada por la ilimitada soberbia de un solo individuo. No hay ningún ejemplo comparable en la historia moderna. Sin embargo, Kershaw está lejos de demonizar a Hitler, porque eso no explicaría nada. El historiador británico niega también con vehemencia que los alemanes fueran víctimas desvalidas de un «lavado de cerebro», de una propaganda hipnotizadora o de un ilimitado terror. Aun así, siguieron a su «Führer» hasta el borde de la total autoaniquilación. Por qué lo hicieron es lo que Kershaw trata de averiguar a lo largo de 2.300 páginas de apretada escritura.

El primer tomo de la biografía de Hitler –reseñado en el número 29 de Revista de libros, de mayo de 1999– termina en 1936. Ese año marca el provisional punto culminante de una carrera en la que la autoglorificación de Hitler y su divinización por los alemanes, el triunfo personal y el júbilo nacional se reforzaban recíprocamente. Al cabo de sólo cuatro años, el régimen nazi parecía tan «estable, fuerte y exitoso» que Hitler disfrutaba incluso en el extranjero de un prestigio que no tuvo ningún otro estadista de su tiempo. Kershaw empieza por recapitular en el segundo tomo los datos esenciales del primero: la «no persona» orwelliana de Hitler, que emergió en su papel de «Führer», la imparable dinámica de sus objetivos ideológicos a largo plazo, que se convirtió en motor del régimen nacionalsocialista. Para Hitler, el triunfo del año 1936 no significó el fin de sus aspiraciones de poder, sino sólo un comienzo, una etapa y un trampolín. Cuando Kershaw asigna a los dos primeros capítulos los títulos de «Radicalización incesante» y «Dinámica expansionista», anticipa los resultados de su análisis: para sobrevivir, el régimen necesitaba de la permanente movilización de la «comunidad popular», así como de la expansión del «Tercer Reich», que sin una guerra carecía de expectativas.

«En la guerra, el nacionalsocialismo se encontró a sí mismo», escribe Kershaw citando casi literalmente al historiador alemán Martin Boszat, y al hacerlo reduce muchas cosas a un común denominador. El nacionalsocialismo había surgido del trauma de la guerra mundial perdida y de la evocación del «espíritu de 1914», y volvía a ese espíritu y a una segunda guerra mundial. Una vez que el Tratado de Versalles se reveló como «una suerte para el extorsionador» Hitler e hizo posible sus éxitos en política exterior hasta 1939, él pudo llevar a la práctica su convicción de que «todos los éxitos históricos... tienen que ser renovados». Sólo en la lucha eterna, según la ideología de Hitler, demostraba su fuerza un pueblo y se abría camino en la historia, una historia que, en su carácter implacable, se asemejaba a la historia natural. En todo caso, además había motivos muy sólidos para la guerra, porque los problemas económicos de Alemania, agudizados en 1939, sólo se podían resolver mediante la conquista y la rapiña.

La «guerra de aniquilación» en el Este y el genocidio judío estuvieron inseparablemente unidos. Desde el principio la jefatura del ejército alemán, que había elaborado con independencia de Hitler planes para una campaña en Rusia, se comprometió a erradicar el «bolchevismo judío». Una entrada del diario de Goebbels –que el historiador contempla como una fuente central, de la que extrae datos inagotablemente–, aportada por Kershaw como prueba, pone de manifiesto hasta qué punto Hitler fue «el incesante paladín y portavoz de una solución radical», es decir, el verdadero causante del Holocausto. Sólo el secreto absoluto ordenado por él, que en última instancia funcionó a la perfección, envolvió en un velo el conocimiento que el «Führer» tuvo de la aniquilación de los judíos. Hitler no hubo de dar órdenes escritas. Sus paladines y los ayudantes de éstos se apresuraban, compitiendo entre sí, a «adelantarse a sus deseos» a la hora de hacer realidad sus «visiones», lo que Kershaw destaca ya en el primer volumen de la biografía como clave más importante para la comprensión del régimen nazi. En Polonia se vio con claridad que el caos administrativo y la «radicalización acumulativa» eran en realidad dos caras de la misma moneda.

Kershaw contempla de manera muy diferenciada al comandante en jefe del Reich panalemán, Von Keitel, el complaciente jefe del mando supremo del Ejército, festejado como «el más grande general de todos los tiempos» después de la victoria sobre Francia. Los inesperados e indudables éxitos del primer año de la guerra camuflaron los déficit militares de Hitler. Al fin y al cabo, Hitler había reconocido la «genial osadía» del plan de operaciones de Manstein contra Francia y dado su aprobación a ese heterodoxo marginal. «Casualmente», dice Kershaw, los brillantes planes de un estratega profesional y el instinto de un diletante se solaparon. Desde ese momento Hitler fue tomando las decisiones militares, a menudo incluyendo los menores detalles. Al mismo tiempo se esfumó su confianza en los generales, a la mayor parte de los cuales despreciaba. Después de cada derrota les echaba todas las culpas y cambiaba a sus mandos. Algunos de ellos –como Halder, durante muchos años jefe del Estado Mayor– afirmaron tras la guerra haber tenido que obedecer las órdenes dictatoriales de un incapaz. En cambio, Kershaw constata que la táctica de Hitler raras veces era absurda y, en la mayoría de los casos, tampoco era completamente distinta de la de sus consejeros militares.

Cuanto más se incluye la guerra en la biografía de Hitler, tanto más extensa se vuelve también la presentación de la misma. Así, se suceden larguísimas citas de los diarios de Goebbels, recién editados en su versión íntegra. Parece como si Kershaw, a la vista tanto del fin de su trabajo como de la muerte de su objeto, hubiera desarrollado un creciente temor a volver a concentrarse en lo esencial. Cuando el autor constata que «toda la existencia de Hitler se vio, por así decirlo, consumida por la dirección de la guerra», fundamenta también en ello su desbordante descripción y discusión del desarrollo de la misma. Sin embargo, la lectura sigue siendo interesante y emocionante. Más allá del marco habitual de una biografía, el segundo volumen es al mismo tiempo un magnífico compendio de la segunda guerra mundial, sus circunstancias e implicaciones.

El período comprendido entre el comienzo del año 1944 y el suicidio de Hitler el 30 de abril de 1945 ocupa cinco capítulos, con un volumen total de casi 300 páginas. Sus epígrafes –«Esperando un milagro», «Una suerte diabólica», «Sin salida», «En el abismo», «Crepúsculo»– indican que se acerca el fin. La excesiva alternativa histórica de Hitler entre «victoria total» o «aniquilación total» puso de manifiesto sus consecuencias. Fueron, sobre todo para los judíos, más criminales que nunca. Después de la catástrofe de Stalingrado, a principios de 1943, apenas disimulable como «heroica», la posición «carismática» de Hitler se convirtió cada vez más en una desventaja: en adelante los alemanes le hicieron personalmente responsable de las derrotas militares, su halo desapareció. Sin embargo, siguieron a su lado aquellos que –como los jerarcas del partido– se lo debían todo al régimen nazi. El «Führer» reaccionó a su creciente pérdida de popularidad con una retirada de la opinión pública. Pronunciaba cada vez menos discursos y, si lo hacía, no tenía en principio nada que decir que fuera nuevo, esperanzador y con visión de futuro.

Hacia el final de su vida, se acentúan en Hitler rasgos de carácter que durante su larga carrera se habían mantenido ocultos o borrosos: la desconfianza y la tendencia a ver culpa y traición por todas partes, la vengatividad y la destructividad, la ceguera ante la realidad y la inclinación a soñar despierto. A esto se añadía la tendencia a las lamentaciones. Echaba de menos la vigorosa «gratitud» de aquellos que más beneficio habían sacado del nacionalsocialismo, y lamentaba haber respetado a las viejas élites en vez de haber llevado a cabo una «revolución total»: «A posteriori, uno lamenta ser demasiado bueno». En tales afirmaciones, perfectamente creíbles, se manifiesta con total ingenuidad la arrogancia moral de una «rapaz» humana.

«Aniquilación» era una de las palabras favoritas de Hitler, escribe Kershaw, y recuerda que en sus discursos ante públicos grandes y pequeños gustaba de insertar amenazas extremas. Es sabido que Hitler quería borrar del mapa metrópolis como Moscú y Leningrado, y, conforme a sus órdenes, París –como dos meses después Varsovia– debía ser reducida a cenizas. Una vez que los aliados pisaron suelo alemán en el Oeste, el «Führer» ordenó incluso la aniquilación de los fundamentos vitales de su pueblo, que ya no podía ganar la guerra. Con eso demostraba un nihilismo tan característico del régimen nazi como su agresividad, su verdadero rostro. Consecuentemente, ese nihilismo sólo podía terminar en la autoaniquilación. Con su propio «sacrificio heroico», Hitler creía de hecho poder eternizarse históricamente como mito y modelo para «posteriores generaciones». Pero Kershaw describe los últimos días del dictador en el búnker sin énfasis teatral, tal como fueron: lúgubres y macabros, míseros y lamentables. El propio Hitler se reveló al final como lo que a los ojos de Kershaw siempre fue: un «personaje miserable».

Hace más de veinte años que Ian Kershaw se dedica a investigar el nacionalsocialismo. En 1980 apareció su primer estudio, limitado a Baviera, sobre la formación del «culto al Führer desde abajo». La versión alemana de El mito de Hitler, de 1999, se basa en un libro publicado en Inglaterra en 1987, para el que había empleado materiales de otras regiones del «Tercer Reich». En 400 páginas, el autor expone los fundamentos más importantes de este mito, imprescindible como factor de integración social para el funcionamiento del régimen nazi, cosa que ningún historiador discute. Las fuentes en las que Kershaw se apoya entran dentro de dos categorías diametralmente opuestas: por una parte, se trata de informes confidenciales proporcionados por el servicio de seguridad de las SS, por las autoridades alemanas y por órganos del partido nazi; por otra, de informes secretos destinados a adversarios del régimen en el exilio, especialmente a la dirección del SPD, la Sopade. Es interesante que tampoco los informes de la Sopade puedan negar la creciente popularidad del «Führer» en círculos obreros. En conjunto, las fuentes arrojan una imagen de perspectiva amplia y, sin embargo, bastante unitaria.

En su introducción a El mito de Hitler, Kershaw remite al modelo político-teórico que después impregnará también su biografía de Hitler: el «arquetipo ideal» de la «autoridad carismática» de Max Weber. Según Weber, el carisma de un líder descansa menos en sus cualidades objetivas que en las valoraciones subjetivas de sus seguidores. Éstos creen de buen grado en su fortaleza extraordinaria, casi sobrehumana, mientras mantiene un alto grado de éxito. En cambio, los fracasos debilitan el carisma de manera amenazadora. Al apostar a pérdidas o ganancias, un liderazgo carismático depende de la «dinámica de los continuos éxitos», lo que le da un permanente carácter revolucionario. Lo nuevo en la estrategia investigadora de Kershaw es que elabora el tema de la acción carismática de Hitler en el pueblo alemán y en la gente normal, y no sólo en sus más estrechos colaboradores.

Ya a finales del siglo XIX la derecha nacionalista y popular en Alemania anhelaba un «líder heroico», anhelo que después de la derrota de 1918 se articuló en numerosos textos. En esos textos se encuentra toda una lista de atributos del ansiado «Führer», que posteriormente Hitler pudo asumir al pie de la letra. Sin duda, dentro del NSDAP ya se le aplicaba el apelativo «Führer» en 1921, pero sólo como líder del partido. Hitler, que inicialmente se veía a sí mismo como «heraldo» y precursor de un futuro redentor, no se enamoró hasta 1926 del mito de Hitler, que Goebbels propagaba con exaltación pseudorreligiosa. Goebbels resaltará repetidas veces que haberlo creado fue su mayor logro. Cuando en 1930 se veía con asombro, dentro y fuera del país, el increíble éxito electoral del NSDAP ––el salto en dos años de pequeño partido a segundo grupo parlamentario––, muchos todavía no parecían tener claro el magnetismo que emanaba en su momento del culto a la personalidad.

Kershaw describe muy gráficamente cómo el mito del Führer fue cristalizando paso a paso: desde el «líder de la futura Alemania», que corría de una concentración de masas a otra, hasta el «genio militar» y el «más grande general de todos los tiempos», pasando por el «canciller del pueblo», en honor del cual cientos de ciudades y pueblos alemanes plantaron un «roble de Hitler», y al que otorgaron la dignidad de ciudadano honorario, el «constructor del nuevo imperio», el «símbolo de la nación alemana» y el «guardián de la paz». Sin embargo, Goebbels no olvidó dotar al ídolo de cualidades simpáticas. Así, convirtió a un afectado tramposo en un auténtico fanático de la honradez, a un hombre con tendencia a lo ocioso en un titán que trabajaba día y noche, y al narcisista que no conocía ni la verdadera amistad ni el amor en padre que sacrifica su vida privada en aras del pueblo alemán. «¡Nuestro Hitler!», como anunciaba sacerdotalmente Goebbels, parecía completamente identificado con su pueblo: «Carne de su carne y espíritu de su espíritu».

Incluso prestigiosos líderes eclesiásticos se doblegaron ante esta mesiánica aspiración al absoluto, y destacados constitucionalistas se entregaron a la tarea de construir un «Estado del Führer» en el que la arbitraria actuación de Hitler quedaba legitimada como «ejecución de la voluntad del pueblo». El mito de Hitler sustituyó lo que faltaba en el programa del nacionalsocialismo: homogeneidad, una línea clara y unitaria. Ese es uno de los motivos por los que la imagen del «Führer» y la del partido se separaron en gran medida. En la opinión del pueblo, Hitler no tenía nada que ver con las maquinaciones –intrigas, corrupción, arbitrariedad y vejaciones– de los dirigentes del partido que el nacionalsocialismo había llevado a los resortes del poder. Estaba muy extendida la convicción de que él no sabía nada de todo eso. La enorme popularidad de Hitler ni siquiera favorecía la aceptación de sus objetivos ideológicos. La mayoría de los alemanes no compartía ni su antisemitismo eliminatorio ni su imperialismo, orientado a la conquista de «espacio vital» en el Este. El que saliera a la luz pública con los más virulentos ataques contra el judaísmo o no, tenía poca influencia sobre la curva de su popularidad. Fuera del movimiento nazi y del aparato del Estado ocupado por él, otros aspectos de su dominio tenían una importancia mucho más vital.

Kershaw llega al siguiente juicio general: «El mito de Hitler constituía, por así decirlo, el motor central de integración, movilización y legitimización del sistema de dominio nazi». Su papel resultó funcional, sobre todo, en relación con las masas no organizadas y el fundamento plebiscitario de la «dictadura del Führer». Pero, ¿cuál era su función para las élites tradicionales? Ellas no se habían unido a Hitler por su carisma, sino debido a «consideraciones pragmáticas de poder político». El resultado fue que las «élites del poder» se convirtieron en meras «élites funcionales», que tenían misiones que cumplir en el marco del sistema y ya no tenían recursos para ejercer el poder de forma autónoma y mucho menos poner freno a Hitler y a la dinámica de su radicalización.

En el capítulo final de su investigación, basada en abundantes materiales, Kershaw resume, de forma un tanto asistemática, «siete importantes fundamentos del mito de Hitler»: Hitler personificó la unidad de la «comunidad popular»; fue comúnmente considerado único responsable del «milagro económico» alemán de los años treinta; fue percibido como garante de una moral popular; se creía en su honradez personal; defendió los «legítimos intereses» de Alemania; pareció –hasta 1942– un inspirado dirigente militar; y fue visto como último «bastión» contra una prepotente conspiración internacional. Esta imagen popular representaba una «total inversión de la realidad».

Una vez que la esperada guerra relámpago contra la Unión Soviética se Berlín aclama a Hitler tras su retorno de Austria, millón y medio de personas le recibieron a lo largo del camino desde el aeropuerto. detuvo a las puertas de Moscú en diciembre de 1941 y que, con la entrada de los Estados Unidos, la guerra se convirtió en guerra mundial, se habría derivado como una consecuencia lógica que desde ese momento los alemanes hubieran hecho responsable a Hitler de la dolorosa prolongación de la contienda. Pero la fe en el «Führer» no se desmoronó sino con lentitud. Sin embargo, los documentos examinados por Kershaw dan cuenta del gradual crecimiento de rumores extravagantes, chistes macabros y manifestaciones críticas para con el régimen. La credibilidad de Hitler iba erosionándose cada vez más.

La carga de la prueba que Kershaw reunió para documentar el ocaso del mito del Führer después de Stalingrado y el bombardeo de las ciudades alemanas es aplastante. Incluso Goebbels se quejaba en su diario de que había una «crisis del Führer». Sólo los «viejos combatientes» y los nuevos trepas, los soldados del frente que se aferraban a cualquier esperanza y una parte considerable de la juventud adoctrinada se mantenían férreamente leales. El fallido atentado del 20 de julio de 1944 produjo una vez más una «polarización de las actitudes»: miles de personas se muestran en cartas espantadas y solidarias con su «Führer», pero a la Gestapo tampoco se le escaparon los numerosos deseos de muerte denunciados. De todos modos, casi nadie confiaba ya en la «victoria final». «En los primeros meses de 1945, el pueblo alemán se veía a sí mismo como la principal víctima de Hitler», constata Kershaw. De este modo, el mito del Führer se estrellaba contra sus promesas incumplidas... de forma, por así decirlo, simétrica a su cristalización. La caída estaba escrita.

Es notable que la más detallada y completa biografía de Hitler se deba a un historiador británico. Lo mismo ocurre con la representación global del nacionalsocialismo. Nacido en 1955, y por tanto doce años más joven que Ian Kershaw, Michael Burleigh ha presentado, después de varios trabajos sobre el racismo, el programa de la «eutanasia» y el imperialismo del régimen nazi, una síntesis que no admite competencia. Como Kershaw, Burleigh parte de la cuestión de cómo fue posible la «total bancarrota moral de una sociedad industrial altamente moderna», y se centra, más aún que Kershaw, en los elementos pseudorreligiosos del nacionalsocialismo. Burleigh lo contempla como una «religión política» en el sentido que daba a la expresión Eric Voegelins (1901-1985), que interpretaba movimientos políticos como el jacobinismo y el bolchevismo como religiones terrenales, y se apoya además en un concepto comparativo de «totalitarismo». El hecho de que la parábola novelística de George Orwell 1984 le parezca más esclarecedora que la difusa teoría de Hannah Arendt atestigua su movilidad intelectual. La enorme representación global de Burleigh conquista no sólo por la multitud de informaciones que proporciona sobre el estado actual de la investigación, sino también por un estilo brillante que une, en apariencia sin esfuerzo, la representación narrativa de acontecimientos ejemplares con el profundo análisis de caracteres esenciales.

Sin despreciar el orden cronológico, el libro de Burleigh se subdivide en bloques temáticos que exponen con todos sus matices las realidades del «Tercer Reich»: la seductora ideología de la «comunidad popular», la guerra racial contra los judíos o la política de ocupación y colaboración, por ejemplo. El resultado es una enciclopedia del nacionalsocialismo. En primer término está la vida cotidiana de los súbditos normales, tanto las víctimas como los verdugos. Así se pone de manifiesto cómo pudo el nacionalsocialismo destruir una cultura pluralista y ocupar y «homogeneizar» las cabezas de las personas. El amplio capítulo primero traza el camino hasta ahí desde la primera guerra mundial, una muy buena visión de conjunto de la heterogénea sociedad de la República de Weimar.

«Adolf Hitler vino con una nueva religión política», afirma Burleigh citando a un pequeño dirigente de las SA, que indicaba en 1933 por qué se había hecho nacionalsocialista. Y cita a un trabajador que confesaba: «La fe fue lo único que nos mantuvo», sobre todo «la fe en nuestro Führer». Burleigh caracteriza la visión del mundo de Hitler como cada vez más «apocalíptica y paranoide»: «Al contrario que los comunistas, los nazis estaban dispuestos a arrastrar consigo a la perdición a toda la humanidad. De hecho, esta ideología partía de una última confrontación y ajuste de cuentas con los judíos». A diferencia de otras formas de racismo, el antisemitismo de Hitler atribuía a los judíos un poder monstruoso. Sin embargo, Burleigh sobreestima en este punto la originalidad de Hitler. O mejor dicho: confunde originalidad con eficacia, porque ningún predicador de secta comparable tuvo tanta audiencia.

Con ayuda de una «olla ideológica», Hitler intentó compensar sus enajenaciones psíquicas y dar sentido al supuesto caos del mundo. Este sentido falso y prefabricado, que Burleigh diagnostica como «patológico», constituía la quintaesencia ideológica del nacionalsocialismo. En todo caso, Burleigh acepta que la nueva religión estaba en condiciones de conjugar y entremezclar racionalidad neocientífica y una política del sentimiento que, para Burleigh, es el «rasgo más moderno» del nacionalsocialismo. El evidente objetivo era una biopolítica estatal que impulsara la «selección» de los más adecuados y la inclemente «erradicación» de los individuos inútiles.

Como político, Hitler se movía en una «realidad demagógica, mesiánica y plebiscitaria». La democracia representativa fue sustituida por plebiscitos de carácter puramente propagandístico. Naturalmente, Hitler no se sentía vinculado por las mayorías: «El pueblo estaba allí sencillamente para seguirlo». Burleigh dedica capítulo propio a la destrucción del Estado de derecho por parte de los nazis. Las leyes ya no debían defender derechos individuales, sino servir a los intereses de la «comunidad popular», y por tanto responder al «sano sentimiento del pueblo». Esta concepción jurídica desembocó en sentencias tan absurdas como contrarias a todas las normas civilizadas. Tales sentencias impusieron penas de muerte con carácter retroactivo y legitimaron crímenes a posteriori, como el asesinato de Walter Rathenau, ministro de Asuntos Exteriores de Weimar, en 1922. Para poder anular un contrato con un judío, el Tribunal Supremo alemán recurrió al constructo jurídico medieval de la «muerte civil». Los judíos se vieron pronto obligados a sufrir precisamente un «sistema de apartheid jurídico» que les privaba de derechos fundamentales. La mayoría de la población no protestó ni siquiera débilmente en contra de que congéneres suyos fueran degradados a la condición de «ciudadanos de segunda».

En su incomparable especificidad, el Estado nacionalsocialista es para Burleigh un «Estado racial». La «práctica criminal de origen racista del régimen nazi» se extiende como hilo conductor por todo el libro. Ocupan amplio espacio la privación de derechos, persecución y asesinato de los judíos. Aunque la segunda guerra mundial tenía un doble objetivo, es decir, estaba planeada desde el principio –como Goering dijo abiertamente– como «guerra racial», el genocidio judío no discurrió dentro de un proceso sencillo y lineal, sino a impulsos y oleadas. Cada nueva solución de emergencia era el resultado de problemas logísticos y de otro tipo, que los propios nazis habían provocado y agravado. Aun así, es erróneo atribuir el Holocausto a condiciones «estructurales», puesto que fueron «un resultado de la acción individual consciente». Los «historiadores de la estructura» tienden a pasar por alto la complicidad concreta de la gente sencilla. Burleigh también se guarda de equiparar el Holocausto a una «limpieza étnica». Al fin y al cabo, los nazis no sólo expulsaron a los judíos de territorios que estaban previstos para los alemanes, sino que enviaron también a sus cazadores de judíos a países en los que los alemanes nunca reclamaron zonas de asentamiento. Ningún gasto resultaba demasiado grande a la hora de atrapar al último judío en el último rincón y transportarlo a campos de exterminio situados a miles de kilómetros.

Para Burleigh está fuera de toda duda que Hitler estaba decidido a aniquilar a los judíos. Menciona varios documentos que atestiguan que inmediatamente después de la declaración de guerra alemana a los Estados Unidos Hitler vio llegado el momento de comunicar su decisión ––tomada fuera cuando fuese– a los miembros de su círculo más próximo. Las negativas reacciones al programa de «eutanasia» pudieron enseñarle a no dar instrucciones escritas. Sin embargo, sin que él ocupara el papel central era inimaginable una operación a escala europea. «Hitler era el que tenía la visión de conjunto». Los organizadores de la «solución final» no podían actuar al máximo nivel diplomático. Sin duda, Hitler participó en el exterminio de los judíos húngaros al instruir al jefe del Estado húngaro, Horthy, en el sentido de que cada pueblo tenía que librarse de sus judíos. Cuando amenazaba la derrota militar del «Tercer Reich», los nazis forzaron el Holocausto. Por motivos psicológicos, Burleigh no considera en modo alguno absurda esta estrategia, a pesar de ser contraproducente en primer término, porque la forma de entenderse a sí mismo del nacionalsocialismo sólo admitía una explicación tanto para sus propias calamidades como para la «misteriosa» superioridad del adversario bélico: los judíos.

Dado que Michael Burleigh argumenta a menudo en contra de los juicios, prejuicios y errores globales entre la opinión pública interesada, pero también contra las distorsiones unilaterales de sus colegas especialistas, su representación global ofrece multitud de hechos sorprendentes. Mencionaremos aquí algunos a modo de ejemplo: la «toma del poder» de los nacionalsocialistas fue comparada con toda seriedad por los académicos del movimiento con la Revolución francesa y la «Glorious Revolution» inglesa. Hitler y otros grandes del nazismo condenaron en 1933 no sólo las devastadoras denuncias de supuestos adversarios del régimen, sino también la creciente «psicosis de deshonra racial» entre la población, que había empezado a indagar en busca de relaciones íntimas entre judíos y alemanes. Los planes para la esterilización forzosa de «débiles mentales» estuvieron a punto de extenderse por exceso de celo a los miembros –según el test de inteligencia– «débiles» de las SA. Como tantas veces, aquí hubo que dar marcha atrás.

Burleigh pone al descubierto como una de tantas leyendas la eliminación del paro mediante la construcción de autopistas: sólo el dos por ciento de los parados de 1933 encontraron empleo en ella. Como reserva natural, la Rusia conquistada debía hacer del futuro imperio alemán un ente autárquico, pero bajo la ocupación alemana proporcionó muchas menos materias primas que en los años de paz precedentes, y sólo una séptima parte de las que procedían de Francia. En contra de lo que decían los eslóganes propagandísticos, Hitler no tenía ningún interés en una confederación europea bajo hegemonía alemana, porque lo único que le importaba era la expansión del Reich panalemán hasta la condición de superpotencia. Sin duda, Hitler admiraba la potencia económica americana y el moderno consumo de masas, pero apreciaba muy poco a los «judeificados y ennegrecidos» Estados Unidos como adversario militar. Al principio no se equivocaba: en el momento de la declaración de guerra alemana, los Estados Unidos disponían de 188.000 soldados, 20 tanques y 19 nuevos bombarderos..., una fuerza de combate realmente ridícula.

De forma sorprendentemente sencilla, Burleigh sabe poner en cuestión senderos muy trillados dentro de los círculos especializados. Desafía la imagen ortodoxa de «caos administrativo» y «maraña competencial» del régimen nazi con el argumento de que lo mismo puede apreciarse en muchas grandes organizaciones que no por eso son ineficaces. Por lo demás –y esta es la crítica matriz–, siempre hay más documentos escritos sobre querellas que sobre casos en los que reinaba el consenso. Para Burleigh, también es problemática la crítica que se hace hoy en día a los planes de futuro del círculo conservador de la resistencia alemana. Las denuncias de que éste seguía reflexionando acerca de una solución de la «cuestión judía», despreciaba a las «masas», tenía una postura antidemocrática y aspiraba a un Estado autoritario aplica criterios políticos actuales –por ejemplo, la constitución de la República Federal de Alemania–, de los que la oposición de entonces no podía disponer. Con tales objeciones, la obra de Burleigh no sólo está a la última desde el punto de vista científico, sino, en un sentido amplio, a la altura de los tiempos.

01/08/2001

 
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