ARTÍCULO

La guerra de Juan Benet

 

La reciente edición de las Herrumbrosas lanzas de Juan Benet en un solo volumen es, sin duda, una iniciativa generosa para con el autor, pero lo es mucho más aún para con el lector. La obra se publicó originariamente en tres volúmenes entre 1983 y 1986 y, en mi opinión, provocó más desconcierto que irritación. La irritación tenía que darse por descontada, pero el desconcierto provenía de considerar que semejante esfuerzo no se compadecía, narrativamente hablando, con la carga literaria de sus novelas mayores sino que, al contrario, parecía una concesión –excepto en el estilo– a una narración directa, casi histórica, que parecía alejarse de la forma compleja, retórica y de claroscuro de Volverás a Región, Una meditación o Saúl ante Samuel. La capacidad de sugerencia de su escritura –bandera de su concepción de la literatura– parecía quedar relegada en favor de una suerte de historia novelada y tan sólo los más fieles lectores agradecían esta clarificación de Región, a la que venía a ayudar un riguroso mapa del territorio a escala 1:165.000. El desconcierto venía a resumirse en la dificultad para situar literariamente Herrumbrosas lanzas dentro del conjunto de la obra de Benet.

En una entrevista con Maruja Torres publicada en octubre de 1983, decía Benet: «La esencia del argumento de Herrumbrosas lanzas es la historia de una campaña, de una campaña de primavera, una campaña de auxilio, de socorro, de tantas como lanzó la República para sacudirse el asedio de Madrid. El primer libro trata de los preparativos, de la decisión de lanzar esa campaña; en los volúmenes sucesivos, surgirá el desarrollo de esa campaña, con unos primeros éxitos y con un fracaso final, y en una tercera parte, para dividirlo en tres partes, pues será la hecatombe, la derrota final, la muerte o la desaparición de todos los protagonistas». Lo que hoy conocemos definitivamente como Herrumbrosas lanzas (esta edición en volumen único de 1999) no cumple del todo con esas declaraciones; en primer lugar, por la existencia del libro VII –probablemente, no previsto entonces–; en segundo lugar, porque aunque añade un nuevo libro (el XV) y fragmentos póstumos, no concluye el proyecto.

Quisiera empezar a hablar por aquí, por el final inconcluso de la que considero no sólo una de las obras mayores de Juan Benet sino, además, la que mejor muestra la más formidable creación de un espacio narrativo que ha dado la novela española de este siglo.

¿Está realmente inconclusa Herrumbrosas lanzas? Yo creo que no, que está concluida si no en la voluntad del autor sí en su misma existencia como novela y trataré de demostrarlo a lo largo de este artículo. En lo concerniente al argumento a que se refiere Benet, él mismo dice que concluirá con la muerte o la desaparición de todos los protagonistas. A quien le interese esa información, le remito a las notas a pie de página, donde se da cumplida cuenta de la muerte o desaparición de la mayoría de ellos: ese es el verdadero final de la novela. La otra cuestión es ver por qué los acontecimientos que faltan, el avance de Gamallo sobre Región y la liquidación de la bolsa republicana regionata, no añadirían nada, sobre el papel impreso, a la rotundidad de la novela tal como ha quedado. Lo que hubiere en la intención de Benet al ponerse a trabajar –después de un largo tiempo de abandono– sobre esa parte final (o tercera parte, según sus declaraciones) ya no nos importa debido a que la obra no está en absoluto malograda; más bien al contrario. Me atrevo a suponer que el relato del avance de Gamallo sobre Región no es necesario para que Herrumbrosas lanzas sea la gran novela que es.

Pero antes, de seguir, detengámonos en la otra rareza de la obra: el libro VII. Al parecer se trata de una incursión –un tanto injustificada en el plan general de la obra– en el siglo XIX regionato, con un desarrollo característico de intriga de novela decimonónica, donde se cuenta la historia de la familia Mazón, cuyo último vástago, Eugenio Mazón, está dirigiendo la ofensiva contra Macerta. Sin embargo, si aceptamos que, a fin de cuentas y entre tanto desarrollo histórico-novelesco, el protagonista más constante de la obra es Eugenio Mazón, el libro VII empieza a adquirir otro sentido. ¿Quién es Eugenio Mazón?: un hombre que lo único que hace es avanzar; no he dicho ninguna perogrullada: me refiero a que todo su comportamiento a lo largo de la obra es avanzar; no asentar, ni retroceder, ni guardar, ni siquiera conquistar; no tiene otro plan que no sea llegar a Macerta golpeando lateralmente, sin importarle si deja o no detrás de sí terreno firmemente conquistado. Sólo quiere avanzar, llegar; y si todo cuanto ha dejado atrás se vuelve contra él por no haber previsto la defensa del terreno conquistado, le da igual. Parece que su destino sea alcanzar Macerta y después... nada, porque aun en el caso de que lo logre será un zarpazo, pero no podrá mantener la posición. Y la palabra clave es Destino. Lo único que busca Eugenio Mazón es su destino y su destino tiene todo que ver con una característica central: su derroche de actividad para convertir el azar en destino. El de Mazón es avanzar y avanzar, sólo avanzar, no conquistar, ni siquiera desea conquistar; sólo avanzar. Esta imagen es para mí la imagen central de todo el libro. Por otra parte, la mayoría de los republicanos saben de un modo u otro que no pueden ganar y, sin embargo, siguen en orden de batalla, paso a paso, como si, careciendo de un verdadero destino, se tratara de obligar al azar a convertirse en un final ciego, a falta de cualquier otra esperanza de nobleza.

Por eso son muchos otros los personajes que se mueven en la misma dirección. Ese afán por convertir el azar en destino hace que todos los personajes estén vistos casi siempre desde fuera, por sus actos y por su afán. Pero entonces, el relato del libro VII es decisivo en el conjunto de la obra porque fija la procedencia del personaje más emblemático –y el más complejo– de todos cuantos se encuentran atrapados en la guerra.

Lo narrativo tiene ahí su origen, en el libro VII. De no existir, la obra habría estado más cerca de lo que llamaríamos historia novelada. Me explico: en más de una ocasión, Juan Benet aventuró la muy atractiva idea de que el verdadero nacimiento de la novela –aún no constituida como tal, ni siquiera en sus modalidades más antiguas– se habría producido en el momento en que un historiador de la Antigüedad hubiese introducido en algún momento de su relato histórico un punto de vista personal; es decir, no se hubiera atenido solamente a lo visto, oído o recopilado sobre el asunto que estuviese historiando sino que, con toda intención y el deseo de realzar el relato, hubiera añadido de su cosecha información procedente de su imaginación; en definitiva, se hubiera ayudado de ella para completar convenientemente el cuadro y, en consecuencia, al introducirse en la narración, optar por la visión personal en determinados momentos. El ejemplo podría ser Tito Livio. Y lo cierto es que bien podría decirse que ese movimiento de audacia creativa, motivado por la necesidad de entrar en la historia para hacerla más sugerente, bien pudo fecundar el embrión de lo que llegaría a ser todo un género.

Bien podría decirse también que sobre esta imagen está construida Herrumbrosas lanzas, pero si aceptamos mi proposición acerca de Eugenio Mazón, el libro VII es la raíz estrictamente narrativa de la obra en su conjunto. La historia de los Mazón es una historia de crimen, cainismo, odio familiar, avaricia, mendacidad, subsistencia y barbarie provinciana de un lugar alejado del mundo. (Cuando la guerra estalle, el narrador dirá: «Atrás, cada día más atrás, había quedado la bolsa de Región, como un bastión godo».) El libro VII no es sino la reconstrucción de ese más atrás y en cierto modo puede decirse que tal historia es el preludio y el germen de una conflagración que los supera, a los regionatos, del mismo modo que el fuego arrasador ignora al pirómano y con él a las rencillas mayores y menores que llevaron a éste a prender fuego al bosque. Todo el libro VII cae, finalmente, sobre Eugenio Mazón, en primer lugar, pero también sobre la bolsa republicana de Región. Es más, por encima de su forma de narración decimonónica actúan dos elementos fundamentales: la brutalidad y el mito (las leyendas de los Santo Bobio, el asesino misterioso que desnuca de un garrotazo, las legendarias venganzas y contravenganzas...). Y Juan Benet deja los flancos del mito y el misterio al albur de un destino cuya última explicación, por encima de los pasos de la anécdota, es la ruina general que causa, lo mismo que el fuego arrasador. Y aun si hay que ir más lejos, para eso está el Numa en las montañas de Mantua.

La guerra viene siempre de fuera, de más allá del bastión godo. Que tenga sentido en el propio bastión depende también en mucho del propio libro VII. La guerra civil es, para Región, «una irrupción de lo moderno en el reino de la anacronía». Para que esto se muestre cierto está el libro VII.

El autor, por lo demás, considera que lo que dará credibilidad a la materia literaria no es la verdad histórica, sino una narración que pretenda reconstruir una situación histórica por su valor narrativo, de modo que no es la guerra civil, sino la narración de Región dentro de la guerra civil española lo que destaca. El narrador lo dice con claridad: «Un cierto autor ha venido a describir la guerra civil en Región como una reproducción a escala comarcal y sin caracteres propios de la tragedia española. Sin embargo, ha olvidado o desdeñado el hecho de que toda reducción, como toda ampliación, concluye, se quiera o no, en un producto distinto de la matriz [...] De la misma manera que el grano de la película sólo brota de la fotografía a partir de cierta ampliación, el individuo sólo es perceptible en un campo reducido [...] Se pensará, por tanto, que la elección de la distancia focal es esencial para obtener el cuadro que se desea; se concluirá, sin embargo, que cualquiera que sea esa distancia –y tal vez elegida al azar– se obtendrá un cuadro y sólo uno, ni más exacto ni más falso que cualquier otro, más o menos satisfactorio para el ojo que lo contempla y más o menos concordante con la curiosidad que le llevó a contemplarlo».

Pero ¿quién narra esta historia, es decir, quién sitúa la distancia focal desde la que se narra? No lo averiguaremos hasta la página 417, cuando dice: «Hoy, medio siglo después de aquellos sucesos...». Este es un asunto de extrema importancia. El narrador es, sin duda alguna, un narrador omnisciente, pero un narrador omnisciente inspirado, por una parte, en aquel historiador de la Antigüedad cuya figura ideal de primer sugeridor del fenómeno narrativo sostenía Juan Benet con referencia a Tito Livio; y por la otra parte, un narrador que, al tiempo que cuenta, no se recata de opinar. Así, disponemos de elementos descriptivos de vario orden, desde la figura no nombrada del general Franco (pág. 33; cito siempre por la edición de 1999), una visión soberbia, a la presencia de la sierra de Región (págs. 247-249); desde la tormenta sobre el Roque (págs. 252-254), con un despliegue de recursos narrativos e incluso de excesos propios del autor, hasta la explicación de la exitosa acción de Mazón contra la columna italiana (págs. 535 y ss.). Pero, como decía, ese narrador no se recata en opinar sobre sucesos, situaciones y personajes, lo que se compadece bien con su posición de narrador. Son opiniones de todo orden, bien puramente descriptivas, como la de los fusilamientos que se llevaban a cabo «en esa glauca claridad que aún tolera el vigor de las linternas, cuando los muros no aciertan aún a desprenderse del cielo»; bien especulativas: «La guerra despeja el horizonte y convierte en últimas todas las afirmaciones del político. Cuando el gobernante que oculta su política con el enigma de sus secretas negociaciones y persigue unos objetivos a veces muy diferentes de aquellos que tiene que proclamar ante su grey, al fin no encuentra otra solución que emprender la guerra –de la que con tanta frecuencia ha abominado, por no tener un pretexto conforme a su doctrina, pero cuya posibilidad tanto ha acariciado–, entre otras perderá todas las ventajas de la duplicidad y en adelante se verá obligado a jugar con las cartas boca arriba, tan fáciles de leer para quien ha seguido con atención sus anteriores envites».

El narrador es omnisciente y habla del pasado, pero este es el modo idóneo que Benet elige –tan de su gusto, por otra parte– para crear el colosal espacio narrativo sobre el que pueda discurrir el tiempo de la novela. En la composición de las obras mayores de Benet hay siempre una llamémosla táctica que consiste en narrar una historia de confusión y misterio, lo que no sucede, en cambio, en Herrumbrosas lanzas o, mejor dicho, no sucede de la misma manera. La táctica de Benet, en palabras de un inteligente lector suyo, Juan Carlos Suñén, consiste en crear una zona mítica por el procedimiento de retirar el centro del suceso que se narra para oscurecerlo y narrar, en cambio, abiertamente, lo que pasa alrededor; el procedimiento es evidente, por ejemplo, en Volverás a Región. Como he dicho, no sucede así en Herrumbrosas lanzas, pero es porque el formidable esfuerzo de construcción, el aliento indomeñable necesario para organizar un espacio geográfico, humano y militar sin parangón en la literatura española de este siglo, no admite otro narrador que el que Benet elige. En un artículo sobre la guerra civil española titulado Tres fechas, Benet hace una afirmación que, en mi opinión, contiene el pie que da lugar al desarrollo de Herrumbrosas lanzas: «A partir de ese momento –verano del 37– la conducta bélica que emprende la República se asemeja a la del jugador desafortunado que poco a poco logra rehacer su capital que perderá en el siguiente gran envite». Creo que no se puede dar de modo más narrativo una opinión central de su visión de la guerra civil. Y en esa afirmación están a la vez el novelista y el cronista, conjunción que define de manera magistral al narrador de la novela.

Planteado, pues, el valor central del capítulo VII, planteado el papel del narrador, la novela aparece ya como una especie de novela total. Todo el material que Benet ha ido aportando a la construcción de una obra literaria en extremo personal y a la que no es en modo alguno ajena el conjunto de sus ensayos, cristaliza en esta obra magna. No creo que Benet haya hecho nunca literatura con mayor libertad que en Herrumbrosas lanzas. Y este es el momento de preguntarse si la malogró su muerte.

No recuerdo la fecha, pero sí las palabras de Juan Benet cuando al instarle –cosa que hacía con alguna frecuencia– a terminar la novela, llegó a decirme un día: «No era fácil imaginar en un principio el compromiso literario que requería una obra como ésta». Sus palabras no las recuerdo con exactitud, pero el sentido era ése; hay que añadir que lo dijo cuando reemprendió su escritura, de la que la edición de 1999 ofrece un libro y un fragmento, pero es importante saber que con tal espíritu la reemprendía. Sin embargo, a la vista del volumen que tenemos entre manos, nos asalta la duda de si –tal y como he venido exponiendo hasta ahora– el final verdadero de la novela no es el momento en que, tras el fallido asalto a Macerta, leemos: «Pero desde la hora en que Macerta les cerró sus puertas –que ni por la fuerza ni por el fuego podrían abrir– se puede decir que no les quedó expedita otra salida que la desbandada. Frente a aquella ciudad que siempre ocultó su rostro tras una aureola de polvo o una nube de humo, la aventura común había de conocer su fin para prolongarse en la peripecia personal de cada cual que –despojado de un destino compartido– con sus propios medios buscaría el sendero opuesto al de la guerra, la vuelta a casa o la capitulación».

No me cabe duda de que muchas cosas quedaban por contar, pero lo que tengo por cierto es que no se podía ir más allá de estas líneas incluso aunque se tratase de narrar el avance de Gamallo hacia Región. Atrás, en Región, han quedado cosas que aún daban juego, como, por ejemplo, la instalación del terror en la retaguardia por contraposición al sentido del avance de Mazón en la vanguardia. Y tampoco sabemos qué ha sido de la gente de Julián Fernández, bloqueada en Socéanos. Mas el mismo Benet confiesa que «el tronco de ese árbol (la novela) es la guerra civil, pero las ramificaciones pueden ser infinitas». Tan infinitas que la muerte del autor cortó por lo sano. La sanidad de Herrumbrosas lanzas sí que resulta ahora infinita.

En cuanto al estilo, Benet no ahorra esfuerzos. La complejidad de sus imágenes alcanza calidades sólo semejantes a su propia dificultad, lo cual es un estímulo de primer orden para el lector. Así, en la extraordinaria formulación de esta imagen: «Un escuálido galgo de piel canela con manchas de color de iodo olfateaba unos restos al pie de uno de los pilonos y cuando el conductor cambió la marcha para remontar la breve pendiente del repecho de la entrada, escondió el rabo entre las piernas y se retiró con un trotecillo, pegado a la acribillada tapia, en la imposible búsqueda de un algo que su pobre memoria aún recordaba; y que le llevó, cuando pasó la amenaza y el coche se perdió tras la primera revuelta, a seguir la línea de la tapia a aquel mismo trote sin prisa porque sin ninguna esperanza de encontrar aquel algo debía saber que sólo con el movimiento podía olvidar que no la tenía». Pocas veces podrá hallarse una unidad de pensamiento e imagen tan compacta como la que describe la extracción del sentido de la realidad que realiza la penetrante mirada del narrador. Es un procedimiento bien distinto contrario a otro característico también en Benet, el que da lugar podría llamarse su «prosa ingenieril», esto es, la que tira de sus conocimientos técnicos para establecer la imagen: «...al objeto de avanzar sobre Burgo Mediano en cuanto el grueso de las fuerzas rezagadas que lo ocupaban se vieran obligadas a acudir al ataque de la línea de La Loma, con el movimiento de un muelle que para ejercer presión con uno de sus extremos precisa que el otro se le aproxime».

Entre uno y otro modo, el estilo alto que reclamó para sí el autor se adueña, con una asombrosa variedad de registros, de esta monumental novela. Cuando Benet confiesa que la idea luminosa sobre el modo de atacar el tema de la guerra civil le vino del libro de Shelby Foote sobre la guerra de Secesión americana (The Civil War. A Narrative), estaba dando la clave del sentido de Herrumbrosas lanzas. Sólo en la medida que pudiera ser una narración –y una narración personal, por tanto– el asunto sería abordable por un novelista. Lo que parece una perogrullada no lo es si examinamos el doble sentido, Historia y Narración, que tiene el proyecto; y me remito a las referencias que sobre este asunto he mencionado antes además de a las propias declaraciones de Benet. El triunfo del novelista es el triunfo del estilo y de la narratividad conduciendo el conflicto en el que cristalizaban todas las preocupaciones, toda la concepción del mundo de Juan Benet. Ahora que el libro es una sola pieza quizá se comprenda mejor o se acepte más fácilmente. En todo caso, sólo quiero añadir, además, que si hay un libro que dé la medida de la formidable capacidad de invención y creación de un mundo completo y complejo –máxima aspiración del genio novelístico– por parte de Juan Benet, ése es, sin duda alguna, Herrumbrosas lanzas. Queda detallado incluso sobre plano, como no podía ser menos.

01/08/1999

 
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