ARTÍCULO

Sándor Márai: El último encuentro

 

Debo reconocer que la razón por la que escribo este artículo no es otra que el asombro –o la admiración, habría que ver desde qué lado se mira-que me produce el éxito que ha obtenido la novela de Sándor Márai El último encuentro entre los lectores españoles (y no sólo entre ellos, según tengo entendido). Se trata, sin duda, de una novela bien construida, bien resuelta en sus términos, que parece plantear un problema de hondura psicológica y que posee una pátina de elegancia expresiva muy apreciable. Pero he de decir que, a medida que me internaba en ella, me ha ido pareciendo, a cada página que pasaba, más pedestre y superficial de lo que hubiera sospechado y he llegado al final con la convicción de encontrarme ante uno de esos casos que, en la jerga literaria, se conoce con el nombre de «falsa gran novela». El libro cuenta la historia que su título sugiere: un viejo general de la Guardia Imperial se encuentra en su pequeño castillo húngaro esperando la visita del que fue su amigo del alma en la juventud y compañero de estudios en la Academia Militar. El viejo general se dispone a enfrentarse a él –no militarmente, claro está, sino en el territorio de las confesiones– para averiguar algo que siempre ha deseado saber, deseo que se ha ido acentuando con el tiempo; porque hace cuarenta y un años que se produjo entre ambos un adiós irreversible. El relato está dividido en dos partes claramente diferenciadas. La primera de ellas tiene la forma de recuerdos del viejo general que ayudan al lector a instalarse en el nudo de la historia que une a ambos personajes. La segunda, tras un breve intercambio de información sobre sus vidas, es en la práctica una perorata del viejo general a su antiguo amigo guiada tan solo por el deseo de ver respondidas dos preguntas que ya no son cruciales para su vida, puesto que ésta se acaba y en nada pueden modificarla, pero sí para la paz de su espíritu.

Lo primero que cabe señalar es la supeditación del texto a la intriga que se desarrolla en torno a esas dos preguntas. De hecho, la novela está construida de modo que se mantenga la atención del lector hacia ese momento culminante, es decir: está construida ateniéndose a un solo faro-guía y todo su intríngulis es la medida dosificación de la información que haga durar el desvelamiento del enigma hasta la última página. El problema de supeditar el texto a la intriga es que se pone en manos de ésta la resolución de la novela. Dicho de otro modo: la novela sólo habrá cumplido sus objetivos si el deseo de desvelar el enigma por parte del lector, el deseo de saber lo que le viene escondiendo desde el principio el autor, aguanta hasta el final. Digo con toda intención desvelar y no conocer porque esta novela no responde a criterios de conocimiento sino de atracción por lo escondido. No es lo mismo desvelar un acertijo que conocer un sentimiento o una idea. En el primer caso estamos ante una curiosidad resuelta con mayor o menor artificio; en el segundo, ante una representación de la vida cuyo sentido final es el Conocimiento.

Henry James sostenía como criterio decisivo en la construcción de una novela la idea de que la intriga debe emanar de los personajes. Lo que hoy conocemos como best-sellers (y lo mismo digo de los relatos ejecutados con semejante intención en el pasado) hace que los personajes emanen de la intriga y no al revés. La diferencia podrá parecer un juego de palabras, pero es sustancial en el arte de la narración, porque donde mande la intriga los personajes serán necesariamente servidores de ella antes que personajes con vida propia. Es posible que, en este momento, un lector me diga: «Oiga, ¿y acaso no es un personaje irreal o de una sola pieza el barón Münchaussen, por ejemplo?». Y le diré que sí, que lo es, pero porque es simbólico y no de cartón piedra. Los grandes personajes simbólicos que parecen ser meros representantes de una idea o de una situación fantástica contienen en sí la esencia de lo que representan; y la esencia, como su propio nombre indica, posee tanta claridad como polivalencia en virtud de su misma esencialidad; todo lo contrario, pues, del cartón piedra, de la ramplona univocidad. La intriga que emana de los personajes emana de su complejidad, no de su simpleza; cuando son simples es cuando se supeditan a las necesidades de la mera intriga y donde hay capitán, no manda marinero.

La prosa aparentemente elegante y cultivada de Márai –al menos en esta novela, que es la única que conozco– oculta una variedad considerable. Todo lo que hace es desgranar la información precisa y sucesiva para sacar adelante la intriga. Los personajes adyacentes –Nini, Krizstina y Konrád– son fantasmales, no evolucionan, tampoco dejan ver el contenido de su conciencia, simplemente informan de sus actuaciones. El viejo general tampoco se queda atrás: a medida que vamos viendo sus recuerdos, primero, que tanto podrían ser suyos como de un narrador anónimo, como cuando abruma a su invitado con un discurso solamente discursivo –valga la redundancia– después, no hace otra cosa que alargar hasta lo insoportable la llegada de dos preguntas que se quedan en nada por una razón muy sencilla: porque él no necesita saber lo que ya sabe. El que no sabe es el lector, y el alargamiento no tiene otro objetivo que el lector; el objetivo no es el movimiento de conciencia del personaje sino el atrapamiento del lector. Y por aquí entramos en un asunto de primera importancia, como es el de las obligaciones y lealtades de la novela.

Un autor es perfectamente libre de hacer con su texto lo que le venga en gana, pero hay algo que está impedido de hacer: una vez que elige el territorio que demarca su historia, por ilimitado que éste sea, no puede salirse de él ni puede negarlo. Él es libre de elegir, pero una vez elegido el relato, éste es reo de sí mismo. El relato impone obligaciones incluso en los aspectos más simples; por ejemplo, esta perogrullada: un personaje no fumador no puede estar fumando constantemente (salvo que lo que se busque sea ejercitar esa contradicción de manera decisiva para los fines de la novela); pero si es característica del personaje no fumar, tendrá que ser no fumador. Excuso decir lo que obliga esta regla en cuestiones de planteamiento general de la novela. Entiendo que habrá quien diga –llevado por una visión romántica del artista aún no superada no ya por el común de los lectores sino por muchos especialistas– que un autor puede hacer lo que le dé la gana; es cierto, pero una vez que lo hace, es preso de esa decisión y no puede volverse atrás. Esto no es una limitación a la libertad creativa, naturalmente, es sólo y nada menos que la conducción del relato en el sentido de su intención.

Me voy a permitir poner un ejemplo del modo de escritura de Márai que representa muchos otros en la misma novela. Es una escena en la que el amigo pobre, Konrád, explica a Henrik –el viejo general, entonces joven compañero y amigo– la precariedad de sus recursos: «Cada par de guantes –explicaba Konrád– que he tenido que comprarme, para ir contigo al teatro, llegaba de aquí. Si me compro una silla de montar, ellos [los padres de Konrád] no comen carne durante tres meses. Si doy una propina en una fiesta, mi padre no fuma puros durante una semana. Y todo esto dura ya veintidós años. Sin embargo, nunca me ha faltado de nada. En algún lugar lejano de Polonia, en la frontera con Rusia, existe una hacienda. Yo no la conozco. Era de mi madre. De allí, de aquella hacienda llegaba todo: los uniformes, el dinero para la matrícula, las entradas para el teatro, hasta el ramo de flores que envié a tu madre cuando pasó por Viena, el dinero para pagar los derechos de los exámenes, los costes del duelo que tuve que afrontar con aquel bávaro. Todo, desde hace veintidós años. Primero vendieron los muebles, luego el jardín, las tierras, la casa. Después vendieron su salud, su comodidad, su tranquilidad, su vejez, las pretensiones sociales de mi madre, la posibilidad de tener una habitación más en esta ciudad piojosa, la de tener muebles presentables y la de recibir visitas. ¿Lo comprendes?». Esta tópica y lacrimosa relación, propia de un folletín, es seguida, cuatro párrafos después, por esta otra declaración: «Soy soldado, me educaron para matar, para que me mataran, llegado el caso. Lo he jurado. Pero ellos [se refiere a sus padres] ¿para qué han soportado todo esto, si a mí me pueden matar?». Esta segunda declaración contiene una hondura dramática realmente seria, en comparación con la primera; sin embargo, para Márai todo pertenece al mismo grado de información al lector. No distingue entre lo accesorio y lo sustancial, entre el folletín y el verdadero dilema de conciencia.

Estoy pensando, por terminar de ejemplificar, en una novela de Arthur Schnitzler, Apuesta al amanecer. Tanto este relato como el de Márai poseen un parecido grado de intriga y levedad, pero mientras el de Márai se queda en la apariencia, el de Schnitzler organiza una estructura de situaciones que incide en los personajes (y los personajes en ella) en ejemplar correspondencia con el destino decidido y sugerente de la novela, cual es el de mostrar cómo el azar no es, finalmente, más que el vehículo de una conducta. Esa concepción creativa es lo que le falta al relato de Márai.

Nadie podrá negar que la novela de Márai se sigue con avidez; con excesiva avidez, me permitiría decir yo. Al final, uno se encuentra con la sensación de que le han relatado la superficie de un drama, la anécdota y no el meollo. Todo cuanto sucede es previsible, es decir: no misterioso. Aceptemos que sea intrigante, sí, pero no es misterioso; carece de misterio –cualidad admirable de la expresión literaria que se manifiesta aun en los relatos más sencillos, como Bartleby el escribiente– y, en cambio, se llena de evidencias cuyo atractivo reside solamente en la arbitrariedad con que el autor maneja –o escamotea– partes de una historia al objeto de distribuirla en pizcas de atención según piensa en su auditorio y no en la esencia misma de la historia. Y carece de misterio porque es previsible. No manda la narración, manda el que maneja los hilos. Crear de verdad una narración es aceptar la propia ley de su existencia antes que cualquier otra cosa. Hacer un personaje –o unos personajes– es aceptar que aquél exige ser completado y que, cuando lo ha sido, tiene vida propia. No quiero decir con esto que el personaje se imponga al autor –estupidez muy extendida entre los autores mediocres– sino que, una vez creado, el autor se retira porque no puede extraer más del personaje: ahora es él quien vive y sigue emitiendo, sugiriendo, ocupando a los lectores.

Los personajes convocados por Márai vienen tan solo a ilustrar una anécdota: no se mueven, no progresan, simplemente confirman una historia que el autor conoce de antemano y de la que no aspira a sacar más partido que la revelación de algo que bien pudo aparecer al principio. La verdadera intriga sería conocer de verdad a esos personajes, saber qué sentido tuvo para ellos el suceso que les ocupa. Lo único que sabemos al final del libro es que eso sucedió y que el personaje central sólo quería confirmar algo que ya sabía y eso por el valor de la anécdota, por la tranquilidad de comprobar que dos y dos son cuatro, no porque la confirmación vaya a modificar o revivir o rectificar en algo o en mucho su vida, sus emociones, su pensamiento, su conciencia. Ningún autor de talento escribe una novela para ocultar hasta el último párrafo que dos y dos son cuatro. Pienso que la novela de Márai es pobre de intenciones y pobre de resultados, aunque tenga todo el barniz de eso que hoy se cultiva tanto, como es suponer que por adquirir una prenda de una marca determinada, el comprador pasa automáticamente a pertenecer a lo que esa marca representa o pretende representar; y también pienso que ofrece toda la apariencia de eso que se ha dado en llamar en nuestros días best-seller de calidad, definición que contiene una contradicción extraña porque pretende unir dos conceptos que no se necesitan; salvo que el adquirente desconfíe de cada uno de ellos por separado.

El último encuentro es una novela sentimental y superficial. Para establecer un contraste, yo recomendaría la lectura de La piedad peligrosa, de Stefan Zweig. Ésta no es una novela sentimental sino una novela de sentimientos, la creación progresiva de la complejidad de los personajes, la manera de establecer un nudo de conciencias e intereses, de mezclar lo social y lo personal... hace que la intriga del lector se incardine en problemas auténticos y que la atención y el deseo de conocer emane de las situaciones sucesivas que proceden de la confrontación de caracteres, confrontación que los enriquece paulatinamente hasta llenar la imaginación del lector. La imaginación es activa, no pasiva. La pasividad es el reino de los personajes supeditados a un par de preguntas innecesarias para ellos que El último encuentro pretende hacer pasar por conflicto dramático.

01/05/2001

 
COMENTARIOS

Jorge Urrea 10/08/13 01:13
Valoro en la novela de Márai el discurrir por la vida de tres personales, que se encontraron dos en el campo de la amistad y un tercero que lo hace desde el amor y que las trampas del amor, que surge de manera inconsciente entre él y ella (la esposa del general),llevó a dos de ellos al límite de causar la muerte del tercero. La indagación que hace el general,en la novela aprovechando el regreso del otro temporal del otro, 41 años después, es el alegato que hubiera querido hacer , antes de morir, y que hace ante el retorno imaginario del otro, quien nunca da una explicación, ante las preguntas que han atormentado el alma del general. A mi me parece una novela psicológica, que profundiza, hasta donde puede en el alma humana y las inconsistencias, que en ella desata el amor.

Karl Krispin 26/12/13 01:22
Critica pedestre, superficial y sobre todo aburrida

Alvaro 08/08/14 12:59
En mi opinión José María no ha entendido ni el libro ni el argumento. El autor no habría utilizado diálogos si lo que quería hacer era una narración. El argumento de este libro no son acciones, la narración está para introducir lo verdaderamente importante, que son una serie de preguntas que han ido apareciendo a lo largo del libro. Aquel que se halla fijado en las dos últimas preguntas del libro únicamente, no ha sido capaz de entenderlo. Esas dos preguntas (en especial la primera) son una elegante excusa para introducir la decena de preguntas que han aparecido a lo largo del libro. Esas son el argumento.

Nicolás Narval 12/08/14 16:51
Una novela para estos tiempos fragmentarios. La obra me dijo que a pesar de que uno quiso matar al otro, después de todo, siguen siendo amigos.

mary 07/09/14 15:24
En realidad, el libro es lo contrario a lo que Ud, ha realizado en su crítica.." DICE CON FUNDAMENTO, HABLA A LOS SENTIDOS, DICE DESDE LO VISCERAL...!!

Las interpretaciones del libro deben ser individuales, pero UD. no hace una crítica justa al autor.. es más, Ud. escribe demasiado sin decir nada... quizás es es el tema... respetuosamente.. digo mi opinion sincera..

Ana María 13/08/14 15:09
Las opiniones e interpretaciones son individuales y por lo tanto respetuosas y válidas, es como yo interpreto o entiendo desde mi mirada. Yo la entiendo como una novela sicológica, las repuestas ya las tenía el general,él es el personaje de la novela, quería que Konrad respondiera a lo que él sabía?. Es un autoanálisis profundo, que se da en personas que piensan y que han vivido la mayor parte de la vida.....no se necesitan respuestas muchas veces, no vale la pena.

Adriana 26/10/14 02:24
Discrepo con el critico. Una novela bellamente escrita, profunda y con un contenido filosófico que invita a releer. En mi opinión, una joya.

alfonzo.terrazas 12/11/14 15:10
Definitivamente el lector criticón de arriba no entendió para nada la obra o no tiene la suficiente sensibilidad para comprenderla. Esta novela es una obra maestra que no tiene par en la historia de la literatura. Es una pena que exista todavía personas tan ciegas en pleno siglo
xxi.

Alfonzo Terrazas 12/11/14 15:29
Sándor Márai he hecho una labor propiciatoria al develamiento, con una sorpresa que conmueve al espectador. Poco a poco la incertidumbre sembrada se resuelve luminosamente dejando en el espíritu lector, toda una gama de sentimientos encontrados, pero entrañables.

Prosa exacta a la vez que seductora, armado impecable de la trama, profundidad psicológica de los personajes, descripción puntual de sitios y ambientes, dan cuenta en esta novela El último encuentro, de una obra maestra de la narrativa contemporánea.

Creo que leerla es una aventura donde corremos el riesgo de sufrir un ataque de nostalgia, de enfrentarnos cara a cara con la figura de la lealtad, y por otra parte el hallazgo de nuestra soledad que cargamos, a pesar de estar acompañados. Quiero decir pues, que leer El último encuentro, de Sándor Márai, de algún modo nos enfrenta a nosotros mismos en la búsqueda de nuestras verdades cuando nos ponemos a sopesar las virtudes de la amistad.

Mari Carmen 24/11/14 17:48
Con este libro inicié el conocimiento de este escritor, a partir de aquí he leído todo lo que hay publicado en español y en francés, y aunque no soy capaz de analizar tan concienzudamente su estilo, todo lo que se vaya publicando lo leeré, porque disfruto con sus descripciones, de lugares y de personajes; disfruto con la afluencia de adjetivos, detengo la lectura para saborearlos...
Bueno, además, a través de sus libros y memorias he aprendido a querer a este señor y a su tierra. Todo han sido beneficios. Gracias

Alejandra 26/12/14 14:42
No todos los escritores son para todo tipo de lectores, y este es un ejemplo. La profundidad y la gran inteligencia de este escritor no es algo para lo que todos estén preparados (o mejor dicho, dotados) para comprender (o, mejor dicho, sentir). Sándor Márai, un genio sin pretensiones.

Francisco 15/01/15 11:31
Pero a ver, la mujer ¿Lo sabía o no? ¿LO SABÍA O NO?

Silvia Chavez 22/01/15 20:23
¿Qué si la mujer lo sabía o no? Ya muerta, no tiene importancia.
Este libro es de esos que te deja el corazón lleno...de todo tipo de sentimientos. ¿Y no es eso a fin de cuentas de lo que trata? ¡Es un Tratado sobre el deseo!

CCM 25/01/15 13:35
Totalmente de acuerdo con la crítica de Guelbenzu. Una falsa gran novela. Bastante bien escrita, sobre todo la primera parte, con la estupenda descripción del mundo austro-húngaro, pero reiterativa y falsamente profunda en el largo discurso del general (le sobran más de 20 páginas). La novela se deja leer bien, pero no nos lleva demasiado lejos.

Tronador 18/03/15 21:09
CCM y Guelbenzu: dígannos cuándo aparecerán sus respectivas novelas. Estamos ansiosos por leer algo superior a este libro de Márai.

Tronador 18/03/15 21:29
Francisco: no se sabe concretamente si la mujer "lo sabía o no". Sea como fuere ese dato es irrelevante en la historia porque lo que al General lo desvela y le interesa acerca de aquel tema es "la respuesta que Konrad puede darle al respecto" en razón del carácter de amigos entre ambos hombres alrededor del cual gira la acción y el discurso del General. Por eso el General desecha con tanta seguridad conocer la palabra directa de la mujer sobre ese tema, tanto cuando esta está viva como cuando ya está muerta. Sin embargo ella fue suficientemente elocuente tanto con un hecho, apareciendo en el departamento de Konrad, como con la frase "Era un cobarde". Y Konrad penosamente siguió siéndolo hasta el fin de la novela.

Glenn Mujica 22/03/15 02:30
A mi me ha gustado mucho la novela, sin embargo coincido con el crítico en que siento que pudo haber profundizado mas en los personales, pero acepto que un escritor escribe lo que quiere. También leí la obra de Sweig que nombra el crítico, pero no hago comparaciones de calidad aunque traten temas comunes. Lo otro que me llama la atención es no ya la crítica, sino el tono de algunos de los que postean sus opiniones en este medio, es posible discernir sin ofender o maltratar al otro, creo que allí esta el valor real de un espacio como este, gracias

Miguel Martínez 02/02/16 16:13
Estimado José María, si en lugar de pensar:
“Lo único que sabemos al final del libro es que eso sucedió y que el personaje central sólo quería confirmar algo que ya sabía”
se lo plantea como “….confirmar algo que creía saber”, seguramente descubrirá otra novela. No es un escrito sobre la certeza, es un libro sobre la construcción de una certeza, una certeza labrada durante 41 años, una tesis que jamás podrá ser corroborada ya que la única prueba de cargo ha ardido en la hoguera ante la mirada atónita del único testigo, que llegados a este punto, no sabe si sería más amarga la propia verdad que la consabida mentira.

CCM 25/06/16 17:21
Me gusta coincidir con J. M. Coetzee. Se ensayo crítico sobre S. Marai termina con las siguientes palabras: "su concepción de la forma novelesca era, no obstante, anticuada, su concepción del potencial de la novela era limitada, y sus logros en ese medio fueron, en consecuencia, escasos."
Comunicarle a Tronador que J. M. Guelbenzu tiene novelas excelentes ("La noche en casa" o "El río de la luna", por ejemplo). Sabe perfectamente de lo que habla.

raquel levi 28/06/16 12:23
me gusto mucho la novela.
No entendí porque volvió Konrad.
No dio su opinión, no quiso leer el diario, no confirmo o se disculpo.Una espera eterna en el trópico, aunque también podía ser Londres porque el si tenia opciones.
Porque Nini volvió a colgar el cuadro si nada termino de aclararse.
Porque se considera redimida a Krisztina.
Me movió mucho como encaro el general el tema de la fidelidad. Era tan grande su amor que fue capaz de ver mas allá de la fidelidad como para plantearse en que fallo el.

Carola C. 03/10/16 17:57
Me fascinó ésta novela, es parte de una trilogía que disfruté mucho. Es verdad que los personajes no evolucionan, para mi es parte de la magia. Aunque leí la novela hace años me quedaron preguntas: ¿que le dijo el emperador a la madre del general?. ¿Porqué no profundiza en la historia de Nini?.

No comparto que sea una FGN, yo la encontré perfecta con sus carencias.

Alejandro Galina 21/10/16 00:56
Con todo respeto a José María Guelbenzu, este es un pequeño gran libro, que solo puede ser escrito por un genio con una prosa sin mácula, y difícil de comprender para aquellos que no han tenido la oportunidad o vivido lo suficiente para experimentar dos de los sentimientos más grandes que mueven a los seres humanos: la amistad y la pasión.
El libro, que bien podía haberse llamado “La Amistad y La Pasión”, se refiere al choque brutal de estos sentimientos, donde, en una lucha a muerte, la amistad, con todas sus variables, se impone a la pasión.

Alejandro Galina 21/10/16 13:46
Solo para agregar que, esta pequeña joya de la literatura, debería de ocupar un lugar especial en la biblioteca de cualquiera de nosotros, pero no en el sitio que ocupan las novelas, porque no es una novela ni se puede leer como tal, sino en el de los tratados psicológicos, si es que guardamos un espacio para ello.

ENVÍA UN COMENTARIO
Nombre *
Correo electrónico *
Su comentario *
 
 
 
 

Normas de uso
Los comentarios en esta página pueden estar moderados. En este caso no aparecerán inmediatamente en la página al ser enviados. Evita las descalificaciones personales, los insultos y los comentarios que no tengan que ver con el tema que se trata. Los comentarios que incumplan estas normas básicas serán eliminados.

 
Deseo mostrar mi email públicamente
 
He leído y acepto la cláusula de privacidad.
 
 
 
Por favor, para evitar el spam necesitamos que resuelvas la siguiente operación matemática:
7 - 5  =  
ENVIAR
 
 
OTROS ENSAYOS DE JOSÉ MARÍA GUELBENZU
RESEÑAS

 

BÚSQUEDA AVANZADA

Te animamos a bucear en el archivo de Revista de Libros. Puedes realizar tus búsquedas utilizando los siguientes criterios.

Todas las palabras
Cualquiera
Coincidencia
ENVIAR


Apúntate al boletín de Revista de Libros
ENSAYOS ANTERIORES
RDL en papel 187
RESEÑAS
 
  Apúntate a RdL
BLOGS
 
  Archivo RdL
 
Patrocinadores RDL