ARTÍCULO

Doble del doble

 

Es incontestable la persistencia del tema del doble en la ficción, tanto en la narrativa oral como en el mundo de los mitos y, desde luego, en el de la literatura. No hace mucho que Ediciones Siruela publicaba una antología de «cuentos de sombras» preparada por José María Parreño, de la que hablé en estas mismas páginas. En cierto modo, el tema del doble está tan próximo al de la sombra que para muchos éste sería simplemente una variable de aquél. Ahora está reciente la publicación de dos libros que profundizan en un asunto tan estimulante para la imaginación: el ensayo La amenaza del Yo (El doble en el cuento español del siglo xix), de Rebeca Martín, y Álter Ego. Cuentos de dobles, una antología ampliamente comentada y preparada por Juan Antonio Molina FoixLa amenaza del yo. El doble en el cuento español del siglo XIX, de Rebeca Martín, Editorial Academia del Hispanismo, Vigo/Pontevedra. Álter ego. Cuentos de dobles (una antología), de Juan Antonio Molina Foix. Traducción del alemán de Aurora Nolla Fernández y del inglés y francés de Juan Antonio Molina Foix, Ediciones Siruela, Madrid. .

En La amenaza del Yo, su autora, considerando que «el estudio del doble constituye un auténtico reto para los filólogos y los teóricos de la literatura», y asumiendo que el doble moderno nace a principios del siglo xix, al tiempo que el género fantástico, apunta una sugerente tipología descriptiva, en la que entrarían el aspecto morfológico (la relación del original y del doble en las diferentes coordenadas espacio-temporales), el aspecto narrativo del personaje que vive o cuenta la historia respectiva y el aspecto estrictamente genérico, que tiene un alcance mucho más amplio que lo meramente fantástico. En su afán por ajustar la tipología, quedaría excluido, por ejemplo, El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, «la famosa novela de Robert Louis Stevenson [...] que constituye una referencia obligada en las monografías dedicadas al motivo», por cuanto, a juicio de la autora, en este caso no hay «duplicación, sino transformación o avatar del doctor Henry Jekyll en Edward Hyde, un individuo que se caracteriza por un aspecto muy distinto al del honorable médico», lo que, sin embargo, no impide que en ciertos aspectos pueda estar emparentado con la temática de referencia.

En la primera parte de su libro, Rebeca Martín recuerda que el término Doppelgänger fue inventado al parecer en 1796 por Jean Paul Richter en Siebenkäs, y analiza hasta qué punto el concepto, pasando a través de mesmerismo y otros procedimientos de supuesta incursión psicológica, llega al universo del estudio del subconsciente. Mas el ensayo, que viene acompañado de una amplia relación de obras de creación universales sobre el doble a lo largo del siglo xix, tiene como objetivo principal, de acuerdo con su título, aproximarse al doble literario español en dicho siglo, tema que no ha merecido la atención necesaria, acaso por el desconocimiento de la ficción española escrita al respecto, y lo hace a través de dos apartados. En el primero, desde lo que llama «En territorio legendario: de la visión de las exequias al encuentro con el propio cadáver», analiza los aspectos en que José de Espronceda en El estudiante de Salamanca y José Zorrilla en El capitán Montoya, siguiendo antecedentes que se remontan a los siglos XVI y XVII –el Jardín de flores curiosas, de Antonio de Torquemada, o El caballero de Olmedo, de Lope de Vega– y otros más cercanos en el tiempo, como Bretón de los Herreros, vuelven a tratar literariamente asuntos de esas ominosas duplicaciones que sin duda lleva consigo la contemplación del propio cadáver o la asistencia a los propios funerales. En el segundo apartado, dedicado a «El doble y lo fantástico moderno», tras la referencia a la «comprensión errónea» de la narrativa de Hoffmann en la España decimonónica, por cierta desconfianza cultural con implicaciones de carácter religioso, alude a los escritores que empezaron entonces a divulgarse entre nosotros –principalmente Edgar Allan Poe–, se estudian, sin transcribirlos, cuentos de diversos autores realizados con el motivo del doble.

Como más característicos citaré «La madona de Rubens», de José Zorrilla, donde la misteriosa duplicidad se establece entre el cuadro aludido en el título, que fascina al protagonista, un joven poeta, y una mujer con la que se encuentra en un carnaval, que resulta ser una prostituta. En este caso el asunto del doble, que tiene clara influencia de Hoffmann, sirve sobre todo para confundir el idealismo del joven poeta. En «Muérete y verás», de Pedro Escamilla, el protagonista, consciente de estar muerto, recupera la realidad y con ella al otro yo, vivo y recién casado con su prometida. El mismo asunto del muerto testigo y narrador de lo que sucede con su cadáver está en «Mi entierro», de Leopoldo Alas, «Clarín», y el hecho de que el cuento se subtitule «Discurso de un loco» no le quita ese aspecto de «autoscopia» tan familiar en el mundo del doble. Rebeca Martín, al traer a colación «la perspectiva femenina», recuerda el cuento «La borgoñona», de Emilia Pardo Bazán, donde una mujer se enfrenta a la fascinación por un doble masculino, que representa, por un lado, la vida austera y, por otro, la vida disipada. De Benito Pérez Galdós se analiza «La sombra», donde el tema del doble se trata desde la perspectiva de la figura pintada que abandona el cuadro, y de José Fernández Bremón (interesante escritor que la propia Rebeca Martín acaba de recuperar para la lectura contemporánea mediante una divertida antología, Un crimen científico y otros cuentos, Madrid, Lengua de Trapo, 2008) «Miguel-Ángel o el hombre de dos cabezas», historia de un personaje bicéfalo cuyas cabezas tienen, acerca de las cosas del mundo, ideas contradictorias y enfrentadas.

Como es natural, muchos de los elementos de referencia del ensayo de Rebeca Martín coinciden con la introducción que antecede a la antología de Juan Antonio Molina Foix, sobre todo al hablar de los precedentes clásicos y de los escritores románticos. Sin embargo, la antología de Molina Foix no se ciñe a una literatura ni a una época, pues reproduce y estudia los cuentos de trece autores representativos de diferentes ámbitos literarios, abarcando un espacio temporal que va desde los principios del siglo xix hasta el primer cuarto del siglo xx, y el estudio previo tiene una perspectiva más histórica que analítica, según la cual se demuestra que el tema del doble ha permanecido en la imaginación humana a través de las más diversas y antiguas culturas. Molina Foix va repasando la historia literaria del asunto, desde La epopeya de Gilgamesh y el Mahabharata hasta ciertas obras de autores contemporáneos, dedicando especial atención a los románticos, pero sin olvidar el teatro renacentista español. En la antología, cada cuento va precedido de un meticuloso estudio que nos facilita las claves del texto y del autor, y puede decirse que el conjunto de los cuentos ofrece casi todas las posibles variables que el doble es capaz de suscitar, excepto el de la sombra.

El primer cuento, «La historia del reflejo perdido», de E. T. A. Hoffmann, trata del hombre que, seducido por una hermosa mujer y desde incitaciones que tienen que ver mucho con lo diabólico, regala a la amada su propio reflejo en el espejo. Que al final este hombre vaya a dedicarse a recorrer el mundo en compañía de aquel Peter Schlemihl, de Adelbert von Chamisso, que vendió su sombra a cambio de una bolsa mágica de oro, no sólo es señal de un homenaje particular sino que indica cómo, dentro del tema del doble, la sombra y la imagen pertenecen a la misma estirpe. El cuento siguiente, «El príncipe Ganzgott y el cantante Halbgott», de Ludwig Achim von Arnim, tiene como trama la confusión entre dos personas físicamente similares, un tema recurrente en la literatura desde que, como recuerda Molina Foix –y también Rebeca Martín en su ensayo–, en el siglo ii a. C. Plauto presentó su Anfitrión, la historia en que, para gozar de los favores de la mujer del mortal Anfitrión, Júpiter toma su aspecto y Mercurio el de su criado, Sosia, nombre que desde entonces se incorporará al lenguaje definitorio de las réplicas o fuertes parecidos personales.

«La mascarada de Howe», de Nathaniel Hawthorne, es el cuento siguiente, y en él se recuerda una leyenda que plantea la visión de su doble, por parte del original, en un futuro infausto: en una noche de fiesta donde están justificadas ciertas escenificaciones grotescas, el general Howe verá abandonar el palacio presidencial –y, por tanto, el poder– a todos sus antecesores y a sí mismo, como señal de que la dominación británica tendrá fin en el territorio que luego habrán de ser los Estados Unidos. En el caso de «El caballero doble», de Théophile Gautier, también tratado desde la perspectiva legendaria, el asunto central es la duplicidad moral que habita dentro del mismo individuo, haciendo que unas veces sea el caballero bueno –sometido al influjo de la estrella verde– y otras el malo –sometido al influjo de la estrella roja– quienes se desdoblen y se enfrenten al fin por el amor de una dama. A continuación se nos presenta «Markheim», de Robert Louis Stevenson (por cierto, he echado de menos, entre las referencias a sus obras, El señor de Ballantrae, esa historia de hermanos adversarios tan impregnada del arquetipo del doble), donde el ente que se le aparece al asesino mientras éste busca en el lugar del crimen las riquezas de la víctima tiene la ambigüedad suficiente como para ser su réplica moral, más allá de lo sobrenatural. A continuación se incluye «¿Él?», de Guy de Maupassant, la historia del hombre que, sin creer en el matrimonio, quiere casarse para no estar solo, pues tiene miedo de sí mismo, sobre todo desde que, en una horrorosa experiencia, se ha visto en la soledad de la noche sentado en su sillón, frente al fuego.

Este planteamiento de nuestro otro yo moral, íntimo, subjetivo, se muestra también en el cuento siguiente, «El hombre doble», de Marcel Schwob, en el que un juez se enfrenta en el tribunal a un asesino, sintiendo cierta relación especular con él, duplicidad a la que añade una evidente significación dramática el hecho de que el reo demuestre de repente su doble personalidad. «La historia del difunto Mister Elvesham», de H. G. Wells, ofrece otra de las facetas del tema: la creación del doble a través de la expropiación o de la usurpación, en este caso del cuerpo de un joven por un viejo, mediante ciertas promesas económicas y un brebaje. Otro cuento que trata del doble desde una proyección temporal es «La esquina alegre», de Henry James: un hombre regresa al país natal después de treinta años de ausencia y en la casa familiar le espera su doble alternativo, el hombre de negocios de personalidad muy diferente a la suya que él pudo haber sido de no haberse marchado tantos años antes. En «Uno de los mellizos», de Ambrose Bierce, el tratamiento del doble es el clásico de la pareja de hermanos gemelos indistinguibles, John y Henry, y de cómo ese perfecto parecido ha hecho posible desvelar un secreto, pero también ha propiciado un infeliz desenlace. En el cuento que se recoge a continuación, «El partícipe secreto», de Joseph Conrad, el bisoño capitán de un navío acoge a un náufrago en su camarote a escondidas de la tripulación, iniciando con él una misteriosa relación especular, en la que Molina Foix se atreve a suponer lo físico. «Mirtho», el curioso cuento de César Vallejo que se incorpora a la antología, relata la relación del amigo del narrador con su amada: «Mi amada es dos», dice, consternado, pues no sólo los amigos y conocidos ven a veces otra mujer en ella, sino que ella misma le reprochará un día su relación con «esa otra» cuando la llame por su verdadero nombre. Por último, «La muerte de mi doble», de José María Salaverría, nos hablará de ese doble que sin duda todos tenemos en alguna parte: en este caso es suizo, se llama Rossi, y el protagonista, que conoce su existencia a través de sucesivos y fastidiosos comentarios ajenos, acabará cruzándose fugazmente con él.

Así como el ensayo de Rebeca Martín presenta ejemplos del doble externo, objetivo y contradictorio; de la visión del doble desde la conciencia de otredad; del laberinto del otro desdoblado, que puede provenir de una imagen o resultar un ser vivo, y de la existencia de dos en uno solo, la antología de Molina Foix reúne otros modelos del mundo del doble: el reflejo –cuya pérdida resulta tan pavorosa como la de la sombra–; el duplicado, tanto en forma inmaterial o moral como en carne y hueso, e incluso como una alternativa al yo original en el pasado o en el futuro; el doble producto de la usurpación de nuestra identidad; y, por último, el doble que los otros ven en nosotros mismos o en alguien muy cercano, y que nosotros somos normalmente incapaces de identificar.

Sigmund Freud y Otto Rank, entre otros, estudiaron el tema del doble, pero no cabe duda de que ningún campo de conocimiento puede acercarse con tanta eficacia a este misterioso asunto como la literatura, que nunca ha dejado de profundizar en él a través de la intuición y la sugerencia. Como autores contemporáneos a quienes el tema ha inspirado, Rebeca Martín cita, entre otros, a Dostoievski, Miguel de Unamuno, Vladimir Nabokov, Jorge Luis Borges, Julio Cortázar, Javier Marías y Philip Roth. Juan Antonio Molina Foix, entre los autores cercanos, incluye también a Oscar Wilde y a José Saramago. El caso es que el tema del doble parece conservar su vigencia entre los arquetipos capaces de seguir haciendo fructificar la imaginación literaria. Entre sus conclusiones, Rebeca Martín advierte que el doble «nos recuerda que no hay que buscar lo desconocido en cementerios, castillos góticos o lejanas galaxias, sino en el interior del ser humano», pues el doble apela, sobre todo, a la incertidumbre acerca de nuestra misma esencia. Por otra parte, al recordar su estirpe ficcional, Molina Foix señala que: «Las numerosas denominaciones intercambiables con las que se le conoce (sombra, reflejo, sosia, otro yo, imagen especular, anverso, espíritu protector, yo secreto, desdoblamiento de personalidad...) dan fe de su vasta popularidad y de su abundante repercusión literaria».
Quien suscribe estas líneas se ha atrevido a escribir algún relato en el que la «simetría bilateral» que constituye nuestra propia estructura física –dos partes iguales pero contrapuestas, unidas por un espinazo– estaría relacionada con la existencia del arquetipo. Quién sabe.

01/10/2008

 
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