ARTÍCULO

Una temporada en el infierno

Planeta, Barcelona, 249 págs.
 

Las últimas palabras de la novela de Luisa Castro El secreto de la lejía son éstas: «Por eso yo vine a Madrid». Al pretender reconciliar este cierre tan rotundo con el título de la obra, involuntariamente, se le señala al lector una diferencia a la que agranda el hecho de no poder hallar la necesaria sutura que disimule o al menos acerque la experiencia de la protagonista de la obra, África Cabana, su muy personal temporada en el infierno en Madrid, con el secreto de la lejía, es decir, con el secreto de la poesía.

Si el eje sobre el que gira la novela El secreto de la lejía es el mismo que se fatiga dando vueltas al misterio de la expresión artística, entonces la novela «no lava», en sus propios términos; es decir, no hace innecesario preguntar por ese secreto. Porque de la poesía, como de la lejía, el usuario, el lector, no espera conocer el secreto, sino que lave, es decir, que haga olvidar que es poesía, que entregue la desnuda esencia de la experiencia, su sinceridad más íntima. Cuando la protagonista recibe el veredicto de que su poesía «no lava», ¿por artificiosa?, recurre en su reacción a la expresión más recta de sus emociones: «Depende de lo sucios que tengas los calzoncillos». El mismo juez, tan severo antes, opina ahora que «eso ya lava». No habrá un solo lector que, con independencia del juicio que le merezca El secreto de la lejía, deje de observar que si hubiera algo ausente en esta obra sería precisamente la búsqueda de la expresión sincera y desnuda de las emociones de la que pueda decirse: «eso ya lava». La novela, palabra tras palabra, es un ejemplo acabado de autoconciencia literaria.

Si, por completar la comparación, el eje en torno al que se ordenara la narración fuera el que propusiera como escenario mayor el análisis de una experiencia determinante en la vida de una persona, una temporada en el infierno madrileño, con locura incluida, entonces lo que no acaba de lavar bien es ese secreto de la lejía. La experiencia de África Cabana le vale al lector por lo que pudiera contener de alegórico, de simbólico o de ejemplar; y por ninguna de estas tres calles (o avenidas) halla el lector cosas sobresalientes en esta novela. La experiencia de África Cabana en Madrid, como ejemplo, como paradigma, se ve perturbada por un exceso de preocupación por los ingredientes que permiten hablar de una lejía que de verdad lave. Si la autora me autorizara a hablar de la lejía como término de comparación, a veces tiene el lector la sensación de que la responsable de la manufactura de esta lejía se ha preocupado un poco más de la receta, del empaquetado, del etiquetado, de la distribución, del diseño de la botella; y se ha preocupado un poco menos del contenido o de la eficacia limpiante del producto.

Los dos ejes, dicha sea la verdad, sean éstos u otros que pudieran mostrarse, se mueven en la misma dirección, pero en ambos hay una irregularidad del movimiento que puede imputarse a una misma causa: el pliegue o el bucle que una vez tras otra zarandea al lector está siempre relacionado con algún secreto de la lejía, de la poesía, que empuja a la escritora a tomar las decisiones invariablemente relacionadas con elementos de la creación literaria en los que la virtud termina por estorbarse a sí misma.

Los personajes. Después de las brillantes y logradas aproximaciones de algunos de los personajes, ¿por qué la escritora los abandona como si se desentendiera de ellos? No ya la madre, el padre, los éxitos de su hermana en el «concurso de miss», Belén, Alberto, el propio escritor gallego, Eleuterio, la mujer de éste, ¡qué va!, incluso los personajes más importantes, Piedad Hero o Isaac Alcázar, no llegan a adquirir el relieve que prometen en sus primeras intervenciones. De repente, como si la escritora se quedara contenta con unas vagas insinuaciones, con una presentación, con un puñado de rasgos atractivos que no llegan a adquirir categoría de dramatización o de representación, los personajes desaparecen y si se les vuelve a ver es ya en forma de imagen inaccesible y remota que ha quedado fijada en un recuerdo inalterable. En pocos personajes se traza esta parábola de forma tan nítida como en Stoneman (El hombre de piedra), el asistente o guardaespaldas de Isaac Alcázar. No es fácil sentirse complacido con el virtual mutismo y final desaparición de un personaje al que se presenta nada menos que mediante una cita de un par de versos de Ossian, a la que Stoneman responde, siguiendo la mejor tradición de los juegos florales, con una continuación de los propios versos de Ossian. ¿No hay una inversión artística en la forma en que se incoa la presentación de este personaje que pide para él destinos en consonancia con sus raros y exquisitos conocimientos?

La alambicada psicología que hace habitar en Madrid a una especie de culpa, desdicha o fatum que se va subrogando en los diferentes personajes que se esfuerzan por conocer el secreto de la lejía, singularmente Piedad Hero y África Cabana, ¿no es extraterritorial?, ¿no es ajena al hecho de que sea Madrid o cualquier otra ciudad donde ocurren los acontecimientos?

Por último, las sobreabundantes agudezas y artes de ingenio con las que epigramáticamente se expresan prácticamente todos los personajes, ¿no están a un paso de despeñarse por algún barranco de la trivialidad?: «Cuando tengas treinta años te darás cuenta de que lo único que importa no es lo que los demás piensen de ti, sino lo que tú piensas de los demás». La estética del egoísmo le da la mano a la revelación aleccionadora: «No permitas que los malos pensamientos ensombrezcan tu mirada». H

ay obras que pueden ser superiores a la suma de cada una de sus insuficiencias parciales. El secreto de la lejía pertenece a esta clase de obras: sus contradicciones, sus alardes de virtuosismo, su opacidad psicológica, sus ocasionales precipitaciones, no matan el gusto por la lectura, acaso no lave, en el sentido en el que se pide que la lejía lave en la propia obra, pero la sosegada fuerza y la expresividad de la confesión personal terminan por adueñarse del interés del lector. Si no fuera paradójico afirmar que una novela puede ser superior a sus virtudes, tal vez El secreto de la lejía proporcione razones para pronunciar esa frase.

01/10/2001

 
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