ARTÍCULO

Los diarios tienen los días contados

Duomo, Barcelona
Trad. de Verónica Puertollano y Juan Carlos Castillón
150 pp. 16 €
 

Philip Meyer sitúa en abril de 2043 exactamente el momento en que el último periódico saldrá de la última rotativa. Se basa en una proyección de la caída sostenida en las ventas al ritmo que hoy están haciéndolo los diarios impresos en todo el mundo, pero lo probable es que las empresas editoras cierren tan ruinoso negocio mucho antes, cuando toda su clientela se reduzca a un puñado de resistentes. Así que tenemos una década más o menos para el debate metaperiodístico. Este breve pero enjundioso volumen de ensayos reúne los mejores análisis del problema que uno haya leído, a cargo de ocho prestigiosos periodistas, todos ellos procedentes del ámbito anglosajón –norteamericano, vamos– salvo uno debido al coeditor del libro, Arcadi Espada. Predomina el tono de general pesimismo ante las consecuencias del fin de la era de los periódicos, o incluso del fin de los periódicos mismos entendidos como instituciones con vocación de servicio público, capaces de financiarse sin ver comprometida su tarea de informar ejerciendo de contrapoder frente al gobierno, las grandes industrias o empresas y las hegemonías ideológicas o culturales. No por nada sólo en 2008 las acciones de las compañías editoras de diarios cayeron un 83% de media en todo el mundo. La culpa, evidentemente, la tiene la emergencia irrefrenable del medio digital, incapaz, parece, de coexistir pacíficamente con el papel. Internet está sustituyendo al periodismo impreso en el favor de los lectores, aunque sin suplir al mismo tiempo la función pública referida, trascendental para la pervivencia de la democracia. «Las nuevas tecnologías no nos liberan de las viejas responsabilidades», escribe Paul Starr, quien a la vez constata que caminamos hacia comunidades digitales fragmentadas por los intereses económicos y el partidismo, en detrimento de las visiones holísticas, jerarquizadas, contrastadas de la actualidad que han promovido los grandes diarios.
La paradoja de la infinita accesibilidad cibernética se resuelve en un opacamiento de la realidad. La sociedad –singularmente, los poderosos y los resentidos que odian los periódicos– celebra la irrupción del periodismo ciudadano. Curiosamente, fue un magnate con querencia oligopolística como Rupert Murdoch quien proclamó que había pasado la época en que unos pocos directores y editores nos imponían la información que era importante y la que no. Se trata de una declaración tan atrozmente demagógica como irresponsable y suicida, porque si finalmente la democratizadora Internet logra consumar la supresión de la mediación –selección, jerarquía, contraste– que la institución de la prensa ha ejercido durante los últimos trescientos años, el mundo se volverá menos comprensible, los políticos estarán menos vigilados y sólo subsistirán los medios que halaguen el gusto de la masa con tal de recibir el escaso maná de la publicidad online. Un periódico de toda la vida enriquece al lector al informarle de cosas sobre las que el lector no había pedido opinión en absoluto, o cuya existencia directamente ignoraba, pero esa pedagogía muere con el diario digital a la carta, que acabará conteniendo sólo las noticias más vistas (sexo, chismorreos y deporte, básicamente). Ni siquiera sospecharemos lo que estaremos dejando de saber. De ahí el peligro de extinción que amenaza al género del reportaje serio y exhaustivo en favor del personalismo tendencioso, como deplora Gary Kamiya: «Es fácil despreciar a alguien que no has conocido». Son esos incendios que fomenta la Red, prendidos por usuarios enfurecidos y prejuiciosos que nunca han ido a una rueda de prensa. Por eso no podemos estar de acuerdo con la postura de Jeff Jarvis, un entusiasta del periodismo «colaborativo, distribuido y abierto, pero organizado» que a su juicio elaborarán las comunidades digitales en el futuro inminente. Nada puede ser muy colaborativo y abierto y estar muy organizado a la vez. De la Red no surge espontáneamente la organización, sino el caos. Además, para Jarvis, «el periodismo político es el opio del pueblo»: a la gente no le interesa, pero los medios siguen dedicando una mayoría de recursos a la cobertura política, se queja este articulista, sin reparar en la misión fiscalizadora que tiene encomendada la institución periodística desde su fundación.
Con perspicacia, Espada desarticula la satanización estúpida de la tecnología al señalar el verdadero mal, que, como siempre, nunca es material sino intelectual: el relativismo posmoderno, que se revuelve infantilmente contra la autoridad de los profesionales, a la vez que –por contaminación de la literatura: el llamado «nuevo periodismo»– propugna el relato de historias verosímiles antes que veraces. Sin embargo, un exhaustivo estudio realizado por Associated Press ha certificado recientemente que los jóvenes consumidores de noticias digitales se cansan de la falta de orden que impera en las páginas de noticias no vinculadas a un medio tradicional. La saturación informativa actual hace que la libertad de elección se convierta en la tiranía de la elección. Podríamos asistir en un futuro próximo a la revalorización del concepto de jerarquía: los lectores estarían dispuestos a pagar por un destilado de la actualidad elaborado por profesionales de la información, aunque ello vuelve perentoria la práctica de un periodismo crecientemente explicativo, como sostienen Meyer y Nordenson en sus artículos. El aval de veracidad que imprimen los grandes medios gracias a la solvencia de su imagen de marca seguirá muy vigente, con o sin papel, frente a la rumorología desatada de blogueros y «periodistas ciudadanos». Rebelarse contra el poder de los mediadores es como rebelarse contra el taxista: si no te satisface el servicio, súbete a otro taxi, pero nadie duda de que es más cómodo, inteligente y seguro dejarse llevar por un conductor experto que conducir uno mismo. Las élites seguirán leyendo periódicos y seguirán montando en taxi.
Hay otra razón sólida para la esperanza. Se calcula que más del 80% de los contenidos que albergan los blogs y los diarios digitales son parasitarios de medios impresos. Está por ver que Internet alcance la autosuficiencia para producir noticias originales y contrastadas (y cómo se pagará a quienes las elaboren, dada la baja cotización de la publicidad online, pues los anunciantes desconfían de la volatilidad de este medio). Pero, en fin, entre la utopía libertaria digital y la distopía de un auge de corrupción por el debilitamiento de los viejos periódicos, nuestro pronóstico se torna esperanzado a fuer de riguroso: siempre habrá una minoría que quiera saber, de buena tinta, qué están haciendo con nuestros impuestos. Tampoco el teatro ha muerto. El mercado, como en otros sectores, se organizará para saciar el hambre pertinaz de información. Y si hay que recurrir masivamente a las subvenciones, que nadie se rasgue las vestiduras proyectando sobre el medio ayudado el estigma de la parcialidad: siempre hubo diarios subvencionados y eso no ha evitado la revelación valiente de innumerables escándalos. Porque lo bueno es que en un diario cabe de todo.

01/05/2010

 
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