ARTÍCULO

Light que te quiero light

Alfaguara, Madrid
322 pp. 19,50 €
Alfaguara, Madrid
328 pp. 19,50 €
 

Anne Holt (1958) fue ministro de Justicia en Noruega con treinta y ocho años; Sergio Ramírez (1942), vicepresidente de Nicaragua a los cuarenta y dos. Apenas salió del gobierno, Anne Holt publicó en 1997 una policíaca, El signo de Leo, sobre la enigmática muerte de la primera ministra en su despacho oficial de Oslo. Fue el extraordinario arranque de una serie protagonizada por la comisaria Hanne Wilhelmsen. Por su parte, Sergio Ramírez, antes y después de su desempeño político, siempre se dedicó a la literatura, con éxito merecido. Pero aunque no esquivó nunca la cara violenta de la realidad de su país, e incluso le ha dedicado varias novelas a crímenes políticos y comunes, tengo entendido que esta última es su primera policíaca.
Lo fascinante de un relato con trama o subtrama política, escrito por un profesional de la cosa pública, es que uno espera la mirada del insider (= del buzo sumergido en semejante mar de los zarpazos), una mirada desde dentro, nada fácil de mimetizar por un extraño a ella. Lo raro es conseguirlo, y la densidad de la novela policíaca de Holt casi puede considerarse la excepción a la regla, pues la regla es quedarse en la superficie. Como sucede en El cielo llora por mí.
Esto no quiere decir que no merezca su lectura. Sergio Ramírez es demasiado buen narrador para ofrecernos un producto barato. Vale la pena acompañar su paseo con un espejo por el mundo del hampa nica. Se pasa un buen rato con él. Pero no logra uno desprenderse de la impresión de que el propio autor no se empleó a fondo en su escritura. Parece un buen ejercicio de digitación, el de un buen pianista entrenándose para un concierto de mayor fuste.
Y, además, aunque Sergio Ramírez está lo bastante fogueado en el mundo de la edición, en esta oportunidad me parece que se le ha ido la mano en el color local. Es más, en aras de ese color local comete un pecado imperdonable en una policíaca, y es que la trama interese menos que las pinceladas de observación costumbrista. La policía de Managua es como un patio de Monipodio y, al igual que en el modelo cervantino, lo que sucede es menos importante que el lenguaje. Pero los relatos policíacos tienen que obedecer a ciertas leyes, al menos desde la expectativa del lector. Si esas leyes se incumplen, y por muy buena que sea la prosa, al final de la lectura queda un regusto desilusionado.
En la varilla antípoda del abanico narrativo se encuentra Memorias de una dama, del peruano Santiago Roncagliolo, cuyos personajes viven en un continuo trajín viajero, que los lleva a Madrid, Lima, París, Santo Domingo, La Habana, Miami, Nueva York, Buenos Aires, las Bahamas, la Toscana, y no recuerdo adónde más. Me animo a certificar que lo que en Ramírez es buen costumbrismo, aquí es mal cosmopolitismo. El cielo llora por mí es light como un zumo de fruta natural, Memorias de una dama es light de diseño, light que te quiero light.
Para entender mejor lo que intento decir, nada como copiar ad pedem litterae aquello que reza en la contraportada del libro (el lenguaje siempre desenmascara mucho): «La millonaria Diana Minetti quiere escribir sus memorias, una historia llena de glamour y fiestas de la alta sociedad en Londres y París. Pero contrata para el trabajo a un escritor peruano mediocre, arribista y casi ilegal que quiere publicar un libro de éxito cueste lo que cueste. Durante la investigación el biógrafo descubre los vínculos de la familia de Diana con el fascismo, la Mafia italiana, la CIA y las dictaduras caribeñas de Trujillo y Fulgencio Batista. Y decide escribir una historia muy distinta de la que quiere su cliente. Jackie Kennedy, Benito Mussolini, la Revolución Cubana, Lucky Luciano, Mario Vargas Llosa desfilan por este libro, mezcla de comedia, thriller y novela histórica sobre las mentiras, el dinero y las buenas familias». [Conste aquí mi expreso agradecimiento a los contraportadistas de Alfaguara por evitarme el trabajo del resumen.]
Poco hay que añadir a tal texto, sino que su pretexto no está mal escrito y puede leerse de un tirón, ya que la vocación de voyeur es casi ingénita en la naturaleza humana. Pero sí puede decirse que igual si no lo lees, no te has perdido nada, y esa es la piedra de toque de la buena literatura. Confieso, sin embargo, que mi rechazo de esta novela, que creo que se nota, viene de otro costado, y es el de quererle tomar el pelo al lector. Pues ocurre que el «negro» que contrata Diana para escribir sus memorias es, efectivamente, un escritor peruano mediocre y arribista, pero en la novela aparece varias veces (una de ellas como Deus ex machina) un autor paraguayo de nombre Santiago Roncagliolo, en el cual –pese a su pasaporte– no hace falta que invirtamos mucha materia gris para descubrir al álter ego del autor del producto en venta: me refiero al libro que estoy reseñando. Y con ello debería quedar claro, por si aún no se dieron cuenta, que Santiago Roncagliolo no puede ser en modo alguno, ¡por todos los dioses, incas o no!, un escritor peruano mediocre y arribista. Faltaría más. Si es paraguayo...
Tengo entendido que a estos jueguecitos del novelista como personaje en su novela (que Galdós practicaba ya en algunos Episodios Nacionales) se los considera muy posmodernos y no sé cuántas lindezas más. Pero a mí, si no están respaldados por una fundamentación orgánica, como la del Unamuno enfrentado por su protagonista en Niebla, me parecen simplemente pasatiempos à la page y, en consecuencia, tan solo dignos de que pasemos a la página siguiente.

01/06/2009

 
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