ARTÍCULO

El bello pasado

Introducción y traducción de Federico Eguíluz Espasa Calpe, Madrid
472 págs. 26
 

El novelista norteamericano Mark Twain pertenece a una raza ya extinguida de escritores, anteriores a la crisis del lenguaje que sacudió con extrema violencia el siglo XX , para quienes narrar era algo tan natural, espontáneo y poco sofisticado como hablar, respirar, comer, beber o pescar truchas con la mano. Twain fue de los últimos en poseer aún la robusta confianza en el progreso y el optimismo y la fe contagiosa de los grandes espacios abiertos. La Naturaleza todavía le habla con su susurro de hojas y él sabe interpretarla. En los libros de Twain el sol pica, la abeja zumba, la madera cruje, las rosas se abren y los caballos sudan. Escribir es un trabajo físico y varonil realizado al aire libre, como cortar leña con una sierra o acarrear agua desde el pozo. Sus mejores imágenes son todavía arquetipos frescos y matinales: el río, la casa, el árbol, el niño, el barco. Eso duró poco tiempo. La historia lo barrió de un escobazo. Después de él vendría otra generación de escritores, nacidos en la misma zona geográfica del sur de Estados Unidos, pero sumidos en otro espacio mental, para quienes la palabra suponía ya una condición traumática: Tennessee Williams, Carson McCullers, Truman Capote. El antagonismo más evidente lo marca tal vez William Faulkner. Y es curioso, porque si bien las instantáneas que ambos autores manejan siguen siendo las mismas –la casa, el barco, los niños–, en Faulkner aparecen sometidas a un radical proceso de envejecimiento y desgaste que las vuelve irreconocibles y fantasmales, como roídas por un ácido. La casa es una mansión espectral atravesada por los complejos del pecado y la culpa, habitada por monstruos y huérfanos que son una pandilla de tarados y alcohólicos incestuosos. Faulkner se muestra torturado allí donde Twain aún podía permitirse el lujo de ser inocente y adánico. El más joven es neurótico y «moderno», mientras el autor más veterano es vigoroso y preindustrial. Faulkner es un avión derribado y Twain es un barril de manzanas. Samuel Clemens, verdadero nombre de Mark Twain, nació en el estado esclavista de Missouri en 1835. Tercero de cinco hermanos, fue hijo de un soñador que arruinó a su familia a fuer de emprender negocios calamitosos antes de dejarlo huérfano a los once años. A partir de ahí el niño tuvo que espabilar, y aquel pésimo estudiante –que siempre prefirió la compañía de tahúres, bebedores y buscavidas antes que imitar a la gente honrada y madrugar cada mañana para acudir a la iglesia– comenzó a ejercer uno tras otro esa variada lista de oficios manuales que tan socorrida resulta para cualquier entrevistador o biógrafo: aprendiz de imprenta sin sueldo, oficinista, buscador de oro, soldado en las filas del ejército confederado (un episodio poco honroso), reportero de sucesos, piloto fluvial, editor, conferenciante por medio mundo y, un poco de rebote, escritor de éxito fulminante a partir de los cuarenta años, gracias sobre todo a ese par de clásicos instantáneos que fueron Las aventuras de Tom Sawyer (1876) y Las aventuras de Huckleberry Finn (1884). Como él mismo explica en este libro autobiográfico, como excusándose con humildad: «Había fracasado en todas las empresas que había iniciado y me encontraba metido en la literatura casi sin quererlo». En 1870, tras un noviazgo accidentado y varios rechazos, contrajo matrimonio con Olivia Langdon (Livy), quien a partir de aquel momento se convirtió en su compañera constante, madre de sus tres hijas y su más firme apoyo durante cerca de tres décadas de vida en común, hasta la muerte de ella en Florencia. En compañía de su familia, Twain emprendió agotadoras y multitudinarias giras de conferencias por toda la geografía americana, contratado como humorista, en una serie de actuaciones que tenían poco que ver con ese acto aséptico que hoy en día entendemos por conferencia, y se acercaban más bien a una especie de music-hall hablado o show de variedades. Por aquella época, de hecho, abundaban los conferenciantes profesionales, los mejores de los cuales podían permitirse el lujo de vivir holgadamente de este trabajo. Existía una gran competencia entre ellos. Twain aterrizó en ese mundillo y lo puso patas arriba, al introducir novedades arriesgadas tales como el empleo temerario del silencio («yo solía jugar con la pausa como otros niños juegan con un juguete»), o la repetición impasible del mismo párrafo, recitado una y otra vez con las mismas palabras y el mismo gesto inexpresivo, sin mover un músculo, hasta que conseguía arrancar carcajadas de su auditorio. «Mark Twain», el apodo que escogió como seudónimo (y cuya traducción literal significa «dos brazas de profundidad»: tal era el grito que lanzaba el sondeador para referirse al calado mínimo necesario a la hora de navegar), es significativo, pues representa un homenaje a los barcos fluviales en los cuales trabajó durante una época feliz, y toda su prosa es eso: un barco fluvial movido por las palas que atraviesa perezosamente el Mississippi. Esa es su velocidad, y esa es la cadencia de su mirada: relajada, escéptica, más bien lenta, viendo pasar las orillas al tiempo que hace sonar la sirena. Es el ritmo sosegado de quien relata una historia que sabe interesante ante un corrillo de ociosos, mientras masca su tabaco de mentiroso sureño. Un murmullo de palabras, el balanceo cabeceante de la cubierta de un buque, una suave borrachera inducida por eso que él mismo califica en el capítulo IX de esta Autobiografía como «el vino revivificante del pasado, el pasado patético, el bello pasado, el querido y lamentado pasado». De eso trata este libro: del pasado revivificante, patético, bello, querido y lamentado. De todo eso a la vez. Son breves capítulos sueltos, viñetas independientes de media docena de páginas cada una, escritas al azar siguiendo el capricho de la inspiración del momento y ordenadas más tarde por el editor ciñéndose a un criterio cronológico. En ellas el autor se despacha hablando de su infancia, sus padres, la escuela, los negros, sus primeros amores, la costumbre de los duelos a pistola, el sarampión («Nunca he disfrutado en toda mi vida más una cosa que estar muriéndome entonces. Porque, en efecto, me moría») y docenas de asuntos más, algunos serios y trascendentes y otros de poca importancia («como la religión y la política y esas cosas»), pero todos ellos bañados en el mismo espíritu risueño, burlón e irreverente de quien hizo de la diversión y la crítica algo más que un pasatiempo –una profesión de fe– y supo salpimentar su escritura con un candoroso humorismo de cine mudo. Twain disfruta escribiendo, se lo pasa bien, es amenísimo, se nota que nunca pierde de vista la cercanía con el lector, a quien se diría que está telepáticamente unido, enganchado por un hilo irrompible de jocosidad y chispeante ingenio. No cansa nunca; no aburre. Tiene el don de la memoria oportuna y la gracia, y su baúl de viejo comediante de provincias parece no tener fondo y ser inagotable. De ese zarandeado baúl –por viajes, por giras, por bancarrotas– Twain extrae una colección de historias protagonizadas por tipos excéntricos y zascandiles, que son más o menos los mismos que pueblan sus ficciones y que en ocasiones aquí el autor identifica y señala con el dedo, llamándolos por sus nombres y apellidos, despojándolos de sus máscaras y disfraces. Más que una autobiografía (pues la construcción o destrucción de su identidad brilla por su ausencia), se trataría pues de una antología de recuerdos, de anécdotas, de opiniones, como un álbum de fotos que el autor, al final de su vida, rescatase del olvido, nos mostrase y explicase, comentándolas una a una con gracejo y haciéndonos partícipes de su pasado. La maestría de Twain en el manejo de los recursos narrativos es tal que convierte cada una de estas miniaturas en un gozoso ejercicio de fabulación, de funambulismo, en un pequeño pero elocuente aerolito verbal creado de la nada con cuatro brochazos, con las palabras justas. Así sucede cuando rescata del olvido la figura del pícaro escritor Bret Harte, tan trotamundos o más que él, a quien la fortuna elevó y hundió en la miseria con la misma indiferencia. Twain narra la historia evitando ensañarse, con generosidad, sin ocultar la sordidez del personaje pero centrándose en sus aspectos hilarantes. Siempre que puede, evita cargar las tintas. Sus retratos, que podrían ser ácidos y llenos de amargura, resentimiento o malevolencia, están sin embargo nimbados de tacto, delicadeza y profunda comprensión hacia el género humano y sus flaquezas. La calidez de su simpatía procede de un trasfondo humanista obtenido de forma autodidacta después de patear durante años los caminos y tabernas y está más cerca, para entendernos, de Cervantes que de Quevedo. Según él: «Estoy convencido de que la especie humana no es un blanco apropiado para palabras duras y críticas ásperas y que el único sentimiento justificable hacia ella es la compasión». Movido por esta certeza, sólo habla de lo que ha visto y conocido y puede juzgar sin prejuicios. La principal ventaja de este sistema es que Twain nunca trabaja de oídas; en eso sí es serio, y los materiales que emplea son siempre de primera mano. No se deja embaucar por rumores y habladurías. Él en persona fue testigo ocular de lo que cuenta; su prosa es fruto de su capacidad periodística de observación y agudeza, y ese aspecto le brinda a su escritura un tono de verosimilitud, una viveza coloquial y un encanto notables. Frente a tantos otros escritores de piscifactoría, dóciles, amaestrados y grises, Twain navega a su aire fuera de los circuitos cerrados, va por libre y muestra su flanco de salmón espléndido. Algo así queda patente cuando afirma: «El último cuarto de siglo de mi vida ha estado constante y fervorosamente dedicado al estudio de la especie humana. Es decir, al estudio de mí mismo, porque en mi persona individual yo soy la especie humana entera y compactada toda junta. He descubierto que no hay ingrediente de la raza que yo no posea, ya sea en pequeña cantidad o en un grado mayor». O, dicho con otras palabras, que la humanidad de Twain se confunde con la humanidad a secas. Cuando habla de sí mismo está hablando de todos y cuando habla de los demás está haciendo su autorretrato. No necesita realizar el menor esfuerzo mental para identificarse con el ciudadano común, porque él también lo es y no aspira a ser otra cosa. De ahí procede la popularidad de su genio y su raíz democrática. Al igual que Oscar Wilde, disfrutaba del talento epigramático para acuñar frases de una lucidez perfecta que no han parado de circular desde entonces y de repetirse hasta el abuso con más o menos fidelidad. El lector encontrará en este libro abundantes ejemplos de ello. En estas páginas Twain parece un personaje de ficción sacado de uno de sus propios libros: dicharachero, orgulloso, bromista, locuaz, con su pizca de chifladura, siempre dispuesto a embarcarse en aventuras quiméricas al lado de compañeros estrafalarios que le arrastran a la ruina. No se pinta mejor de lo que es, pero evita hurgar en la herida. De lo que está limpia su prosa, por fortuna, es del menor atisbo de autocompasión. Incluso cuando se refiere a los muchos desastres económicos que se vio obligado a afrontar a lo largo de su vida y –lo que es mucho peor– a los numerosos seres queridos que la muerte le fue arrebatando a lo largo del tiempo, amigos y familiares (incluyendo a su propia esposa y a dos de sus hijas), lo hace empleando un tono de contenida elegía que es muy de agradecer. Su voz sólo se quiebra (no demasiado) cuando entra en escena su hija Susy, muerta prematuramente de meningitis a los veinticuatro años, y cuya infancia estuvo tocada por un halo misterioso y un raro entendimiento del mundo, de una sagacidad precoz, más propia de adultos o de filósofos. El autor reserva para ella las páginas de más luminosa ternura, aunque, siempre fiel a su divisa, se abstiene de gimoteos sentimentales y prefiere ocuparse de los juegos y las risas. Guiado por este propósito, incluye fragmentos de la biografía infantil que la niña redactó sobre su padre, llena de faltas de ortografía (que la traducción traslada con mejor o peor fortuna a nuestro idioma), pero de un divertido tono desmitificador y doméstico. De hecho, si algo pudo amargar y ensombrecer los últimos años del escritor, convirtiendo su viudez en un lugar feo, triste y melancólico, hasta agriar su legendario buen humor, fue esa acumulación de pérdidas. Pese a tantas calamidades, la lectura de este libro transmite una sensación de euforia. Ello es debido, en parte, a su endiablada agilidad de orador, y en parte a su huida de todo engolamiento o grandilocuencia pomposa. Aunque está hecho de materiales pobres, extraídos de la llamada «realidad», comparte con sus ficciones la misma actitud desenvuelta y la misma falta de pretensiones que lo llevó a incluir en la primera página de su obra maestra, Las aventuras de Huckleberry Finn, la siguiente advertencia a los lectores: «Las personas que intenten encontrar un sentido a esta narración, serán perseguidas. Aquellas que intenten hallar una moraleja, serán desterradas, y las que traten de encontrar un argumento, serán fusiladas». Después de esto, creo, queda poco más que añadir. El año en que Mark Twain nació, el cometa Halley cruzó el cielo. Setenta y cinco años más tarde, la cola incandescente del cometa fue vista de nuevo desde la tierra. El escritor abrigaba la esperanza de que el mismo cometa que había saludado su entrada en este mundo tan extraño trajese también la señal luminosa de partida. «Será la mayor decepción de mi vida –declaró– si no parto con el cometa Halley». Se empeñó en ello, y lo consiguió. Por una vez las profecías acertaron, y Twain vio cumplido su sueño. Emprendió su último viaje en 1910, en un arco de una simetría perfecta. Pocos pueden presumir como él de haber llevado una existencia tan rica, y que la bengala encendida en la tarta del último cumpleaños de su vida fuese la cabellera de un cometa.

01/08/2004

 
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