ARTÍCULO

Memoria de una resistencia

 

Hijo de un rabino, Victor Klemperer (1881-1960) consiguió en 1920 la cátedra de filología románica en la Escuela Superior Técnica de Dresde. Su contacto con Karl Vossler influiría de forma determinante en su vocación de romanista. Excombatiente de la Gran Guerra, se casó con la pianista Eva Schlemmer y se convirtió al protestantismo, no sin cierto escepticismo. Se trataba, pues, de un judío asimilado, casado con una gentil y que no experimentaba ninguna simpatía hacia el sionismo. Nada de eso evitará que las leyes raciales de la Alemania nazi le despojen de su cátedra y lo obliguen a trabajar como simple operario de una fábrica. Expulsado de su domicilio, estigmatizado por la estrella amarilla, privado de su biblioteca y sin posibilidad de publicar, sólo su matrimonio con una mujer «aria» aplazará una y otra vez la deportación. La voluntad de resistir se manifestará en un diario clandestino que reflejará sus cambios emocionales ante las inacabables humillaciones y temor constante a perder la vida. El heroísmo de Eva, que soporta las mismas vejaciones sin cuestionar su matrimonio, le salvará de compartir el destino de los otros judíos de la localidad. La lluvia de fuego que descenderá sobre Dresde el 13 de febrero de 1945 frustrará su inminente traslado a un campo de exterminio, permitiéndole confundirse con una multitud aterrorizada. En compañía de su mujer, se unirá a la riada de refugiados, asistiendo a la caída de ese Reich milenario que en apenas doce años rebasó los límites de crueldad fijados por conflictos anteriores, asociando el nombre de Alemania a una de las infamias más inimaginables de la historia contemporánea. El lector español ya había disfrutado de la posibilidad de leer a Klemperer en la excelente traducción de Adan Kovacsics de La lengua del Tercer Reich (Minúscula, 2001). Minucioso estudio de las perversiones lingüísticas impuestas por el régimen de Hitler, Klemperer rastrea en esta obra los orígenes de una ideología que se abastece del espíritu romántico, la doctrina rousseauniana de la voluntad general y la ensoñación fáustica de la revolución tecnológica. La «visión mística» que opone Rosenberg a la racionalidad ilustrada contiene todos los elementos de una nueva mitología orientada a demoler la tradición judeocristiana, sustituyendo el concepto cristiano de virtud por la interpretación grecorromana. La Alemania nazi intenta restituir los valores de la civilización clásica, deformando el idioma para impregnar a las nuevas generaciones de una fe irracional en la superioridad de la cultura germánica. Klemperer advierte que la lingua tertii imperii es un «lenguaje de la fe». El paso hacia atrás no implica la abjuración de la simbología cristiana. Los mártires del Partido «son tratados como mártires cristianos». Dentro de esta perspectiva, el antisemitismo constituye ese eje impulsor que Carl Schmitt identifica con la dialéctica amigo/enemigo. Sólo el odio racial puede permitir que poder y derecho se identifiquen en un Estado, cuya legitimidad se basa en su capacidad de manifestar su fuerza. No es extraño que Theodor Herzl recurra a la figura del antagonista para consolidar la identidad del pueblo judío. Lo más grave de este fenómeno es que su sombra no se extingue en las cenizas humeantes de la cancillería del Reich. El final wagneriano de Hitler y sus colaboradores prefigura un porvenir que discrimina entre seres productivos e improductivos. Al igual que Carl Améry, Klemperer (que recuperaría su cátedra tras la guerra) entiende que el Cuarto Reich se ha instalado silenciosamente entre nosotros. Todo esto representa la ruina del humanismo, una palabra que los nazis «nunca utilizaban sin un entrecomillado irónico» y como sinónimo de «algún adjetivo infamante». La edición española de los diarios comienza con el triunfo electoral del partido nazi. Ya en esas fechas, Klemperer intuye que Hitler «terminará en delirio religioso». Las primeras restricciones no tardan en llegar. La campaña antisemita propaga la idea de que «el judío que escribe en alemán miente». Los intelectuales judíos ultrajan el patrimonio cultural de un pueblo humillado por el resto de las naciones. Klemperer comienza a experimentar dificultades para publicar sus investigaciones, lo cual no impide que prosiga su Historia de la literatura. Su estudio sobre la literatura francesa del XVIII se convierte en un ejercicio de resistencia, pues no ignora que ninguna editorial aceptará su trabajo. Durante esos años, el matrimonio Klemperer aún puede acudir al cine, conservar su nueva casa o comprar un coche con el que realizan excursiones. El juramento de fidelidad al régimen (forzoso para todos los docentes universitarios) no evitará la expulsión de la cátedra en 1935. Klemperer, que se enorgullece de su nacionalidad alemana, descubrirá el carácter nocivo de todo nacionalismo. La persecución no mermará su clarividencia. Bolchevismo, sionismo y nazismo son formas de la misma enfermedad. La pasividad de la comunidad judía no le ayudará a mejorar su opinión sobre las teorías de Herzl. Judíos y alemanes coinciden en considerarse «el pueblo elegido». Frente a esa tendencia, Klemperer reivindica el espíritu ilustrado, pues sólo la razón puede disolver ese comunitarismo que aspira a disolver al individuo en la masa. El concepto de tipo de Jünger representa la forma más elaborada de una ideología que pretende sepultar la diversidad humana bajo un manto de uniformidad. En octubre de 1933 comienzan las primeras desapariciones. Las derrotas en el frente ruso aceleran las deportaciones. A partir de 1942, el nombre de Auschwitz ya circula con fluidez y pocos ignoran que los Balcanes, las repúblicas bálticas o Ucrania son el escenario de terribles matanzas. Pese al secretismo establecido en la conferencia de Wannsee, el eufemismo «Noche y niebla» no consigue ocultar el empleo del ácido cianhídrico en el exterminio de judíos, gitanos, homosexuales, discapacitados y otras minorías étnicas, sociales o políticas. Las noticias sobre la sublevación del gueto de Varsovia sólo corroboran la gigantesca proporción del Holocausto. La solidaridad con las víctimas que exterioriza Klemperer no es incompatible con otros sentimientos menos incuestionables. Obligados a entregar sus mascotas, Victor y Eva tendrán que aplicar la eutanasia a su gato, una crueldad para la que no se constituirá ningún Tribunal de Nüremberg, pero que merecería una horca «tan alta como una torre» (LTI. Apuntes de un filólogo). Klemperer no es indulgente con sus compatriotas, pero tampoco omite las manifestaciones de simpatía. El éxito de la propaganda se refleja sobre todo en las escuelas. Los más pequeños son los más encarnizados antisemitas. Los adultos, en cambio, se muestran menos vulnerables a la manipulación. Las ofensas conviven con gestos que nuestra imagen del período considera inconcebibles: efusivos apretones de manos en plena calle, palabras de aliento, demostraciones de respeto. Durante los meses de trabajo en la fábrica, Victor no sufrirá ultrajes y, aunque la ley lo prohíbe, sus compañeros hablarán con él, sin escatimar respeto o consideración. Esa situación coexiste con los insultos y las amenazas de los transeúntes que se extrañan de cruzarse con judíos, invocando el tiro en la nuca para los que aún permanecen en Alemania. Estas reacciones motivan que Klemperer llegue a pensar que los estentóreos gritos de Hitler expresan el alma popular. «El desprecio y la repugnancia y la más honda desconfianza frente a Alemania no me abandonarán jamás. ¡Y yo que hasta 1933 estaba tan convencido de mi germanidad!». Esa opinión es cuestionada en varias ocasiones, pero siempre prevalece la idea de haber perdido definitivamente el sentimiento de patria. «Me he convertido en apátrida no sólo exteriormente. Mi sensación interior de ser alemán ha desaparecido». A diferencia de Reich-Ranicki, Klemperer no se reconciliará con su país al reconocer en la literatura alemana «una patria portátil». Las alocuciones de Thomas Mann desde el extranjero tampoco le ayudarán a recuperar el vínculo con su país. Klemperer no se muestra complaciente consigo mismo. Alojado en sucesivas Casas de Judíos, respira aliviado cada vez que la muerte escoge a otro. La influencia protestante se manifiesta en ese espíritu autocrítico que se pregunta una y otra vez sobre el derecho a sobrevivir a los demás o a poner en peligro la vida de su esposa, escribiendo un diario que, de ser descubierto, les acarrearía la muerte a los dos. A veces, atribuye su tarea a la vanidad, pero otras considera que su testimonio es una forma de resistencia. Las páginas del diario no excluyen el humor. Las clases de conducir se convierten en un tormento para un profesor que supera los cincuenta. Los estragos que sufre un Opel de 32 caballos al entrar y salir del garaje son recreados con fina ironía. El retrato de los vecinos de la Casa de Judíos y de los compañeros de la fábrica revelan perspicacia y talento literario. La destrucción de Dresde es reconstruida con las dosis necesarias de dramatismo y suspense. Encarcelado durante una semana por encender una luz durante un bombardeo, su prosa se aproxima a Kafka al evocar esos ocho días que se transformaron en interminables «horas de jaula, horas vacías». Su meditación sobre el tiempo tiene ecos borgeanos: «La duración infinita consiste en la nada de los cuatro pasos hacia la ventana y de los cuatros pasos hacia la puerta, en estar muerto en plena consciencia». Klemperer analiza la figura de Hitler con ojos de novelista. El éxito del canciller es el éxito del hombre común. Su odio al intelectualismo forma parte del odio hacia los matices. Los nazis sustituyen los razonamientos por eslóganes. Hitler afirma que no habla para los profesores universitarios. Su populismo incluye la fe en la astrología y un ecologismo superficial. La prohibición de realizar vivisecciones con animales convive con las campañas de esterilización y eutanasia forzosas. El triunfo de Hitler es impensable sin las alocuciones de Goebbels. El ministro de propaganda habla de la «bestia rubia germánica», pero su aspecto físico se corresponde con el de un judío. Hacia el final de la guerra, los dos líderes son figuras patéticas sobrepasadas por los acontecimientos. A pesar de la prohibición de leer prensa, escuchar la radio o consultar bibliotecas, Klemperer no pierde el contacto con las novedades. Nos informa de la campaña de Rusia, del atentado contra Hitler, del incidente de Unamuno en Salamanca. Los hechos externos apenas desdibujan el protagonismo de su mujer. Eva no es inmune al miedo ni a la desesperación, pero nunca deja de apoyar a su marido. Cuando se impone la obligación del brazalete con la estrella de David, se agarra del brazo de sus vecinos y amigos judíos para ocultar la infame distinción. Klemperer considera que el heroísmo consiste en algo más que en arriesgar la vida. El coraje también se encuentra en los canallas. El verdadero heroísmo implica un beneficio para la humanidad. Eso excluye al soldado alemán. Frente a las hazañas militares, tan ruidosas e indiscretas, las pocas esposas arias que se mantuvieron junto a sus maridos nos enseñan el auténtico sentido del valor. La desesperanza que podría nacer al leer estos diarios se disuelve al contacto con su recuerdo. I

01/02/2004

 
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