ARTÍCULO

Joyas completas

Alba, Barcelona
Traducción de Clara Janés, Esther de Andreis, Francesc Parcerisas y Alejandro Paloma Introducción de Ana María Moix
782 págs. 4.712 ptas.
 


Katherine murió hace una semana. [...] El viernes, durante el desayuno, Nelly [criada] nos lo dijo con su tono sensacionalista: "¡La señorita Murry [nombre de casada de K. M.] ha muerto! Viene en el periódico". Y sentí... ¿Qué sentí? ¿Un repentino alivio? ¿Una rival menos? Luego, la confusión de sentir tan poca emoción... Y después, gradualmente, vacío y decepción; y un abatimiento del que no pude recuperarme en todo el día. Cuando me puse a escribir, me pareció que escribir no tenía ningún sentido. Katherine no lo leerá. Katherine ya no es mi rival» (Diario, 16 de enero de 1923).

No sabe una qué admirar más en estas pocas frases: si su sinceridad chocante o la clarividencia con que Virginia Woolf –pues es ella quien habla-comprende que de todos los escritores de su círculo, Mansfield es la única que puede hacerle sombra. También T. S. Eliot y E. M. Forster le inspiraban una mezcla de amistad y envidia. Pero Mansfield es su mayor rival porque ambas buscan lo mismo: describir la vida cotidiana y las relaciones sociales en determinados ambientes (clases medias cultivadas, a caballo entre la burguesía y la bohemia), pero sobre todo bucear por debajo de esa superficie, zambullirse en busca de revelaciones existenciales y éxtasis poéticos. Es lo que Joyce define ––y practica– por la misma época con el nombre de «epifanía», y Ortega, también en esos años, explica así: «El gran novelista desdeñará siempre el primer plano de sus personajes y sumergiéndose en cada uno de ellos tornará apretando en el puño perlas abisales» (Ideas sobre elteatro y la novela).

De los cinco libros de relatos que debemos a Katherine Mansfield, sólo el primero, En un balneario alemán, publicado en 1911, cuando la autora contaba 23 años, es insatisfactorio. Se queda en la descripción, en la superficie: pinta con trazos a veces demasiado gruesos, próximos a la caricatura, a una serie de personajes convencionales y mezquinos, marcados por el esnobismo social y los prejuicios nacionales; en cuanto a la estructura de los relatos, confía demasiado (como suelen hacer los cuentistas mediocres) en la anécdota, en el rasgo de ingenio, en el final-sorpresa: véase por ejemplo La hermana de la baronesa. Luego, un silencio de nueve años. Y en 1920, con Felicidad y otros cuentos, reaparece Katherine Mansfield ahora en absoluta posesión de su estilo y sus temas. Sus libros sucesivos, Fiesta en el jardín (1922), El nido de la paloma (1923) y Algo infantil (1924), estos dos publicados póstumamente, no hacen más que confirmar su asombrosa maestría.

Ya en Balneario... había por lo menos un cuento («En Lehmann's») que prefiguraba lo que es el prototipo de los mejores de Mansfield: los que narran la revelación o atisbo, en la vida de un personaje, de otra cosa. ¿Qué otra cosa? En su introducción a estos Cuentos completos, Ana María Moix lo expresa así: «Supo plasmar, sin describirlo, el terrible dramatismo oculto tras la aparente bonanza de la vida cotidiana». En efecto, muchas veces ese algo que el personaje intuye o que irrumpe en su vida es el drama de la existencia: la muerte («Fiesta en el jardín», «Revelaciones»); el desmoronamiento del amor («La lección de canto», «Felicidad»); la crueldad o el egoísmo ajenos («La señorita Brill», «Un pepinillo al eneldo»)... En otras ocasiones, se trata de algo impreciso, enigmático: un secreto turbio en una pareja aparentemente feliz («El hombre apático»), una premonición de dolor en pleno viaje de bodas («Luna de miel»)... Pero quizá la mayor habilidad de Katherine Mansfield, su verdadera magia, radica en la incesante alternancia o la aleación de la hermosura y el espanto, lo dramático y lo cómico, lo mezquino con lo sublime. Todos los registros de lo real, parece decirnos, son igualmente válidos: tan verdadera es la muerte como el brillo de una jofaina o el placer de contemplar un frutero; tan auténtica es la traición de un marido como esa alegría sin motivo concreto «que ardía en sus pechos y caía hecho flores de plata de su cabeza y de sus manos» («Felicidad»). Si es cierto que Mansfield supo plasmar el dramatismo oculto tras la aparente bonanza, no lo es menos que supo revelar algo mucho más difícil: la incomprensible belleza que hay incluso en el horror, el milagro que toda existencia implica, el misterio latente hasta en las vidas más humildes. (No es de extrañar que Felicidad fuera uno de los pocos libros que Clarice Lispector reconocía haber leído...) La lamparita en miniatura cuya visión redime a dos niñas de la miseria y la injusticia («La casa de muñecas»), la hermosura de un cadáver («Revelaciones», «Fiesta en el jardín»), el maravillado asombro que produce un peral en flor a la luz de la luna («Felicidad»), simbolizan esa mezcla de placer y dolor, frivolidad y tragedia, que conviven sin anularse. En unas pocas páginas, Katherine Mansfield nos acerca una y otra vez a una revelación formidable, pero ambigua, contradictoria, o en definitiva (como en «Las hijas del difunto coronel», un cuento justamente célebre) inalcanzable.

La medida de la vocación de Katherine Mansfield nos la da un apunte en su diario: cuando una tos sangrienta le deja adivinar la enfermedad que la matará en pocos años, es su obra lo que más le preocupa: «Y mi trabajo no estará terminado. Esto es lo que importa. Sería intolerable morir... dejar «fragmentos», «esbozos»... nada verdaderamente acabado» (Diario, 19 de febrero de 1918). Por suerte, se equivocaba. Aunque murió en plena juventud, a los treinta y cuatro años, como escritora había alcanzado la plena madurez. Nos lo demuestran estas casi ochocientas páginas de Cuentos completos, que con toda justicia podrían llamarse Joyas completas.

01/10/2000

 
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