ARTÍCULO

Coral

Alfaguara, Madrid, 400 págs.
 

La voz dormida, la última novela de Dulce Chacón, de puro realista, echa mano de testimonios que en ningún momento camuflan su procedencia; es decir, nos hallamos ante algo semejante a un docudrama, bien que presentado bajo la forma de novela dialogada, aunque las descripciones de Dulce Chacón, adobadas con un estilo suavemente épico, acaben dando a su historia una multiplicidad de objetivos que mitigan el rigor de las casi cuatrocientas páginas que el libro tiene. Quiero decir con ello que, en tiempos poco proclives a las historias voluminosas, la novela de Dulce Chacón plantea mucho de desafío a la paciencia lectora. Lo que, por lo visto, y dado el creciente número de reimpresiones de este título, no parece ser un hándicap. Sí lo era el que afrontaban las protagonistas de La vozdormida, mujeres republicanas en los años cuarenta, lo que sin duda suponía un doble y espinoso obstáculo. También aparecen hombres en esta historia apasionada, en la que Chacón no ha querido desplegar distanciamiento alguno, salvo alguna reflexión anafórica y con sabor a muerte súbita, solamente que los personajes masculinos de la novelista extremeña valen literariamente muy poco y tienen mucho de sombras difuminadas y poco valor en cuanto que entes de ficción. A ello contribuye el pequeño barullo que Dulce Chacón se arma (y nos arma) a la hora de dotar a algunos de sus hombres de nombres de guerra, con lo que sus apariciones –y reapariciones-causan un cierto caos que añadir a la frialdad con que están descritos. Y es que, dígase ya, La voz dormida consta de una primera parte del mayor interés para ir bajando el tono hasta resultar un pequeño fiasco para cuanto venía prometiendo. Estas mujeres, correlato de las famosas Trece rosas, ejecutadas en la posguerra por el franquismo, forman un magnífico retablo coral en el que Dulce Chacón despliega habilidad para que el complicado rompecabezas no se le vaya de las manos. Lo que no resulta fácil, habida cuenta del ambiente claustrofóbico y limitador que una prisión supone. Para llegar al enlace del argumento carcelario con el de la guerrilla, pasaremos por una vivienda en la que una pareja, el médico-platero y su esposa, algo bastante increíble en una novela realista, silencian sus diferencias ante la mirada impertérrita de la fámula, por un lado relacionada directa y humanamente con la prisión y, por otro, por razones sentimentales con la guerrilla. Y es entonces donde la historia comienza a hacer agua. Porque seguramente para llevar a buen puerto toda esta segunda parte de avances y retrocesos haría falta o bien otro volumen o bien una habilidad extrema que Dulce Chacón parece no tener, al menos al mismo nivel que el demostrado en la historia meramente presidiaria. Y es que ahora la novela, entre Madrid, Córdoba, Burgos, Toulouse e incluso Praga, va y viene un poco al pairo dejando al lector más que desconcertado en determinados momentos. Y no solamente por las metamorfosis onomásticas que los personajes –y no sólo los masculinos– experimentan. Algo parecido en cuanto a la confusión ocurre cuando Dulce Chacón sitúa la acción en la siniestra DGS; ahora el distanciamiento es extremo, y las cosas –lamentables como bien se puede suponer– ocurren muy en lejanía y no precisamente por un exceso de sutileza, sospecho, sino porque hay demasiados cabos sueltos. Como nos hallamos ante una novela con atisbos de docudrama, se intercalan documentos aparentemente verídicos, dándole al volumen matices diferenciadores que podrían conducir a mayor confusión. Lástima, pues, que Dulce Chacón no haya cargado la suerte en la primera parte de una historia que llevaba a buen puerto para deslizarse o discolocarse hacia derroteros peliagudos y –definitivamente– poco favorecedores.

01/05/2003

 
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