ARTÍCULO

En busca de la razón perdida

Stanford University Press, Standford, California
 

«¿Tú libre, tú sano, tú cuerdo, y yo loco, y yo enfermo y yo atado?»
Miguel de Cervantes Don Quijote de la Mancha, II, cap. 1

Figura central del pensamiento renacentista, la locura de otros tiempos nos es familiar sobre todo a través de la literatura. «Yo soy, como veis, aquella verdadera dispensadora de bienes, a quien los latinos llaman Stultitia y los griegos Moria», proclamaba Erasmo en 1509 en un discurso ya clásico que suponía el enaltecimiento del humor, la tolerancia, la pasión amorosa, el sentimiento de admiración o la propia ignorancia como manifestaciones de una sabiduría a menudo más auténtica que la comúnmente admitida como tal. La misma ambigüedad en torno al binomio demencia-cordura mostraban asimismo muchos de los personajes creados por Shakespeare, Rabelais o Cervantes, y fue justamente su pérdida de juicio la que les sirvió para revelar la parte más esencial del ser humano. En pleno siglo XX dicha tradición fue recogida por Michel Foucault: su Historia de la locura en la época clásica representó la exaltación de una locura que se presentaba como algo sustancialmente fascinante frente al poder opresor de los incipientes estados modernos.

En contraste con la visión literaria tendente a la ponderación de los aspectos geniales y creativos de los delirios, el libro de Erik Midelfort (que se define a sí mismo desde un principio como historiador empírico frente al historiador idealista –e ideológico– personificado en Foucault) se propone trazar un cuadro realista del mundo de los locos tal y como era entendido e interpretado por quienes vivían en el siglo XVI , esto es, como un mundo más cercano a la idea de desgracia, trastorno o enfermedad que a la clarividencia trascendental. Parte para ello de diversas fuentes referidas a las tierras del entonces Imperio Germánico, lo que no impide que la mayoría de sus conclusiones sean extensivas al contexto europeo occidental, como él mismo demuestra una y otra vez a través de múltiples paralelismos.

Lejos de una visión simplista del tema, la obra nos ofrece un detallado y sugerente recorrido a través de las distintas percepciones y metáforas de la irracionalidad vigentes en la época. Entre ellas, dos se destacan como especialmente características. Por un lado, la melancolía (uno de los cuatro humores hipocráticos, que a partir sobre todo de la segunda mitad del siglo se convertiría en sinónimo de enfermedad mental para los médicos de la época) y, por otro, la posesión demoníaca (paradigma teológico del sentimiento de alienación o de la pérdida de control e integridad personal). Sin embargo, Midelfort no se detiene ahí. Más allá de los puntos de vista médico y teológico –más allá incluso de la vertiente legal, que es objeto de un extenso estudio por la tradicional vinculación entre inocencia y enajenación, que podía considerarse como eximente por los tribunales–, la locura se encarna también en actitudes concretas y no sólo en determinadas ideas más o menos influyentes. En este sentido, el capítulo dedicado a los «locos de la corte» resulta especialmente significativo.

Desde los llamados locos naturales (deficientes mentales o trastornados) a los fingidos, artificiales o profesionales (bufones especializados en ahuyentar la melancolía propia de los príncipes), Midelfort consigue transmitir la aparente paradoja entre, por un lado, la función liberadora que la locura ejercía en unos ambientes cortesanos cada vez más restrictivos a medida que el protocolo iba imponiendo sus reglas y, por otro, los constantes maltratos a que se veían sometidos tales cortejos de lisiados, enanos o simples locos. Y de la misma manera que los «locos de la corte» –una especie de animales domésticos en manos de sus dueños– solían ser objeto tanto de burlas crueles como de abusos de todo tipo, los locos en general tampoco gozaban precisamente de una reputación de sabios o iluminados, sino que –el autor insiste una y otra vez– se tenían por pobres miserables o enfermos incurables.

Quizás uno de los mayores aciertos del libro estriba en retratar y desentrañar la visión religiosa del mundo de los europeos del siglo XVI . Ya se tratara de causas, síntomas o posibles remedios, la locura y lo sagrado siempre iban de la mano. No es de extrañar, por tanto, que dos figuras tan diferentes como Lutero y Paracelso coincidieran en su descripción de aquélla como una enfermedad no sólo mental sino más bien espiritual o, por decirlo de otro modo, como una consecuencia del pecado, como un castigo divino o incluso como un pecado en sí misma. Sin salir de dicho esquema, la posesión demoníaca no representaba sino la explicación puramente espiritual de la alienación, que a su vez permitía encontrar una solución religiosa. Ya fuera mediante los espectaculares exorcismos utilizados por los católicos como medio de propaganda para demostrar que la verdad estaba de su parte, ya fuera a través de los ayunos, las plegarias o el canto de himnos defendidos por los protestantes como única cura válida, se daba por sentado que el camino en busca de la razón perdida había de pasar por una u otra iglesia. Dicha sacralización de la locura la compartían también las clases más desfavorecidas, cuyas peregrinaciones de santuario en santuario mostraban, sin embargo, el carácter eminentemente práctico de la piedad popular, más cercana a la mentalidad mágica productora de milagros que a la religiosidad interiorizada pretendida por los reformistas.

Pero si ya es un mérito retratar la locura desde los presupuestos de un mundo del que hoy apenas quedan rastros, mayor lo es todavía el acercamiento que nos permite a los lectores actuales la identificación con sus protagonistas. Paracelso concebía el desorden mental como la furiosa incapacidad para ver el punto de vista ajeno. Otro médico, el español Tomás Murillo, escribió en su Aprobación de ingenios y curación de hipochóndricos que «infinitos son en especie los modos de locura, pero todos caen debaxo de un género, porque no ay más en los furiosos, maniacos, insanientes o melanchólicos que ser una enagenación de razón [...] y así todos estos nombres dizen y significan el ser y esencia de una misma cosa». En los estrechos márgenes de un libro, Midelfort no puede abarcar tal infinitud, pero los diversos temas abordados apuntan sin duda a la universalidad que el tema requiere. A través de poco más de cuatrocientas páginas vemos desfilar desde el baile de San Vito o el impacto causado por los procesos de brujería hasta la idea del mundo del revés o las propuestas escatológico-milenaristas de un buen número de demonólogos; desde los escritos renacentistas inspirados en la teoría humoral galénica hasta las prácticas cotidianas aplicadas en dos hospitales alemanes –uno católico, otro protestante– fundados en el siglo XVI . Es este un libro imprescindible, que puede servir de inspiración para muchos estudios dentro y fuera de nuestras fronteras.

01/11/2000

 
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