ARTÍCULO

Del suicidio (político) y sus diversas formas

 

Cuando Alfonso XIII le pregunta, afectuoso, «¿Qué te trae por aquí?», Miguel Maura le contesta: «Vengo, Señor, a despedirme de Vuestra Majestad». El rey exclama: «¿Adónde te marchas?». Y el otro, entonces, le dice: «Al campo republicano, Señor». La anécdota la cuenta el propio Miguel Maura (pp. 149-150) bajo el escueto epígrafe de «Me despido del rey». Un episodio que ilustra muy bien no sólo los usos de una época, sino los «modos» (un término que a lo largo de estas páginas tendrá su importancia) y la disposición del protagonista, hijo del gran estadista conservador de la Restauración y miembro de una de las familias más prominentes de la vida política española del primer tercio del siglo XX. Pero esto lo publicaba un Miguel Maura ya maduro, a comienzos de los sesenta, cuando llevaba largos años retirado de la política activa. Personalmente desengañado, pero, al tiempo, profundamente preocupado por la ausencia de un plan viable para el paso del franquismo a un sistema democrático, el hijo de don Antonio presentaba entonces (1962) Así cayó Alfonso XIII, con la finalidad de advertir contra determinados vicios políticos (de los que luego nos ocuparemos) y, sobre todo, trazar un cuadro de lo que consideraba una transición ejemplar (la que había tenido lugar el 14 de abril).
Muy distinta es la edición que ahora comentamos de la original y las seis que le siguieron. Lo primero que llama la atención es su aumento de grosor, resultado en buena medida de una larga «introducción» (¡116 páginas!) que ha escrito su nieto, el historiador Joaquín Romero Maura, para situar al personaje en su etapa juvenil («Don Miguelito») y en su aprendizaje político («El taller de don Antonio»). Además, a las dos partes esenciales, la que narra la caída de la Monarquía y la que da cuenta de los primeros pasos del Gobierno Pro­visional, se han añadido aquí otros ­escritos de Miguel Maura –algunos iné­ditos–, de manera que entre apuntes, discursos, artículos y cartas se cubre todo el período republicano, hasta llegar al mismo 18 de julio. No es una exageración, por tanto, decir que estamos en cierto modo ante un libro nuevo, y así lo ha entendido el responsable de la edición al añadirle al encabezamiento por todos conocido un subtítulo aclaratorio: «De una dictadura a otra».
En efecto, entre dos dictaduras, la de Primo y la de Franco, en ese corto lapso que no llega siquiera a una década, se concentra la frenética actividad política del autor de estas líneas. El «señorito» –como era visto por algunos sectores y colegas– resulta ser un político de estirpe, con un talante discutible y –para muchos– una discutida reputación, pero con una voluntad firme, unos principios claros y una inu­sual coherencia. Son precisamente estas cualidades las que lo llevan a desertar de su ámbito «natural» y unirse a unos «revolucionarios», pues él es ante todo un liberal consecuente que discrepa del rumbo emprendido por la Corona. Y es que, para su sorpresa, no sólo Alfonso XIII, sino también la elite monárquica y conservadora –todo el establishment tradicional–, ha optado directamente por el suicidio. No es ya una cuestión limitada al bruto de Primo, «noble, francote, espontáneo, campechano, pintoresco y castizo» (p. 136), sino algo mucho más grave y profundo que produce auténtico «asombro» a cualquier observador desprejuiciado: el abandono –que en política es pulsión suicida– «de las más elementales obligaciones» por parte de «las clases dirigentes de la Monarquía». Pero «¿no veían el peligro? ¿Les era indiferente el cambio de régimen?» (p. 211).
Dadas las circunstancias, Miguel Maura estima que puede desempeñar un papel relevante en el campo republicano, aportando aquí las dosis de moderación, orden (en su más amplio sentido) y hasta simple sensatez que brillan por su ausencia en la orilla opuesta. Y, como es sabido, tras múltiples avatares, algunos de ellos hilarantes (el episodio de la cárcel, la solemne farsa del Consejo de guerra), el traspaso de poderes se efectúa de una forma impecable. Por lo que a él respecta, en su cometido de responsable máximo del orden público en el Gobierno Provisional, escribe como uno de los mayores éxitos del momento: «El cambio de autoridades de todas las provincias se hizo en menos de tres horas, por teléfono y sin el menor incidente en parte alguna de España» (p. 263; la cursiva es suya).
Es el momento de gobernar, pero también de hacer un pequeño hueco a la reflexión: «¿Quién derribó a Alfonso XIII?». Miguel Maura no quiere ponerse medallas que no le corresponden. Al contrario, insiste y profundiza en la teoría del suicidio: toda una clase dirigente, falta de «razón moral y fe en su obra» abrió «la fosa en que iba a ser enterrada la institución». Esto es, dicho con la expresión y las mayúsculas que él mismo emplea, «NOS REGALARON EL PODER» (p. 276). Y el nuevo régimen, establecido tan pacífica y ordenadamente (Maura da a entender que en gran medida gracias a él), empieza a gobernar con una «generosidad» y una «prudencia» que ni sus más acérrimos enemigos podían cuestionar. Pero, ¡ay!, ¿es una casualidad o, más bien, una fatalidad la que se cierne siempre sobre el pueblo español cuando más esperanzado aparece el horizonte? El lamento, una vez más, sale de su pluma (p. 377). O, dicho en términos más pedestres, ¿para qué quería la República «enemigos» contando como contaba en sus propias filas con determinados «amigos»?
Maura vuelve a mirar a su alrededor a la hora de pedir cuentas. ¿Otro suicidio? Pues sí, eso mismo: la radicalidad e impaciencia de las bases y de los extremos políticos (en especial los anarquistas) es una carga de dinamita para el sistema. Cuando la amenaza se combina con la pusilanimidad de los gobernantes (por ejemplo, ante la quema de iglesias y conventos), la mecha está encendida y el estallido ya sólo es cuestión de tiempo. Máxime cuando el gobernante sestea y, cuando no duerme, no hace más que añadir leña al fuego (el famoso ar­tícu­lo 26 de la Constitución sobre las órdenes religiosas). Es precisamente este litigio el que provoca su salida del gobierno. Desde este momento, Maura no desempeñará ya más cargos en el nuevo régimen. A lo largo de los años irá contemplando, cada vez con mayor distanciamiento, el paulatino radicalismo y la polarización. Aunque sintió la tentación de volver a participar con un nuevo partido, sus conclusiones sobre la voluntad re­formista y democrática de la derecha española eran ya francamente pesimistas (p. 470). Por otro lado, su de­sapego de Gil-Robles era insalvable y con Lerroux o, mejor cabe decir, con los lerrouxistas, las discrepancias afectaban a la propia concepción de la política como servicio y no como aprovechamiento (pp. 181-186).
En junio de 1936 publicaba nuestro hombre una serie de artículos en El Sol, recapitulando, haciendo una especie de examen de conciencia y dando, en fin, un postrer grito de alarma. El primero de ellos lleva como título «Una política de suicidas» y podría servir muy bien como quintaesencia de su sentimiento y su cavilación. Todos los pecados cometidos –escribía entonces– se condensaban en tres fundamentales: insinceridad en el cumplimiento y observancia de la Constitución, postergación del interés nacional al interés de partido y, por último, inexperiencia y falta de preparación (p. 532). A esas alturas, Maura ya no veía más solución que una «dictadura republicana nacional» para hacer frente, in extremis, al caos y al previsible golpe militar. Ya era tarde incluso para eso.
No quiero terminar sin hacer un mínimo balance, apuntando en especial a lo que un lector actual puede encontrar de interés en un análisis escrito en su mayor parte hace casi medio siglo. Permanece en primer lugar la amenidad, la frescura, el trazo suelto –especialmente brillante en las semblanzas: don Niceto, Prieto, Azaña...–, con que el autor retrata una época, un ambiente y, sobre todo, una situación política excepcional que vivió en primera fila. En este sentido, como sugería al comienzo, está plenamente conseguida la fórmula de aunar la memoria personal con el escrutinio político. Pero, más allá del tono y de la forma, sigue teniendo plena vigencia –y me atrevo a decir que en los momentos actuales, más todavía– el examen de la deriva republicana en unos términos mesurados y autocríticos. Frente a la evocación sesgada y aun la mitificación de aquel régimen que hoy parece haberse puesto de moda en algunos sectores, viene bien leer un testimonio de primera mano que nos devuelva aquel momento y aquella coyuntura con sus luces, pero también con sus sombras. Frente a la tendencia a cargar las tintas exclusivamente en los conspiradores –y no se trata de exonerar a nadie de sus culpas– conviene también ponderar, como aquí se hace, las responsabilidades internas.
Una última puntualización sin importancia: sorprende que en una edición tan cuidada nadie haya reparado en que se hace vivir a Azaña dos años más de la cuenta (p. 314). 

 

01/03/2008

 
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