ARTÍCULO

Lejos de las cigarras inclementes

Actes Sud, París
Gallimard, París
Buchet-Chastel, París
 

Rara vez las vidas contadas por familiares de los protagonistas superan la hagiografía o la venganza. Con frecuencia, el único papel de los recuerdos consiste en apoyar una tesis que el lector conoce de antemano: bien aquellos grandes hombres dejaron una huella aún mayor que la que se les ha querido reconocer, bien en la intimidad del día a día no estuvieron a la altura de su obra. Quien abra Chez les Weil y lea al comienzo del prólogo «En más de una ocasión he renegado de Simone. Me avergonzaba de este parentesco como de una tara» (p. 9) podría llevarse a engaño. Porque en lugar de entregarse a un ajuste de cuentas con su padre y con su tía –en el que bien podría haber desembocado el sentimiento de inferioridad que presidió su infancia–, Sylvie Weil ha compuesto un bello retrato, discursivo y novelesco a partes iguales, que presenta aspectos desconocidos de André y de Simone Weil, al tiempo que permite matizar muchas páginas publicadas con motivo del centenario de la filósofa.
Sin tomar siquiera en consideración su obra, los hermanos Weil pueden contarse entre los espíritus más originales del siglo XX. Lector y viajero compulsivo, André había adquirido desde muy joven una formación humanista que no tenía nada que envidiar a sus conocimientos matemáticos: leía en latín y en griego tan bien como en francés, en inglés o en alemán, y había aprendido el sánscrito en los cursos de Sylvain Lévi en el Collège de France. Gracias a ello, pudo estudiar los textos sagrados del hinduismo durante su estancia en la India, donde conoció a Gandhi, e intentó crear una escuela matemática, enfrentándose a menudo con las autoridades. Varias anécdotas confirman el perfil de uomo universale que dibuja la autora en frases como «Su cerebro era un pulpo cuyos tentáculos iban en todas las direcciones» (p. 49). Así, al enterarse de que una beca le permitiría pasar un año en Roma, el único preparativo que André Weil juzgó del todo imprescindible fue la lectura de una historia del arte italiano. De regreso a París, era capaz de disfrazarse de brahmán recién llegado de Jodhpur si de ese modo podía asegurarse una entrada para la ópera. Son sólo algunos ejemplos tomados de las páginas vibrantes de Souvenirs d’apprentissage, goetheano título de unas memorias tan literarias que el editor de la serie en que aparecieron se vio obligado a justificar en una nota previa el hecho de que hubiese en ellas más vida que matemáticas.
De la variedad de la obra científica de Weil dan cuenta los tres tomos de sus Collected Papers, que recogen trabajos publicados entre 1926 y 1978. En los últimos años, Weil había querido escapar de la tristeza de quienes tratan de ser creativos hasta el final «reciclándose en historiador». Sin embargo, su interés por los clásicos venía de mucho antes, de cuando en las horas febriles de su juventud se había convencido de que «en la historia de la humanidad sólo cuentan los genios, y el único camino para conocerlos es el contacto directo con su obra» (Souvenirs, p. 40). Fue seguramente la lectura de la obra de Fermat lo que condujo a André a interesarse por las ecuaciones diofánticas y a idear un programa en el que la teoría de números dejaría de ser una suma de problemas aislados para convertirse en el horizonte del pensamiento geométrico. Como primer paso, Weil propuso una definición de variedad algebraica abstracta sobre un cuerpo arbitrario, y en 1949 enunció una serie de conjeturas sobre las funciones zeta que motivarían los trabajos de Grothendieck y de sus alumnos.
Tampoco puede considerarse ajeno a su conocimiento profundo del devenir histórico de la aritmética el dictum «las matemáticas son una empresa colectiva», con el que Weil solía zanjar las querellas sobre prioridades y minucias bibliográficasNo opina lo mismo Serge Lang en «Comment on non-references in Weil’s works», Gazette des Mathématiciens, núm. 90 (2001), pp. 46-52.. Bien sabía de qué hablaba quien, al poco de ser nombrado profesor en Estrasburgo, donde enseñaba también Henri Cartan, había puesto en marcha la aventura colectiva más apasionante de la matemática del siglo XX. En vista de que ninguno de los manuales disponibles explicaba el cálculo diferencial desde una óptica moderna, los dos amigos pasaban muchas horas discutiendo si los resultados debían presentarse con mayor o menor generalidad, hasta que un día André Weil propuso que escribieran su propio libro. Este modesto objetivo alcanzó pronto dimensiones inesperadas, pues era imposible explicar de forma rigurosa el análisis sin haber establecido primero lo que Manin llama los «fundamentos pragmáticos» de la teoría de conjuntos. Así nació el grupo Bourbaki, que emprendería una obra ciclópea de normalización de las matemáticas sobre la base de las nociones de estructura e isomorfismo.
En cuanto a Simone Weil, sería inútil señalar aquí que su trayectoria no fue la de un «filósofo aseado». Cercana siempre a los más pobres, Simone de Beauvoir la describiría en sus memorias como «un corazón capaz de latir a través del universo entero»Simone de Beauvoir, Mémoires d’une jeune fille rangée, París, Gallimard, 1958, p. 236.. Su expulsión del instituto donde daba clases de Filosofía, tras ponerse al frente de una manifestación de obreros en paro, la hizo abandonar un sistema educativo en el que todo eran obstáculos para «enseñar a condición de que enseñar signifique lo que se entiende científicamente por conocer» (L’insoumise, p. 28). Se entregaría entonces a un tour de force que la llevó a Alemania en las primeras horas del fascismo, más tarde a acompañar a la columna Durruti durante la Guerra Civil española, y en el ínterin a trabajar en cadenas de montaje para que su experiencia del proletariado no fuese sólo libresca. Pasó después por Estados Unidos, adonde había emigrado su familia, y terminó instalándose en Londres como redactora del Gobierno francés en el exilio. Allí se dejaría morir de inanición y de tuberculosis a los treinta y cuatro años.
En su biografía L’insoumise, Laure Adler se propone el objetivo de ensanchar el círculo de los amantes de Simone Weil, sustituyendo la imagen de santa en diálogo continuo con Dios por la de «joven amante, atenta, fiel en la amistad, en busca de relaciones intensas con seres con los que quería compartirlo todo» (p. 233). El resultado es una descripción casi cinematográfica, que llena de atractivo al personaje, a costa de exagerar en ocasiones el «lado solar» de la filósofa. Conviene, por lo tanto, alternar la lectura de L’insoumise con la de Chez les Weil: mientras con Adler descubrimos que Simone era consciente del riesgo de asistir a la extinción de su inteligencia por la fatiga del ritmo de escritura que se había impuesto, Sylvie Weil nos explica qué fue de todos esos manuscritos tras su muerte y nos invita a desconfiar de recopilaciones como La Pesanteur et la Grâce, en la que ni el título ni la estructura se deben a Simone. Después de copiar durante meses los textos inéditos de su hija, Bernard y Selma Weil quisieron publicarlos inmediatamente, lo cual terminaría provocando la ruptura con André, que no estaba dispuesto a aceptar que se dieran a la imprenta sin mayor reflexión ensayos que su hermana tal vez no había juzgado suficientemente buenos.
Una mirada a la cuestión del antisemitismo resulta inevitable al examinar la obra de Simone Weil. A este respecto, recuerda Adler que, tras una experiencia religiosa semejante a la noche de Pascal, la filósofa se sumergió en la búsqueda de un cristianismo fuera de la Iglesia. En su opinión, la esencia del mensaje de Jesús se encontraba ya en los textos de los presocráticos, y no era la helenización del cristianismo la que había hecho posible su auge en el Imperio –como sostienen la mayor parte de los teólogos–, sino la fascinación judía por el poder que surca todo el Antiguo Testamento. Poco añaden estas páginas a la lectura de las cartas sobre la cuestión judía o a estudios como el de Thomas NevinSimone Weil: portrait of a self-exiled jew, Chapel Hill, University of North Carolina Press, 1991. Véase también «Bad Friday», en George Steiner at the New Yorker, Nueva York, New Directions, 2009, pp. 219-229.. Sí es interesante, por el contrario, confrontar la tesis comúnmente aceptada de que el antisemitismo de Simone respondía al celo con que su abuela la había obligado a guardar el kósher durante la infancia, con el árbol genealógico que Sylvie Weil reconstruye en dos capítulos del libro. En cualquier caso, las razones de la filósofa siguen siendo demasiado complejas, y buena prueba de ello es que sólo a través del estudio de la Bhagavadgt empezó André a entender algo del pensamiento religioso de Simone.
Tanto L’insoumise como Chez les Weil recrean la relación de estos hermanos para los que la idea de estar lejos el uno del otro fue siempre demasiado dura. Aun así, queda todavía por hacer un análisis profundo, pues ninguna de sus personalidades puede entenderse dejando a un lado la influencia de la otra. La pasión crítica por la ciencia que recorre la filosofía de Simone Weil no se comprende si no es a la luz de las conversaciones y de la correspondencia con André, que tratan con sorprendente rigor el misticismo del número en los pitagóricos, el origen de la geometría o la mecánica cuántica. Simone participó en varios de los congresos de Bourbaki y, por paradójico que pueda resultar, estuvo mucho más interesada por la física que su hermanoVéase al respecto Javier Fresán, «Le château des groupes. Entretien avec Pierre Cartier», Prépublications de l’IHÉS, M/09/41, pp. 12 y ss.. Por su parte, André emprendió un buen número de reflexiones sobre el abandono de la metafísica o sobre el poder del pensamiento por analogía en las matemáticas para atender a las preguntas que le planteaba Simone.
Dos personas tan curiosas no podían reducir a las matemáticas su intercambio intelectual. El mundo griego no falta nunca en su correspondencia, en la que Simone recurre al mito de la creación poética de Fedro para desear a su hermano que ninguna cigarra se encontrase en los alrededores cuando expusiera un criterio que le permitía discernir lo que es arte de lo que no: «Porque si una cigarra informara a las Musas de semejante impiedad, ellas te castigarían. No tienen clemencia con quien no las respeta» (Œuvres, p. 575). No era, sin embargo, un riesgo real, pues las cigarras de la creación nunca fueron inclementes con estos dos testigos incondicionales de su siglo. Simone Weil, pensadora original y atípica, supo situarse extramuros de la academia para construir una filosofía en la que el concepto de enracinement ocupa el lugar más destacado. André Weil no quiso nunca echar raíces: exploró con insólita profundidad todas las ramas de la geometría, y se dejó seducir por cualquier corriente filosófica que pudiera iluminar las zonas oscuras de las matemáticas. Gracias a su colaboración, Lévi-Strauss pudo descubrir la estructura subyacente a los matrimonios de una tribu australiana. Tal vez no sea una casualidad que Bourbaki y el estructuralismo nacieran por la misma época. Y desde luego no lo es que, cuando este movimiento dejó de interesarle, André Weil buscara en otro sitio respuestas a la gran pregunta: ¿por qué las matemáticas dicen la verdad? 

BIBLIOGRAFÍA EN ESPAÑOL DE SIMONE Y ANDRÉ WEIL

 

 Simome Weil

•  A la espera de Dios, trad. de Agustín López y María Tabuyo, Trotta, Madrid.
•  Carta a un religioso, trad. de Agustín López y María Tabuyo, Trotta, Madrid.
•  Cuadernos, trad. de Carlos Ortega, Trotta, Madrid.
•  Echar raíces, trad. de Juan Carlos González y Juan Ramón Capella, Trotta, Madrid.
•  El conocimiento sobrenatural, trad. de Agustín López y María Tabuyo, Trotta, Madrid.
•  Escritos de Londres y últimas cartas, trad. de Maite Larrauri, Trotta, Madrid.
•  Escritos históricos y políticos, trad. de Agustín López y María Tabuyo, Trotta, Madrid.
•  Intuiciones precristianas, trad. de Carlos Ortega, Trotta, Madrid.
•  La fuente griega, trad. de José Luis Escartín, Trotta, Madrid.
•  La gravedad y la gracia, trad. de Carlos Ortega, Trotta, Madrid.
•  Pensamientos desordenados, trad. de Agustín López y María Tabuyo, Trotta, Madrid.
•  Poemas. Venecia salvada, trad. de Adela Muñoz, Trotta, Madrid.
•  Reflexiones sobre las causas de la libertad y de la opresión social, trad. de Carmen Revilla, Paidós, Barcelona.
•  Escritos esenciales, trad. de Ramón Alfonso Díez, Sal Terrae, Santander.

André Weil

•  Memorias de aprendizaje, trad. de Aurora Bell-Lloch, Nivola, Tres Cantos.

01/02/2010

 
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