ARTÍCULO

Amor y despecho hacia un sueño americano

Ediciones del Bronce, Barcelona
246 págs. 2.000 ptas.
 

Prometedora novela de Pulido Ritter. El arranque entusiasma, es fulgurante, nos engulle. La atmósfera en que nos vemos inmersos tiene el tono de lo fantástico sin que los personajes pierdan un ápice de realismo, se nos muestran tal cual, rodados y de carne y hueso. La relación que mantienen con el narrador resulta idílica, desfilan de la mano sin robarse un paso, se complicitan. Es la vida en su estado más puro lo que asoma en las frases y diálogos. Nada es gratuito. Cada renglón destila fuerza. Nos entregamos por entero a la novela, al delirio de un mundo vertiginoso que se ensancha y angula bajo una premeditada lente oblicua, que convierte las escenas en grotescas e hiperbólicas, pero también en reveladoras. Con ello, se descubre el secreto más sutil de Sueño americano: que aunque disfrazada de poesía y ensueño se trata de una novela social. La maravilla nos envuelve, sí, pero ese mismo mundo que genera lo onírico también nos hace sentir el peso y el desengaño de la tierra. La historia, evanescente y mutable, nos mantiene alerta de dos formas. Por un lado hace constantes menciones a un hecho histórico (construcción del canal de Panamá). Y por otro, se encarga en hacer morder el polvo a sus personajes. Hasta aquí, la única pega es el poco estimulante ritmo de la prosa.

El desarrollo, en principio, continua hipnotizándonos. La historia se sitúa «más allá de la verdad y de la mentira». Y lo hace no sólo a la hora de vincular con precisión a los múltiples caracteres que pululan por la novela (todos ellos arquetipos andantes), sino también para capturar al lector con sus giros, propuestas y tentaciones. Pero pronto comienzan a intuirse los problemas. El primer toque de atención nos lo dan los cada vez más arriesgados loopings, que finalmente nos hacen añorar con demasiada insistencia el foco narrativo original y que si bien terminan por admitirse no es debido al logro de la maniobra, sino a la facilidad de Ritter para cautivar. Estamos a merced de la historia y comenzamos a pedir que nos arrastre, que dejen de pasar cosas y definitivamente nos posea. Esa es la tensión que veremos frustrada. Todo continuará siendo una promesa. El autor no acierta a frenar su impulso creativo y termina por empachar a la estructura. Los personajes se ceden el testigo del argumento sin atreverse a rematarlo. Continúan lanzando serpentinas mientras el fin de fiesta se aproxima y la perplejidad del lector aumenta. Tanto más se alarga esta indefinición, tanto más crece la desconfianza. El erotismo que desprende la novela comienza a ser repetitivo para los nombres, los adjetivos y las formas. Ya queremos una revelación que nos muestre el camino. Una piedra de toque. Un motivo. Algo. Que el grueso de la novela esté inscrito en los sueños, en lo subconsciente y oscuro, no justifica su inconcreción literaria. El lector ha despertado y se limita a pasar páginas, admirándose de cómo una aventura que nació audaz se dispersa en tamaña conflagración de incestos, libertinajes, líos y casualidades.

Indirectamente, la novela se despide con una defensa a ultranza del no limit (tan de moda gracias a la publicidad) y la libertad sexual. Es curioso como a este respecto, y Freud tendría en ello causa de un interesante estudio, los personajes homosexuales, a pesar de la tolerancia y cariño con que se les trata, son desgraciados hasta el suicidio y no admiten consuelo alguno. Otro caso distinto es el de las mujeres, verdaderas protagonistas de la historia. Heroínas, señoras de armas tomar y siempre directoras de escena, rodeadas de brutos y patéticos hombres que utilizan a su antojo, sólo aman al mejor o no aman en absoluto. Pero se comete otro error que volvemos a achacar al ansia: la incontinencia de Pulido Ritter le lleva a adueñarse de alguna de sus criaturas mejor pintadas. A base de obligarlos a sostener ideas demasiado actuales, logra que dudemos de una autenticidad que se habían ganado a pulso. Eran hombres y mujeres de acción, vividores en el más amplio y consecuente sentido del término. Por eso, la opinión ideológica resulta ajena desde ellos. Tanto han vivido que cualquier análisis no sólo es chocante e innecesario, sino que traiciona la imperturbable y salvaje inocencia con que nos cautivaron. La sombra del autor enturbia su realidad literaria.

Y en éstas nos acercamos al final, quedan un par de páginas y la novela ha ido perdiendo peso. El enredo y la imaginación que exhibe alcanzan sólo a entretenernos melancólicamente, el feliz vapuleo literario que creímos intuir al principio no se consuma y sentimos la rabia del amante insatisfecho. El último capítulo, supuesto escondite de la respuesta que tanto hemos querido, surge de la nada. Desmembrado, solitario y ajeno, es inocente. Sueño americano enamora y desengaña. Celebramos a Ritter por su fuerza, pero sobre todo, le pedimos más.

01/11/2000

 
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