Valle-Inclán en la picota

No descubro nada si apunto que las letras españolas no atraviesan su mejor momento. Espero que los autores contemporáneos no se sientan ofendidos, pero me temo que sería inútil buscar algo semejante a Galdós, Unamuno, Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez o Valle-Inclán. Nos separan más de trescientos años de nuestro Siglo de Oro, pero nuestra Edad de Plata es un fenómeno relativamente cercano. La catástrofe política, moral, social y cultural que representó la sublevación militar de 1936 frustró la continuidad de uno de los períodos más fecundos de nuestra historia literaria, artística y musical. Incomprensiblemente, un revisionismo intempestivo cuestiona el mérito de algunos escritores de esa hornada, atribuyéndoles una excesiva autocomplacencia –que en algunos casos devino en egolatría?, una deplorable torpeza –que bordeó el desaliño? o una imaginación insuficiente –que alentó cierto provincianismo, incompatible con las tendencias más renovadoras de la cultura europea. Se acusa a Azorín de tedioso y apolillado, a Unamuno de exaltado e histriónico, a Antonio Machado de vetusto y trasnochado, a Juan Ramón Jiménez de cursi y sensiblero, y a Valle-Inclán de grandilocuente y pomposo. Ultrajar a los escritores de épocas anteriores es un vicio de las nuevas generaciones, que quizá responde a pulsiones parricidas o una lamentable petulancia. Durante sus crisis de fervor futurista, Marinetti expresó su desprecio hacia los que veneran a sus maestros, reyes o profetas. Cuando un grupo de hombres suplica a Mafarka, su mesías, que abandone su retiro y vuelva a ostentar su cetro, se topa con una reacción inesperada. Colérico y decepcionado, Mafarka se dirige al cabecilla de la expedición, recriminándole su servilismo: «¿Cómo es tu corazón para no haber experimentado nunca el deseo de matarme y ocupar mi puesto? ¿Tan larga es la vida, que quieres desperdiciar la mitad pasándola de hinojos ante mí?»

Jaime Gil de Biedma nunca ocultó su escaso aprecio hacia el Juan Ramón Jiménez modernista, y Andrés Trapiello, barojiano confeso, enjuicia a Valle-Inclán con dureza, aduciendo que su borrachera verbal frustró la creación de personajes e historias creíbles, con interés humano y valor universal. La edición de la obra completa del escritor gallego por la Biblioteca Castro –aún en marcha, pues sólo ha aparecido la narrativa en tres volúmenes? ha reavivado el debate sobre la calidad de sus textos. Algunos lo consideran un clásico indiscutible, que explotó los recursos del idioma para alumbrar un estilo prodigioso, capaz de madurar desde el modernismo inicial hasta la estética del esperpento, donde brilla el genio de Quevedo y Goya, con su visión trágica de la realidad española y su hondo conocimiento del espíritu humano. Otros opinan que sólo es un nigromante que compuso música de violines, pobres caricaturas –nunca caracteres? y vistosas mascaradas. Su teatro, lejos de ser un inspirado eco de los clásicos, sólo es una estridente mojiganga. Algunas biografías incluso desmienten las leyendas que habían circulado sobre su vida, aclarando que no fue un heroico bohemio y un rebelde contumaz, sino un escritor que promocionó sus libros mediante bufonadas.

No puedo estar de acuerdo con este juicio sumarísimo que coloca a Valle-Inclán en la infamante picota. Sería absurdo pedirle que escribiera como Galdós o Baroja, pues jamás pretendió elaborar un retrato objetivo de la realidad. Su propósito era alumbrar un mundo alternativo, estilizado, decadente o grotesco, donde la belleza o el escarnio usurparan el lugar de los hechos. Soñar, fabular, falsificar, parodiar es tan lícito como escarbar en la psique o en los acontecimientos con la perspectiva del historiador o el psicólogo, condicionados por exigencias morales que no pueden transigir con el lujo, la pirueta, la hipérbole o el dispendio. Valle-Inclán es puro despilfarro. Sus frases rebosan como fruta madura que desprende gotas de néctar. Pocas veces ha volado el idioma con una cadencia tan audaz y agraciada como en algunos cuentos de Jardín umbrío (1903) o las cuatro entregas de las Sonatas (1902-1905). Los cuentos de Jardín umbrío componen un ambiente de ensueño, que combina lo mítico y lo refinado, lo arcaico y lo primoroso, lo primitivo y lo delicuescente. Son piezas prerrafaelitas caracterizadas por la delicadeza y la minuciosidad de una tabla flamenca. Su deliberado alejamiento de la realidad es un procedimiento sostenido por el anhelo de perfección estética. «Beatriz» comienza con una memorable descripción:

Cercaba el palacio un jardín señorial, lleno de noble recogimiento. Entre mirtos seculares, blanqueaban estatuas de los dioses. ¡Pobres estatuas mutiladas! Los cedros y los laureles cimbreaban con augusta melancolía sobre las fuentes abandonadas. Algún tritón, cubierto de hojas, barboteaba a intervalos su risa quimérica, y el agua temblaba en la sombra, con latido de vida misteriosa y encantada.

En unas pocas líneas, Valle-Inclán convoca el misterio de la naturaleza reordenada por el hombre, el silencio conventual de los espacios segregados del fragor del mundo y el esplendor perdido de los clásicos griegos. La belleza no siempre es verdad y la verdad raramente es belleza. Un estilo como el de Valle-Inclán, que se despega deliberadamente de la inmediatez cotidiana, constituye un acto de rebeldía contra cualquier expectativa de provecho. Es puro artificio que repudia la razón, la utilidad y el aleccionamiento. La escena del negro y los tiburones en la Sonata de estío responde al mismo planteamiento. Sería absurdo menoscabar su valor, empleando criterios morales o de verosimilitud:

Los labios hidrópicos del negro esbozaron una sonrisa de ogro avaro y sensual. Seguidamente despojóse de la blusa, desenvainó el cuchillo que llevaba en la cintura y como un perro de Terranova tomóle entre los dientes y se encaramó en la borda. El agua del mar relucía aún en aquel torso desnudo que parecía de barnizado ébano. Inclinóse el negrazo sondando con los ojos el abismo: Luego, cuando los tiburones salieron a la superficie, le vi erguirse negro y mitológico sobre el barandal que iluminaba la luna, y con los brazos extendidos echarse de cabeza y desaparecer buceando.

Sólo es literatura que no necesita justificarse con pretextos espurios. La literatura no es psicología, sociología, ética o historia. Se trata de palabras combinadas de tal manera que adquieren la dimensión del milagro estético. No es necesario apelar a algo externo para lograr la aprobación del ojo crítico. No descansan sobre un fondo oculto, semejante a la caja de un mago, que sólo está al alcance de los iniciados. Es suficiente resbalar por su superficie para apreciar su tensión poética, su calidad sonora, su gozosa gratuidad. La obra de Valle-Inclán es un milagro musical, una dádiva para los sentidos, que en sus últimos movimientos se abre al mundo, buceando en las profundidades de esa realidad problemática llamada España.

Valle-Inclán no merece estar en la picota, sino disfrutar del reconocimiento reservado a los grandes orfebres del castellano. Podría decirse del autor de Divinas palabras lo mismo que Borges afirmó de Quevedo. Sus mejores piezas son «objetos verbales, puros e independientes como una espada o como un anillo de plata». Ambos escritores se preocuparon menos de ser hombres que de ser recordados como artífices de palabras. Nadie debería olvidarlo.

Ficha técnica

4 '
0

Compartir

También de interés.

Recordamos a nuestros suscriptores que, con ocasión del regreso al papel de Revista de Libros, el día 10 de diciembre, a las 19.00h., en la Fundación Ramón Areces, la escritora Elvira Navarro, el periodista cultural Jesús García Calero y el filósofo Javier Moscoso dialogarán sobre cómo se transforman los géneros literarios y cambian los lectores; sobre cómo, en nuestros tiempos, las ficciones conviven con realidades, ya sea en la historia o en la literatura, o cómo el formato, ya sea digital o material, determina nuestra relación con los libros y sus críticos.

El mundo del libro, ese maravilloso invento que nos acompaña desde hace milenios, sufre en la actualidad transformaciones en su diseño, en su público y en sus propósitos. Así que, mientras aprendemos a leer en diagonal en los formatos digitales, seguimos pasando páginas, cuestionando premios y jurados, formando comunidades y asociaciones, y anunciando una y otra vez la muerte del papel que, afortunadamente, nunca llega a producirse.

Elvira Navarro es escritora de fama internacional. Su última obra publicada es La sangre está cayendo al patio.

Jesús García Calero es periodista, director de ABC Cultural.

Javier Moscoso, profesor de investigación del CSIC, es director de Revista de Libros.

Premio a la mejor contribución, reseña o ensayo, para menores de 35 años.

Con objeto de fomentar y poner en valor la escritura y la lectura crítica entre jóvenes talentos, y con la colaboración de la Fundació Banc Sabadell, Revista de Libros convoca el premio «Nuevas voces» destinado a reconocer reseñas y breves ensayos publicados en nuestras páginas. El premio, de carácter anual, tendrá una dotación económica de 1.000 euros, que se entregarán en un acto institucional en octubre de este año.