Transparencia hasta el final

El dolor

GUISEPPE UNGARETTI

Igitur,, Montblanc, 84 págs.

Prólogo de ANtonio Colinas, trad. de Carlos Vitale

El cuaderno del viejo

GIUSEPPE UNGARETTI

Pre-Textos, Valencia, 120 págs.

Introd., Luis Muñoz

«Haz que, en el suspendido paisaje, yo pueda silabear otra vez las palabras ingenuas», se lee en El dolor (1947), el libro que Ungaretti confesaba amar más que a ningún otro por haberlo «escrito en los años horribles, con un nudo en la garganta». Surgía, pues, en el momento en que sobre su vida se proyectaba la sombra de la tragedia: la muerte de su hermano, la de un hijo de nueve años y la segunda guerra mundial. Y si es cierto que El dolor es un libro distinto a los escritos antes por el poeta (precisamente debido al peso de los acontecimientos que lo apartan de aquella visión del instante luminoso revelador de «la alegría de los naufragios») y que el poema cede al peso del ser o la gravidez del tiempo, el pensamiento que subyace en él continúa siendo diamantino y la transparencia del verso –su capacidad de transmitir con precisión lo que quiere ser dicho–, sigue presente. Esta capacidad, que se sitúa tan próxima a la ingenuidad, la conserva Ungaretti hasta su obra postrera, El cuaderno del viejo, donde la muerte no es ya aquella tragedia, sino su propio final cercano y la visión del mundo desde la totalidad del universo, es decir, desde lo que aparece. El último trance es ya acercarse al silencio, y esto mueve a la pregunta: «¿Será señal de que no muere nada / si vuelve para siempre la apariencia? / ¿O sabré finalmente que la muerte / no reina más que sobre la apariencia?».

Lo que aparece, el mundo contemplado, y su relación con el yo, son la base de aquel binomio «inocencia y memoria» que el lírico italiano utiliza como título para una prosa donde estudia a sus poetas predilectos, Leopardi y Mallarmé, publicada en 1926. El mundo, lo «otro», puntos a los que él se dirige, lo mantienen en continuo movimiento, los impulsan a los mitos del viaje y de la catástrofe, a la crisis permanente, siempre vencida por una misteriosa fuerza vital que lo convierte en perpetuo superviviente. Es la misma fuerza que cataliza su palabra, ese lenguaje que bordea la afasia, el balbuceo, y que se rescata «excarvada como un abismo» en el seno de la vida, para transformarse en la «nada de inagotable secreto» que nos habla de la particular relación entre el ser y el decir, ese grito incuestionable.

En Italia, Ungaretti, con el «ermetismo» –donde aunó la proximidad al barroco y el despojamiento–, fue el primero en proponer (entre 1916 y 1919) la temática del existencialismo, un «impietrato soffrire senza nome» –petrificado sufrir sin nombre– un llanto que es «esta piedra», ese hombre proyectado en el ser, «abandonado en el infinito», náufrago de un «puerto sepultado». Mario Luzzi observa a este propósito: «Ungaretti levanta la grandeza de la visión trágica de la propia tradición, la miseria del hombre desengañado, pero al mismo tiempo resquebraja su imagen escuálida, la anula en la nada del sentido de la naturaleza, lugar de conservación y cisterna donde la tradición ha repuesto la esencia de la continuidad».

Si Kafka escribió «El hombre con la dureza de sus gritos hará pedazos los rigores que le fueron decretados», Ungaretti, con el suyo, lanzó una paradoja iluminadora y convirtió la poesía en exorcismo contra el absurdo de la vida. Incluso en El dolor, en un largo poema dedicado a su hijo, «Día tras día», la palabra surge consoladora por el mero hecho de ser inmaculada, aunque el poeta no logre el comportamiento del árbol, del que dice: «Al caer bajo el hacha la decepcionada rama / apenas se lamenta, menos / que la hoja al toque de la brisa», aunque los recuerdos le parezcan «un inútil infinito» y, en la parte titulada «El tiempo es mudo», afirme «que una misma ilusión son mundo y mente / que en el misterio de las propias obras / toda terrena voz naufraga».

En una entrevista recogida por Adolfo Borlenghi en 1961, el poeta dijo: «La poesía es una labor compleja, no es una labor simple, y sólo puede ser fruto de la inspiración, pero la inspiración es el punto de partida, y el punto de llegada es seguir convirtiéndola en pura inspiración. Si esto se logra, se hace poesía». Ungaretti logró decantar en este sentido su verbo hasta el final. Si El dolor nos emociona por lo directo de su palabra, El cuaderno del viejo nos seduce por su verso que nace como plenitud redonda –redonda como la verdad, según Parménides– y por el nomadismo incesante que trasluce, que nos ofrece ahora unos «Últimos coros para la Tierra Prometida», donde al ya no tener tiempo, el poeta puede ir «inventando / de arriba abajo el tiempo». Para él no sólo el tiempo ha cambiado de sentido, sino que el mismo estar en el mundo parece libre de barreras. Por ello, con calma, observa «El relucir no visto de ese espacio / deslumbrado donde una vida inmemorial pasan los astros / más locos por el peso de tanta soledad». En cuanto a la soledad humana, que dejará de serlo al ingresar en el silencio, se ve precisamente acompañada por la luz, esa luz que destella toda su poesía, esa luz que, incluso en sueños, vendrá y «vivirá en secreto».

Ficha técnica

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