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Vidas truncadas. Historias de violencia en la España de 1936
Manuel Álvarez Tardío y Fernando del Rey (dirs.)
Galaxia Gutenberg, Madrid, 2021, 592 págs.

«A Luba y Ehrenburg en la belle époque».

Dedicatoria de Rafael Alberti en 1965 sobre una fotografía suya de la Guerra CivilReproducida por Andrés Trapiello: Las armas y las letras, Eds. Destino, Barcelona, 2010, pág. 133..

«En cierto modo, es lícito dar muerte o encarcelar y perseguir, aun sin delito concreto que lo justifique, al enemigo político». Esta sorprendente afirmación figura, negro sobre blanco, en un libro titulado Alemania, ayer y hoy que el socialista español Antonio Ramos Oliveira publicó en Madrid en 1933Antonio Ramos Oliveira: Alemania, ayer y hoy, Bolaños y Aguilar, Madrid, pág. 328.. No se trata, por tanto, de un exabrupto soltado en una conversación privada o en un momento de acaloramiento personal. La frase expresa y asume, de forma reflexiva y serena, un estado de opinión muy extendido en la Europa de entreguerras, sobre todo en la década de los treinta, cuando alcanzó su apogeo un desenfrenado culto a la violencia dirigida contra el adversario ideológico, visto como una intolerable amenaza a la salud pública. Los múltiples partidarios de esa política de exterminio, desde el fascismo y el nazismo hasta el comunismo y el anarcosindicalismo, compartían la creencia de que el marco mental y político del liberalismo era un obstáculo que debía desaparecer si se aspiraba a lograr la ansiada curación del cuerpo social. Tan elevado propósito ¿no merecía acaso que se inmolaran unos miles de vidas en aras de la revolución de uno u otro signo?

La «brutalización de la política» en la España de los años treinta, por utilizar la expresión acuñada en su día por George MosseGeorge Mosse: Le guerre mondiali. Dalla tragedia al mito dei caduti, Laterza, Roma-Bari, 1998, cap. «La brutalizzazione della política tedesca», págs. 175-199., ha dado lugar en los últimos tiempos a una abundante bibliografía, que en líneas generales podría adscribirse a una u otra de estas dos corrientes: de un lado, una historiografía oficialista, que conjuga el loable propósito de cuantificar y denunciar la represión franquista con una tendencia a minimizar y, en algunos casos, justificar la violencia de la izquierda y, del otro, una historiografía, tachada a menudo de «revisionista» y «equidistante», que subraya las múltiples responsabilidades políticas de una patológica fascinación por la violencia que allanó el camino a la Guerra Civil. Ejemplos de esta mirada imparcial sobre aquella época son los libros Palabras como puños: La intransigencia política en la Segunda República española (2011) y Retaguardia roja: Violencia y revolución en la guerra civil (2019), el primero dirigido por Fernando del Rey y el segundo escrito por el mismo autor, que obtuvo el Premio Nacional de Historia por este libro, tal vez el mejor que se haya escrito sobre la Guerra Civil en los últimos años. El propio Fernando del Rey, catedrático de Historia del Pensamiento y de los Movimientos Sociales y Políticos de la Universidad Complutense, ha dirigido con Manuel Álvarez Tardío, catedrático de la misma especialidad en la Universidad Rey Juan Carlos, Vidas truncadas, obra colectiva dedicada al estudio de ocho casos representativos de la violencia política durante la Segunda República, la mayoría situados a  lo largo del año 1936.

Sus directores presentan esta obra como una contribución desde la «microhistoria» al conocimiento de un problema sumamente complejo, abordado en otras ocasiones de manera muy deficiente por una voluntad apenas disimulada de exculpar la violencia de uno de los dos bandos. La selección de temas tratados puede ser a priori opinable, pero el resultado ofrecido por los distintos autores justifica con creces el valor paradigmático de estos estudios de caso. El primer capítulo, «De vecinos a enemigos» (Álvarez Tardío), aunque centrado en Alcalá de Henares, es una excelente muestra de la imparable degradación de la convivencia ciudadana en los meses anteriores a la sublevación militar y de las consecuencias que el estallido de la guerra tuvo para la población desafecta al régimen imperante en cada zona. El papel de las fuerzas de seguridad, más proclives a agravar que a sofocar los problemas de orden público, se aborda principalmente en el capítulo «Mártires del deber» (Sergio Vaquero), que concluye con el asesinato de José Calvo Sotelo a manos de un grupo de guardias de Asalto comandado por un oficial afiliado al PSOE. De la intentona militar en Madrid el 19 de julio –«Morir vitoreando a España»– se ocupa Roberto Muñoz Bolaños, conocido por sus recientes estudios sobre el golpe de Estado del 23-F, que aporta en estas páginas una visión innovadora, minuciosamente documentada, de las razones y las consecuencias del fracaso del levantamiento en la capital. «Cruzar el Rubicón por el Ebro» es el título elegido por José Luis Ledesma para su capítulo sobre la explosión de violencia que se produjo en Caspe tras la fallida sublevación, que en esta población zaragozana fue protagonizada por el destacamento de la Guardia Civil y dio paso a una oleada de asesinatos y ejecuciones de la que fueron víctimas los simpatizantes, reales o imaginarios, del golpe militar. El reportero del periódico anarquista Solidaridad Obrera desplazado al lugar justificó sin tapujos la política exterminadora practicada por las milicias: «No ha de quedar con vida ni un fascista. (…) Nada de tribunal; justicia popular»Cit. por José Luis L. Ledesma, «Cruzar el Rubicón por el Ebro», pág. 216..

 En estos primeros capítulos del libro predomina el protagonismo colectivo de las tres ciudades –Alcalá de Henares, Madrid y Caspe– que fueron escenario de los hechos narrados. Incluso el dedicado a las fuerzas de seguridad transcurre en gran medida en Madrid, donde tuvieron lugar, en la primavera-verano de 1936, los asesinatos del alférez Anastasio de los Reyes, del capitán Carlos Faraudo, del teniente José del Castillo y del diputado José Calvo Sotelo, este último en represalia por la muerte de Castillo, oficial de la Guardia de Asalto e instructor de las milicias socialistas. A raíz precisamente de los entierros, casi simultáneos, de este militar de izquierdas y de Calvo Sotelo, convertidos en manifestaciones políticas de rechazo al adversario, Indalecio Prieto formuló un desgarrador diagnóstico del clima político que presidía la vida nacional a mediados de julio de 1936. Como en otras ocasiones –por ejemplo, su célebre discurso en Cuenca el 1 de mayo de aquel año–, sus palabras adquieren un valor profético, si tenemos en cuenta que faltaban todavía unos días para que se produjera el golpe militar contra la República: «Toda la hondura de la guerra civil que vive España», afirmó Prieto el 15 de julio, se plasma en el hecho de que «ya no pueden estar juntos ni los vivos ni los muertos»Cit. por Sergio Vaquero, «Mártires del deber», pág. 138..

En su segunda parte, el eje temático del libro se desplaza del espacio –pequeñas o grandes comunidades urbanas sacudidas por la violencia– al individuo, de la microhistoria a la microbiografía. Los capítulos del 5 al 8 narran la peripecia de cuatro personajes pertenecientes a las dos Españas en liza, de forma que el título de la obra, Vidas truncadas, se justifica más, si cabe, en este recorrido por cuatro historias que acaban en tragedia. La del chequista Agapito García Atadell es analizada por José Antonio Parejo en un capítulo –«Anatomía de un radical»– que muestra, por un lado, la porosidad de las estructuras orgánicas de la izquierda, que permitía, como en este caso, trayectorias de ida y vuelta entre el socialismo y el comunismo, y, por otro, el fuerte componente generacional del radicalismo político de los años treinta, al que fueron especialmente propensos los nacidos con el nuevo siglo. Lo dijo ya en 1928 el escritor comunista César Arconada: «Un joven puede ser comunista, fascista, cualquier cosa menos tener viejas ideas liberales»La Gaceta Literaria, 1 de enero de 1928.. Atadell tenía 34 años cuando estalló la Guerra Civil y una cierta fama como agitador profesional, que se acrecentó en el Madrid en guerra al convertirse en responsable de una de las checas más activas en la detención y ejecución de derechistas y «gentes de orden». Su sorprendente huida del Madrid republicano, temiendo ser víctima del mismo aparato represivo al que con tanto celo había servido hasta entonces, y su captura por el enemigo, que le juzgó, condenó y ejecutó, trocaron el mito de Atadell como leal defensor de la República en un caso de alta traición con oscuras motivaciones.

Milicianas en 1936, por Gerda Taro

Menos rocambolesca, aunque igual de dramática, es la historia de los otros tres personajes que completan el libro. Sandra Souto, historiadora siempre rigurosa y solvente, reconstruye la vida y la muerte del joven socialista italiano Fernando de Rosa. Había llegado a España en 1932, tras huir de la Italia fascista y perpetrar en Bélgica un atentado contra el príncipe heredero italiano, e inmediatamente se incorporó a la estructura juvenil y miliciana del PSOE. Su participación en la Revolución de Octubre y la condena irrisoria que le impuso el tribunal que le juzgó le llevaron a emitir este curioso juicio sobre su patria de acogida: «Viva España, donde la insurrección no se paga cara. Qué absurdo país»Cit. por Sandra Souto, «Cayó en Madrid mirando a Roma», pág. 346.. Murió en combate, al principio de la Guerra Civil, al frente del llamado «Batallón Octubre», nombre mítico, por partida doble, en el nomenclátor revolucionario. En el capítulo titulado «Bajo el signo de la revolución», se traza la sinuosa biografía del político republicano, masón y ardiente anticlerical Rafael Salazar Alonso. Pese a estos antecedentes, la izquierda no le perdonó su papel como ministro de Gobernación en el Bienio negro ni su presencia en el entierro de Calvo Sotelo. Acusado de complicidad con el levantamiento militar, un «tribunal popular» lo condenó a muerte en septiembre de 1936. Aunque en primera instancia el gobierno de Largo Caballero se negó, por una ajustada mayoría, a confirmar la sentencia, el temor a una nueva masacre en las cárceles –«esa decisión puede costar más de cien vidas», aseguró el presidente del tribunal– llevó a Indalecio Prieto a cambiar su voto y dar así luz verde a la ejecución.

El autor de este capítulo, Nigel Townson, publicó hace veinte años un libro todavía imprescindible sobre el fracaso del centro político en la Segunda República españolaNigel Townson: La República que no pudo ser: La política de centro en España (1931-1936), Ed. Taurus, Madrid, 2002.. Su semblanza de Salazar Alonso abunda en esa misma idea. La República «de orden» que pretendió defender carecía de apoyos suficientes para ser viable, como se puso de manifiesto con el descalabro electoral de la candidatura centrista impulsada por Alcalá-Zamora y Portela Valladares en las elecciones de febrero de 1936. Quienes aspiraron a actuar como fuerza de interposición, intentando amortiguar el choque entre las dos Españas, acabaron siendo engullidos por una de ellas o repudiados por las dos. Se lo había advertido el socialista Luis Araquistáin a Manuel Azaña en un artículo publicado en Leviatán en marzo de 1936: «A un bando o a otro, a la revolución o a la contrarrevolución. No hay término medio, y quien sueñe en términos medios y se obstine en situarse en un centro imaginario, se expone a ser abrasado entre dos fuegos»Luis Araquistáin: «Glosas del mes», Leviatán, núm. 22, marzo de 1936.. Esto último iba por Azaña y su –según Araquistáin– política de mano tendida a la derecha, en un gesto desesperado por reconducir una situación fuera de control, tal como el propio Azaña reconoció en su diario tras la victoria del Frente Popular: «La gente anda suelta por las calles»Manuel Azaña: Memorias políticas y de guerra, Ed. Crítica, Barcelona, 1981, vol. II, pág. 16..

El último capítulo, obra de Fernando del Rey, cuenta la persecución y muerte de Andrés Maroto, diputado conservador y líder del movimiento asociativo de labradores y terratenientes en la provincia de Ciudad Real. El personaje se inscribe en un doble contexto, social y territorial, que Del Rey conoce muy bien. Asesinado en Madrid en septiembre de 1936, tras una de las expediciones punitivas realizadas por las milicias, su caso ilustra perfectamente el «politicidio selectivo», como lo llama el autor, llevado a cabo en ambas retaguardias. Contra lo que sostiene cierta historiografía al uso, en la España republicana la caza del adversario no fue obra exclusiva de incontrolados que se aprovechaban de la impotencia de las autoridades. Había un consentimiento institucional, al menos tácito, y hasta una implicación directa de determinados cargos públicos, tal como afirma Fernando del Rey al explicar las circunstancias que condujeron al asesinato de Andrés Maroto: «No hablamos de “incontrolados”, sino de los principales dirigentes del poder revolucionario de la localidad [La Solana] en esos momentos, que actuaron en comandita con sus homólogos de la capital de España y (…) de Ciudad Real»Fernando del Rey, «Captura y muerte de un líder agrario», pág. 477. Sobre la responsabilidad institucional en la acción de los supuestos «incontrolados», véase también José Antonio Parejo, «Anatomía de un radical», págs. 304-305..

La banalización del mal por parte de las dos Españas, que es en el fondo el tema de este espléndido libro, fue el resultado de una quiebra de la convivencia que se venía fraguando, como mínimo, desde 1933. Si recordamos la frase de Ramos Oliveira citada al principio, fechada precisamente ese año, resulta tentador concluir que la Guerra Civil no fue la causa, sino más bien la consecuencia de esa voluntad de exterminio del adversario. Una vez iniciada la contienda, la justificación de los propios crímenes llegó a unos niveles de abyección difícilmente superables. «No va a quedar un fascista ni para un remedio», le escribió, eufórico, Luis Araquistáin a su mujer al informarle en agosto de 1936 de una matanza de presos en las cárceles madrileñas, en la que «fallecieron» –Araquistáin subraya la palabra como para resaltar lo chistoso de la expresión– conocidos políticos e intelectuales de derechasCarta de Araquistáin a su mujer, Gertrude Graa, 23 de agosto de 1936; Archivo Histórico Nacional, Madrid: Secc. Diversos, Papeles de D. Luis Araquistáin, legajo 30.. Poco después, el escritor y periodista socialista, muy próximo a Largo Caballero, era nombrado embajador de la República en París. La suya fue también una vida truncada –derrota, huida, temprana muerte de su mujer y su hija–, aunque sobreviviera a la guerra. A raíz de su fallecimiento en el exilio, Indalecio Prieto atribuyó a Araquistáin un «arrepentimiento extremoso», que en los últimos años le había llevado a criticar duramente la actuación de la izquierda bajo el régimen republicano.

¿Era inevitable que la República acabara así? «A veces, andando por las calles», cuenta en sus memorias la aristócrata y comunista Constancia de la Mora, evocando las semanas previas a la guerra, «parecía como si la nación entera contuviese la respiración en espera de la inevitable catástrofe»Constancia De la Mora: Doble esplendor, Ed. Gadir, Madrid, 2008, pág. 278.. Los autores de este libro no creen en una predestinación colectiva que condenara a la sociedad española a la autodestrucción. Pero hay algo de fatalidad en las biografías tan minuciosamente estudiadas en estas páginas, víctimas de un entorno histórico que hacía muy difícil la convivencia, sobre todo cuando la vida política favorecía la confrontación violenta, en vez de intentar evitarla. No era un fenómeno exclusivo de la España de los años treinta, sino un ejemplo más de esa «brutalización de la política» que se puso de moda en la Europa de entreguerras. Un superviviente de la Guerra Civil en Caspe expresaría con sus propias palabras ese giro siniestro de los acontecimientos: parecía mentira, recordaba muchos años después, «que un día la gente se saludara como siempre por la calle y a los dos días se estuvieran denunciando unos a otros»Testimonio recogido por José Luis Ledesma, «Cruzar el Rubicón por el Ebro», pág. 202.. Libros como este, riguroso, objetivo y documentadísimo, deben servir para recordar la barbarie y aprender de ella, dejando a un lado ingenuas –o sectarias– idealizaciones.

Juan Francisco Fuentes es catedrático de Historia contemporánea en la Universidad Complutense de Madrid

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