Hace unos días me topé con un artículo publicado en su página web, titulado «Un genio sin talento», del señor Andrés Ibáñez. Fue escrito hace once años, tras la publicación de Microlitos. Aforismos y textos en prosa de Paul Celan, editado por Trotta1.
Si les escribo estas líneas no es porque disienta de lo que el señor Ibáñez dijo sobre Celan (que me resulta, por cierto, mediocre), sino por un equívoco de citación que es más grave de lo que pudiera parecer. Al principio del artículo, Ibáñez, para dar fuerza a su argumento sobre el hermetismo de Celan, escribe:
«El carácter de comunicación del lenguaje me limita y me agobia menos que a otros», escribe Celan en un texto destinado al diario Tagesspiegel, y añade: «Yo actúo en el vacío». ¿Cómo de admirable es esto de «escribir en el vacío»? No estoy muy seguro. A algunas personas les exaltan esta clase de declaraciones fúnebres.
La cita es falsa. O lo es, por lo menos, a la manera en que Ibáñez decidió traerla a cuento. Sí que Celan envió una carta (23 de octubre de 1959) al editor del Tagesspiegel con esas mismas palabras, pero no eran suyas: estaba citando, con sarcasmo y dolor, una reseña del 10 de octubre de ese año titulada «Los poemas como configuraciones gráficas» (tan torpe como la de Ibáñez), escrita por Günter Blöcker a propósito de la publicación de Reja del lenguaje, y que había aparecido en esa revista. Es decir: lo que Ibáñez cita como si fueran afirmaciones propias de Celan no lo son, y muy por el contrario son juicios que un crítico adverso hizo sobre su obra, y que Celan volvió a citar en su carta para mostrar la mezquindad de la que estaba siendo objeto.
Nada de esto es un asunto menor: cualquier lector de Celan reconoce de inmediato esas citas, sabe de dónde provienen, y sabe también qué representa esa reseña en la historia de Celan y de su posterior agravamiento psíquico (después del famoso «caso Goll», este episodio puede figurar entre los dos o tres más decisivos). Todo lo que hubo alrededor de esa reseña, el impacto que causó en Celan, la falta de apoyo por parte de sus allegados y los efectos que tuvo pueden rastrearse con facilidad en Tiempo del corazón, la correspondencia entre Celan e Ingeborg Bachmann2 (pág. 190). No obstante, Ibáñez tuvo a bien poner esas palabras en boca de Celan. Y quien no conozca su obra, ni haya leído su correspondencia, puede encontrarse un día con el artículo que ustedes publican y creer que sí, que en efecto Celan pensaba y decía esas cosas sobre sí mismo, como seguro habrá ocurrido más de una vez en los once años que lleva publicado en su página web.
De lo anterior se deduce que: o Ibáñez sufrió algún tipo de pereza intelectual que le impidió ir un poco más allá y cerciorarse, antes de citar, de dónde provenía aquello que estaba leyendo, o Ibáñez sacó de contexto una cita y deliberadamente la dispuso como dicha por Celan, a pesar de la contrariedad que supone y solo para dar base a su argumentación inconsistente. Por supuesto que yo hubiera querido hacerle llegar estos comentarios al señor Ibáñez, pero dado que no di con su correo sólo puedo enviárselos a ustedes.
De ser otras las condiciones, no estaría yo escribiendo este correo. Pero, como digo, esos asuntos marcaron puntos de quiebre en la vida y obra de Celan, en razón de los cuales mucho se vino abajo. Celan mismo tuvo que ver de qué forma se lo malinterpretaba y calumniaba hasta el día de su muerte; no puede ser que más de cincuenta años después haya quien decida llamar «declaraciones fúnebres» a palabras que poco a poco fueron abriendo el camino para el suicidio de un poeta que nunca dijo tales palabras, y contra las que se pronunció fervorosamente, quizás en vano. Ignoro qué se puede hacer en este caso, y seguramente eliminar el artículo de su página sea demasiado pedir. Pero para algo existe la fe de erratas.
Sergio Arturo Ariza es traductor literario.






