«No decía palabras», de Luis Cernuda, con un comentario, por Alba Díaz

No decía palabras,
acercaba tan sólo un cuerpo interrogante,
porque ignoraba que el deseo es una pregunta
cuya respuesta no existe,
una hoja cuya rama no existe,
un mundo cuyo cielo no existe.

La angustia se abre paso entre los huesos,
remonta por las venas
hasta abrirse en la piel,
surtidores de sueño
hechos carne en interrogación vuelta a las nubes.

Un roce al paso,
una mirada fugaz entre las sombras,
bastan para que el cuerpo se abra en dos,
ávido de recibir en sí mismo
otro cuerpo que sueñe;
mitad y mitad, sueño y sueño, carne y carne,
iguales en figura, iguales en amor, iguales en deseo.

Aunque sólo sea una esperanza
porque el deseo es pregunta cuya respuesta nadie sabe.

Sexo mudo
Por Alba Díaz

Luis Cernuda expone la lucha perpetua entre el deseo y el control, entre el impulso y la norma. El deseo se manifiesta como una pregunta sin respuesta, una angustia desgarradora; y aunque el ideal romántico nos haya persuadido de que tras ese anhelo residen dos seres «iguales en figura, iguales en amor, iguales en deseo», el poeta advierte que la verdad sobre el deseo es inasible. Esta experiencia lírica nos da la posibilidad de preguntarnos sobre la percepción social de la sexualidad, utilizando la figura de la prostitución como la antítesis cruda del sexo romántico.

«No decía palabras; / acercaba tan sólo un cuerpo interrogante». Con estos versos, aunque Cernuda nos recuerda que el deseo es una fuerza que a menudo carece de alfabeto, un impulso que no sabe de leyes ni de gramáticas sociales, la historia de Occidente ha intentado desde siempre ponerle palabras al sexo. De entre todas ellas, el debate sobre la prostitución sigue siendo el capítulo más ruidoso en ese intento de domesticación. En las tertulias políticas y en los manifiestos feministas, se amontonan las críticas abolicionistas, las visiones comunistas y las condenas morales. Pero, tras ese paredón de palabras, late una profunda incomodidad hacia lo que la prostitución revela sobre nuestra idea de la sexualidad.

Para Cernuda, el deseo era un muro que se opone a lo que es corriente. Y es ahí precisamente donde debemos mirar: no en la validez del consentimiento o en la precariedad del trabajo sexual —asuntos vitales, pero ajenos a este tema—, sino en cómo el comercio sexual dinamita el círculo mágico de la respetabilidad. Si el sexo es, como nos han enseñado, el refugio último de nuestra identidad y nuestra dignidad sagrada, ¿qué ocurre cuando se convierte en mercancía, en acto público o en mero ejercicio de desahogo?

Quizá la prostitución no nos molesta simplemente por lo que hace, sino por lo que nos dice de nosotros mismos: que el sexo, a veces, es ese «cuerpo interrogante» (de nuevo Cernuda) que se niega a ser la piedra angular de una moral hipócrita. Aunque nos jactemos de vivir en una era de libertades posvictorianas, la realidad es que el sexo sigue rindiendo cuentas ante un tribunal invisible que separa lo digno de lo abyecto.

Para entender este rechazo, conviene acudir a la antropóloga Gayle Rubin y su teoría del «Círculo Mágico». Rubin dividió las prácticas sexuales en dos grupos: el «sexo bueno» (heterosexual, monógamo, privado, no comercial y procreador) y el «sexo malo» (homosexual, promiscuo, comercial, público o con objetos). Es cierto que el tiempo no pasa en balde y que hoy, ese círculo de la respetabilidad se ha ensanchado. El sexo homosexual monógamo, el casual esporádico y el no reproductivo están logrando, tras décadas de lucha, limpiar su imagen e integrarse en el club del sexo correcto, distanciándose de la estigmatizada sexualidad periférica en la que todavía habita la prostitución. La hostilidad que esta genera no nace solo de una preocupación ética, sino de una construcción política. Se ha consolidado la idea de que el sexo es, per se, un acto ligado intrínsecamente a la identidad y a la dignidad sagrada del ser humano. Pero, ¿es esto acaso una verdad universal?

Hemos confeccionado un sexo estándar cargado de valores de privacidad y exclusividad. Al convertirlo en una transacción comercial, pública o grupal, la prostitución rompe el hechizo. Despoja al acto de su mística romántica y lo devuelve a la categoría de intercambio; algo que la moral vigente no puede tolerar porque cuestiona los pilares de la familia y la norma social. No es casualidad que el discurso sexual haya sido históricamente una herramienta de control político y religioso: desde las advertencias de san Agustín sobre el sexo como algo peligroso y excesivo, hasta la rigidez de la época victoriana, donde la mujer fue señalada como la fuente eterna de tentación. Si bien el siglo XX trajo una revolución sexual necesaria de la mano del feminismo, sería un error creer que hemos vencido a siglos de usos y costumbres arraigadas. El «sexo malo» sigue siendo repudiado porque lo comercial desafía la idea de que la dignidad es inalienable al cuerpo; lo promiscuo dinamita el esquema de la familia nuclear; y lo público atenta contra una moral aceptada que se escuda en la protección de la infancia para evitar mirar de frente al deseo.

Este rechazo se alimenta, en parte, de lo que podríamos llamar el «instinto propietario» de una sexualidad, que lejos de ser una condición biológica inamovible, solo parece comportarse como tal. La tendencia popular hacia la exclusividad sexual, la monogamia y la cultura de los celos convierte el cuerpo de la pareja en un territorio de dominio. Sería excesivo insinuar que la monogamia responde a un modelo erróneo, pues es tan válida como cualquier otra opción. Toda sociedad funcional necesita de normas morales cimentadas en una ética común; no es esto un alegato en defensa del relativismo sexual. Pero hay que entender que esa forma de relacionarse no es más que un artificio cultural que se ha independizado de la doctrina religiosa para sobrevivir, con la misma rigidez, como un dogma secular.

La prostitución actúa así como un disolvente de ese instinto propietario. Al convertir el acceso sexual en objeto de transacción, el sexo se despoja de su mística como rito sagrado vinculado al afecto o la fidelidad. Deja de ser esa moneda de cambio emocional que solo se entrega bajo el sello de la exclusividad. Esta accesibilidad inmediata despierta en muchos un repudio visceral. No sólo porque facilita la infidelidad, el fetiche o el encuentro crudo entre carne y carne, sino porque pone sobre la mesa la vulnerabilidad de nuestra propia valía y nos enfrenta a nuestras inseguridades más profundas: el miedo a ser comparados, traicionados o, en última instancia, sustituidos.

El verdadero progreso no consiste solamente en ampliar los márgenes del que consideremos «sexo correcto», sino en reconocer que el sexo puede ser muchas cosas a la vez: identidad, mercado, afecto o desahogo. Es imperativo entender que el discurso sexual sigue siendo un artefacto de control que busca categorizar y estandarizar la actividad sexual.

El debate sobre la prostitución es mucho más complicado que la forma en la que entendemos la sexualidad, y sería un gravísimo error reducirlo a este único punto. Sin embargo, es un prisma perfecto con el que dilucidar el rechazo que esta práctica produce, y que además es muy anterior a la preocupación por la objetivización del cuerpo femenino. La sexualidad no puede reducirse a la dicotomía simplista entre lo bueno y lo malo. Es el territorio del respeto, la consideración mutua, el consentimiento y el placer. El discurso sobre sexualidad es político —como bien han señalado grandes estudiosos como Foucault y Rubin—, pero el sexo, no lo es. El «cuerpo interrogante no dice palabras», escribe Cernuda. Solo gime.

Alba Díaz Cano es estudiante de Critica y Argumentación Filosófica en la Universidad Autónoma de Madrid.

Mujer que cubre su cara. Egon Schiele, 1912
Mujer que cubre su cara. Egon Schiele, 1912

Ficha técnica

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